Mediante el libro “Una Casa Embrujada”, nos introducimos en la obra de la “malograda” escritora inglesa Virginia Woolf

Fotografía de la escritora Virginia Woolf, tomada en 1902 por el fotógrafo George Charles Beresford.
“Una Casa Embrujada” es una colección de 18 relatos breves de Virginia Woolf publicada
en 1944. Fue editada por su propio marido, Leonard Woolf, y después de su muerte,
aunque en el prólogo afirma que habían hablado de su producción juntos: «Durante
algún tiempo, antes de su muerte, habíamos discutido a menudo la posibilidad de que
reeditara “Monday o Tuesday” (Donde fue publicado anteriormente).../. En el presente
volumen he tratado de llevar a cabo su intención».
De cuya colección hemos seleccionado 2 relatos: el 1º: “Una Casa Embrujada”, que fue
el que dio también nombre a la colección; donde se narra la historia de un matrimonio
de duendes, con hábitos de fantasmas, que cohabita dentro de la misma casa con una
pareja de personas vivas, asunto que precipita toda clase de situaciones extrañas. Que
sirvió de inspiración para la película de Tim Burton: “Beetlejuice”.
Y el 2º relato de “El Foco”, la historia de una anciana londinense a comienzos de la "II Guerra Mundial"...

Foto de Hickok, Texas Jack Omohundro y Cody en 1873.
Una Casa Embrujada
A cualquier hora que despertaras siempre había una puerta balanceándose. Iban de habitación en habitación, tomados de la mano; levantando aquí, abriendo allá, asegurándose… Una pareja de fantasmas.
«Aquí lo dejamos», dijo ella. Y él agregó: «¡Oh, pero aquí también!». «Está arriba», murmuró ella. «Y en el jardín», susurró él. «Con cuidado», dijeron, «o los despertaremos».
Oh, pero no nos despertaban. «Están buscándolo; están abriendo la cortina», podíamos decir, y seguíamos leyendo una o dos páginas. «Ahora lo encontraron,» estaba segura, y detenía el lápiz en el margen. Y después, cansada de leer, me levantaba y veía con mis propios ojos la casa vacía, las puertas abiertas. Sólo se escuchaban las palomas, rebosantes de alegría, y el zumbido de la máquina de trillar andando en la granja. «¿A qué he venido? ¿Qué pretendía encontrar?». Mis manos estaban vacías. «¿Tal vez sea arriba después de todo?». En el altillo estaban las manzanas. Bajo otra vez; en el jardín, la quietud de siempre, sólo el libro se había caído al césped.
Pero lo habían encontrado en la sala. No es que uno pudiera verlos. Los cristales de la ventana reflejaban las manzanas, reflejaban las rosas; todas las hojas se veían verdes en los cristales. Si se movían en la sala la manzana mostraba su costado amarillo. Aún, un instante después, si la puerta se abría, se desparramaba por el piso, se trepaba por las paredes, colgaba del techo, ¿qué cosa? Mis manos estaban vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra. Desde el más profundo de los silencios se escuchó su sonido alegre. «A salvo, a salvo, a salvo», el pulso de la casa latía con tranquilidad. «El tesoro está enterrado; la habitación…» el pulso se detuvo de repente. ¿Ese era el tesoro enterrado?

