El escritor estadounidense Whashington Irving, proyectó al resto del mundo, su amor por Andalucía y la influencia árabe en ella, mediante su mezcolanza de guía de viajes y relatos populares, en sus “Cuentos de la Alhambra”


“Cuentos de la Alhambra” es una antología de viajes del autor estadounidense Washington Irving, publicado en 1832 por Carey & Lea; que consta de cuentos, ensayos y bocetos, inspirados en el palacio de la “Alhambra” de Granada.

El libro en si, es una colección de relatos de viaje, ensayos históricos, anécdotas personales y relatos tradicionales que tienen como escenario el palacio fortificado.

Durante su estancia en Alhambra, Irving hizo extensas observaciones y las usó para escribir el libro. El resultado fue una obra literaria que introdujo a los lectores occidentales en las maravillas de la "Alhambra", en un tiempo en el que apenas el tres por ciento de la sociedad estadounidense podía darse el lujo de viajar.

Poco después de completar una biografía de "Cristóbal Colón" en 1828, Washington Irving viajó desde Madrid, donde se había alojado, a Granada (España).

A primera vista, la describió como “una ciudad de lo más pintoresca y hermosa, situada en uno de los paisajes más bellos que jamás haya visto”.

Irving estaba preparando un libro llamado “Crónica de la conquista de Granada”, una historia basada en los años desde 1478 a 1492, y continuaba su investigación sobre el tema.

Inmediatamente pidió al entonces gobernador del histórico “Palacio de la Alhambra”, así como al arzobispo de Granada, acceso al palacio; lo cual le fue concedido debido al estatus de celebridad de Irving.

Con la ayuda de un guía de 17 años llamado Mateo Ximenes (que se convierte en un personaje más de su narración), Irving recopiló leyendas y cuentos sobre la “Alhambra” y luego partió hacia otras partes de España.

Al año siguiente, regresó a la Alhambra y vivió allí en un apartamento durante unos tres meses, y tuvo acceso a sus archivos.

Irving se inspiró en sus experiencias para escribir “Cuentos de la Alhambra”. El libro combina descripción, mito y narraciones de acontecimientos históricos reales. Desde, incluso, la destrucción de algunas de las torres del palacio por los franceses bajo el mando del Conde Sebastiani en 1812; hasta los daños adicionales causados por un terremoto en 1821.

A lo largo de su viaje , Washington llenó sus cuadernos y diarios con descripciones y observaciones, aunque no creía que sus escritos alguna vez le hicieran justicia. Así, escribió: “Cuán indigno es mi garabato del lugar”.

Irving continuó viajando por España hasta que fue nombrado secretario de legación en la Embajada de Estados Unidos en Londres, bajo el mando del ministro entrante Louis McLane, llegando a Londres a finales de septiembre de 1829.

Las LEYENDAS recogidas por Washington Irving en su libro


En este resumen de esta obra para “Queseenteren”, nos centraremos en la parte de la colección que más se lee de manera independiente; es la que compone la colección de cuentos inspirados en la tradición literaria popular.

La mayoría de ellos aparece con el título “Leyenda”.

Estos textos funcionan perfectamente separados del resto de los textos, aunque algunos cuentos como “Leyenda del astrólogo árabe” y “Leyenda de las dos discretas estatuas”, comparten personajes.

Si bien no son directamente un producto de la imaginación de Irving, el autor se limita a dar forma a las historias que lee y escucha en su estancia en Granada y, las narra de tal manera que aún hoy los lectores disfrutan de ellos.

Al tratarse de cuentos tradicionales, el lector se encuentra con elementos sobrenaturales, objetos mágicos, espacios lujosos y refinados o tesoros hechizados que despiertan la imaginación.

Empecemos pues con la primera...

(Respetadas las normas gramaticales de esos años).

RESUMEN DE LAS LEYENDAS:


“Leyenda del astrólogo árabe”

Esta leyenda sucede durante el reinado de Aben Habuz, un rey moro que luego de tantos años de conquistas solo desea pasar sus últimos años disfrutando de sus victorias en paz.

Para su desgracia, tiene muchos enemigos y su reino está bajo constante asedio. Por lo que manda construir atalayas para estar siempre en vigilia.

En una ocasión, un médico anciano llega a su corte. Se trata de un famoso astrólogo llamado Ibrahim Ebn Abu Ayub, hijo de uno de los compañeros del Profeta Mahoma. Había viajado hasta Egipto, y allí había estudiado las ciencias ocultas, permitiéndole este conocimiento prolongar su vida, llevando vivo, cuando llegó, dos siglos.

Aben Habuz recibe con todos los honores al astrólogo y le ofrece un lugar en el palacio. No obstante, el anciano elige vivir en una cueva en la colina donde posteriormente se construye la Alhambra.

Allí instala su estancia, con una abertura para observar las estrellas y con extraños instrumentos.

En poco tiempo el astrólogo se convierte en el consejero más apreciado del rey.

Cuando este le cuenta sobre su angustia por los constantes asedios, el astrólogo comparte con él su experiencia adquirida en Egipto, donde una sacerdotisa construyó una veleta que anunciaba a tiempo la aproximación de cualquier enemigo.

Y puede construir una para el rey, porque tuvo acceso a un libro con los secretos de la magia que se encontraba enterrado, junto a un alto sacerdote en una de las pirámides.

Con el permiso del rey, el astrólogo manda construir una torre con una sala secreta. En la parte superior de la torre ubica una veleta con un guerrero moro

sobre un caballo. En el interior de la sala ubica un tablero con figuras pequeñas que representan los ejércitos de todos los enemigos del rey.

Un día, el centinela apostado en la torre de la veleta, se apresura a alertar al rey sobre los movimientos del guerrero de la veleta, que apuntan a que el palacio será atacado por enemigos que se acercan desde el Paso de Lope.

El rey ordena reunir a los ejércitos, pero el astrólogo le dice que eso no será necesario y lo lleva a la sala secreta.

Allí el rey ve como las pequeñas figuras del tablero, que representan al enemigo, están en movimiento. Lo único que debe hacer el rey es elegir una de las

opciones que le propone el astrólogo:

Utilizar una lanza en miniatura y golpear el tablero con la parte posterior del arma, para hacer que el enemigo se retire sin derramar sangre, o atacar a las figuras con la punta de esa lanza para causar

una masacre, a lo que el rey declara:

«Hijo de Abou Agib, dijo, creo que se verterá una poca sangre».

Dichas estas palabras hirió con la punta de la lanza algunas de aquellas figuras mágicas, y tocó las otras con el cuento.

Los primeros guerreros cayeron al momento muertos sobre el tablero, y los demás, revolviéndose unos contra otros, trabaron confundidos un combate, cuyos resultados eran en corta diferencia iguales para unos y otros.

No costó poco trabajo al astrólogo el contener la mano del monarca mas pacífico, para impedirle que exterminase hasta el último de sus enemigos; mas,

al fin, consiguió hacerle bajar de la torre para enviar espías á los montes por el paso de Lope.

Regresados estos, refirieron al rey que un ejército cristiano, cruzando la sierra, había llegado casi hasta las puertas de Granada; mas que de repente, suscitándose entre ellos una quimera, habían

vuelto sus armas unos contra otros, y después de un combate muy encarnizado, se habían retirado á sus fronteras.

El buen Aben-Habuz no cabía en sí de contento al ver tan cumplidamente acreditada la eficacia de su talismán.

«Ya al fin, decía, voy á pasar una vida tranquila, pues que tengo en mis manos la suerte de mis enemigos...»

Como pago o premio, el astrólogo pide los medios para acondicionar su cueva.

Al rey ese pedido le parece medido, sin embargo, en poco tiempo el tesorero real empieza a preocuparse por el presupuesto que demanda el astrólogo, pero el rey insiste en que se le dé todo lo que pida, mientras él se entretiene en martirizar a sus enemigos con la magia de la sala oculta.

El astrólogo consigue construir un verdadero

palacio subterráneo con todos los lujos, incluso pide un grupo de jóvenes bailarinas para entretenerlo.

Aben Habuz empieza a aburrirse cuando sus enemigos se dan por vencidos y dejan de atacar.

En una ocasión, el caballero de la veleta apunta su lanza hacia la montaña de Guadix, pero no

hay ningún enemigo en movimiento en

el tablero.

A lo que, el rey envía una expedición a Guadix. Al regreso, indican que no hay ningún indicio de un enemigo asediando la ciudad, solamente encuentran a una joven cristiana cautiva.

La mujer es de una belleza excepcional y el rey se enamora de ella de inmediato.

Ella explica que es la hija de un príncipe godo, cuyo ejército fue destruido como por arte de magia.

El astrólogo le advierte al rey sobre la cautiva, él percibe en ella las marcas de brujería y asegura que ella es el enemigo al que apuntaba la lanza del caballero de la veleta.

Solicita al rey el permiso de llevarse a la joven para tratar de revelar si se trata o no de una hechicera.

El rey se niega rotundamente a ese pedido, ignorando la insistencia del astrólogo.

La mujer lleva una lira de plata colgada y el astrólogo quiere una cantante para complementar el grupo de bailarinas que residen con él en su palacio

subterráneo.

A lo que se niega también el rey, pasando la cautiva a vivir en el palacio del rey, quien la colma con todos los regalos posibles.

En medio de tantas distracciones, el propio pueblo se levanta contra el rey, aun cuando el caballero de la veleta no lo había advertido.

Cansado y deseoso de poder dedicarse únicamente a la mujer, el rey acude al astrólogo para pedirle un refugio de paz.

Ante el pedido, el astrólogo responde con una historia sobre un famoso jardín árabe llamado “Irem”...

Se trata de un complejo de torres y palacios con jardines deslumbrantes que se aparecen ante solo algunos viajeros que atraviesan el desierto. Tan fácilmente como aparecen ante unos pocos privilegiados; los jardines desaparecen sin dejar rastro.

El astrólogo le ofrece al rey construir un palacio mágico que solo pueden ver los iniciados en el hechizo del lugar.

A cambio de eso le pide una única cosa:

La primera carga de la acémila (mula o macho de carga), que cruce el umbral del palacio mágico.

El día en que el astrólogo invita al rey a su nueva morada. En la montaña solo se puede ver una puerta labrada con dos talismanes: una mano tallada en piedra y una llave.

Mientras esos talismanes permanezcan intactos, nadie podrá vencer al rey.

Mientras Aben-Habuz contemplaba embelesado, y en un silencio de admiración y pasmo los misteriosos talismanes, el palafrén (un tipo de caballo apreciado en la edad media) de la princesa, que seguía caminando, se entró por el pórtico hasta el centro de la torre.

