“QUERIDO CHATO”

PRÓLOGO

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el sexto de sus Capítulos:  

1962. Llega Andrés, el pequeño. (5)

Capítulo 6

El Autor recuerda la llegada a este mundo del pequeño Andrés, que le "desprendería" de su condición de hijo "primogénito". Más el bebé no llegó hecho un "adonis", le acompañó un pequeño detalle que le traería en los años venideros muchos disgustos...

Conoceremos a otro miembro de la familia: "LOPEZ III", en este caso un ser un poco travieso, cosa que le ocasionó un grave accidente.


Fue poco después de cumplir yo los cinco años, allá por fina­les de noviembre, y mientras unos melenudos ingleses que se conocían como los “Cucarachas” (Beatles), sorprendían al planeta con sus canciones de rock. Cuando llegaba a este mundo, en este año del 62, en una Clínica de la Seguridad Social, mi hermano pequeño. ¡Si!, todo había cambiado, atrás quedaba aquello de dar a luz en la casa de la parturienta, como ocurrió conmigo. Él vino al mundo en el “Hospital de Son Dureta”, lo cierto es que se temía que el parto pudiera ir mal, y el Doctor Vaquer, para prevenir posibles percances, decidió que mi madre pariera en ese sanatorio.

Así que en esta ocasión estuvo ayudada por su personal sa­nitario, médico y comadrona incluidos, y el parto tuvo un final feliz. No fue necesario usar su tecnología médica.

Toda la familia acudimos a darle la bienvenida, incluso mi pa­dre, que no hacía muchos meses había regresado de uno de sus viajes.

—¿Quieres cogerlo Antoñito? —preguntome mi madre ofre­ciéndome al recién nacido.

—¡Nooo…!, ¡me da miedo a que se me caiga! —Aún hoy en día me ocurre lo mismo.

—¡Anda Isa, cógelo tú, así te vas acostumbrando!

Y con mucha delicadeza mi hermana lo cogió, ya tenía 12 años la mozuela, al rato pasaron el bebé a mi otro hermano, y luego al otro. Y por supuesto, también a mi padre, que fue el último que lo acurrucó:

—¡Tiene la misma cara que sus hermanos!, se ve que es uno más. —con esta afirmación de mi padre, Andrés acabó de conocer a su familia. Nadie quiso decir nada de un detalle del recién nacido, yo incluido.

Sucedió que, si había habido un pequeño percance, y es que nació con el “labio leporino”, (del latín “leporīnus”, liebre), que traducido significa “labio de liebre”, pues ese animal tiene el labio superior cortado en el centro. También es conocido como labio fisurado o fisura labial, es un defecto congénito, que consiste en una hendidura o separación en el labio supe­rior. Viene originado por la fusión incompleta de los procesos maxilar y naso medial del embrión o feto. Es uno de los de­fectos de nacimiento más frecuentes, llega a suponer el 15 % de las malformaciones congénitas. Creo que la primera ope­ración para cerrarle el labio se la hicieron a los dos meses, pienso que no me equivoco de muchos meses más... Otras más vendrían después.

No es mi hermanito, pero centrándonos en su labio, si es similar al con el que nació él.

Con su llegada subí un peldaño y dejé de ser el benjamín de la familia. A partir de entonces mis gracias ya no eran tales, lo pude comprobar a los meses siguientes haciendo una de mis ocurrencias: Ha­cer pipi en el portal de mi casa apuntan­do el chorro hacía la calle, lo hacía sólo en verano, cuando toda la familia dis­frutábamos en la acera del aire fresco de la noche. Pues a partir de entonces, en lugar de risas me llevé una colleja de mi madre. Y esto que el “show” me lo incitaba a hacer mi padre, como yo siempre decía que de mayor quería ser bombero, pues actuaba con mi “pirula” como si fuera una manguera, accesorio o herramienta propia de este oficio.

El teatro se inició también en esta oca­sión, cuando me hizo la pregunta:

—¿Y cómo vas a apagar las llamas? —comenzando la actuación con su pre­gunta.

—¡PIIISSS! ¡PISSS! —Y en lugar de contestar hacía la mímica, no había problemas de líquido pues pipí había de sobra en mí vejiga— ¡PLAAAF! —colle­ja, comentada de mi madre, al canto.

Aparte de que la incorporación de mi hermano al clan familiar, supuso pasar a un segundo orden, para nada me hizo guardarle ningún tipo de rencor, ¡todo lo contrario su Señoría!, despertó en mi ese instinto de protección que lleva­mos dentro. Siempre le cuidé y protegí de cualquier cosa que le pudiera hacer daño, ¡digo la verdad su Señoría!, estas siempre fueron mis intenciones y he­chos... Los que digan lo contrario ¡Mien­ten! Que naciera con el labio “leporino” le supuso descubrir antes de tiempo y en sus propias carnes, la mala “follada” que pueden tener los niños pequeños y también los adultos. ¡Como su Señoría bien sabe!

