“Los Amantes de Teruel”, una leyenda oriunda de España con proyección internacional, sus orígenes son de 1217 y lo acontecido sucedió en la ciudad homónima de Aragón

Fotografía del Mausoleo de los amantes, inaugurado en Septiembre del año 2005. Diseñado por Alejandro Cañada que se encuentra situado a los pies de la Iglesia de San Pedro (Teruel).

Las esculturas representan a los amantes, Don Diego de Marcilla y Doña Isabel de Segura; y fueron esculpidas en alabastro por Juan de Ávalos y Taborda, quien agregó a las mismas símbolos

relacionados con ellos:

Como por ejemplo, a los pies de Don Diego vemos dos leones de bronce simbolizando el valor y fuerza, a los pies de Doña Isabel tenemos dos ángeles de bronce simbolizando la pureza, fidelidad y obediencia.

Don Diego tiene los pies tapados con la

mortaja que Isabel retira para darle el beso que le había negado, y las manos de ambos están tendidas una sobre la otra sin llegar a tocarse simbolizando el amor imposible.


PROCEDENCIA Y AGRADECIMIENTO:

Estas fotografías y explicación, proceden de la web de Turismo del Ayuntamiento de Teruel (www.teruelenlared.com) ¡Muchas gracias!

Orígenes de la Historia


«La leyenda de los Amantes de Teruel» narra la historia de dos jóvenes, don Diego de Marcilla y Doña Isabel de Segura.

El primero de ellos, procedía de la casa de los Marcilla, familia respetada y, trabajadora y humilde.

Y nuestra querida dama, provenía de la casa de los Segura, familia adinerada y con un buen estatus social.

Nuestros queridos protagonistas se conocían desde la juventud, pues vivían muy cerca y jugaban juntos, y pronto el amor comenzó a aflorar entre ellos.

El único problema residía en la diferencia de estatus social, algo que a los ojos de los padres de Isabel parecía un problema.

Cuando ambos crecieron, su amor creció con ellos y ante la imposibilidad de estar juntos, debido a sus diferencias sociales. Diego decidió partir a la guerra en busca de fortuna y gloria que, le permitieran ganarse el estatus social necesario para estar con Isabel, y le pidió a su amada que le esperase durante cinco años.

Isabel se mantuvo firme a su promesa de esperar esos años, pese a la insistencia por parte de sus padres de que, contrajera matrimonio con Don Pedro Fernández de Azagra, un pretendiente más del gusto del padre.

Quien cuando ya estaban apunto de cumplirse los 5 años, comenzó a hacer correr el rumor por la ciudad de que Diego había fallecido en la guerra, en una de las batallas en la que participó en aquellos años inmersos en la “Reconquista”.

Noticia que derrumbó la moral de Isabel, quien finalmente, cedió y accedió a casarse con Don Pedro el mismo día que se cumplían los 5 años...

Fuertemente arraigada en nuestra cultura popular y multiples veces versionada


Mucho se ha escrito sobre esta leyenda, que recordemos se le atribuye al año de 1217 la fecha de los acontecimientos que dieron lugar a ella.

La primera, por proximidad cronológica, sería la del escritor y humanista italiano; y uno de los padres, de la literatura en italiano, Giovanni Boccaccio. Que cuenta esta historia en su libro el “Decamerón”, escrito entre 1351 y 1353.

En concreto en el capítulo dedicado al “Cuarto día”, y dentro de éste, la “Novella 8ª; dando a los personajes los nombres de “Girolamo” y la “Salvestra”.

Con la sinopsis del autor de este capítulo se ve la fuente: «Girólamo ama a Salvestra; empujado por los ruegos de su madre va a París. Vuelve y la encuentra casada; entra a escondidas en su casa y se queda muerto a su lado. Y llevado a una iglesia, "Salvestra" muere a su lado».

Más, hay quienes piensan al revés, que la fuente de esta leyenda es la escrita por Boccaccio y que en verdad la versión contada y nacida en Aragon, es una versión de ella contada por los trovadores de la época.

Hay lo dejamos, si bien parece poco probable, que los habitantes de una ciudad como Teruel, poco poblada y en gran parte aislada, pudiera casi doscientos años después, “enraizar” esta leyenda como suya sin serlo...

