“QUERIDO CHATO”
PRÓLOGO
Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco
Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…
UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.
En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el sexto de sus Capítulos:
1963. El Doctor Vaquer. (6)
Capítulo 7
El Autor recuerda la llegada a este mundo del pequeño Andrés, que le "desprendería" de su condición de "benjamín" de la familia. Más el bebé no llegó hecho un "adonis", le acompañó un pequeño detalle que le traería en los años venideros muchos disgustos...
Conoceremos a otro miembro de la familia: "LOPEZ III", en este caso un ser un poco travieso, cosa que le ocasionó un grave accidente.
Cuando pienso en este peculiar personaje, responsable en gran parte de que creciéramos sanos, también lo hago del “récord de salto de altura” que se consiguió en mi casa. El atleta fue nada más y nada menos que mi padre, era a primeros de febrero, en concreto un lunes, y cualquiera que tenga
conocimientos de cómo funciona el sector laboral de la construcción; sabrá que este primer día de la semana, es propicio para practicar el absentismo laboral, vaya…, ¡que ni Dios suele acudir a la obra! Las causas son variadas: resaca del fin de semana, pereza o simplemente que se está mejor en la cama y no te apetece ir al tajo.
—¡Venga Damián, levántate de una puñetera vez que llegarás tarde! —le recordó su compañera de lecho, mi madre. Ya se “olía” lo que estaba a punto de suceder.
—¡Es que no me encuentro bien, me duele todo el cuerpo!
—¡No hagas cuento, no te vayan a echar del trabajo!
—¡Coño, que estoy enfermo, déjame en paz!
En esta ocasión mi madre le cogió la palabra, lo de “dejarlo en paz”, y además cuando uno está enfermo, ¿qué se hace?, ¡pues se avisa al médico! Y aquí es cuando intervino nuestro Doctor “Vaquer”.
La manera de que se pusiera en marcha este “protocolo” de aviso médico, era entregarle lo antes posible, no más tarde de las nueve de la mañana, la cartilla de la Seguridad Social. En su interior y dentro del doble libreto de plástico que la protegía, se introducía un trozo de papel indicando quien era el enfermo, pues en la cartilla estábamos anotados todos los miembros de la familia. Y que era lo que tenía, nada de lenguaje experto, sólo anotaciones; como creo que tiene la gripe, o lleva dos días
vomitando.

Tristemente mi cartilla propia, e incluso la de nuestra familia que menciono, y que conservaba en mi "Baúl de los Recuerdos", desaparecieron en el "último asalto/robo que sufrí por parte de la cantante "Karina"; que con nocturnidad se llevó consigo mi apreciado "Baúl", dejando una nota en su lugar que decía: «Me llevo el baúl y todo lo que contenga, ¡porfín podré dejar de "buscar...". Como solución he realizado este collage con cartillas de la época que estaban en venta por la Red.
—¡Isa!, haz el favor y mete en el buzón del Doctor “Vaquer” esta cartilla.
—De acuerdo mamá, pero, ¿quién está enfermo? —Ya con trece años era toda una mujercita, se le consideraba en casa como a una segunda mamá.
—Es tu padre que no se encuentra bien, o al menos eso dice…
—Iré antes de entrar al colegio.
El despacho o consulta del Doctor no estaba muy distanciado de su escuela; mi hermana introdujo en el buzón colgado en la fachada de la calle nuestra cartilla, pero justamente en este momento salió de la casa el Doctor:
—¡Hay que venir más temprano!
—¡Lo siento Doctor, no ha podido ser!
—Tú eres la hija de Antoñita, ¿verdad? —tenía una voz ronca, de las que me gustan.
—¡Si soy Isa, su hija!, mi madre me ha mandado entregarle la cartilla.
—¿Quién está enfermo?
—Es mi padre el que no ha podido ir a trabajar.
Tras esta respuesta, el Doctor hizo un lapsus; esto no sólo era un aviso cotidiano para una asistencia médica, además de alguna misteriosa manera, era un mensaje oculto de mí madre, pero no hizo ningún ademán especial, se limitó a comentar:
—¡Bueno Isa ya está recibida!, no te preocupes de nada que lo pongo en mi lista de visitas para hoy.
El Doctor “Vaquer” era nuestro médico de cabecera, nuestro y de todas las gentes que habitábamos las dos barriadas, la nuestra y la del “Vivero”, donde tenía su consulta. A mí, desde el primer día que lo conocí me pareció un hombre mayor, pero con cierto enigma. A todas las horas siempre estaba disponible, por las mañanas habitualmente hacía las salidas a domicilio; por la tarde atendía las consultas en su despacho.