«He aquí, dijo el astrólogo, la recompensa que me habéis prometido; la primera cabalgadura que entre por estas puertas mágicas, con la carga que lleve».

Sonrióse Aben-Habuz, creyendo que era un chiste del viejo astrónomo; mas cuando se percató que hablaba con seriedad, temblaron de indignación las canas de su barba.

«—Hijo de Abou Agib, dijo con airado semblante, ¿qué significa este engaño? Bien sabes tú lo que yo creí prometer: la primera cabalgadura que entrase por la puerta con la carga que llevase. Ve pues, toma la mula mas poderosa de mis caballerizas, cárgala de los objetos mas preciosos que se hallen en mi tesoro, tuya es; mas no levantes tus pensamientos hasta la que forma, las delicias de mi corazón».

«—¿Y qué se me da á mí de tu oro ni de tus riquezas?, dijo con aire de desprecio el astrólogo. ¿No poseo yo el libro del sabio Solomon? ¿No tengo á mi disposición todos los tesoros de la tierra? La princesa me pertenece de derecho: tu palabra real está empeñada, yo la reclamo como alhaja mía.»

Á todo esto, desde lo alto de su palafrén, les dirigía la princesa mirandas altivas, y se sonreía desdeñosamente al contemplar á aquellos dos vestiglos disputándose la posesión de su juventud y belleza.

Después de un largo debate, dominando la rabia del monarca sobre su prudencia, exclamó:

«—¡Hijo vil del desierto! tú puedes ser sabio en mas de una ciencia; pero reconoce en mí á tu señor, y no lleves la temeridad hasta el punto de burlarte de tu rey».

«—¡Tú mi señor!, replicó el astrólogo, ¡tú mi rey! ¡El soberano de una ratonera daría leyes al que posee el libro de Salomón! Adiós, Aben-Habuz, reina en tu pequeño reino, y gózate en tu paraíso de los locos; que yo voy á reírme á tus expensas en mi retiro filosófico».

Dichas estas palabras, cogió de la brida el palafren de la princesa, hirió la tierra con el bastón y se hundió con la hermosa dama al través del centro de la torre. Tras esto, se cerró la tierra sobre sus cabezas, sin dejar el menor rastro de la abertura por donde habían desaparecido.

Quedó Aben-Habuz tan asombrado, que por algunos momentos no acertó á articular una palabra.

Vuelto al fin de su sorpresa, dispuso que mil obreros hiciesen una excavación profunda en el sitio por donde se había hundido el astrólogo: trabajaron con tesón, pero todos sus esfuerzos fueron vanos; en algunos puntos saltaban los picos rechazados por la peña, y la tierra llenaba en otros el hoyo practicado, casi tan pronto como lo habían hecho.

Aben-Habuz buscó en la falda de la montaña, la boca de la caverna que conducía al palacio subterráneo del pérfido mago; pero no fue posible descubrirla, pues en el lugar donde estaba la entrada de la cueva, no se veía ya otra cosa que la roca firme y unida.

Entre tanto, con la desaparición del astrónomo, Ibrahim Eben Abou Agib, perdieron la eficacia sus talismanes; el guerrero de bronce quedó inmóvil, vuelto el semblante hacia la colina, y con la lanza apuntada al sitio por donde se había hundido el astrólogo, como si quisiera indicar que se ocultaba allí el mayor enemigo de Aben-Habuz.

Algunas veces se oían en aquel sitio los sonidos de un instrumento, y los acentos de una voz de mujer, que apenas se distinguían, y al parecer salían de las entrañas de la tierra.

Cierto día refirió un labrador al rey que, la noche anterior había notado en la peña una hendedura, y habiéndose introducido por ella había distinguido á gran profundidad un salón subterráneo, en el cual, recostado el astrólogo sobre un magnífico sofá, dormitaba dando cabezadas al sonido de la lira de la princesa, que según los efectos ejercía un poder mágico sobre sus sentidos.

Buscó Aben-Habuz esta hendedura; mas no le fue posible encontrarla, porque sin duda había vuelto á cerrarse.

También reiteró las tentativas de la escavacion; mas fueron tan infructuosas como las primeras: y es que ningún poder humano podía superar al encanto de la mano y la llave.

En cuanto á la cumbre del monte, donde debían haberse construido el palacio y los jardines ofrecidos, ora fuese que dicho elíseo permaneciese invisible por efecto del encanto, ora que no hubiese existido jamas, y solo fuera una fábula del astrólogo; lo cierto es que allí no se veía otra cosa que una soledad árida; y escabrosa.

Las gentes adoptaron piadosamente la última opinión, y unos llamaban á aquel sitio la “Locura del Rey”, y otros el “Paraiso de los locos”.

Para poner el colmo á las desgracias de Aben-Habuz, los vecinos, á quienes había desafiado, insultado y deshecho á su placer cuando poseía el talismán, habiendo llegado á conocer que ya no se hallaba protegido por la mágia, invadieron por todos los puntos su territorio, de modo que el resto de la vida del mas pacífico de los monarcas fue una serie de guerras y disturbios.

En fin, Aben-Habuz murió, y hace algunos siglos que está enterrado; y sobre la colina venturosa se edificó mas adelante la Alhambra, que realiza en cierto modo las fábulas del “Jardin de Hirám”.

El pórtico encantado, que se conserva aun entero, protegido sin duda por la mano y llave misteriosas, forma la puerta llamada del Juicio y la entrada principal de la fortaleza; y es opinión común que el astrólogo permanece todavía bajo este pórtico en el salón subterráneo, dormitando en su sofá al son de la lira de la princesa.

Los inválidos que dan la guardia de dicha puerta, suelen oír estos sonidos en las noches de verano, y cediendo entonces á su virtud soporífica, se quedan tranquilamente dormidos en sus puestos. Todo lo cual, según las leyendas, debe perpetuarse de edad en edad; la princesa, dicen, permanecerá cautiva del astrólogo, y el astrólogo sometido á la magia somnífera de la princesa hasta el día del juicio; á menos que la mano, empuñando la llave fatal, deshaga antes el encanto de la montaña.

FIN DE LA LEYENDA


Leyenda de “La Rosa de la

Alhambra” o “El Paje y el Halcón”

Si bien esta leyenda comparte con la anterior el escenario, se ubica en una época mucho posterior. La leyenda empieza con la visita de Felipe V e Isabella de Parma.

Los protagonistas de esta leyenda son Ruyz de Alarcón, uno de los pajes del séquito de la reina, y Jacinta, una joven huérfana cuyo padre había sido oficial y que ahora está al cuidado de su tía Fredegunda...

Un día Ruiz de Alarcón saca un halcón que pertenece a la reina y lo libera. El halcón asciende y se mete en las almenas de la Torre de las Infantas.

El paje se acerca a la torre para y por la rendija de la puerta, ve un patio decorado con mucho gusto. En el centro hay una jaula dorada con un ruiseñor.

Alcanzando a ver el rostro de una joven.

A pesar de que el paje le explica por qué ha ido hasta allí, la chica se niega a abrirle la puerta y le dice que su tía le tiene prohibido recibir a nadie, a lo que el joven seductor paje responde:

«—Por favor, os lo suplico, no desentendáis mi ruego. Soy uno de los pajes reales y ese halcón que se me ha escapado es el favorito de la reina. ¡No me

atrevo a regresar a palacio sin llevarlo conmigo!

—¡Oh, señor! Si sois uno de esos caballeros de la corte, aún menos puedo permitiros la entrada. Mi tía me ha advertido especialmente en contra de ellos.

—Y lo comprendo, porque existen malos caballeros, por desgracia. Pero yo no soy de esos, fijaos en mí; soy un sencillo paje, que perderá el favor de la reina y puede verse sumido en la desventura, si vos seguís negándome ese pequeño favor que con tanta humildad os solicito».

Por fin, el bondadoso corazón de la muchacha, se conmovió ante tantas súplicas y terminó abriendo la puerta al paje.

¡Eran tan amables sus palabras, tan educado su gesto, que no podía creer que fuese uno de los caballeros contra los que su tía la había prevenido! ¡No, imposible! ¿Cómo podía ser malo un muchacho tan gentil, tan amable...?

Cuando Ruiz de Alarcón vio a la muchacha ante él, después qué ella le hubo abierto la puerta, quedó todavía más admirado ante su belleza. Porque si

perfecto y encantador era su rostro, aún más lo era su figura, y su andar grácil y suave le añadía un nuevo encanto.

«¡Es más hermosa que la más hermosa dama de la corte!», pensó el paje.

Y en efecto, el traje andaluz que llevaba la muchacha le prestaba una gracia que no podían igualar las mejores telas ni los brocados más valiosos, así como su pelo, cuidadosamente peinado y adornado con una rosa fresca y fragante,

resultaba mucho más encantador que con los tocados más complicados o ricos.

Claro está que el paje apreció todos esos detalles en una sola ojeada.

Le convenía apresurarse si quería coger el halcón. Y así, tras una breve inclinación ante la muchacha, subió a toda velocidad las escaleras de la torre.

Cuando bajó, con el pájaro en la mano, encontró a la joven sentada en el saloncito de estilo moro, devanando una madeja de seda azul. Pero en su turbación al verle de nuevo ante ella, el ovillo se le escapó de las manos, yendo a caer a los pies del paje.

Ruiz de Alarcón se apresuró a recogerlo, y doblando una rodilla en tierra, como si de una reina o de una princesa hija de reyes se tratara, se lo ofreció con una sonrisa.

Al punto aumentó la turbación de la muchacha, turbación que se convirtió en enojo cuando el paje depositó un beso en la mano que ella le tendía para recoger el ovillo.

—¡Por favor, señor, os creía un caballero

de bien! —exclamó.

—No os molestéis, hermosa doncella. En la corte, todos los caballeros bien nacidos besan la mano de las damas, como testimonio de su más profundo

respeto y homenaje. —se apresuró a explicar el joven Ruiz de Alarcón.

Así se tranquilizó de nuevo la muchacha, aunque seguía mostrándose turbada por la presencia del paje. Y ese, a su vez, a pesar de lo acostumbrado que estaba a los galanteos de la corte y a pesar de ser inteligente y avispado, se sentía también turbado ante el juvenil, fresco e inocente encanto de aquella hermosa jovencita.

Entonces, de pronto, cuando ya ambos comenzaban a hablar con menos cortedad, se oyó a lo lejos una voz que sobresaltó a la joven.