Sigamos... Muchos son los autores que han “bebido” de esta leyenda y han hecho su versión: Antonio Serón, Juan Pérez de Montalbán, Andrés Rey de Artieda, Tirso de Molina, Tomás Bretón, Juan Eugenio Hartzenbusch, Mariano Miguel de Val y otros.

Algunos versionando los hechos y otros plasmándolos en una obra de teatro completa.

Que por cierto, aparte de otros lugares, anualmente se celebra en la ciudad aragonesa de Teruel, el fin de semana que coincide con el tercer viernes de febrero, fecha cercana al día de San Valentín.

La fiesta conocida como “Las Bodas de Isabel de Segura”, que dura de jueves a domingo, y recrea de forma teatralizada por parte de actores amateurs, la historia de los “Amantes de Teruel”, escenificando más de 60 actos en las calles. (En la foto anterior, vemos la escena de la boda de Isabel con Pedro de Azagra en una representación de 2017) ↑

En nuestro caso, para este artículo, hemos optado por reproducir literalmente, algún fallo ortográfico incluido, como las comillas; un “PLIEGO DE CORDEL” (Son unos cuadernillos impresos, pero sin encuadernar, para abaratar costos; que se exhibían para su venta en tendederos de cuerdas, cual si fuera ropa tendida). editado en el primer decalustro del siglo XIX por la Imprenta “El Abanico”, de la calle Hospital, 19 de Barcelona. Que también nos servirá para conocer la leyenda y, de que manera le llegó a la ciudadanía menos “cultivada” de entonces. Las normas gramaticales son las vigentes en aquellos años, como la “á” acentuada, entre otras...

PRIMERA PARTE

La amistad más franca y pura

unía con maravilla

á D. Martín de Marcilla

y á D. Pedro de Segura.

De iguales inclinaciones

en sus afectos sinceros,

igual lustre en los blasones

y en fin buenos caballeros.

Tenían ambos á dos

por sola y única ley

amar y servir á Dios,

su honor, su patria y su rey.

Uno á otro se servían

con el cariño más fiel,

y muy vecinos vivían

en la ciudad de Teruel

El de Marcilla adoraba

á su hijo llamado Diego,

quien desde niño mostraba

en sus miradas de fuego,

en su honrado proceder,

en su porte y gentileza,

que ejemplo podría ser

de la española nobleza;

y D. Pedro de Segura

amaba con alma y vida

á Isabel su hija querida,

flor de amor y de ternura

inocente, cariñosa,

de muy gentil apostura,

de celestial hermosura

y tan pura como hermosa.

Criados estos dos niños

casi juntos, se adoraban

y entre ellos se prodigaban

mil infantiles cariños,

y como en aquella edad

primera de la existencia

forman amor é inocencia

toda la felicidad,

los dos niños la pasaron

en muy apacible calma

en esa hermandad del alma

que ellos mismos se crearon.

Y así felices vivían

y de su afecto gozaban

y entre flores se dormían

y entre flores despertaban.

Así su infancia pasó,

y en la edad de las pasiones

en sus tiernos corazones

el más puro amor nació.

Diego sintió el alma arder

en el fuego del amor,

sufría cierto dolor

muy parecido al placer,

que entre piadoso y cruel

le daba vida y mataba...

era amor y el no acertaba

á decir: te amo, Isabel.

También en dulce querella

de amor Isabel gemía;

también su fuego sentía

la enamorada doncella,

que en ambos el mismo afán

encendió llama amorosa;

que era Isabel tan hermosa

como don Diego galán.

Un día que estaba Diego

conversando con su amada

sintiendo el alma abrasada

en el amoroso fuego;

ante ella puesto de hinojos,

la mano en el corazón,

y alzando a l cielo los ojos

la declaró su pasión:

juróle que su hermosura

movía en su pecho guerra:

y era la sola ventura

que ambicionaba en la tierra,

y que la amaba de suerte

que estaba y a decidido;

que entre la muerte ó su olvido

preferiría la muerte.