Y por las noches estaba siempre de guardia, por si alguien solicitaba de urgencia su atención, ¡esto es amor al oficio!
Precisamente dentro de estas visitas a domicilio de ese día, entró la del enfermo Damián, alias mi padre. Pero él no sabía, ni se imaginaba, que tendría la visita del temido Doctor, sí, desde la última visita o repaso que le hizo, mi padre huía como “gato escaldado” cuando sabía de su presencia. No le hizo mucha gracia que, el sabio Doctor tiempo atrás, le pusiera una inyección de penicilina, supongo que por el tamaño de la aguja que clavó en su glúteo o culo, había sucedido más o menos así:
Aguja similar al "arma/vacuna" utilizada por el Doctor Vaquer para liberarle de "sus perezas" del Lunes a mi padre (Método patentado).
«¡Me cago en D…! ¡Qué dolor!» —fueron las exclamaciones del enfermo, fue culpa de él, ya que por cojones o miedo, a que se vengara de un “feo” que le acababa de hacer; no quiso que se la pusiera su esposa, alias mi madre. Lo que aprovechó el Doctor para ponérsela con una aguja un poco más larga de lo necesario, lo cierto es que, doctor y paciente, no se podían tragar mutuamente, durante años fueron, digamos, “polos opuestos”: «¡Es por tu bien, así te pondrás bueno pronto y podrás ir a trabajar!», fue la coletilla a este pinchazo.
Y este era el secreto de mi madre mencionado antes, ya todo estaba claro, Antoñita temerosa de que mi padre perdiera el trabajo, a causa de sus ausencias últimamente más habituales de lo deseado. Planificó con el visto bueno y complicidad del Doctor que, cuando eso volviera a ocurrir, le darían un buen susto y ese día había llegado…
La empinada escalera de acceso a nuestro primer piso, era de obligado paso para acceder.
Sobre las doce del mediodía, acudió el “exorcista” Doctor “Vaquer”; ¡Tirolilo, tirolilo…!
—¡DING, DONG! —Rauda y veloz abrió mi madre— ¡Hola Doctor gracias por acudir!
—No te preocupes Antoñita, tenía que visitar a D. Juan el “Cogito”, que está aquí al lado —calmándola o disculpándola. Y a continuación inició el teatro—. ¡Y vamos a ver!, ¿dónde está el enfermo?, ¿dónde está este hombre que se encuentra tan mal?
Hablando en un tono más alto para que mi padre pudiera oírle, al tiempo que le guiñaba el ojo a mi madre, que no podía aguantar la risa.
Desde dentro de la habitación conyugal, pese a estar cerrada la puerta, se escuchó la voz de un “resucitado”:
—¿Quién es Antoñita? —Ese tono de voz le era familiar, dedujo inmediatamente quien era, pero quiso confirmarlo con su pregunta. Y no fue precisamente su respuesta lo que escuchó, fue la que pronunció quien temía que fuera:
—¡Soy yo Damián, el Doctor “Vaquer”!
Al tiempo que se dirigió a abrir la puerta. Y aquí fue cuando se produjo el milagro curativo y el récord de salto. La habitación de mis padres daba a la escalera de acceso a nuestro piso, era su única ventilación y entrada de luz. Lo conseguía mediante una ventana no muy grande, pero que si estaba muy alta; con el fin de evitar miradas no deseadas, pues daba al rellano, que era el último peldaño de la empinada escalinata.
Momento en que se produjo la superación del récord de salto de altura.
Y fue por ella por donde salió el ágil y recuperado cuerpo de mi padre, ¡menudo brinco tuvo que dar!, además de algunas maldiciones o pestes:
—¡Me cago en Di…! ¡No me volverás a pinchar, matasanos…!
—¡Ya te has curado Damián, vuelve que tengo una inyección para ponerte!
—¡JA, JA! ¡JA!, y ¡JA, JA, JA! —sonaron un buen rato las risas de mi madre y del Doctor por haberles salido tan bien su escarmiento.
El plan salió perfecto, mi padre pese a que hiciera frío, fuera lunes o tuviera sueño, no volvió a dejar de acudir al tajo; ¡al menos durante una buena temporada! El curro dejó de correr más peligro. Y todo se lo teníamos que agradecer a la complicidad del sabio Doctor “Vaquer”, nuestro “Médico de Cabecera”, con mi “santa” madre.