Pero algo si en verdad me afectó, lo que jamás me pude imaginar. Que mi padri­no Miguel, que resultó que realmente ni lo era, se fuese a convertir en el padrino “oficial” de mi hermano Andrés, ¡menu­da putada su Señoría!, ¡perdón quise decir “trastada”!, si eso culminaba me dejaba como huérfano…

—¿Mamá, como puede ser mi padrino Miguel, también serlo de Andresito?

—Bueno pequeñín, el padrino a ti te si­gue queriendo igual, no habrá ningún problema. Ya verás como seguirás te­niendo sus atenciones.

—¡No lo entiendo!, o es mi padrino, o es el de Andresito, ¿o lo uno, o lo otro?

—Es que en verdad tus padrinos reales son la tía Raquel y su marido

No hubo respuesta por mi parte, aquella era la primera noticia que tenía sobre ello, ciertamente no me iba mal este repentino descubrimiento, de quienes eran en verdad mis padrinos. ¡Tenían una buena posición económica!, si bien algo no me cuadraba.

—¿Mamá los padrinos tienen que estar presentes cuando te bautizan?

—¡Pues no lo sé, supongo que sí! —mi madre aún no se había percatado de por dónde iba mi pregunta, ya había empezado a dudar de que en verdad fueran ellos:

—¡Pues algo no me cuadra!, si yo nací en el año 57, resulta que los tíos ya no estaban en España, hacía varios años que se habían marchado a América…

—¡Hay hijo no me marees!, si no son ellos ahora no me acuerdo de quienes son.

Cuando se ponía en este plan era mejor dejar la discusión. Lo que estaba claro era que ellos no eran mis segundos pa­dres, ¡menuda faena!, «mi gozo en un pozo», no me dio tiempo a hacerles una lista de reclamaciones de los regalos pendientes.

Decidí que lo mejor era confeccionar un cartel, como el de los usados en el Oeste para “cazar” a alguien; y lanzar un mensaje de “Wanted”, con un subti­tulo así: «Se Busca pareja de Padrinos perdidos del “Chato”, se recompensará generosamente», mejor no indicar la cantidad o él qué. E ir pegándolos por la zona con la esperanza de que apa­recieran. Pero antes de hacerlo pensé meditarlo y ver los pros y contras…

«Y, ¿a qué coño ha venido lo de “Su Se­ñoría”?».

¡Disculpa querido “Subconsciente”!, es­taba practicando un guion que estoy es­cribiendo para una novela policiaca.

«¡Macho, cambia de “camello!”».


López III, el Cuatro Patas

En aquellos años, raro era que una familia no contara, como mínimo, con un perro.

Tal era mi cabreo, que para calmarme decidí ir a dar una vuelta a nuestro perro, ¡sí; tenía un cuatro patas! De hecho, siempre tuve canes, éste era de nombre “López III”, pues antes ya habíamos tenido otros “López” de otras razas. Tanto el actual como los anteriores, todos eran “mil leches”, pero listos y cariñosos. Y éste fue el protagonista de lo que pasó ese día:

—¡López... López ven aquí! —El cabrón del perro no me hizo ni caso, siguió corriendo de una esquina a otra como un demonio— ¡Párate que te va a pillar un coche! ¡He dicho que te pares, cabrón!...

No es que pasaran muchos, pero los que lo hacían en dirección hacia la carretera principal, sabiendo que tenían preferencia, iban a más velocidad de la aconsejada.

"Renault Gordini" fue una división de automóviles producidos por el fabricante francés "Renault". Fundada inicialmente en 1969, a expensas de la adquisición de la firma "Gordini" por parte de "Renault", cuyo fundador, Amadeo Gordini, ya colaboraba desde 1958 con la marca francesa, desarrollando coches de calle con prestaciones deportivas.

Su primer período de vida duró hasta el año 1977.

Un “Gordini” (modelo de la marca “Renault”) propiedad de un vecino de más arriba, iba a cambiar la sexualidad de "López":

—¡TRAAANK! ¡PATACLAN!

Atropello al canto, el "López" recibió un golpe, que por suerte para él no le pasó por encima, pero si lo mando dando vueltas a la otra esquina, el perro a los segundos empezó a ladrar como si lo estuvieran matando:

—¡AHUUU! ¡AHUUU! —traducido: «¡Qué dolor! ¡Ay, ay, que dolor!».