Un momento después la luz se extinguió. ¿Estábamos en el jardín entonces? Pero los árboles se removían para atrapar el último rayo de sol. Tan bello, tan extraño, hundiéndose lentamente bajo la superficie: el rayo que buscaba siempre se apagaba detrás del cristal. El cristal era la muerte; la muerte estaba entre nosotros; alcanzó a la mujer primero, hacía cientos de años. La casa quedó vacía, las
ventanas selladas, las habitaciones oscuras. La dejó, se fue hacia el norte, hacia el este, vio salir a las estrellas en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró abandonada bajo las colinas. «A salvo, a salvo, a salvo», el pulso de la casa latía con alegría. «El tesoro es tuyo».
El viento ruge por la avenida. Los árboles se balancean de un lado al otro. Los rayos de luna caen intensos sobre la lluvia. Pero la luz de la lámpara cae directo desde la ventana. La vela arde recta, inmóvil. Deambulan por la casa, abren las ventanas, susurran para no despertarnos, la pareja de fantasmas busca su contento.
«Aquí dormíamos», dijo ella. Y él agregó, «besos infinitos». «Caminar por la mañana». «El plateado entre los árboles». «Arriba». «En el jardín». «Al llegar el verano». «Durante las nevadas de invierno».
Las puertas se cierran a la distancia, despacio, como el latido de un corazón.
Se acercan; se detienen en la entrada. El viento sopla, las plateadas gotas de lluvia se deslizan por la ventana. Nuestros ojos se oscurecen; no escuchamos pasos detrás; no vemos ninguna mujer extender su manto fantasmal. Él lleva la linterna. «Mira», susurra él, «profundamente dormida. Hay amor en sus labios».
Inclinándose, cargando la lámpara plateada sobre nosotros, nos miran durante un largo rato. El viento sopla fuerte; la vela se inclina apenas. Salvajes rayos de luna cruzan el suelo y la pared y, al chocarse, iluminan los rostros inclinados; los rostros cavilosos, los rostros que buscan a los durmientes y a su felicidad escondida.
«A salvo, a salvo, a salvo», el corazón de la casa late orgulloso. «Tantos años», susurra él, «y me has vuelto a encontrar». «Aquí», murmura ella, «durmiendo; en el jardín, leyendo, riendo, llevando las manzanas al altillo. Aquí dejamos nuestro tesoro». Inclinados, sus luces me hicieron abrir los ojos. «¡A salvo, a salvo, a salvo!». El pulso de la casa late con fuerza. Me despierto y digo «Oh, ¿es éste su tesoro enterrado? La luz del corazón». ■

“El FOCO" (The Searchlight)
La mansión del conde del siglo dieciocho había sido transformada en el siglo veinte en un Club. Y era agradable salir a la terraza con vista al Parque después de cenar en el gran salón con los pilares y las arañas bajo esa luz brillante. Los árboles estaban frondosos y, de haber habido luna, se habrían visto las flores rosadas y pasteles de los castaños. Pero era una noche sin luna; muy cálida, después de un bello día de verano.
Los invitados del señor y la señora Ivimey tomaban café y fumaban en la terraza mirando al Parque. Como para liberarlos de la necesidad de conversar y entretenerlos sin que ellos hicieran esfuerzo alguno, líneas de luz atravesaban el cielo. La guerra había terminado; la fuerza aérea realizaba maniobras, buscaba aviones enemigos en el cielo. Después de detenerse unos instantes para inspeccionar un punto sospechoso, la luz dio una vuelta, como las astas de un molino de viento o las antenas de un insecto, y reveló un frente de piedra cadavérico aquí y un castaño florecido allá. De repente, la luz dio directo a la terraza, y por unos segundos se vio un disco luminoso; tal vez era el espejo de mano de alguna mujer.
—¡Oh! —exclamó la señora Ivimey.
Las luces pasaron. Estaba oscuro otra vez.
—No imaginarán lo que esa cosa me hizo recordar —agregó.
Naturalmente, se imaginaban.
—No, no, no —protestó.
Nadie podía imaginarlo; sólo ella lo sabía; sólo ella podía saberlo, porque era la bisnieta del hombre en cuestión. Él le había contado la historia. ¿Qué historia? Si querían, podía intentar contárselas. Todavía había tiempo antes de ir al teatro.
—¿Pero por dónde comenzar? —reflexionó—. ¿Por el año 1820?… Debe
haber sido por ese entonces que mi bisabuelo era un niño. Yo misma ya no soy joven. (Era cierto, pero se conservaba muy bien). Era muy anciano y yo una niña cuando me contó la historia. Un anciano muy apuesto, con abundante pelo blanco y ojos azules. Seguramente fue un niño muy hermoso. Pero extraño… Naturalmente, teniendo en cuenta cómo vivían. Eran Comber de apellido. Una familia tradicional, que había tenido tierras en Yorkshire pero se había venido a menos. Cuando él era niño sólo quedaba la torre, y de la casa, tan sólo una pequeña granja en el medio del campo. Hace diez años pasamos por allí y fuimos a verla. Tuvimos que dejar el coche y caminar. No hay ruta hacia la casa. Está allí en el medio de la nada, el pasto crecido hasta la puerta. Había pollos adentro, yendo y viniendo por las habitaciones. Está completamente en ruinas. Recuerdo que una piedra se cayó de la torre de repente. —Hizo una pausa—. Allí vivían —siguió—, él, ella y el niño. Ella no era su esposa ni la madre del niño. Era tan sólo una criada, una joven que el anciano se había llevado a vivir con él cuando su esposa murió. Otra razón por la que nadie los visitaba, tal vez, por la misma razón que todo se había venido abajo. Pero recuerdo un escudo de armas encima de la puerta; y libros, libros viejos que se habían llenado de moho. Todo lo que sabía lo había aprendido de los libros. Leía y leía, me decía; libros viejos, libros con mapas. Los llevaba hasta lo alto de la torre (la soga todavía estaba allí y los escalones rotos). Junto a la ventana hay una silla a la que le falta el asiento; la ventana abierta, los vidrios rotos y una vista de kilómetros y kilómetros de los páramos.