A partir de aquello nació la leyenda y corrió la voz, de cómo el Doctor curaba a los enfermos sin ni siquiera tocarlos o medicarlos. Si bien a mi padre, le hubiera gustado matarlo de la manera más atroz y con sufrimiento, aunque, ¡gracias a Dios!, «no llegó la sangre al río». Hasta incluso con el paso de los años se hicieron amigos, mi progenitor en el fondo era un admirador de esta profesión, y es que no es
por nada, ¡tenía muchos conocimientos médicos! ¡Lo digo bien en serio…! Por él aprendí porque se les llamaba “Médicos de Cabecera”:
«Mira hijo, si piensas en un enfermo o paciente, te lo imaginas tumbado en una cama pasando la
enfermedad oportuna. Y cuando estamos en el lecho ocupamos con la cabeza la parte conocida como la cabecera. Y esta es la zona donde se colocaba el médico, para observar nuestro rostro y ver los síntomas. Cuando la enfermedad era larga, esta observación de su evolución también lo era, además de
que al conversar sobre las dolencias, etc., se escuchaban mejor los dos; enfermo y médico.
De ahí que con el tiempo, se les acabase llamando de ese modo a todos los que ejercían la medicina general».
Quizás le faltó añadir algo a su explicación, y en este caso la que hace referencia a otra parte precisamente de la susodicha cama o lecho; los “pies de la cama”. ¡Sí! Otra zona utilizada en este caso por una conocida señora, “La Parca” o “La Muerte”, que es donde la ven los enfermos antes de “pringarla”; allí esperando con su “guadaña” para llevarte a donde te corresponda.
Pero para quién si le llego su último respiro en este planeta, fue en el otro lado “del charco”, al flamante Presidente de los EEUU. que el 22 de Noviembre de este año de 1963, en un magnicidio aún por aclarar en la actualidad; murió asesinado en Dallas, “John Fitzgerald Kennedy”, más conocido como “JFK”.
Dos días más tarde, en la misma ciudad, “Lee Harvey Oswald”, único inculpado por el asesinato del
Presidente “Kennedy”; fue asesinado a balazos por un tal “Jack Ruby”, mientras era custodiado por la policía para su traslado a prisión. Al año siguiente, un jurado condenó a “Jack Ruby” a morir en la silla eléctrica; tras ser declarado culpable del asesinato de “Oswald”; él a su vez asesino de “Kennedy”.
“Ruby” murió en un hospital penitenciario en enero de 1967. Muchas películas, reportajes y libros han tratado este asesinato que nos conmovió a todo el mundo. Yo era joven y no me enteraba de toda la misa, pero al ver a los demás lloriqueando o apenados; te contagiaban su sentimiento y tú acababas igual que ellos.

Fotografía a instantes del “magnicidio”
…Pero más cerca de nosotros, mucho trabajo tuvo nuestro Doctor ese año de 1963, pues se realizó una campaña de vacunación contra la “poliomielitis”; en masa y en todo el país. Nosotros al igual que los otros niños, fuimos pasando por su consulta para recibir la vacuna:
—¡Venga Antonio ahora te toca a ti!
Yo creo que fue la primera vez que pronunciaron mi nombre sin mi diminutivo.
—¡No quiero, me da miedo!
—¡Ten!, toma esta pastilla de chocolate y verás como no te hará efecto la inyección.
—¡PLAF! —ni de cerca se pareció su manera de ponérmela a la de mi madre.
Y esta fue la primera vacuna mediante inyección, que me pusieron en el brazo; con los años me pusieron otras, pero…, ¡cosa curiosa!, al poder ver como agujereaban mi brazo, no me dio miedo la
“banderilla”, mi fobia había desaparecido.
Conclusión que saque para un futuro, la aguja debía verla cuando me la clavaban, ¡sí, o sí!
…Pasado un tiempo, volví de nuevo a la consulta del médico acompañando a mi madre, pues en esta ocasión la paciente era ella. Era una casa con dos entradas, una la de acceso a su vivienda, y por la otra accedías a la sala de espera; que servía para cumplir esta misión por parte de los pacientes. Original manera de separar.
En un lateral dentro de la sala había otra puerta, por cierto, casi siempre abierta, que te introducía en su consulta en sí y despacho médico.
Allí nos recibió, como era su costumbre, el Doctor con su peculiar batín color vino; debía ser como su uniforme, pues recuerdo siempre haberlo visto vestir con él en su consulta. Supongo que con los años lo iría cambiando por otro idéntico, pues el hombre ciertamente era una persona limpia e higiénica:
—Antoñita no hay duda, la radiografía no engaña. —el doctor no alteraba habitualmente el tono de su voz, aunque fuera para darte malas noticias.