No me meé de milagro, reaccioné y corriendo me dirigí hacia mi amigo. No fui el único, el conductor que había parado el coche, blanco como la leche, también acudió. Pero por supuesto no fue el último, cuando ocurría algo fuera de lo normal, los vecinos próximos al acontecimiento dejaban lo que estaban haciendo, fuese lo que fuese, y acudían a ver como podían ayudar; ¡sí, ayudar!, no a curiosear y grabarlo en video, como sucede hoy en día. ¡Me cago en déna!

—¡Pobre animalito!

—¡No lo ha chafado de milagro!

—¡Si es que corría como un loco, anda que si llega a ser un niño!

—¡Cuánto lo siento chico! —Siguen 32 comentarios más…

Pues ya tenemos el panorama, un mon­tón de personas alrededor del acciden­tado “López III”, el perro no parando de ladrar de dolor y yo sin saber que hacer. El conductor pese a ser ya un adulto, tampoco es que tuviera mucha iniciativa.

De repente dos pitidos de un claxon rompieron el concierto del perro, la gen­te se apartó haciendo un paso y, ¡allí lo tuvimos!, era el padrino subido en su moto con su sidecar adjunto y acopla­do. ¡El héroe había llegado!

Miguel bajó de la moto y con una manta que portaba, abrazó el perro y lo subió al sidecar, colocándolo casi al fondo de la parte delantera del "carro" (sidecar). Después me puso a mí en el espacio que quedaba, sentado en parte en el asiento, ¡más que suficiente! De nuevo en la moto se colocó unas gafas, como las que ahora se pueden ver en las películas de época. Y puso rumbo hacia un veterinario que tenía su con­sulta en la próxima barriada, ya más cerca del centro.

—¡Vamos “Chato”!, sujeta al perro y pon­te tranquilo, ¡que todo se solucionará!

Es curioso lo que me ocurre ahora, por más que lo intento, no logro recordar que pasó a continuación. Es como si se me hubiera borrado de mi mente lo que siguió al atropello, he llegado a pensar, y confirmando una teoría médica, que nuestra mente tiene la capacidad de “taparnos”, aquellos recuerdos de he­chos fuertes o violentos que nos hayan impactado.

Lo siguiente que recuerdo, es ya estar en mi casa junto a mi perro, que lo ha­bían vendado en la parte trasera y es­taba medio dormido. En esta evocación está Miguel y mi madre, no sé de qué hablaban, sólo lo último de la conver­sación:

—¡Muchas gracias, Miguel! ¿Dime cuánto te ha costado?

—¡Faltaría más…!, ¡yo se lo regalo al “Chato”!

El resultado final fue que López, apar­te de aprender a obedecer, eso supon­go; perdió un huevo, se ve que el choque hizo inevitable esta extirpación. Aunque eso no supuso que no viviera muchos años más.

—¡Espero que a partir de ahora te por­tes bien!, ¡y no salgas como un loco a la calle!

—¡GUAU, GUAU! —«de acuerdo», contestó en lenguaje canino, y añadió— ¿GREE, GUAU, GREE? —«Pero…, ¿qué ha pasado con mi huevo?» (traducido con “GUA”). Hice un gesto subiendo mis cejas y clavículas, como diciendo que no lo sabía, espero que lo comprendiera y no me culpara a mí de la pérdida de su virilidad.

Sin prestarme a engaño, sé que todo esto lo hizo el padrino para satisfacer­me, pues sabía el cariño que yo tenía al animal. No lo hizo por precisamente sentir un amor especial por los anima­les. Hay que decir en su disculpa, que esta falta de sensibilidad era frecuente en aquellos años; los perros se tenían en la mayoría de los casos para guar­dar. Su vida solía desarrollarse estando atados con una cadena la mayor parte del día, y punto; salvo algo de cariño ocasional en el rato de comer.

Pero esto para mí, me sirvió para con­firmarme que aquel hombre me tenía el suficiente cariño, como para compartir una parte con mi hermano; así que sin «marear más la perdiz», acabe acep­tando que se convirtiera en el padrino de mi hermano Andrés.


El Bautismo de Andrés y su celebración

Alégorica ilustración de la celebración del acto religioso del Bautismo. Ante la falta de foto del correspondiente al Sacramento Católico de Andrés, nos apañaremos con éste un poco "pijoteras" y bubólico.  

Y eso ocurrió casi un mes después, era un domingo, toda la familia acudi­mos bien vestidos a la Iglesia de “Cristo Rey”, a la que pertenecíamos, en el ba­rrio colindante.

Bueno exactamente no fuimos todos, mi padre no vino, pese a que esta negativa a acudir al bautizo de su hijo, provocara una pelea con mi madre:

—¡Te he dicho que yo no vengo!

—¡No podemos ir como una familia nor­mal! —exclamó mi “santa madre”.

—¡Qué no coño!, ¡qué yo me cago en el cura y en toda la Iglesia…!