—Apresuraos, marchad enseguida, señor —exclamó—. ¡Marchad, os lo ruego, lo más rápidamente que podáis! Mi tía vuelve de misa, y se enojaría y me reñiría mucho si os encontrase aquí.

—Entregadme, os lo ruego, ésa flor que lleváis en el pelo. No quiero marcharme sin llevarme un recuerdo de vos. De lo contrario, quizás mañana pensara que vuestra hermosa imagen fue sólo un

sueño, fruto de mi imaginación.

Separó ella la flor que adornaba sus negras trenzas y se la entregó.

—Tomadla —dijo—. Pero no os entretengáis, por favor.

Y el paje se apresuró a partir, después de haber prendido la rosa en su cinto y no sin antes volver a besar la mano de la encantadora Jacinta, que así se

llamaba la muchacha.

Cuando la tía llegó a la torre, advirtió que su sobrina estaba agitada, y se apresuró a preguntarle qué le sucedía.

—Durante vuestra ausencia, tía, penetró un halcón en la torre. —dijo Jacinta.

—¡Qué atrevido! ¿Es que nuestro pobre pajarito no podrá estar tranquilo, ni aun dentro de su propia jaula...?

Fredegunda, la tía de Jacinta, era una solterona que, por sus muchos años y por haber vivido sola durante mucho tiempo, sentía una gran desconfianza y animadversión hacia todas las personas desconocidas, en especial si eran hombres, y más aún si eran caballeros de la corte, porque acerca de ellos había oído contar muchas historias.

Y ahora su desconfianza y sus continuos temores habían aumentado, al

tener en su casa a su sobrina, huérfana de un noble oficial que murió en la

guerra. Jacinta se había educado en un convento, y siendo huérfana también de madre, terminada su educación había pasado a vivir con su tía, la cual, precisamente por lo mucho que la quería, se sentía responsable de cuanto pudiera sucederle. ¡Apenas si le permitía salir

de la casa una o dos veces a la semana, y siempre en su compañía, naturalmente, y aun para ir a la iglesia!

Pero las buenas gentes de los alrededores, al verla, habían quedado prendadas de su gracia y hermosura, hasta el punto que los campesinos, con esa imaginación poética tan generalizada entre los andaluces, le habían dado el sobrenombre de «La rosa de la Alhambra», y acerca de su belleza y encanto, se hablaba en varias leguas a la redonda.

Esa explicación sobre el halcón, que su sobrina le dio, tranquilizó por completo a la buena señora.

A partir de ese día, el paje Ruiz de Alarcón ya no olvidó a la muchacha. Y aunque ya no volvió a hablar con ella, se las ingeniaba para verla, aunque fuese desde lejos, y siempre que podía se acercaba a su casa para cantarle dulces canciones, que llenaban de ilusión y de felicidad el tímido corazón de Jacinta.

Los días pasaban sin que los dos jóvenes se dieran cuenta. Y el tiempo empezó a tejer ilusiones y esperanzas en sus corazones, que no querían reconocer el abismo social y jerárquico que les separaba.

Pero un día los monarcas decidieron dar por terminada su estancia en Granada.

Y rápidamente se organizó la partida, que Fredegunda, curiosa, quiso ver, para lo cual dejó a su sobrina sola en la casa, no sin recomendarle, como siempre hacía, que no abriera la puerta a desconocidos.

Cuando ya todo el cortejo real hubo traspasado las puertas de la ciudad, entre los aplausos de la multitud, que había colgado gallardetes y banderas en todos los balcones y ventanas, y entre redobles de tambores y sones de trompetas, la buena mujer regresó a su casa.

Pero, ¡cuál no fue su asombro al advertir que un hermoso caballo árabe piafaba inquieto, atado en el portillo de su propia casa, mientras en el jardín, un apuesto joven, vestido con el uniforme de los pajes reales, estaba arrodillado a los pies de su sobrina que, al parecer, le escuchaba con gran complacencia, encendidas de rubor las mejillas...

El alazán, como si quisiera advertir a su amo de la presencia de la tía, lanzó un fuerte relincho y al punto el paje se levantó y, no sin antes posar delicadamente sus labios sobre la blanca mano de Jacinta, saltó sobre su caballo desapareciendo velozmente entre los árboles.

Fredegunda se disponía a reñir severamente a su sobrina, pero la muchacha se adelantó a su reprimenda, refugiándose en sus brazos, lanzando profundos sollozos, mientras ardientes lágrimas se deslizaban por sus mejillas:

—Se ha ido, tía, se ha ido. ¡Jamás, jamás volveré a verle y mi corazón se morirá! —exclamaba, acongojada.

—Pero, ¿qué dices...? ¿De quién hablas...? ¿Y qué noticias te trajo ese joven que hace un momento estaba arrodillado a tus pies, para que así te desconsueles y aflijas? Vamos, vamos, hijita, cálmate y cuéntamelo todo...

—¡Es él quien se ha marchado! Ese paje que hace un momento visteis arrodillado a mis pies, pertenece al séquito real y por eso ha tenido que marcharse con los reyes...

-—¿Y de qué conoces tú a ese paje...?

Jacinta se ruborizó, pero contó a su tía cómo había llegado a la casa, persiguiendo al halcón.

—No existen halcones más peligrosos que los caballeros del rey. Igual que ese paje ha hecho contigo, hacen concebir ilusiones a las jóvenes cándidas y después, cuando se marchan, las olvidan en pocas horas. No sufras, Jacinta. ¡Olvídale también tú!

—Me ha prometido volver para casarse conmigo. Pero antes necesita que su padre dé el consentimiento para la boda... —afirmó Jacinta, en cuyos oídos resonaban todavía las promesas que Ruiz de Alarcón acababa de pronunciar.

—¡No sueñes, sobrina, no sueñes! Tú eres una pobre huérfana, y aunque desciendas de noble familia, el padre de ese joven se opondría sin duda a la boda..., aun en el caso de que él la deseara.

Jacinta no insistió, porque su corazón se aferraba a la esperanza.

Sin embargo, al paso de los días, esa esperanza fue cada vez más y más débil. Después, los días se fueron transformando en semanas, y las semanas en meses... sin que recibiera ninguna noticia del paje.

Llegó el otoño, con todo su cortejo melancólico, y después el invierno, que hizo bajar casi hasta el valle las nieves de la Sierra.

Una noche, mientras se encuentra sola en el patio de la torre, lamentándose por el amor perdido, la fuente empieza a burbujear y una figura de una mujer mora se materializa. Jacinta sale corriendo y a la mañana siguiente le cuenta su experiencia a su tía.

Fredegonda le dice que probablemente se trate de un sueño.

La noche siguiente Jacinta decide volver a la fuente y esta vez se comunica con la mujer mora que se le aparece. Se trata de la más chica de las trillizas del cuento “Las tres bellas princesas”: Zorahayda. Quien le dice que se arrepiente de no haber escapado (refiriéndose la mora a su propia historia, y de su enamoramiento, contado todo ello en el la leyenda mencionada).

Le dice que en su corazón, ella ya se había convertido a la religión de su madre, el cristianismo, pero que no había tenido el valor para escaparse y vivir como una mujer cristiana. Por eso, Zorahayda le pide a Jacinta que la rocíe con agua para bautizarla y así cortar, con el hechizo que la obliga a habitar esa torre aún después de su muerte.

Jacinta sigue las instrucciones de Zorahayda y en cuanto lo hace, la mujer mora desaparece, pero deja atrás un laúd de plata (especie de pequeña guitarra muy utilizada de la Edad Media y en adelante). Cuando toca unos acordes, el sonido produce un efecto sobrenatural en quienes escuchan. Desde ese momento, Jacinta se vuelve famosa y muchos viajan para escucharla tocar.

Paralelamente, en la corte, el rey Felipe V se encuentra enfermo, y creen que la música es lo único que puede curarlo.

Llegan noticias de que en Granada hay una mujer que toca el laúd prodigiosamente y la convocan con el ruego de presentarse en la corte lo más rápidamente posible; y así, pocos días después, la bella Jacinta, acompañada de su tía, traspasó la puerta real, siendo recibida por la soberana.

Isabel, la reina, quedó muy sorprendida al comprobar personalmente la belleza y el encanto, así como también la juventud de la muchacha, y cuando Fredegunda le explicó que, aunque había vivido humildemente durante su infancia, sus antepasados fueron todos de noble cuna y, su padre había muerto peleando valientemente en defensa del rey, se sintió muy complacida.

—Si la fama de que vienes precedida es cierta —dijo entonces la reina dirigiéndose a la muchacha—, y si con tu música consigues aliviar al rey de sus extraños males, en adelante quedarás bajo mi protección y te colmaré de honores y riquezas.

Y ya sin perder más tiempo, deseosa de comprobar el efecto de la música de Jacinta sobre el espíritu del rey, se apresuro a conducirla personalmente hasta la cámara real.

En su delirio e hipocondría, el rey había ordenado que se organizase su funeral, aunque él todavía estuviera vivo, de ahí que la visión que le apareció al entrar en la cámara, a la hermosa Jacinta, la dejara muy impresionada.

La cámara había sido adornada con inmensos cortinajes negros y alumbrada con altos velones de cera amarilla, todo lo cual contribuía a darle un aspecto tétrico. En el centro, había una especie de lecho o catafalco, también completamente cubierto con colgaduras negras, y sobre el cual reposaba inmóvil y con las manos cruzadas sobre el pecho, el rey.

La reina, al entrar, hizo señas a los caballeros que había en la estancia de que no hicieran el menor ruido, y después indicó a Jacinta un taburete bajo que había en un rincón, haciéndole comprender su deseo de que se sentara y comenzara en seguida a tocar su laúd de plata.

La muchacha estaba tan nerviosa y emocionada, que al principio sus dedos se movieron vacilantes pero, poco a poco, su mano se fue afirmando y pronto arrancó de las cuerdas armonías tan suaves, tan perfectas y tan maravillosas, que todos los presentes se sintieron transportados al reino de la música. 

Al principio el rey no se inmutó. Aquella música suave y dulce, le hizo pensar quizá que se encontraba ya en el cielo y que eran los ángeles los que así tocaban. Sin embargo, una sonrisa plácida apareció en su rostro, lo cual llenó de esperanzas el corazón de la reina.

Después de haber tocado varias piezas melódicas y suaves, Jacinta inició la ejecución de una balada, que exaltaba las glorias de la Alhambra y las victorias de los valientes soldados españoles frente

a los no menos valientes guerreros moros.