¡Con cuán turbada atención

la bella en aquel instante

con qué gozo de su amante

escuchó la confesión!

Al punto le alzó del suelo

y descubrió sin rebozo

al enamorado mozo

el secreto de su anhelo.

Ambos se participaron

sus recíprocos temores,

y de los llantos de amores

y de sus goces hablaron.

Despidiese de la hermosa

don Diego con alegría

de esperar al nuevo día

y pedirla por esposa.

¡Cuan aliviados sus pechos

aquella noche no hallaron!

Ambos á dos la pasaron

desvelados en su lecho.

Ella no llamaba al sueño,

que tenía el pensamiento

en la imagen, el acento

y en el brío de su dueño.

Y el sueño esquivaba él

libre de amantes enojos,

fijos del alma los ojos

en los ojos de Isabel.

Madrugó Diego la aurora,

mas no madrugó por verla,

que ansía sólo ver la bella

que su corazón adora;

y sin perder ocasión

se encaminó á la morada

de los padres de su amada,

y con cortés atención

pidiéndola por esposa

el enamorado Diego,

con la elocuencia del fuego

de su pasión amorosa,

fuerte pasión aunque honesta,

con admiración no poca

halló en la paterna boca

tan no esperada respuesta:

«Diego, eres noble y honrado

y te aprecio mucho, Diego,

pero que mires te ruego

que es asunto delicado

el que te trajo á mi casa,

y ya tu sabes también

que es de importancia no escasa

y debe tratarse bien.

No dudo de tu virtud

ni pongo duda á tu amor;

esta es la más grata flor

que nos da la juventud;

mas tu que no eres niño

de sobra has de comprender

que no basta á una mujer

virtud, nobleza y cariño;

y á tu demanda importuna

la respuesta encontrarás

si vuelves la vista atrás

y calculas tu fortuna;

y pués te sobra nobleza

conoce, aunque yo te aflija,

si puedo á mi hermosa hija

arrojar á la pobreza...

No, Diego, no puede ser:

te lo digo en conclusión,

y advierte que en esta acción

¡sólo cumplo mi deber!

Diego á la calle se lanza

con el alma dolorida,

llorando al ver convertida

en dolor toda su esperanza,

y maldiciendo su suerte

y su fortuna precaria,

llamaba á voces la muerte,

sorda á su triste plegaria,

pero su llanto pueril

atajó y en grave calma

llamó el esfuerzo del alma

á su pecho varonil,

y exclamó: ¡Vanos lamentos!

¿Yo juguete de un acaso

seré? No, cierran el paso

á mis honrados intentos,

dan al orgullo tributo

con egoísmo cruel:

cubren de dolor y luto

mi vida y la de Isabel:

mas pues la fortuna avara

me arrebata el bien que adoro

pues sólo me falta el oro

para arrojar á la cara

del que burla mi esperanza,

no me faltarán tesoros.

Mi patria oprimen los moros,

yo sabré enristrar la lanza...

Cubra mi cuerpo la tierra

si muero en la guerra cruel;

si vivo y triunfo, Isabel

será mi esposa: ¡á la guerra!

Así dijo: y esperando

á que oscureciese el día,

ocultando su agonía

y su dolor ocultando,

el alma llena de hiél,

fuése silencioso al fin

á la casa de Isabel,

que aguardaba en el jardín.

En sus latidos violentos

habló el corazón por ellos

y renovaron aquellos

amorosos juramentos.

Deploraron la injusticia

de los hados inclementes

aquellas dos inocentes

víctimas de la avaricia

y en efecto ¿qué mayor

bien ni riqueza querían

cuando en su pecho tenían

tantos tesoros de amor?

Marcilla, del corazón

detuvo el latir violento,

y á Isabel en un momento

contó su resolución.

Trazó con vivos colores

la esperanza que alentaba

y de como él esperaba

ganar trofeos y honores;

que se mantendría fiel

y sufriría con paciencia

los dolores de la ausencia

siendo amado de Isabel.

«iCinco años (dijo) y concluyo

con todo, tú lo verás,

cinco años y tú serás

feliz, pues yo seré tuyo.»