—¡Pero no ves que si no lo bautizamos no podrá ni acudir a la escuela!

—¡Ya basta! ¡Ve tú si quieres!

Dando así por finalizada la discusión. Cuando llegamos, el párroco de nom­bre también Miguel, y que conocía las “peculiaridades” de nuestra familia; no se asombró de la ausencia del patriarca y por supuesto no hizo ningún comen­tario, ¡por si le llegaba alguna “chispa”!

Los que si aparecieron fueron el padrino Miguel y su esposa Sebastiana, acom­pañados además de sus hijas. También vinieron otras vecinas amigas de mi madre, como la Alfonsa, la Margarita, y la “Choni”. Todos nos mezclamos en el santo recinto, incluso con los miembros de familias que celebraban otros bauti­zos ese día.

Primero se oficializó una misa y des­pués los bebés cogidos en brazos por sus padres, en nuestro caso hizo como de padre Miguel, se pusieron alrededor de la pila bautismal, un rito que venía y viene de antaño.

El párroco fue soltando un “rollo” sobre “San Juan Bautista” y “Jesús”, y cogien­do uno a uno a los niños y mojándoles la cabeza con el agua bendita…:

—Yo te bautizo en el nombre del Pa­dre, del Hijo y del Espíritu Santo, con el nombre de Fulano de Tal, y Mengano, y Zutano. —fueron las palabras del párro­co, se le solían poner hasta tres nom­bres de pila. En el caso de mi hermani­to, mi madre rompió con la tradición de ponerle el nombre que le tocaba de uno de sus ascendentes. Y decidió llamarlo Andrés, por ser la festividad del santo que le correspondía al día en que había nacido, el 30 de noviembre:

«¡Asunto resuelto y zanjado, que para eso lo he parido yo!» —fueron las pala­bras de mi madre cuando tomó tal de­cisión…

Recuerdo que en el bautizo, le hicieron al padrino y a su mujer una pregunta condicionada; que venía a indicarles que dijeran si estaban de acuerdo en cuidar del recién bautizado, si algún día faltaban los padres. A lo que ambos contestaron que “Sí”, como era de es­perar.

Al finalizar el acto, en la puerta de la iglesia, pero ya en el exterior, bajo un gran porche se acercaron los invitados.

—¡Oh que bonito, que guapo! —vecina 1

—¡Oh que guapo, que bonito! —vecina 2

Y así una detrás de otra, mi madre y los padrinos todos orgullosos, gestionaron con la cabeza; como dando su confor­midad a lo dicho y a poderle tocar la ca­rita o las manitas, así todos quedaron contentos. Pero…, faltaba por recibir las felicitaciones de los más jóvenes, que tristemente nos volverían a todos a la realidad:

—¡Mama tiene el labio partido y cosi­do! —dijo el cabroncete de niño número uno.

—¿Qué le ha pasado en el labio? —dijo el segundo cabroncete.

Como ésta se escucharon varias insi­nuaciones y preguntas de los jodidos niños, ésos que siempre se dice que son portadores de la verdad con sus preguntas presuntamente inocentes. ¡Que evidentemente es falso o mentira!

Tristemente esto era sólo el principio de lo que le esperaba a mi hermanito. El haber nacido con el “labio leporino” era en verdad una putada. Los comentarios sobre su labio, los escucharía en su etapa infantil en muchas ocasiones. Y la mayoría de veces pronunciados por los putos niños, ¡que eran más malos que la peste!

Los anfitriones optaron por hacer “oídos sordos” a este tipo de comentarios, sin em­bargo, las madres de semejantes insolen­tes; les “obsequiaron” con una colleja, como advertencia a que dejaran de hacer comentarios sobre este asunto.

—¡Y ahora nos vamos a comer un buen chocolate con “cuartos”! —Fue la manera que tuvo el padrino de cambiar de tema. Había preparado el banquete en una especie de cochería pegada a su casa, que era propiedad de sus familiares y vecinos. Con él confiaba sorprender a los invitados al ágape de su ahijado.

Las mesas estaban formadas por largos tableros apoyados en taburetes, que al estar forrados con manteles de los de verdad, le daban un excelente acabado. Las sillas eran de madera, de las plegables, anda que no dieron de vueltas estos asientos, ¡a fiesta que acudí, siempre las vi! No tenía nada que envidiar al lugar de moda, donde se celebraban los bautizos y las comuniones en la ciudad, una chocolatería y cafetería conocida como “C´an Joan de S´aigo” (“La Casa de Juan el del Agua”).

Hacia el improvisado banquete todo el séquito nos dirigimos. La duda era si cabríamos en el “2 caballos”.