—¿Entonces, confirmado?
—¡Pues sí!, queda confirmado que tienes una úlcera en el estómago, ¡lo siento!
—¿Y cómo me habrá salido?
—No eres la primera, y tampoco es una cuestión de vida o muerte, esto se arregla quitando las muelas. Esta era la solución a este diagnóstico que se daba en aquellos años a la úlcera de estómago, que se presenta cuando el ácido del aparato digestivo corroe la superficie interior del estómago y del intestino
delgado. El ácido puede crear una llaga abierta que duele y puede sangrar.
En aquellos años desconocían que la causa habitual de padecerla venía provocada por una bacteria, la conocida como “helicobácter pylori”, que suele vivir en la capa mucosa que cubre y protege los tejidos que recubren el estómago y el intestino delgado. Muchas veces, esta bacteria no causa problemas, pero
puede inflamar el recubrimiento interior del estómago y producir una úlcera.
No está claro cómo se disemina la infección con “helicobácter pylori”. Se puede contagiar de una persona a otra por contacto cercano, por ejemplo, al besarse. También se pueden contagiar de “helicobácter pylori” por la comida y el agua, entre otras causas más.
Detalle procedente de "Ribera Salud".
Así que “Vaquer” hizo los preparativos para que mi madre se fuera sometiendo a varias intervenciones, con el fin de quitarle una gran parte de su dentadura.
Esto sucedió durante los meses venideros, y las extracciones se las realizaron en una clínica privada; que tenía un concierto o acuerdo con la Seguridad Social.
Tras este desaguisado que le hicieron en su boca, mi madre entró en una especie de pequeña depresión, y no me extraña, parecía un “buzón de cartas”:
—¡Vaya boca, me da vergüenza salir a la calle!
—¡Tranquila mujer, pediremos dinero para hacerte una dentadura! He estado mirando y si solicitamos ayuda a la Seguridad Social, quizás nos darían una parte de lo que nos cueste, ¡pero no es seguro! —mi padre en este caso dio la talla.
—¡No será suficiente! —dijo preocupada la paciente.
Mi progenitor hizo sus gestiones, pero darte un préstamo para pagar una dentadura, no era nada habitual en aquellos tiempos. Si te quedabas sin dientes ¡Pues te jodías!
Pero la solución vino al cabo de un mes vía los EE.UU. La tía Raquel (La hermana de mi madre) mandó un cheque, que unido a lo que pudieron juntar, permitió pagar la factura de la dentadura.
Mi madre recuperó en parte la sonrisa, eso sí, utilizando siempre una dentadura que fue cambiando con los años, pero que nunca cambió por otro tipo de prótesis más modernas y fijas; le daba miedo este tipo de intervención de implantes.
…De nuevo pasados unos años, una nueva intervención quirúrgica le fue programada a mí madre. En este caso de varices:
—¿Y tú te operarias Jaime? —que era el nombre de pila del Doctor “Vaquer”.
—¡Mira ves mis piernas! —subiéndose el batín—, ¿están bien jodidas verdad?, pues llevo más de dos años esperando encontrar un hueco en mi trabajo y operármelas. De cada día me duelen más. ¿He contestado a tú pregunta?
—¡Está claro!, ¿pero lleva mucha convalecencia?
—¡Qué va mujer!, si todo va bien, el mismo día te darán el alta y, ¡cap a casas! Estarás tres días con las piernas vendadas, pero pudiendo caminar. Y procura no ir a tomar el sol una temporada. ¡Te digo que es una operación muy sencilla y rápida!
—Ya me has animado, podemos prepararlo para cuando quieras.
—Lo pondremos en marcha, te operaran en la “Policlínica Miramar”, que es donde están desviando a los pacientes de este tipo de intervención. Me dirán cosas a mí, y yo te tendré al tanto. ¡Vamos que tú eres muy joven y tienes que lucir unas buenas pantorrillas!
LAS VARICES.— Cuando las arterias y capilares envían la sangre, rica en oxígeno, del corazón a todo el cuerpo; ésta debe pasar por las válvulas venosas y volver al corazón. A veces, las válvulas que deben dejar pasar la sangre y cerrarse a continuación para impedir que vuelva, se debilitan y pierden elasticidad.
Este suceso provoca que las venas se llenen de sangre que no circula correctamente y se dilaten. Al dilatarse, estas venas se retuercen para caber en su espacio normal y se producen las “Varices”.