Se detuvo. Como si estuviera en la torre mirando por la ventana abierta.
—Pero no pudimos encontrar el telescopio —dijo.
Detrás de ellos, en el comedor, el ruido de la vajilla se hizo más fuerte. Pero la señora Ivimey, en la terraza, parecía absorta, porque no había podido encontrar el telescopio.
—¿Por qué un telescopio? —le preguntó alguien.
—¿Por qué? Porque de no haber habido uno yo no estaría hoy aquí sentada —dijo riendo.
Y ciertamente estaba allí sentada; una mujer adulta, muy bien conservada, con algo azul sobre los hombros.
—Debe haber estado allí —resumió—, porque cada noche cuando los adultos se iban a dormir se sentaba junto a la ventana a mirar las estrellas con el
telescopio. Júpiter, Aldebaran, Cassiopeia.
Alzó la mano hacia las estrellas que comenzaban a aparecer entre los árboles. Estaba oscureciendo más. Y el foco parecía más luminoso, recorriendo el cielo, haciendo una pausa aquí y allá para observar las estrellas.
—Allí estaban —siguió—, las estrellas. Y él se preguntaba, mi abuelo, ese niño: «¿Qué son? ¿Por qué están allí? ¿Quién soy yo?», tal como uno lo hace, sentado en soledad, sin nadie a quién hablarle, mirando las estrellas.
Se quedó en silencio. Todos miraron a las estrellas aparecer de la oscuridad sobre los árboles. Parecían eternas, inmutables. El rugido de Londres se fue apagando de a poco. Cien años parecían nada. Sintieron que el niño estaba allí mirando las estrellas con ellos. Sentían que estaban con él, en la torre, mirando las estrellas sobre los páramos.
Una voz detrás de ellos dijo:
—Así es. Viernes.
Todos se volvieron, se inquietaron, se sintieron traídos de vuelta a la terraza.
—Oh, pero no había nadie que se lo dijera —murmuró la señora Ivimey.
La pareja se levantó y se fue.
—Estaba solo —siguió—. Era un bello día de verano. Un día de junio. Uno de esos días de verano inmaculados en los que todo parece inmóvil en el calor. Los pollos en el corral, el viejo caballo dando patadas en el suelo del establo, el anciano dormitando detrás de las gafas, la mujer con los cubos en el fregadero. Tal vez una piedra cayó de la torre. Parecía que el día nunca terminaría. Y no tenía a nadie con quién hablar, nada que hacer. El mundo entero se extendía ante él. El páramo subía y bajaba; el cielo se unía al páramo; verde y azul, verde y azul, por los siglos de los siglos.
En el resplandor, podían ver que la señora Ivimey estaba inclinada sobre la barandilla, con el mentón apoyado en las manos, como si mirara sobre los páramos desde lo alto de una torre.
—Nada más que páramo y cielo, páramo y cielo, por los siglos de los siglos
—murmuró.
Después hizo un movimiento como si acomodara algo.
—¿Pero cómo se veía la tierra a través del telescopio? —preguntó.
Hizo otro ligero movimiento con los dedos como si girara algo.
—Lo enfocaba —dijo—. Lo enfocaba hacia la tierra. Lo enfocaba hacia la oscura masa de bosque en el horizonte. Lo enfocaba de forma tal que pudiera ver… cada árbol… cada árbol por separado… y los pájaros… subiendo y bajando… un halo de humo… allí… en el medio de los árboles… Y después… más abajo… más abajo… (bajó la mirada)… había una casa… una casa de campo… con ladrillos a la vista… y tubos a cada lado de la puerta… con flores adentro, azules, rosas, hortensias quizás…
Hizo una pausa.
—Y después una joven salió de la casa… llevaba algo azul en la cabeza… y allí se detuvo… a alimentar a los pájaros… palomas… revoloteaban a su alrededor… Y después… mira… Un hombre… ¡Un hombre! Dobló la esquina. La tomó en los brazos. Se besaron… Se besaron.
La señora Ivimey extendió los brazos y los cerró como si abrazara a alguien.
—¡Era la primera vez que veía a un hombre besar a una mujer; a través de un telescopio, a kilómetros y kilómetros de distancia sobre los páramos!
Se quitó algo de encima, el telescopio probablemente. Se sentó muy erguida.
—Bajó corriendo las escaleras. Corrió por el campo; por los caminos, por la ruta; por el bosque. Corrió kilómetros y kilómetros; y cuando las estrellas comenzaron a aparecer sobre los árboles llegó a la casa… cubierto de polvo, empapado en sudor…
Se detuvo, como si lo hubiera visto.
—Y después, y después… ¿Qué hizo después? ¿Qué dijo? ¿Y la joven?… —Insistieron todos.
Un rayo de luz cayó sobre la señora Ivimey como si alguien hubiera
enfocado las lentes de un telescopio sobre ella. (Era la armada aérea buscando aviones enemigos). Se había puesto de pie. Llevaba algo azul en la cabeza. Había alzado la mano, como si estuviera parada junto a una puerta, sorprendida.
—Oh, la joven… Era… —dudó un momento, como hubiese estado a punto de decir «yo». Pero hizo memoria y se corrigió:
—Era mi bisabuela —dijo.
Se volvió para tomar su chal. Estaba en la silla detrás de ella.
—Pero dinos, ¿qué hay con el otro hombre, el hombre que dobló la esquina? —preguntaron.
—¿Ese hombre? Oh, ese hombre —murmuró la señora Ivimey, inclinándose, buscando a ciegas el chal (el foco ya no alumbraba la terraza)—, supongo que desapareció.
—La luz —agregó tomando sus cosas— sólo cae aquí y allá.
El reflector se había movido. Ahora iluminaba el Palacio de Buckingham. Y era hora de salir para el teatro. ■