 La  producción en masa del ·Citroën 2CV (dos caballos de fuerza) se inició en julio de 1949, en la fábrica Levallois-Perret, y terminó en julio de 1990, en la fábrica portuguesa de Mangualde. Con algo más de 5,1 millones de unidades vendidas, se encuentra entre los diez coches más vendidos en Francia.

Este era el nombre popular del coche “Citroen 2 CV.”.

—¡Antoñita vosotros venid con noso­tros! —le dijo Sebastiana, la ya madrina oficial.

—¿Pero cabremos todos?

—¡Pues claro que sí, además está aquí al lado!

Y sí, al final todos cupimos en su “2 CV”, era más grande de lo que parecía, ¡o nosotros no tan grandes como nos creíamos!

A los pocos minutos y tras un corto tra­yecto en el que no paramos de reír, pues me tiré un pedo silencioso que a todos dejó sin respiración, llegamos a la casa de los padrinos; el autor de la ventosidad permaneció en el incógnito:

—¡Venga todos fuera!

—¡No puedo salir, estoy atascado!

—Como tardemos mucho, ¡estos se be­ben el chocolate! —avisó el padrino.

Esta advertencia, fue suficiente para que los impedimentos a la salida del co­che desaparecieran, y a los segundos y por arte de magia, todos estábamos fuera.

—¡Vamos a por el chocolate! —grité, empezaba la juerga de verdad.

Entramos todos en la cochera ahora convertida en chocolatería, a por nues­tra taza y su correspondiente “cuarto” (una especie de bizcocho).

Poco a poco fueron llegando los invi­tados, que además de los de las felici­taciones de la iglesia, se unieron otros “parroquianos”; cuando había una taza de chocolate y un pastel gratuito, se apuntaba hasta el último vecino.

Todos pasamos una buena velada y rompiendo la tradición, a última hora también se unió a la fiesta mi propio pa­dre, ¡milagro!

—Uep l´amo!, ¿has acabado el sueño? —le preguntó el padrino a mi padre.

—¡No me cabrees que me vuelvo por donde he venido!

—¡Vamos Damián, ven a sentarte a mi lado! —le dijo mi madre para que se quedara.

—¿Me puedo sentar contigo? —le pre­gunté, como toda la atención se la es­taba llevando el protagonista, vi aquí mi oportunidad de que se me hiciera caso.

—¡Pues claro hijo, ven, siéntate a mi lado!

Pero no estuvo mucho tiempo sentado, se levantó y se unió al grupo de improvi­sados camareros, que fueron sacando las jarras de chocolate y los bizcochos.

—¡Cuidado que está muy caliente! —dijo mi padre, sacando la profesionali­dad del “maitre” que era. Incorporándo­se y disfrutando del convite, ¡hasta se hicieron bromas entre ellos los dos pa­dres, el biológico y el eclesiástico.

El buen ambiente duró todo el día, la fiesta fue un éxito, pues además de bromas, chocolate, cuartos, reparto de “Whinston” y demás. Se recibieron al­gunos regalos.

Al día siguiente, todo volvió a la normali­dad, mejor dicho, a la nueva normalidad o situación; es decir, todos pendientes del bebé y el “Chato” a espabilar, que tu tiempo de ser protagonista se había acabado.

Mi reacción ante está repentina falta de cariño y haber dejado de ser el punto de atención; fue aislarme, escondiéndome la mayor parte del tiempo que estaba en mi casa, lo hacía en un refugio que construí en la terraza. Que consistió en habilitar los bajos de la pica de lavar, in­cluido el trozo adjunto de la encimera en la que estaba incorporada. Era una mierda de cueva pequeñaja, pero cuan­do uno es un niño, todo le parece mu­cho más grande; además de lo que se trataba era de que disfrutara de mi bus­cada soledad. Allí pasé muchos ratos de “meditación”, o comiéndome el coco.

Por suerte para mí, pasados unos me­ses se me pasó la melancolía y me rein­corporé a la cotidiana vida familiar.

Pero mantuve mis visitas al refugio du­rante muchos años, ya no me escondía en él como un cavernícola o un aves­truz; lo utilizaba más que nada como un lugar tranquilo, especialmente en los meses de verano. Cambié la distracción y la “meditación” o “comida del tarro”, por la lectura.

Ilustración de FH Nicholson para una edición moderna alemana de 1904, que demuestra la universalidad y aún actualidad de esta novela, que este autor recomienda leer...

Y uno de los libros que leí y que le aconsejo leer a todo el mundo, sino lo ha hecho ya, es “Robinson Crusoe”. Una novela del escritor británico Daniel Defoe publicada en 1719. Está redactada como si fuera una autobiografía del protagonista, pero es ficticia, ¡no como esta “Bio”!

Me lo había comprado con mi propio dinero, conseguido a base de guardar las “limosnas” que me iban dando. Era una edición de poca calidad en su portada, pero con el mismo contenido que otra más lujosa, que era lo importante.