El tratamiento quirúrgico de las varices tiene dos partes u objetivos. Por un lado, corregir el problema que causa las varices (mayoritariamente el reflujo por disfunción de las válvulas venosas), y por otro lado, eliminar las venas visibles que han quedado dilatadas.
Detalle de las varices comparando dos piernas, una sana y la otra con varices, procede de Clínica Mayo.
…No pasaron muchos meses y mi madre ingresó en dicha clínica, la operación fue bien, cuando salió del quirófano, la estábamos esperando en la habitación. Había ingresado el día anterior, ya que la operación se la hicieron a primera hora.
—¡Mamita!, ¿te han hecho mucho daño? —preguntó Andrés llorando, se ve que se acordaba de las (operaciones) que le habían hecho a él.
—No hijo, todo ha ido muy bien, ¡ni me he enterado!, me han anestesiado, ¡cómo te hicieron a ti cariño! ¿Te acuerdas?
Con estas palabras logró calmarlo, todos disimulamos también nuestras lágrimas. Y es que cuando faltaba mi madre, parecía que todo se iba a la mierda.
Al pasar unas horas, vino un enfermero que le hizo andar.
—¡Ay, ay! —era el temor lógico, después de ver que te habían sacado varias venas.
—¡Ni ay, ni sebas! (¡Ni ajos, ni cebollas!), ¡has de caminar!, que la sangre tiene que circular. ¡Está tranquila que no te pasará nada! —intentándola animar, nunca he entendido esa puta manía de tratar de tú a los enfermos en los hospitales. O de gritar a los viejos pensando que todos son sordos. ¿Será algún tipo de metodología o truco para “romper el hielo” y crear una especie de lazo de confianza…?
Y que remedio le quedó a mi madre, estuvo un buen rato caminando por el cuarto y luego descansó en su cama. Este ejercicio se lo fueron repitiendo todo el día.
Nosotros la dejamos tranquila en su habitación y regresamos a nuestra casa. Ella estuvo todo el resto del día, el médico así lo quiso. Salió al día siguiente, y de vuelta a casa se encontró con un comité de bienvenida, varios vecinos y sus amigas fueron desfilando.
Una vez más le demostraron que era una persona muy querida en el barrio. Y además ponía muy bien las “banderillas”, ¡esto último es de mi cosecha!
Esa fue la última intervención que le diagnosticó a mi madre nuestro entrañable Doctor “Vaquer”. En mi caso, la despedida con él fue cuando yo contaba con catorce años; me relleno el “tríptico” para poder trabajar por primera vez. Que consistía en un documento partido en tres partes, una de ellas era un certificado médico que indicaba que estabas bien como para poder trabajar y que lo “aseguraba” y firmaba un médico.
Y con esa intención de que me diera su visto bueno en el papel de marras, acudí a su consulta de siempre… Tras sobornarlo con una caja de PUROS ”FARIAS”, ¡logré que lo firmara!:
Caja de los famosos puros "FARIAS". En 1888 la Compañía Arrendataria de Tabacos (Tabacalera desde 1945) recibió una carta del D. Heraclio Farias, mexicano de origen gallego, en la que proponía la venta de su invento para elaborar cigarros con picadura de hebra. Tras una exitosa prueba piloto ambas partes firman el contrato el 12 de febrero de 1889, fecha en la que se puede decir que nace la marca Farias. El éxito de la invención se confirma meses más tarde, cuando se presentan los primeros cigarros Farias y su sistema de producción en la exposición Universal de París. El sistema Farias se aplicó inicialmente a los cigarros denominados Peninsulares Especiales que se empezaron a producir en la Fábrica de Bilbao. Posteriormente, en 1890 empieza la producción de los cigarros sistema Farias en la tradicional fábrica de La Coruña. (Fuente Tabacalera).
«¡Hala!, ahora te toca trabajar a ti, que a mí ya me corresponde retirarme y cobrar mi merecida pensión». —Dijo, ¡mintiendo como un político!, pues sabía que trabajar era malo para mi salud; todo lo contrario de lo que me había aconsejado hasta entonces; que era que me «tumbara a la Bartola y que no pegara un palo al agua».
Años más tarde, un día coincidí con su hijo, que se hizo inspector de policía. Hablamos largo y tendido sobre su padre. Me puso al día sobre su vida, el hombre ya se había jubilado y utilizaba su tiempo leyendo. No se llegó a operar de sus varices y se ve que, con su padre finalizó la saga de médicos en la familia... ■
FIN DEL CAPÍTULO 7.
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