“Wild Bill“ Hickok
James Butler Hickok
(1837 - 1876), más conocido como “Wild Bill“ Hickok, fue un héroe popular del Viejo Oeste estadounidense conocido por su vida en la frontera como soldado, explorador, agente de la ley, ladrón de ganado, pistolero, jugador, showman y actor. Y por su participación en muchos tiroteos famosos. Obtuvo una gran notoriedad en su propia época, gran parte de ella reforzada por las muchas historias extravagantes y a menudo inventadas que contaba sobre sí mismo. Se sabe que algunos informes
contemporáneos de sus hazañas son ficticios, pero siguen siendo la base de gran parte de su fama y reputación. ■

Toro Sentado
Toro Sentado
(1837 – 1890), fue un líder de las tribus “Hunkpapa” y “Lakota”, que dirigió a su pueblo durante años de resistencia contra las políticas del gobierno de los Estados Unidos.
Toro Sentado dirigió a las tribus Lakota confederadas con los Cheyennes del Norte y ganó en la “Batalla de Little Bighorn” derrotando al 7.º Regimiento de Caballería bajo el mando del teniente coronel George Armstrong Custer, el 25 de junio de 1876. Años después, cuando regresó a su reserva tras actuar en
el circo de Búffalo Bill, Toro Sentado fue asesinado por la policía de la agencia india en la reserva india. ■

Annie Oakley
Annie Oakley
(1860 - 1926,) fue una tiradora y heroína popular estadounidense. Oakley desarrolló habilidades de caza
cuando era niña para mantener a su familia empobrecida en el oeste de Ohio.
A los 15 años, ganó un concurso de tiro contra un tirador experimentado, Frank E. Butler, con quien se casó en 1876.
La pareja se unió a Buffalo Bill en 1885, actuando en Europa ante la realeza y otros jefes de estado. El público se asombraba al verla disparar a un cigarro de la mano de su marido o partir una carta de canto a 30 pasos. Ganaba más que nadie, excepto el propio Buffalo Bill. ■

“Calamity Jane”
“Calamity Jane”
(1852 - 1903), de nombre real Martha Jane Canary, fue una mujer de la frontera, tiradora y narradora de cuentos estadounidense.
Además de muchas hazañas, era conocida por ser una conocida de Wild Bill Hickok. Más tarde apareció
en el espectáculo “Wild West de Buffalo Bill”. Se dice que mostró compasión hacia los demás, especialmente hacia los enfermos y necesitados. Esta faceta de su carácter contrastaba con sus formas temerarias y ayudó a convertirla en una figura destacada de la frontera.
También era conocida por su hábito de usar atuendos masculinos. ■
Un artículo de Mary Elisabeth Oliver
para Queseenteren