El personaje del esclavo llamado “Viernes”, me impresionó mucho. En sí es un relato en el que se nos narra las vivencias del personaje principal, “Robinson Crusoe”, un náufrago que pasa 28 años en una remota isla desierta tropical, cerca de Trinidad. En ella encuentra caníbales y piratas, hace también una amistad muy especial con un indígena (Viernes), sucediéndole un sin fin de aventuras antes de ser rescatados.

Probablemente Defoe se inspiró en las desventuras de dos navegantes. Uno llamado “Alexander Selkirk”, un marinero escocés que estaba en el barco “Cinque Ports”. Ocurrió que cuando el barco tocó el archipiélago de “Juan Fernández” (Chile). “Selkirk” discutió con el capitán, el cual lo castigó y lo dejó en la isla. Allí permaneció durante cuatro años y cuatro meses, viviendo como un náufrago en esa isla desierta. Siendo rescatado por otro barco en 1709.

Y el otro navegante, “Pedro Serrano”, que fue un capitán español que en 1526 sobrevivió, junto con otro compañero, al naufragio de su barco en un banco de arena del Mar Caribe. Siendo rescato sólo él… en 1534, ocho años después del naufragio.

La Operación de Andrés


¿Y cómo pasó aquellos primeros años mi hermano, en lo referente a su labio especial…? ¡Pues mal!, recuerdo que un día, coincidimos en el recibidor de nuestra casa, mi hermano Andrés, que venía de la calle y yo, que entraba des­de la terraza.

Él ya era todo un hombrecito de seis años de edad, pero este día vino con toda la apariencia de haberse peleado.

—¿Qué te ha pasado Andrés? —le pre­gunté con respeto e intentando no re­primirle.

—¡Me he peleado con un niño!

—¡Tranquilo, cuéntame porque ha sido!

— Se ha metido con mi labio, me ha lla­mado labio partido, ¡y no es la primera vez! Le he agarrado para pegarle, pero él también me ha agarrado y hemos caído al suelo. Nos hemos dado unas cuantas ostias, pero enseguida unos chicos mayores nos han separado.

—Ahora sin enfadarte, me dirás quién es ese cabrón. ¿Lo harás? —se lo dije con voz pausada, para no ponerlo más nervioso.

—¡No!, prefiero dejar las cosas así. No es la primera vez que me peleo, siem­pre hay algún gilipollas que se mete con mi labio.

Respeté su deseo, pero más le costó a mi madre hacerlo cuando se lo contó:

—¡De acuerdo hijo, no iré a hablar con su madre, ni haré nada en absoluto!

Pero si hizo algo, no hacía mu­cho que había mantenido una conversación en persona con alguien de nombre familiar para mí; pero que aún no conocía personalmente, el famoso Doc­tor “Llopis”, el dueño del hospital homólogo.

Sabía de su clínica por ser donde vivía mi amiga, la monea “Chita”. Y también donde trataban a “Ob­dulia”, la valenciana amiga de la hija del padrino.

Pues en aquella conversación, mi madre le había pedido al Doctor si podían operar del labio a mi hermano. Éste había acep­tado realizarla y además de ma­nera altruista.

Los motivos de hacerlo sin co­brar eran varios. Uno de ellos era que el cirujano plástico que realizaría la operación de esté­tica, era joven y contaba con poca ex­periencia. Suponía que con esta opera­ción adquiriría algo más de ella.

Otro era, que al doctor le interesaba también comprobar cómo se desenvol­vería el resto del equipo, anestesistas, enfermeras y demás, en este tipo de operaciones.

En aquel año de 1968, todo este tipo de operaciones aun no estaban popu­larizadas en el país; pero era evidente, que cada día tendrían más pacientes que las reclamarían. Bastaba ver lo que ya estaba ocurriendo en el resto del mundo moderno y occidentalizado. Inicialmente ya en algunas figuras cine­matográficas.

Así que sólo faltaba que los doctores vieran a mi hermano, para calibrar el tipo de intervención y, hacerle algunas pruebas para la anestesia y unas radio­grafías.

Y eso es lo que hizo mi madre, llevar a Andrés a la “Clínica Llopis”, donde ade­más, también le hicieron muchas foto­grafías, tantas como se les hacen a las modelos.

Pasadas todas las pruebas, fijaron para la operación el primer lunes del mes si­guiente.

El tiempo pasó volando y llegó el día programado:

—¡Vamos Damián que llegamos tarde! —mi padre se había tomado libre ese día.

—¡Sí, ya estoy listo! ¿Tienes miedo hijo? —le preguntó al benjamín.

—¡No, que va! —Todos le habíamos más o menos informado de la opera­ción. Nunca entendí como no se asustó después de escucharnos.