Y el recuerdo de la Alhambra iba tan unido al del paje Ruiz de Alarcón, que la muchacha pulsó las cuerdas con toda su alma y las notas vibrantes, llenas de sentimiento, llenaron por completo la estancia, sobrecogiendo a todos los presentes..., ¡y el propio rey se levantó de un salto, ordenando impaciente que al punto le trajeran su espada y su

escudo, y abrieran las ventanas de la habitación, para que por ellas entrara el sol y el aire!

¿Es preciso decir que aquella orden del monarca fue recibida con agrado por todos los presentes...? Mientras varios criados se apresuraban a ejecutarla, la reina, vivamente emocionada y con lágrimas en los ojos, abrazaba a su esposo quien, a su vez, la abrazó también con gran ternura, afirmando que se encontraba bien.

Después de ese primer momento de alegría, todos se volvieron hacia la artista que con su laúd de plata había hecho posible esa curación. Y entonces

advirtieron que, llevada ella también de la emoción que había conseguido imprimir a su música, había sufrido un desvanecimiento y hubiese caído al suelo de no haberla recogido a tiempo los fuertes brazos del paje Ruiz de Alarcón.

Cuando se repuso por fin de su desmayo, el paje, en presencia de la propia reina, se apresuró a justificarse del aparente olvido en el que la había dejado.

—Mi padre se opuso terminantemente a la boda, apenas le hablé de ello —afirmó—. Durante meses y meses he insistido una y otra vez, pero todo es

inútil. ¡Incluso llegó a prohibirme por completo que mantuviera ninguna relación contigo! También quería concertar mi matrimonio con una damisela de alta alcurnia, pero eso, ¡no! Como buen hijo

puedo y debo obedecerle, ¡pero jamás me casará con otra muchacha!

A Jacinta todas aquellas palabras le parecían un sueño. Y su felicidad aumentó cuando la reina se decidió a intervenir.

—Ya te dije, hermosa Jacinta, que si lograbas curar al rey de su melancolía y de sus manías, te llenaría de honores y riquezas. Pues lo haré, no lo dudes. Y

serán tantos y tan alto también el puesto que, a partir de ese mismo instante, ocuparás en la corte, que el noble padre de mi paje no sólo admitirá gustoso vuestra boda, sino que incluso la deseará

con toda su alma.

Y así fue.

Si les he contado estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores les gustan mucho las cifras. Cuando se les

habla de un nuevo amigo, jamás preguntan cosas esenciales como: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? o ¿Si le gusta o no coleccionar mariposas?" En cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. Si a una persona mayor le decimos: "Hay una casa preciosa de ladrillos rosas, con geranios en las ventanas y palomas sobre el tejado", no pueden imaginarse cómo es. Es preciso decir: "Hay una casa que vale tantos millones de pesos". Entonces exclaman entusiasmados: "¡Oh, qué hermosa es!"

Si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido es que reía, era encantador y quería un cordero”. No lo entienden ni lo creen, aunque “querer un cordero” sea una prueba irrebatible de existencia; las personas mayores se encogerán de hombros y nos dirán que nos comportamos como niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el principito es el asteroide B-612", quedarán totalmente convencidas y no dudarán más ¡ni modo!, hay que entender que son así. Los niños deben ser muy condescendientes con las personas mayores.

Claro que nosotros, como sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría gustado empezar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir:

"Érase una vez un principito que vivía en un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…" Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real. No me gustaría que mi libro fuese tomado a la ligera.

Siento tristeza al acordarme de mi amigo. Hace ya seis años que él se fue con su cordero y si intento describirlo aquí es sólo con el fin de recordarlo bien. Tener un amigo es un verdadero privilegio y si uno se olvida de ellos se corre el riesgo de volverse como las personas mayores que sólo se interesan por las cifras y los números. Para evitar esto, he comprado una caja de lápices de colores.

¡Es muy duro, a mi edad, ponerse a dibujar, cuando en toda la vida no se ha hecho más que boas abiertas y boas cerradas a la edad de seis años! Trataré de hacer retratos lo más parecido que me sea posible, aunque no estoy muy seguro de lograrlo. Uno saldrá bien y otro quizá no tanto. En las proporciones me equivoco también un poco; aquí, el principito es demasiado alto y allá es muy pequeño. Dudo sobre los colores de su traje. Titubeo sobre algo y a veces sale bien pero no siempre. En fin, es posible que me equivoque sobre algunos detalles importantes pero habrá que perdonarme ya que mi amigo no daba explicaciones.

Quizá me creía semejante a él y yo, desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja. Es posible que ya sea un poco como las personas mayores. Debo haber envejecido.

CAPÍTULO V

Cada día, lentamente y al azar de las reflexiones, aprendía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida y sobre el viaje del principito. Fue así como, al tercer día, conocí el drama de los baobabs.

Fue también por el cordero y preocupado por una profunda duda, cuando el principito me preguntó:

–¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?

–Sí, es cierto.

–¡Ah, qué contesto estoy!

No comprendí qué importancia tenía para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el principito añadió:

–Entonces se comen también los Baobabs.

Le hice comprender que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias que incluso llevando todo un rebaño de elefantes, no lograría acabar con un solo baobab.

Esto del rebaño de elefantes hizo reír mucho al principito.

–Habría que ponerlos unos sobre otros…

Y luego añadió juiciosamente:

–Los baobabs comienzan por ser muy pequeñitos.

–Es cierto. Pero… ¿por qué quieres que tus corderos se coman a los baobabs?

Me contestó: "¡Vamos!" como si fuera algo evidente.

Me fue necesario un gran esfuerzo para comprender el problema:

En el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas y, por lo tanto, semillas de unas y otras. De las buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, malas hierbas. Las semillas duermen en el secreto de la tierra durante un tiempo, hasta que, un buen día, una de ellas despierta en una encantadora ramita que mira hacia el sol. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se puede dejar que crezca

como quiera; en cambio, si fuera una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente. El suelo del planeta del principito estaba infestado de semillas de baobabs que si no se arrancan acabando de surgir y en cuanto se les reconoce, pueden cubrir todo el planeta, perforarlo con sus raíces y, si el planeta es muy pequeño y los baobabs son muchos, lo hacen estallar.

"Es una cuestión de disciplina”, me dijo más tarde el principito. “Después de que uno termina su baño matinal, hay también que limpiar la casa, es decir, acicalar cuidadosamente al planeta. Hay que arrancar los baobabs en cuanto se les distingue de los rosales pues se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es fácil aunque fastidioso”.

El principito aconsejó que me propusiera a realizar un hermoso dibujo para que los niños de mi tierra comprendieran bien estas ideas.

"Si alguna vez viajan —me decía— esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en dejar para un poco más tarde el trabajo; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre fatal. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…"

Siguiendo las indicaciones del principito, realicé el dibujo. No me gusta adoptar el papel de moralista pero como el peligro de los baobabs es tan desconocido y el riesgo que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide es tan grande, no dudo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños, atención a los baobabs!" Y, sólo con el fin de advertir a mis amigos de los peligros a los que se exponen desde hace tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé con ahínco en este dibujo. La lección que con él se puede dar, vale la pena.

Es muy posible que alguien se pregunte por qué no realicé otros dibujos tan admirables como el de los baobabs. La respuesta es muy sencilla: cuando dibujé los baobabs estaba animado por un sentimiento de urgencia.

CAPÍTULO VI

¡Ah, mi pequeño amigo, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue observar la dulzura de los atardeceres. Esto lo supe al cuarto día cuando me dijiste:

–Me gustan mucho las puestas de sol. Vamos a ver una.

–Hay que esperar…

–¿Esperar qué?

–Que el sol se ponga.

Primero te sorprendiste; después te reíste de ti mismo. Y dijiste:

–¡Siempre creo que estoy en mi tierra!

Aquí, todos sabemos que cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el sol. Sería necesario trasladarse a Francia en un minuto para verlo, pero desgraciadamente, Francia está lejos. En cambio, en tu pequeño planeta bastaba arrastrar la silla un poco para observar una maravillosa puesta de sol cada vez que lo deseabas…

–¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces! Y, un poco más tarde, añadiste:

–¿Sabes? Cuando uno está demasiado triste es bueno ver las puestas de sol.

–Ese día estabas muy triste ¿verdad?

Pero el principito no respondió.

CAPÍTULO VII

Al quinto día y también en relación con el cordero, me fue posible revelar otro secreto de la vida del principito. Me preguntó, como fruto de un problema larga y silenciosamente meditado:

–Si un cordero come arbustos, se comerá también las flores ¿no?

–Un cordero se come todo lo que encuentra.

–¿Aún las flores que tienen espinas?

–Sí; también las que tienen espinas.

–Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?

Confieso que yo no lo sabía. Estaba muy ocupado tratando de arreglar el motor ya que el desperfecto parecía muy grave. Además, el agua se agotaba y todo esto me hacía temer lo peor.

–¿Para qué sirven las espinas?

El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta alguna de sus preguntas. Irritado por la gravedad del arreglo de mi avión, le respondí lo primero que se me ocurrió para salir del paso:

–Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.

–¡Oh!

Y después de un silencio, me dijo resentido:

–¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden y las espinas son su defensa.

No le respondí nada; en ese instante me decía: "Si esto continúa resistiendo, no sé qué más hacer". El principito interrumpió de nuevo mis reflexiones:

–¿Tú… tú crees que las flores…?

–¡No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles y pueda yo ocuparme de cosas serias.

Se quedó absorto.

–¡De cosas serias!

Me miraba con el martillo en la mano, los dedos negros por la grasa y con medio cuerpo dentro de algo que le parecía muy feo.

–¡Hablas como las personas mayores!

Me avergonzó mucho e implacable, añadió:

–¡Todo lo confundes…! ¡Todo lo mezclas…!

Él estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.

–Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha aspirado una flor, nunca ha observado una estrella, nunca ha querido a nadie. Nunca ha hecho otra cosa que sumar y restar. Y todo el día repite como tú: "¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!"… Y esto lo llena de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!

–¿Un qué?

–Un hongo.

El principito estaba pálido por el disgusto.

–Hace millones de años que las flores fabrican espinas. Hace millones de años que los corderos se comen las flores. ¿Y no es serio intentar comprender por qué las flores hacen tanto esfuerzo en fabricar sus espinas si éstas no van a servirles para defenderse? ¿Es que no es importante la guerra entre los corderos y las flores? ¿No es esto mucho más serio y mucho más importante que las sumas de un señor gordo y colorado?... Y… si yo conozco una flor única que sólo existe en mi planeta y sé que un corderillo puede destruirla sin ni siquiera darse cuenta ¿es qué esto no es importante?