Isabel aunque afligida

quedó un poco consolada

y aquella voz tan querida

escuchaba embelesada.

Convino con Diego en todo,

y en medio de su quebranto,

entre suspiros y llanto

juró que de ningún modo

se entregaría á otros brazos,

ni su amor desconociera

aunque su padre la hiciera

el corazón á pedazos:

que desafiaba su suerte

y esperaría en paciencia

más amorosa en la ausencia

y en la desgracia más fuerte.

«Y en la misma sepultura,

(dijo) fiel me encontrarás

y aun amorosa verás

á tu Isabel de Segura.»

A la mañana siguiente,

devorando sus enojos,

rojos de llanto los ojos,

llena de arrugas la frente,

en marcha precipitada

Diego de casa salió,

y sus pasos dirigió

á la casa de su amada.

Hizo á D. Pedro llamar

y retirándose aparte

al grave anciano dió parte

del proyecto singular.

«Señor (dijo) me despido:

salgo, señor de mi tierra,

voy á lanzarme en la guerra,

cinco años de tiempo os pido.

Isabel me ama; los dos

respetamos vuestra ley

yo voy á servir al rey

por volver digno de vos.

Si venciendo á los infieles

lleno de insignias mi pecho

mis arcas ganan provecho

y ciño heróicos laureles,

espero que no os afija

verme volver de repente

y dar á un rico valiente

la mano de vuestra hija.»

Don Pedro le contestó

que su palabra empeñaba

y el compromiso aceptaba,

y Diego se despidió.

(por ser avaro cruel)

decía: «Nunca Isabel

querré que alague su amor;

todo con tiempo se olvida;

Isabel le olvidará

y después se casará

con quién yo le mande ó pida.»

Diego en tanto desolado

y deseando batirse

corrió al punto á despedirse

de su buen padre adorado.

Encerróse en su escritorio

y jurando serle fiel

escribió un largo billete

á su querida Isabel.

Luego á su padre abrazó

que era del honor espejo...

¡Oh cuánto honrado consejo!

¡Cuántos abrazos le dió!

También lloraba él galán

por su padre y por sus lares,

mas apretó los ijares

de su gallardo alazán.

Armóse de su valor,

la rienda al caballo dio

y de su patria salió

para conquistar su amor.

El ínclito Diego parte

y el lector que ver quisiera

la fortuna que le espera,

lea la segunda parte.

FIN

(Es propiedad)

Imps. Hospital, 19 «El Abanico»



SEGUNDA PARTE

En un soberbio alazano

que el huracán desafía,

cabalga con bizarría

un guerrero castellano.

No se detiene un momento

en su impetuosa carrera

que el caballero quisiera

volar con el pensamiento.

A Castilla se encamina

donde una hueste aguerrida

por el rey mismo escogida

está á formarse vecina.

Pronto á regar el laurel

con la sangre de sus venas

parte á lidiar como fiel

contra huestes sarracenas.

La nobleza que más brilla

ya se encuentra á la sazón

con los reyes de Castilla,

de Navarra y Aragón.

Encuéntrame con los tales

los caballeros templarios

de Montpeller y otros varios,

todos en valor iguales.

Y el que sin paz ni sosiego

hace minutos las leguas,

sin dar á su escape treguas:

es el amoroso Diego.

Que carcome su memoria

de su desgracia la idea

y va á buscar muerte ó gloria

en la sangrienta pelea.

Porque un recuerdo cruel

hacia el combate le llama,

que ha de comprar con su fama

el cariño de Isabel.

Su nombre paso le ha hecho;

y al punto le han admitido:

con la roja cruz al pecho

está á luchar prevenido.

Esperaba el paladín

mostrar pronto la pujanza

de su brazo y de su lanza;

cuando el guerrero clarín

rasgando los aires vanos;

retumba en los hondos senos

llamando á todos los buenos

á luchar como cristianos.

El pecho de Diego late

y se arroja denodado

donde más encarnizado

espera hallar el combate.

Y en los peligros se place

y sin temer mil aceros,

abre, atraviesa y deshace

una nube de guerreros.