—¡Y vosotros portaros bien!, si necesi­táis algo id a pedírselo a Miguel (el pa­drino).

Se subieron en la vespa, mi madre de­trás y Andrés delante, en el espacio en­tre el manillar y el asiento de mi padre. Y se dirigieron a la clínica, que no estaba muy lejos, no hubo necesidad de pedir que los acompañasen, ni coger ningún taxi.

La Clínica “Llopis” en aquellos años.

Cuando llegaron al hospital, se acerca­ron a un mostrador que había en la en­trada, ya les esperaban:

—¡Bienvenidos!, les estábamos aguar­dando —dijo la recepcionista—. ¿Tú debes de ser Andrés?, ¡no me habían dicho que eras tan guapo!

—¡Soy yo, el que van a operar! —mi hermano estaba bien decidido a ello.

—¡Bueno, bueno, así me gusta!, ade­más de guapo eres muy decidido, ¡va­mos como tiene que ser! —le hizo gra­cia la manera de ser de Andrés.

Tras la conversación, les dieron una habitación sola para ellos, al rato vinie­ron unos enfermeros que prepararon al niño, desnudándolo y vistiéndole con la clásica bata.

—Haznos el favor y túmbate en la cama —le dijo uno de ellos—, ¡dentro!, no ten­gas reparo y tápate por favor; ¡espera te ayudo! —Y con suavidad le tapó con la sábana. Mis padres les dejaron hacer su trabajo, sin intervenir. Después se llevaron al paciente al quirófano, con la cama incluida.

Dentro de él, le aplicaron anestesia ge­neral, para que permaneciera dormido y no sintiera el dolor. Se durmió a los pocos segundos.

Entonces el joven cirujano inició la ope­ración, primero tuvo que “deshacer” par­te de lo hecho en la primera operación, al poco tiempo de recién nacido. Luego arregló los tejidos del labio, y al final, y no menos importante, coserlo.

Las suturas las hizo muy pequeñas, con el fin de que la cicatriz también fuera de lo más pequeña posible. Terminada la operación, que el Doctor “Llopis” calificó como de un “rotundo éxito”. Trasladaron a mi hermano a una sala de recupera­ción, donde estuvo hasta que se le fueron los efectos de la anes­tesia. Teniendo en cuenta la edad del paciente, les preocupaba que pudiera tener alguna mala reac­ción.

Pasado un tiempo y ya casi recu­perado, lo trasladaron de nuevo a la habitación. Allí le esperaban ansiosos y preocupados mis pa­dres.

—¡Hay madre mía, lo que le han hecho! —mi madre quedó impac­tada por las vendas que rodea­ban una gran parte de su cara. Ciertamente era aparatoso.

El joven doctor también iba junto a los camilleros, e intentó calmar­la con palabras:

—¡Toda la operación ha ido como la teníamos prevista! Si todo va bien, dentro de unos días podrán regresar a su casa, cuando le ha­yamos quitado estas vendas.

Le hemos puesto unas pinzas especia­les. La mayoría de las suturas se ab­sorberán en el tejido a medida que la cicatriz sane, así que no habrá que reti­rarlas después.

—¡Hola mamá! ¿Ha ido todo bien?

Andrés ya empezaba a cotorrear.

—¡Si hijo todo ha ido perfecto!

—¡Déjame un espejo, que quiero verme el labio! —aquí intervino el doctor:

—¡No, hombrecito! Espérate a que te hayamos quitado las vendas, que sí te ves ahora te creerás que eres una mo­mia egipcia.

—¡JA, JA, JA! —el joven paciente no había perdido su sentido del humor.

—¡No, no te rías!, tienes que hacer los mínimos gestos. —aparte de esta orden del doctor, por indicación suya no se per­mitieron ningún tipo de visitas, era mejor que no le molestaran; pues lo forzaban a realizar determinados movimientos ma­los para sus recientes heridas.

Ya de regreso en casa, si hubo un des­file de personas, los padrinos, Margari­ta y todos los vecinos quisieron darle la bienvenida. También vinieron algunos niños, que más que a eso, lo que tenían era la curiosidad por ver como había quedado.

Y ciertamente quedó bastante bien, y con el tiempo, aún se le fue notando me­nos la cicatriz. Si bien el labio no quedó del todo perfecto, aún cabía perfeccio­nar el resultado. Esto ya nos lo habían advertido los médicos de la clínica, que al estar su cuerpo sin formar y en eta­pa de crecimiento. Su cuerpo, especial­mente la musculatura, tenía que crecer y desarrollarse.

Que ya de más mayor, lo bueno sería rea­lizar una nueva intervención para acabar de corregir la pequeña deformación.