Enrojeció aún más y prosiguió:

–Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar entre millones y millones de estrellas, es suficiente mirar al cielo para ser feliz pues puede decir satisfecho: "Mi flor está allí, en alguna parte…" ¡Pero si el cordero se la come, será tan doloroso como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¿Y… esto tampoco es importante?

No pudo decir más. Estalló en sollozos.

La noche había caído. Yo había dejado el martillo; ya no importaban la avería, la sed y la muerte ¡Había en una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Le pedí perdón, lo arrullé entre mis brazos diciéndole: "la flor que tú amas no corre peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para tu flor… te… ". Yo ya no sabía qué decirle, cómo consolarle y qué hacer para recuperar su confianza; me sentía muy torpe. ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas!

CAPÍTULO VIII

Aprendí a conocer esa flor. En el planeta del principito había habido flores comunes, de una sola fila de pétalos que apenas ocupaban sitio y a nadie llamaban la atención. Asomaban entre la hierba una mañana y morían por la tarde... Pero aquella flor era distinta, había surgido de una semilla llegada quién sabe de dónde, y el principito había vigilado cuidadosamente aquella ramita tan diferente de las que él conocía. Podía ser una nueva especie de Baobab, pero el arbusto cesó pronto de crecer y comenzó a brotar la flor. El principito observó cómo crecía un enorme capullo y presentía que de allí habría de salir una aparición milagrosa; la flor tardaba en definir su forma y en completar su belleza al abrigo de su verde envoltura. Poco a poco escogía sus colores y ajustaba sus pétalos. No quería salir deslucida; quería aparecer en pleno esplendor de su belleza ¡Era coqueta desde pequeña y su misteriosa preparación le tomó varios días! ¡Una mañana, al salir el sol, por fin se mostró espléndida!

La flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando:

–¡Oh, acabo de despertar… perdón por estar tan despeinada…!

El principito no pudo contener su embeleso:

–¡Qué hermosa eres!

–¿Verdad? –Respondió dulcemente la flor–. Además, he nacido al mismo tiempo que el sol. El principito advirtió que ella no era muy modesta, pero ¡era tan conmovedora!

–Creo que es hora de desayunar –agregó la flor–; si tuvieras la bondad…

Y el principito, algo confuso, buscó una regadera y la roció con agua fresca.

Y así fue como ella lo había atormentado con su vanidad un poco sombría. Un día hablando de sus cuatro espinas, le dijo al principito:

—¡Ya pueden venir los tigres, con sus garras!

–No hay tigres en mi planeta –objetó el principito–. Además, los tigres no comen hierba.

–Yo no soy una hierba –respondió dulcemente la flor.

–Perdón...

–En verdad los tigres no me atemorizan, pero tengo horror a las corrientes de aire. ¿No tienes un biombo?

“¿Horror a las corrientes de aire? Si son buenas para las plantas – pensó el principito–. Esta flor es muy complicada…"

–Y por la noche ¿podrás protegerme con un capelo?...

¡Hace mucho frío en tu tierra! Es más cómodo allá de donde vengo… Pero recordó que había llegado como semilla y que era del todo evidente que no podía conocer otros mundos, entonces se interrumpió y disimuladamente tosió dos o tres veces para atraer la simpatía del principito.

–¿Y el biombo?

–Iba a traerlo, pero no dejas de hablarme… Tosió con insistencia para crearle remordimiento.

Así, a pesar de la buena voluntad de su amor, el principito llegó a dudar de ella. Había puesto demasiada atención a palabras sin importancia y se sentía desdichado.

"No debí haber hecho caso a sus palabras –me confesó un día–. No hay

que hacer caso a lo que dicen, basta con mirarlas y aspirar su aroma. Mi flor perfumaba mi planeta y, en ese entonces, no bastó para complacerme… Aquella historia de garras y tigres que tanto me molestó al principio, terminó por enternecerme".

Y me confío aún más:

"¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡Ella perfumaba e iluminaba mi vida! ¡No debí

haber huido! ¡No supe reconocer la ternura detrás sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Y… yo era demasiado joven para saber amarla".


CAPÍTULO IX

Creo que el principito aprovechó la migración de unos pájaros silvestres para evadirse y comenzar su viaje. La mañana de la partida arregló muy bien su planeta. Deshollinó cuidadosamente sus dos volcanes en actividad, sobre los cuales calentaba su desayuno por las mañanas. Tenía, además, un volcán extinguido. Deshollinó también éste, pues, como él decía: “nunca se sabe…”

Si los volcanes se deshollinan bien, arden sin erupciones, suavemente, como el fuego de nuestras chimeneas. Pero los hombres somos demasiado pequeños para deshollinar nuestros volcanes y por eso nos causan tantos disgustos.

El principito arrancó con tristeza los últimos brotes de baobabs. Creía no volver jamás. Sus trabajos habituales le parecieron muy agradables. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al abrigo de la campana, sintió ganas de llorar.

–Adiós –le dijo a la flor. Pero ella no respondió.

–Adiós –repitió el principito.

La flor tosió aunque no estaba resfriada y al fin dijo:

–He sido una tonta, perdóname y procura ser feliz.

Le desconcertó la ausencia de reproches y quedó con el biombo en la mano sin comprender esa tranquila mansedumbre.

–Sí, yo te quiero –le dijo la flor–. Si no te has dado cuenta la culpa ha sido mía, pero eso ahora no tiene importancia. Y tú has sido tan tonto como yo. Procura ser feliz… Y deja el biombo. No lo necesito.

–Pero… el viento...

–Ya no estoy tan resfriada y el aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.

–Y los animales...

–Será necesario soportar la molestia de dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Ellas me visitaran… tú estarás muy lejos. Y en cuanto a las fieras, ya no les temo, tengo mis garras.

Y mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. Luego añadió:

–Y no prolongues más tu despedida. Has decidido irte, hazlo de una vez.

La flor, que era orgullosa, no quería que él la viese llorar.

CAPÍTULO X

Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Comenzó a visitarlos para instruirse y ocuparse en algo al mismo tiempo.

El primero estaba habitado por un rey que vestía ropas púrpura adornadas con piel de armiño, estaba sentado sobre un trono sencillo y, sin embargo, majestuoso.

–¡Ah!, –exclamó el rey al ver al principito– ¡Aquí tenemos un súbdito!

Y el principito se preguntó:

—¿Cómo es que puede reconocerme si nunca me ha visto?

No sabía que para los reyes todos los hombres son súbditos.

–Acércate para que te vea mejor –le dijo el rey, orgulloso de ser por fin, el rey de alguien. El principito buscó donde sentarse, pero el planeta estaba casi cubierto por el magnífico manto. Se quedó, entonces, de pie, y como estaba muy fatigado, bostezó.

–La etiqueta no permite bostezar en mi presencia –dijo el rey– te lo prohíbo.

–No he podido evitarlo –respondió el principito muy confuso–, he realizado un viaje muy largo y no he dormido...

–Entonces –dijo el rey– te ordeno que bosteces. Hace años que no veo bostezar a nadie. Los bostezos pueden despertarme mucha curiosidad. ¡Vamos, bosteza otra vez, te lo ordeno!

–Ya no puedo, me ha cohibido –dijo el principito ruborizado.

–¡Hm! –respondió el rey–. ¡Bueno! Te ordeno que tan pronto bosteces como que no bosteces...

Tartamudeaba un poco y parecía inquieto, pues el rey exigía que su autoridad fuese respetada y no toleraba la desobediencia. Era un monarca absoluto. Pero a pesar de eso, era muy bueno y siempre daba órdenes razonables.

Si ordeno… –decía– si ordeno a un general transformarse en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería del general, sino mía.

–¿Puedo sentarme? –preguntó tímidamente el principito.

–Te ordeno sentarte –respondió el rey recogiendo majestuosamente su manto de armiño.

El principito estaba sorprendido. Aquel planeta era tan pequeño que no se explicaba sobre quién podría reinar.

–Señor, –le dijo– perdóneme si le pregunto...

–Te ordeno interrogarme –se apresuró a decir el rey.

–Señor… ¿sobre qué ejerce su poder?

–Sobre todo –contestó el rey con gran naturalidad.

–¿Sobre todo?

El rey, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.

–¿Sobre todo eso? –volvió a preguntar el principito.

–¡Sobre todo eso! –respondió el rey.

No era solamente un monarca absoluto ¡Era un monarca universal!

–¿Y las estrellas le obedecen?

–¡Al instante! –Dijo el rey– pues no tolero la indisciplina.

Tanto poder maravilló al principito. Si él poseyera un poder de tal naturaleza, hubiese podido observar no cuarenta y tres, sino setenta y dos, cien, o incluso doscientas puestas de sol en el mismo día y sin tener que arrastrar la silla. Y como se sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar un deseo al rey:

–Desearía ver una puesta de sol... Concédame ese gusto... Ordénele al sol que se ponga...

–Si ordenara a un general volar de flor en flor como una mariposa, o escribir una tragedia, o transformarse en ave marina y el general no obedeciese ¿de quién sería la culpa, mía o del general?

–De usted –dijo con firmeza el principito.

–Exactamente. Sólo hay que exigir a cada quien, lo que cada uno puede hacer –continuó el rey. La autoridad siempre debe apoyarse en la razón. Si por ejemplo, ordenas al pueblo que se tire al mar, el pueblo hará una revolución. Por eso es que tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.

–¿Y entonces… mi puesta de sol? –recordó el principito, que nunca olvidaba una de sus preguntas.

–Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Cuando las condiciones sean favorables, según me dicta mi ciencia gobernante.

–¿Y cuándo será eso?

–¡Ejem! –le respondió el rey, consultando previamente un grueso calendario– ¡ejem! será hacia... hacia eso de las siete cuarenta. Y ya verás cómo seré obedecido.

El principito bostezó. Lamentaba su puesta de sol frustrada y como ya se estaba aburriendo un poco, le dijo al rey:

–Ya no tengo nada más que hacer aquí. Me marcho.

–No te marches –respondió el rey quien estaba muy orgulloso de tener un súbdito–. No te vayas. ¡Te nombro ministro!

–¿Ministro de qué?

–¡De... de justicia!

–¡Pero aquí no hay a quien juzgar!

–Uno nunca sabe –dijo el rey–. Aún no he visitado todo mi reino, ya soy viejo, el caminar me fatiga y no hay lugar para una carroza.

–¡Yo ya he visto! –Dijo el principito que se inclinó para echar una ojeada al otro lado del planeta–. Allá tampoco hay nadie...

–Entonces te juzgarás a ti mismo –le respondió el rey–. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que juzgar a los otros. Si eres capaz de juzgarte rectamente eres un verdadero sabio.