Si alguna vez la fortuna

en su inconstante tarea,

lo mejor en la pelea

concede á la media luna;

de su valor hace alarde,

renueva el vigor perdido

y deja roto y vencido

al cerraceno cobarde,

y convierten sus valientes

el belicoso escuadrón

en asqueroso montón

de cadáveres sangrientos.

El conde de Haro que estaba

al frente de los cruzados

vió los triunfos señalados

que el Marcilla alcanzaba;

y para recompensarlos

cuando la acción terminó,

al nombramiento le dió

de capitán de Caballeros;

y admirándole tan bravo,

de tal denuedo y pericia,

lo hizo llegar á noticia

del rey D. Alfonso octavo.

Al salir de los horrores

de cada lucha en que entraba,

el buen Diego se entregaba

á sus recuerdos de amores.

Para alentar la esperanza

de la que ansiosa le espera

la noticia sin tardanza

su futura lisonjera.

¡Mas en cuán fatal engaño

confía su corazón!

la más infame traición

fraguando están en su daño.

Porque el padre de su amada

con la edad se hizo avariento,

y para lograr su intento

le falta á la fé jurada.

Las cartas del buen amante

llegan todas á Teruel;

mas el padre de Isabel

las intercepta al instante;

porque ha formado el concierto,

aunque en el alma se aflija,

su buena y Cándida hija,

de dar á Diego por muerto.

Así lo hizo en efecto

en su; ambiciosa impiedad

para lograr su proyecto

con toda felicidad.

En tanto pasaban días...

Isabel, muy afligida,

se encontraba sumergida

en negras melancolías.

Ya había pasado un año

y ella en lágrimas deshecha

no se atreve á la sospecha

de que en Diego quepa engaño,

pero tal incertidumbre

en duda su amor atiza,

y una cruel pesadumbre

su corazón martiriza.

Don Pedro con entereza

tuvo un día el ardimiento

de ofrecerle en casamiento

un joven de gran riqueza;

diciéndole que el callar

de su amante, suponía,

que muerto en la guerra habría.

Mas ella sin vacilar,

contestó: «Padre y señor,

si muerto á Diego creeis

no hallo justo que aumentéis

mi dolor con más dolor;

tal vez en prisión cruel

sufre solo y desvalido,

por el amor que ha tenido

á su querida Isabel!

Tal vez ¡ay Dios! haya muerto

por mi! por mi!... desdichada

y queréis que preparada

al importuno concierto

de mis bodas esté yo?

yo he de hacer tan fea acción?

pensáis que mi corazón

es de bronce, padre? no!

Cinco años de plazo tiene,

en memoria lo tened,

si en cinco años no viene

lo que más os guste haced

Entonces yo rogaré

por el de Marcilla á Dios;

por complaceros á vos

entonces me casaré.

Pretende Azagra mi mano,

á Azagra me proponéis,

que le aprecio ya sabéis

como á noble castellano.

Si ¡ay Dios! si la muerte airada

me roba mi bien querido,

triste de mí? resignada,

lo aceptaré por marido.

Mas si amante, señor,

vuelve y su amor me consagra,

tened piedad de mi amor

y no me habléis más de Azagra.»

Don Pedro vió su aflicción

y se retiró al momento

aguardando otra ocasión

de poder lograr su intento.

Entre tanto el pobre amante

por Isabel peleaba,

por Isabel alcanzaba

el renombre de valiente.

Ay! de qué te sirve Diego,

tu valor y tu honradez

si tu obra destruye luego

la ambición de la vejez?

Si el premio de tus arrojos

participas á Isabel,

que vale si un padre cruel

lo ha de ocultar á sus ojos?

Don Pedro continuaba

en su ambiciosa manía;

cuantas cartas escribía

Diego, las ocultaba,

y proponía de nuevo

á Isabel el casamiento.

La joven se resistió

su juramento alegando,

mas iba el tiempo pasando

y en el plazo llegó.

D. Pedro que ya tomadas

tiene sus medidas todas,

hizo celebrar las bodas

tanto tiempo deseadas.

De alegre música al son

Isabel llegó al altar,

envuelto su corazón

en el luto y el pesar;

y contristada y llorosa

dió su temblorosa mano

á Azagra que muy ufano

la recibió por esposa.