Eso vino años más tarde, cuando An­drés tenía catorce, allá por 1976, un año después de muerto Franco. Duran­te el verano hizo un viaje a los EE.UU. para ello, la tía Raquel, la hermana de mi madre; que se marchó a vivir allí des­pués de casarse. Había planificado una nueva operación para el labio del mozo.

Contaba con la organización, en todo lo concerniente a la intervención, del tío Erwin, su esposo y médico nortea­mericano. Él cómo director de una gran clínica, instalada en el estado de Ohio, donde vivían ellos; había dispuesto que un famoso cirujano plástico corrigiera los defectos del labio, ¡las técnicas ha­bían evolucionado mucho!:

Legado el día de partida:

—¡Hijo por favor!, si cambias de idea no tengas vergüenza a decirlo; los tíos están de acuerdo y antes de operarte te entrevistarás con el Doctor “Z”. Que será quien te operará, además habla español y quiere hacerte varias preguntas.

—¡Bueno! Si quiere preguntar, qué pre­gunté… ¿Y qué quiere saber? —ya te­nía su carácter el paciente, era muy in­dependiente y de ideas fijas. ¡Un poco “leño”!

—¡Y yo qué sé hijo! Serán preguntas de tipo médico, supongo que tendrá que hacer un historial médico tuyo, ¡coño, tú lo sabes mejor que yo!

—¡Ah leches, haber empezado por aquí! No te preocupes que he recogido algunos datos de mis otras intervencio­nes, ¡no mucho, pero es lo que he podi­do! El resto se lo contaré en persona y lo que no sepa, ¡me lo inventaré!

—¡Hijo hazme el favor y no te me ha­gas el “chulito!, ¡qué esta operación les cuesta mucho dinero a los tíos! ¡Déjate de monsergas!

—¡Perdón mamá, tienes toda la razón!, ¡es que estoy muy nervioso! Y encima viajar tan lejos en mi primer viaje que hago, me da algo de miedo, allí no co­nozco a nadie.

—¡Tranquilo que estarás en las mejo­res manos! La tía ya verás que es de «armas tomar», no deja que se le pase nadie y «a la menor de canto», te ame­naza con una demanda; en EE.UU. es eso muy habitual. Y además el tío es médico y sabe cómo va todo esto de las operaciones, y te diré más, es amigo del Doctor “Z”.

—¡Mamá eres única!, ¡me has dejado mucho más tranquilo!

—¡Yo lo que lamento es no poder acom­pañarte! ¡Snif…! —las lágrimas florecie­ron, pero Andrés la abrazó y la tranqui­lizó.

—«DING DONG, SALIDA DEL VUELO TAL, CON DESTINO A…». —el anun­cio del embarque del avión de Andrés, acabó de finalizar inesperadamente la despedida, a mi madre le había acom­pañado al aeropuerto mí ya cuñado “Lito”. Nosotros los otros tres varones, en aquel día, aun estábamos cumplien­do nuestro compromiso con el Ejército y en diferentes lugares de España. Cosa que hizo imposible nuestra presencia. Mi padre, que no estaba muy fino, ya se había despedido antes en casa.

Andrés llegó sin ningún problema a Ohio, tanto los tíos como sus primos se desvivieron en atenciones.

Tuvo su famosa entrevista con el Doctor “Z”, al que impresionó con su carácter y entereza.

Pasó su intervención, que se realizó por un magnífico equipo de profesiona­les de la medicina y lo más importante; exitosamente, corrigiendo los famosos detalles de la anterior.

Pasados unos días, el joven sapo se convirtió en un Príncipe, como en el cuento de los Hermanos Grimm “El Rey Rana o Enrique de Hierro”, donde al final del cuento sucede esto: 

«Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana, y convirtiose en un príncipe, ¡un apuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada!». 

Continuando hablando de cuentos… ¿Cuál es el “País de la Fantasía”? Pues el paciente estuvo en él después de la operación, disfrutando de una grata convalecencia, visitando “El Walt Disney World Resort”; comúnmente llama¬do “Disney World”. El complejo turístico famoso por sus parques temáticos am¬bientados en los innumerables perso¬najes de Disney. Construido en la ciu¬dad de Orlando, en el estado de Florida. 

¡Se lo pasó “pipa”! Estuvo en más lugares, y cuando se acordó de que unos padres y el resto de la familia se acor¬daban mucho de él; regresó a su país. 

Ya no hubo más intervenciones, los po¬sibles complejos desaparecieron, también contribuyó a ello el que le salieran los pelos del bigote y la barba. ¡Y supon¬go la de alguna parte más de su cuerpo! La madurez intelectual también sirvió, para que no le diera importancia a una pequeña cicatriz de mierda. Hasta lo hacía más interesante a las mujeres…, según me comentó años después. ■

FIN DEL CAPÍTULO 6.


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