–Eso, uno podría hacerlo en cualquier lugar. No es necesario permanecer aquí.

–¡Ejem! Creo –dijo el rey– que hay una rata vieja en alguna parte del planeta; yo la he oído por las noches. Tú podrás juzgarla. La condenarás a muerte de cuando en cuando, su vida dependerá de ti, pero como es la única que existe aquí, debes otorgarle el indulto para poder conservarla.

–A mí no me gusta eso de condenar a muerte –dijo el principito–. Es mejor que me retire.

–No –dijo el rey.

Pero el principito, que ya había terminado los preparativos del viaje, no quiso disgustar al viejo monarca y dijo:

–Si Vuestra Majestad deseara ser obedecido puntualmente, podría dar una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, partir antes de un minuto. Me parece que las condiciones son bastante favorables...

Como el rey no respondiera nada, el principito, prosiguió su viaje.

–¡Entonces te nombro mi embajador! –se apresuró a gritar el rey.

Tenía un aire de gran autoridad.

"Las personas mayores son muy extrañas", se decía a sí mismo el principito durante el viaje.



CAPÍTULO XI

El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso:

–¡Ah! ¡Ah! ¡He aquí la visita de un admirador! –exclamó el vanidoso en cuanto distinguió al principito. Para los vanidosos todos los otros hombres son admiradores.

–¡Buenos días! –Dijo el principito–.

¡Qué sombrero tan raro tiene!

–¡Es para corresponder a la aclamación de los demás!, –respondió el vanidoso. Por desgracia nadie pasa por aquí.

–¿Cómo? –dijo el principito sin comprender.

–Golpea tus manos una contra otra –le aconsejó el vanidoso.

El principito aplaudió y el vanidoso saludó levantando su sombrero.

"Esto parece más divertido que la visita al rey", dijo para sí el principito, quien continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludar quitándose el sombrero, pero después de cinco minutos se cansó de la monotonía del juego.

–¿Y qué hay que hacer para que el sombrero caiga?

–preguntó el principito, pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas.

–Me admiras mucho ¿verdad? –preguntó al principito.

–¿Qué significa admirar?

–Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, mejor vestido, más rico y el más inteligente del planeta.

–¡Pero si tú eres la única persona que habita en tu planeta!

–¡Dame ese gusto, admírame de todos modos!

–¡Bueno! te admiro –dijo el principito encogiéndose de hombros–, pero ¿qué importancia tiene? No sirve para nada.

Y el principito partió.

"Decididamente, las personas mayores son muy extrañas", pensaba el principito durante su viaje.

  

CAPÍTULO XII

El siguiente planeta estaba habitado por un bebedor. Esta visita, aunque muy corta, sumió al principito en una gran melancolía.

–¿Qué haces ahí? –preguntó al bebedor que estaba sentado en silencio frente a una gran número de botellas vacías y otras tantas llenas.

–¡Bebo! –respondió el bebedor con aire sombrío.

–¿Por qué bebes? –volvió a preguntar el principito.

–Para olvidar.

–¿Para olvidar qué? –investigó el principito sintiendo compasión.

–Para olvidar que siento vergüenza –confesó el bebedor agachando la cabeza.

–¿Vergüenza de qué? –volvió a preguntar el principito deseoso de ayudarle.

–¡Vergüenza de beber! –concluyó el bebedor, que se encerró definitivamente en el silencio.

Y el principito, turbado, se alejó diciendo: "No hay la menor duda: las personas mayores son muy, muy, extrañas".

 

CAPÍTULO XIII

En el cuarto planeta había un hombre de negocios; estaba tan ocupado que ni siquiera levantó la cabeza al ver llegar al principito.

–¡Buenos días! –Dijo el principito–. Su cigarro se ha apagado.

–Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince.

¡Buenos días! Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho… No tengo tiempo para encenderlo nuevamente… …Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma un total de quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.

–¿Quinientos millones de qué?

–¿Ah, estás ahí todavía? Quinientos millones de... ¡Uf, ya no sé, he trabajado tanto! ¡Yo soy una persona seria y no me recreo con tonterías! …Dos y cinco siete...

–¿Quinientos millones de qué? –volvió a preguntar el principito, que nunca había desistido a una pregunta suya.

El hombre de negocios levantó la cabeza:

–En cincuenta y cuatro años sólo tres veces he sido interrumpido. La primera fue hace veintidós cuando un abejorro cayó y hacía tan insoportable ruido que me hizo equivocarme cuatro veces en una suma. La segunda, fue hace once años, por una crisis de reumatismo. Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo para perderlo callejeando. ¡Soy un hombre serio! Y la tercera vez... ¡la tercera vez es ésta! …llevaba, pues, quinientos un millones...

–¿Millones de qué?

El hombre de negocios advirtió que no lo dejarían seguir en paz y contestó más malhumorado:

–Millones de esas cositas que algunas veces se ven en el cielo.

–¿Moscas?

–¡No, cositas que brillan!

–¿Abejitas?

–No. Unas cositas doradas que hacen soñar y desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de soñar!

–¡Ah, estrellas!

–Sí eso estrellas.

–¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?

–Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. ¡Exactas!

–¿Y qué haces con ellas?

–¿Que qué hago?

–Sí.

–Nada. Poseerlas.

–¿Posees a las estrellas? ¿Son tuyas?

–Sí.

–Pero yo he visto un rey que...

–Los reyes no poseen nada... reinan solamente. Es muy diferente poseer que reinar.

–¿Y de qué sirve poseer las estrellas?

–Me sirve para ser rico.

–¿Y para qué sirve ser rico?

–Me sirve para poder comprar más estrellas si es que alguien las encuentra y descubre.

"¡Uhm! Este razona poco más o menos como mi borracho". Se dijo para sí el principito.

Sin embargo, siguió preguntando:

¿Y cómo es posible poseer las estrellas?

–¿De quién son? –dijo esquivo el hombre de negocios.

–No sé… De nadie.

–Entonces son mías, pues soy el primero en tener la ocurrencia.

–¿Y eso es suficiente?

–¡Desde luego! Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla que no es de nadie, formalizas la propiedad y es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, es tuya. Las estrellas son mías, las poseo puesto que nadie, antes que yo, soñó con poseerlas.

–Bien –dijo el principito– ¿y qué es lo que tú haces con ellas?

–Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez

–contestó el hombre de negocios–. Es difícil. ¡Pero yo soy un hombre serio!

El principito no estaba del todo satisfecho y continuó:

–Yo poseo una bufanda y puedo ponérmela alrededor del cuello. Y si poseo una flor, puedo cortarla y llevármela.

¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!

–Eso no, pero puedo depositarlas en un banco.

–¿Qué quiere decir depositar?

–Quiere decir que escribo en un papelito el número exacto de mis estrellas y se guarda bajo llave.

–¿Y eso es todo?

–¡Es suficiente!

"Esto es divertido", pensó el principito. "Es incluso bastante poético. Pero no resulta ser serio".

El principito tenía, sobre las cosas serias, ideas muy diferentes de las que suelen tener las personas mayores.

–Yo –dijo aún– tengo una flor a la que riego todos los días. Poseo también tres volcanes a los que deshollino cada semana y también me ocupo del que está extinguido; pues uno nunca sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues, para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú no eres nada útil para tus estrellas...

El hombre de negocios abrió la boca para defenderse pero no encontró que decir.

El principito aprovechó y se fue.

"Decididamente, las personas mayores, son extrañísimas", se dijo con sencillez el principito y continuo su viaje.

CAPÍTULO XIV

El quinto planeta era muy curioso. Era el más pequeño de todos. Sólo había lugar para un farol y el farolero. El principito no se explicaba para qué servían allí, en el cielo, en un planeta sin casa y sin población alguna, un farol y un farolero. Sin embargo, pensaba:

"Quizá este hombre es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, el vanidoso, el hombre de negocios y el bebedor. Por lo menos su trabajo, tiene algo de razón. Cuando enciende su farol, es como si naciera una estrella o brotara una flor y, cuando lo apaga, es como si la flor o a la estrella se durmiera. Es una ocupación muy linda y es verdaderamente útil en cuanto que es linda". 

Al llegar, saludó respetuosamente al farolero:

–¡Buenos días! ¿Por qué acabas de apagar tu farol?

–Es la consigna –respondió el farolero–. ¡Buenos días!

–¿Qué es la consigna?

–Apagar el farol. ¡Buenas noches! Y volvió a encenderlo.

–Entonces ¿por qué acabas de encenderlo?

–Es la consigna –respondió el farolero.

–No entiendo –dijo el principito.

–No hay nada que entender –dijo el farolero–. La consigna es la consigna. ¡Buenos días!

Y apagó su farol.

Después limpió su frente con un pañuelo de cuadros rojos.

–Mi trabajo es terrible. Antes era razonable; apagaba el farol por la mañana y lo prendía por la tarde. Tenía el resto del día para descansar y todo el resto de la noche para dormir.

–Y… ¿cambiaron la consigna?

-No, esa es la tragedia, la consigna no ha cambiado pero el planeta sí, –dijo el farolero–. Año con año gira cada vez más rápido y la consigna no ha cambiado.

–¿Y entonces? –dijo el principito.

–Pues como el planeta da una vuelta completa cada minuto, yo no tengo un segundo de reposo. Enciendo y apago una vez por minuto.

–¡Es divertido! ¡En tu planeta los días duran un minuto!

–A mí no me parece divertido en absoluto –dijo el farolero–. Hace ya un mes que tú y yo empezamos esta plática.

–¿Un mes?

–Sí, treinta minutos. ¡Treinta días! ¡Buenas noches! Y nuevamente encendió su farol.

El principito miró con gustó a este farolero que cumplía con tanta lealtad la consigna. Recordó las puestas de sol que el “perseguía” arrastrando su silla y quiso ayudar.

–¿Sabes? Sé una forma con la que puedes descansar cuando quieras...

–Siempre quiero –dijo el farolero.

–Se puede ser fiel y perezoso a la vez –dijo el principito.

–Tu planeta es tan pequeño que puedes darle la vuelta con sólo tres pasos. No tienes que hacer más que caminar muy lentamente para quedar siempre hacia el sol. Caminarás cuando quieras descansar, y el día durará el tiempo que desees.

–Eso no es gran adelanto –dijo el farolero– pues lo que a mí más me gusta en la vida es dormir.

–Eso es no tener buena suerte –dijo el principito.

–No, no es tener buena suerte –replicó el farolero– ¡Buenos días!

Y apagó su farol.