Con tan plausible ocasión

dió Azagra un baile suntuoso

dó asistió lo más gracioso

y más noble de Aragón.

Pero llegado el momento

de despedir á la gente,

Isabel humildemente

y casi falta de aliento

le dice al marido así:

«Ya mi mano os entregué,

seros fiel os prometí,

y hasta morir lo seré:

mas os ruego que por hoy

vuestros goces suspendáis,

Azagra, si es que me amáis,

porque muy postrada estoy:

permitidme dedicar

esta noche á la oración

para que mi corazón

venga Dios á confortar.»

Azagra condescendió,

é Isabel se fué á orar

á la virgen, y á llorar,

y Azagra se recogió.

Diego volvió de la guerra

al quinto año, al mismo día

como prometido habla

al marcharse de su tierra.

Cuando sus padres le vieron

tiernamente le abrazaron,

pues muchos días pasaron

que por muerto le tuvieron.


Como D. Diego observara

en ellos cierto pesar

quiso al momento apear

lo que aquello motivara;

y cuando el padre le dijo

que Isabel casada estaba,

con tal noticia pensaba

haber perdido á su hijo.

Como si un rayo le hiriera

quedóse petrificado,

aturdido, anonadado

porque nunca tal creyera.

Vuelto en sí de su estupor

lloró tan amargamente

que al verle tan solamente

causaba terrible horror.

Por fin un tanto calmado

en apariencia el dolor,

pide al padre por favor

estar solo y retirado;

y apenas condescendió

D. Martín del hijo al ruego,

cuando á la calle D. Diego

al instante se largó.

Corre de Azagra á la casa

más que centella veloz,

llevando un volcán atroz

en el pecho que le abrasa;

y sin que nadie le viera

se cuela precipitado

de mil ansias acusado

á do amor le condujera.

En un cuarto donde brilla

trémula lúz de una vela,

de puntilla y con cautela

se introduce el de Marcilla,

Azagra estaba dormido,

Isabel en oración

y con tanta devoción

que Marcilla no fué oído;

mas este tan conmovido

estaba y fuera de sí

que un rapto de frenesí

le arrancó un triste gemido.

Mira Isabel azorada,

y á su lado ve un guerrero

que le dice «Isabel, muero,

de ti viene la estocada.

Hágate feliz el cielo

pues yo no puedo serlo,

si un día llegué á creerlo

hoy sólo morir anhelo.

Adiós... Isabel... Adiós...»

Y sin poder acabar

vióle Isabel aspirar:

entonces un grito atroz

dió Isabel que despertó

á Azagra despavorido,

quien en un sillón tendido

un cadáver encontró.

Tal fué el terrible delirio

que le cogió á Isabel,

tan horrendo y tan cruel

de su pecho era el martirio,

que cayendo sin sentido

en el suelo así exclamó:

no me culpes... Diego... yo...

por... ti... sólo... he vivi...do!»

De las campanas al vuelo

al otro día en Teruel

de D. Diego y de Isabel

llamaban al triste duelo.

En magnífico panteón

fueron los dos enterrados,

y en Teruel visitados

por los viajeros son.

Esto en compendido es la historia

descrita por pluma fiel;

tenga Dios en santa gloria

los AMANTES DE TERUEL. ■

FIN

Una prueba de la veracidad de la existencia de los amantes y que confirmó que fueron enterrados juntos, se encontró al aparecer sus cadáveres durante unas obras en la Iglesia realizadas en 1555

Durante unas obras en la capilla de San Cosme y San Damián, de la iglesia de San Pedro, realizadas en 1555. Aparecieron los dos cadáveres momificados. Según el testimonio posterior del notario Yagüe de Salas, apareció junto a los cuerpos un antiguo documento que recogía la historia.

Años más tarde, volvieron a ser sepultados en aquella misma iglesia. Desde entonces en los aniversarios del descubrimiento de los restos, se exhibían las momias al público.

Se conservan grabados del siglo XIX ( ↑ ) , y fotografías del siglo XX, de esta peculiar “exhibición” ( ↓ ). ■


Un reportaje del “Anticuario”

para Queseenteren