Mientras el principito proseguía su viaje, iba pensando: "Éste sería despreciado por los otros, por el rey, por el vanidoso, por el bebedor y por el hombre de negocios. Sin embargo, es el único que no me parece ridículo, quizás porque se ocupa de algo ajeno a sí mismo”. Suspiró con nostalgia y se dijo:

"Es el único del que hubiera podido hacerme amigo. Pero su planeta es tan pequeño que no hay lugar para dos... "

Lo que el principito no quería confesar era que añoraría las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol que podría haber visto en veinticuatro horas.

  

CAPÍTULO XV

El sexto planeta era diez veces más grande. Estaba habitado por un anciano que escribía en enormes libros.

–¡Eah, un explorador! –exclamó el anciano al ver al principito que se había sentado sobre la mesa dando un resoplo. ¡Había viajado ya tanto!

–¿De dónde vienes tú? –preguntó el anciano.

–¿Qué libro es este tan grande y pesado?

–Preguntó a su vez el principito–. ¿Qué hace usted aquí?

–Soy geógrafo –dijo el anciano.

–¿Y qué es un geógrafo?

–Es un sabio que conoce donde se encuentran los mares, los ríos, las ciudades, las montañas y los desiertos.

–Eso es muy interesante –dijo el principito–. ¡Por fin un verdadero oficio! Y dio un vistazo alrededor del planeta del geógrafo. Nunca había visto un planeta tan majestuoso.

–Es muy hermoso su planeta. ¿Tiene océanos?

–No lo sé, no puedo saberlo –dijo el geógrafo.

–¡Oh! –dijo el principito decepcionado–. ¿Y montañas?

–No puedo saberlo –repitió el geógrafo.

–¿Y ciudades, ríos y desiertos?

–Tampoco puedo saberlo.

–¡Pero usted es geógrafo!

–¡Exactamente! –Dijo el geógrafo–, pero no soy explorador, ni tengo exploradores que me informen. El geógrafo no puede estar de acá para allá haciendo el recuento de ciudades, ríos, montañas, océanos y desiertos.

Un geógrafo es demasiado importante para andar explorando de un lado a otro. Se queda en su despacho y allí recibe a los exploradores. Les interroga y toma nota de sus observaciones e informes. Si alguna le parece interesante, manda hacer una investigación sobre la moralidad del explorador.

–¿Por qué?

–Porque si un explorador dijera mentiras sería una catástrofe para los libros de geografía. Y también si un explorador bebiera demasiado.

–¿Por qué? –preguntó el principito.

–Porque los borrachos ven doble y el geógrafo pondría dos montañas donde sólo hay una.

–Conozco a alguien –dijo el principito–, que sería un mal explorador.

–Es muy posible. Cuando la moralidad del explorador parece buena, se hace un estudio sobre su descubrimiento.

–¿Se va a verificarlo?

–No, eso sería demasiado complicado. Se le exigen pruebas. Por ejemplo, si se trata del descubrimiento de una gran montaña, se le pide que traiga grandes piedras.

Súbitamente el geógrafo se sintió emocionado y dijo:

–¡Tú vienes de muy lejos! ¡Eres un explorador! Comienza, pues, a describirme tu planeta.

El geógrafo abrió su registro y afiló la punta de su lápiz. Los relatos de los exploradores siempre se escriben primero con lápiz y sólo se pasan a tinta, una vez que el explorador ha presentado suficientes pruebas.

–¿Y bien? –interrogó el geógrafo.

–¡Oh! Mi planeta –dijo el principito– no es tan interesante, todo es muy pequeño. Tengo tres volcanes, dos en actividad y uno extinguido; pero uno nunca sabe...

–Nunca se sabe –dijo el geógrafo.

–Tengo también una flor.

–De las flores no tomamos nota.

–¿Por qué? ¡Si son tan lindas!

–Porque las flores son efímeras.

–¿Qué significa "efímera"?

–Las geografías –dijo el geógrafo– son los libros más valiosos y apreciados. Nunca pasan de moda ya que es

muy raro que una montaña cambie de lugar o que un océano pierda su agua. Nosotros, los geógrafos, escribimos sobre cosas eternas.

–Pero los volcanes extinguidos pueden despertarse –interrumpió el principito–. ¿Qué significa efímera?

–Que los volcanes estén extinguidos o se despierten es igual para nosotros. Lo interesante es la montaña del volcán y ésta nunca cambia.

–Pero, ¿qué significa efímera? –repitió el principito que nunca renunciaba a una pregunta suya.

–Significa que está amenazado de próxima desaparición.

–¿Mi flor está amenazada de desaparecer próximamente?

–Así es. Indudablemente.

"Mi flor es efímera –se dijo el principito– y sólo tiene cuatro espinas para defenderse contra el mundo. ¡Y se ha quedado completamente sola!" Por primera vez se arrepintió de haber dejado su planeta, aunque tomando valor pregunto:

–¿Qué me aconseja usted que visite ahora?

–El planeta Tierra tiene muy buena reputación –contestó el geógrafo.

Y el principito partió pensando en su flor.

CAPÍTULO XVI

El séptimo planeta fue, por supuesto, ¡la Tierra!

¡La Tierra no es un planeta cualquiera! Se cuentan en él ciento once reyes (sin olvidar, sin duda, a los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de ebrios, trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores.

Para tener idea de las dimensiones de la Tierra, puedo decir que antes de la invención de la electricidad, había que mantener sobre el planeta un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y dos mil quinientos once faroleros.

Vistos desde lejos hacían un hermoso espectáculo, parecía un ballet. Primero tocaba el turno a los faroleros de Nueva Zelanda y de Australia que encendían sus faroles y se iban a dormir. Seguían los faroleros de China y Siberia. Después los faroleros de Rusia y la India, luego los de África y Europa y, por último, los de América del Sur y América del Norte. Nunca se equivocaban en el orden para entrar en escena. Era grandioso.

Solamente el farolero del único farol del polo norte y el del único farol del polo sur, llevaban una vida descansada. Sólo trabajaban dos veces al año.

CAPÍTULO XVII

Cuando se quiere ser ingenioso, se expone uno a mentir un poco. No he sido muy honesto al hablar de los faroleros y corro el riesgo de dar, a quienes no conozcan nuestro planeta, una idea falsa de él. Los hombres ocupan muy poco lugar sobre la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que la pueblan se pusieran de pie, uno junto a otro y un poco apretados, como en una concentración, cabrían fácilmente en una plaza de veinte millas de largo por veinte de ancho. La humanidad podría amontonarse sobre alguna isla del Pacífico.

Esto seguramente no lo creerán las personas mayores, pues ellas siempre se imaginan que ocupan mucho sitio. Se creen importantes y grandes como los baobabs. Se les puede decir que hagan el cálculo; eso les gustará ya que adoran las cifras. Otros no perderán el tiempo pues me tienen confianza.

El principito cuando llegó a la Tierra, quedó sorprendido de no ver a nadie. Creyó haberse equivocado de planeta, cuando un anillo de color de luna se movió en la arena.

–¡Buenas noches! –dijo el principito.

–¡Buenas noches! –dijo la serpiente.

–¿Sobre qué planeta he caído? –preguntó el principito.

–Sobre la Tierra, en África –respondió la serpiente.

–¡Ah! ¿Y no hay nadie sobre la Tierra?

–Esto es el desierto. En los desiertos no hay nadie. La Tierra es muy grande –contestó la serpiente.

El principito se sentó en una piedra y elevando su mirada dijo:

–Me pregunto si las estrellas están encendidas para que cada quien pueda reconocer la suya. ¡Mira!, precisamente sobre nosotros está mi planeta, pero... ¡tan, tan lejos!

–Es muy bella tu estrella –dijo la serpiente– ¿Y qué es lo que vienes a hacer por acá?

–Tengo problemas con una flor –dijo el principito.

–¡Ah!

Y ambos callaron.

Por fin, el principito rompió el silencio. –¿Se está así de solo en el desierto? ¿Dónde están los hombres?

Entre los hombres también se está solo –afirmó la serpiente.

El principito la miró largo rato y le dijo: –Eres un animal algo raro… delgado como un dedo...

–Pero soy más poderoso que el dedo de un rey –le interrumpió la serpiente.

El principito sonrió y dijo –no lo pareces... no tienes patas... no creo tan siquiera que puedas viajar...

–Puedo llevarte más lejos que un navío –dijo la serpiente y se enroscó alrededor del tobillo del principito como un brazalete…

–Al que yo toco, le hago regresar a la tierra de donde salió. Pero tú eres puro y vienes de una estrella...

El principito no respondió.

–…Me das lástima, tan débil sobre esta tierra de granito… Si algún día llegas a extrañar tu planeta, yo puedo ayudarte. Puedo...

–¡Oh! Te he comprendido muy bien –dijo el principito–. Pero ¿por qué hablas siempre con enigmas?

–Yo los resuelvo todos –dijo la serpiente. Y ambos guardaron silencio.


CAPÍTULO XVIII

El principito atravesó el desierto en el que sólo encontró una flor de tres pétalos, simple e insignificante.

¡Buenos días! –saludo el principito.

–¡Buenos días! –contestó la flor.

–¿Dónde están los hombres? –preguntó cortésmente el principito.

La flor que algún día, vio pasar una caravana, dijo:

–¿Los hombres? Me parece que no existen más que seis o siete. Los vi hace ya años y nunca se sabe dónde encontrarlos. Como no tienen raíces, el viento los pasea de un lado a otro. Debe ser molesto.

–Adiós entonces –dijo el principito.

—Adiós –dijo la flor.


CAPÍTULO XIX

El principito escaló hasta la cima de una alta montaña. Las únicas montañas que él conocía eran sus dos volcanes que le llegaban a la rodilla y el extinguido que utilizaba como taburete. El principito se dijo a sí mismo: “Desde una montaña tan alta como ésta, podré ver todo el planeta y a todos los hombres..." Pero no alcanzó a ver más que algunas puntas de rocas muy afiladas.

–¡Buenos días! –exclamó el principito al azar.

–¡Buenos días!... ¡enos días!... ¡…días! –respondió el eco.

–¿Quién eres tú? –preguntó el principito.

–¿Quién eres tú?... ¿…eres tú?... ¿…tú?... –contestó el eco.

–Sean mis amigos, estoy solo –dijo el principito.

–Estoy solo... …solo ...olo... -repitió el eco.

"¡Qué planeta más raro! –Pensó entonces el principito–, es seco, puntiagudo y salado. Sus habitantes carecen de imaginación; no hacen más que repetir lo que uno dice... En mi tierra tenía una flor y era siempre la primera en hablar…"

  

CAPÍTULO XX

Por fin llegó el momento en que el principito, después de caminar mucho entre arena, rocas y nieve, encontró un camino. Y los caminos llevan siempre a la morada de los hombres.

–¡Buenos días! –dijo.

–¡Buenos días! –dijeran las rosas.

El principito las miró, parecían iguales a su flor.

–¿Quiénes son ustedes? –les preguntó atónito.

–Somos las rosas –respondieron éstas.

–¡Ah! –exclamó el principito. Y se sintió muy triste; su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Ahora estaba ante más de cinco mil, iguales y en el mismo jardín!

Si ella viese esto, se decía el principito, se sentiría humillada, tosería muchísimo y simularía morir para escapar del ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente, para humillarme a mí también...

Y continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única y resulta que sólo tengo una rosa común. Eso y mis tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de los cuales acaso esté extinguido para siempre. Realmente no soy un gran príncipe..." Y tirándose sobre la hierba, lloró.

CAPÍTULO XXI

Entonces apareció el zorro:

–¡Buenos días! –dijo el zorro.

–¡Buenos días! –respondió cortésmente el principito y se volvió para ver quien hablaba pero no descubrió a nadie.

–Estoy aquí, bajo el manzano –dijo la voz.

–¿Quién eres tú? –Preguntó el principito–. ¡Qué bonito eres!

–Soy un zorro.

–Ven a jugar conmigo, –le propuso el principito– ¡Estoy tan triste!

–No puedo jugar contigo –dijo el zorro–, no estoy domesticado.

–¡Ah, perdón! –dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

–¿Qué significa "domesticar"?

–Tú no eres de aquí –dijo el zorro– ¿qué buscas?

–Busco   a   los   hombres, me puedes decir ¿qué   significa domesticar?

–Los hombres –dijo el zorro– tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto, aunque también crían gallinas! Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

–No, yo sólo busco amigos. Pero, dime ¿qué significa domesticar?

–Es una cosa ya olvidada –dijo el zorro–, significa "crear vínculos... "

–¿Crear vínculos?

–¡Sí!, verás –dijo el zorro–. Tú eres para mí, sólo un muchachito igual a otros y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro como otro zorro cualquiera. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, como también yo lo seré para ti...

–Empiezo a entender –dijo el principito–. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...

–Es posible –concedió el zorro–, en la Tierra se ve todo tipo de cosas.

–¡Oh, no es en la Tierra! –exclamó el principito. El zorro muy interesado preguntó:

–¿En otro planeta?

–Sí.

–¿Y hay cazadores en ese planeta?

–No.

–¡Oh, eso es muy interesante! ¿Y hay gallinas?

–No.

–¡Uhm, Nada es perfecto! –dijo el zorro suspirando un tanto desilusionado.

Y continuó:

—Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas son muy parecidas y todos los hombres se parecen entre sí; Así que, como ves, me aburro constantemente. En cambio, si tú me domesticas, mi vida se llenará de sol y conoceré el rumor de unos pasos diferentes a los de otros hombres. Estos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo no me significa algo, es inútil para mí. Los trigales no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Sin embargo, tú tienes el cabello dorado como el trigo y, cuando me hayas domesticado, será maravilloso ver los trigales: te recordaré y amaré el canto del viento sobre el trigo.

Después, el zorro permaneció callado mirando un buen rato al principito.

—¡Por favor!... domestícame —le dijo.

—Bien quisiera hacerlo —respondió el principito— pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

—Sólo se conoce bien lo que se domestica —dijo el zorro, y continuó—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada; todo lo compran ya hecho, Y como en las tiendas no se venden amigos, los hombres ya no tienen amigos. ¡Si quieres tener un amigo, entonces debes domesticarme!

—¿Qué debo hacer? —preguntó el principito.

—Debes ser muy paciente —respondió el zorro—. Al principio te sentarás sobre la hierba, un poco retirado de mí; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no dirás nada, pues el lenguaje puede ser fuente de malos entendidos. Entonces, al pasar los días, te podrás sentar cada vez más cerca...

Al día siguiente el principito volvió.

—Es mejor que vengas siempre a la misma hora —dijo el zorro—. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, yo desde las tres comenzaría a ser dichoso. Conforme avance la hora, más contento me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, así descubriré lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, yo nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Tú sabes, los ritos son necesarios.

—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.

–Eso también es algo casi olvidado –dijo el zorro–. Es lo que hace que un día sea diferente a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Todos los jueves acostumbran ir a bailar con las muchachas del pueblo. Los jueves, entonces, son maravillosos para mí, ¡puedo pasear hasta la viña! En cambio, si los cazadores no tuvieran un día fijo para ir a bailar, todos los días serían iguales y yo no tendría vacación alguna.

De esta manera el principito fue domesticando al zorro.

Cuando llegó el día de la partida, el zorro dijo:

—¡Voy a llorar!

—Yo no quería causarte daño, pero tú quisiste que te domesticara...

—Así es —dijo el zorro.

—Pero vas a llorar —dijo él principito.

—¡Sí! —volvió a decir el zorro.

—Al final, no ganaste nada.

—¡Gané! —dijo el zorro—. He ganado a causa del color del trigo. Ahora es mucho más agradable.

Después, el zorro añadió:

—Ve a ver las rosas una vez más; comprenderás que la tuya sí es única en el mundo. Regresarás para decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver nuevamente a las rosas. Les dijo:

—En efecto, no se parecen a mi rosa. Ustedes todavía no son nada. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, un zorro común y corriente que en nada se diferenciaba de los otros cien mil zorros. Sin embargo, ahora, él es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

—Son realmente muy bellas pero están vacías. Nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera puede creer que mí rosa es igual. ¡No es así! Ella es más importante que todas ustedes juntas porque a ella he regado, a ella cuidé y protegí con el biombo, porque la libré de los gusanos, dejando sólo los que serían mariposas. Porque es ella a la que oí quejarse, vanagloriarse y, a veces, hasta callarse. Porque, finalmente, ella es mi rosa.

Y volvió con el zorro…

—Adiós —dijo el principito con tristeza.

—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto:

Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos.

—Sólo con el corazón… Lo esencial es invisible a los ojos…

—repitió el principito para recordarlo.

—Lo que hace importante a tu rosa, es el tiempo que le has dedicado.

—…es el tiempo que le he dedicado… —repitió el principito con el fin de recordarlo.

—Los hombres han olvidado esta gran verdad —dijo el zorro—. ¡Tú no debes olvidarla! Eres responsable, por siempre, de lo que hayas domesticado ¡Eres responsable de tu rosa!...

—Soy responsable de mi rosa... —repitió el principito para recordarlo.

CAPÍTULO XXII

 –¡Buenos días! –dijo el principito.

–¡Buenos días! –respondió el guardavías.

–¿Qué haces aquí? –preguntó el principito.

–Cuento a los viajeros y los despacho en trenes que los llevan de un lado a otro.

Y de pronto, algo iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la caseta del guardavías.

–Tienen mucha prisa –dijo el principito– ¿Qué es lo buscan?

–Ni siquiera el conductor de la locomotora lo sabe –dijo el guardavías.

Un segundo tren rápido iluminado rugió en sentido inverso.

–¿Ya vuelven? –preguntó el principito.

–No son los mismos –contestó el guardavías–. Es un cambio.

—¿No se sentían contentos donde estaban?

–Nadie se siente contento donde está –respondió el guardavías.

Y rugió el trueno de un tercer tren rápido iluminado.

–¿Persiguen a los primeros viajeros? –preguntó el principito.

–No persiguen absolutamente nada –dijo el guardavías–. Duermen o bostezan allí dentro. Los únicos que aplastan su nariz contra los vidrios son los niños.

–Sólo los niños saben realmente lo que buscan–dijo el principito. Dedican su tiempo a su juguete o a una muñeca que viene a ser lo más importante para ellos. Si se lo quitan, lloran...

–¡Qué suerte tienen! –dijo el guardavías.


CAPÍTULO XXIII

–¡Buenos días! –dijo el principito.

–¡Buenos días! –respondió el comerciante.

Se trataba de un comerciante de píldoras para quitar la sed. Se toma una pastilla por semana y ya no se sienten más ganas de beber.

–¿Por qué vendes eso? –preguntó el principito.

–Porque economizan mucho tiempo. Los cálculos hechos por los expertos comprobaron que se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.

–¿Y qué se hace con esos minutos?

–Se hace lo que cada quien quiera hacer...

"¡Ah! Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos –pensó el principito–, caminaría hacia una fuente con toda tranquilidad..."  

CAPÍTULO XXIV

Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última gota de mi provisión de agua.

–¡Ah –le dije al principito–, tus recuerdos son muy lindos pero yo no he terminado de reparar mi avión, no tengo agua para beber y también sería muy feliz si pudiera ir tranquilo en busca de una fuente!

–Mi amigo el zorro...

–Oh Muchachito, No se trata ahora del zorro...

–¿Por qué?

–Porque vamos a morir de sed...

No comprendió mi razonamiento y replicó:

–Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro.

"No mide el peligro –me dije– Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le es suficiente..."

El principito me miró y respondió a mi pensamiento:

—¡Vamos..., busquemos un pozo...!

Aunque estaba cansado y me parecía absurdo buscar un pozo en la inmensidad del desierto, nos pusimos en marcha.

Caminamos en silencio. Al caer la noche las estrellas comenzaron a brillar, yo las veía como en sueño, pues por la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi mente. Le pregunté:

–¿Tú también tienes sed? pero no respondió. Dijo solamente:

–El agua también es buena para el corazón...

No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarle.

El principito estaba cansado. Se sentó; me senté a su lado y después de un silencio me dijo:

–Las estrellas son bellas por la flor que no se ve...

Respondí "seguramente" y sin hablar más, miré los pliegues que la arena formaba bajo la luna.

–El desierto es bello –añadió el principito.

Es verdad; siempre he amado el desierto. Sentado en una duna, nada se ve ni se distingue, nada se oye y, sin embargo, hay algo que resplandece en el silencio...

–Lo que realmente embellece al desierto –dijo el principito– es el pozo que se oculta en algún sitio...

Al oírlo comprendí el misterio. Cuando era niño vivía en una casa antigua que, según la leyenda, tenía un tesoro escondido. Sin duda nadie lo encontró y quizás nadie lo buscó, pero la casa parecía toda encantada por ese tesoro que guardaba en secreto dentro de su corazón...

–Sí –dije– ya se trate de una casa, de las estrellas o del desierto, lo que les hace hermoso es invisible.

–Me alegra –dijo bostezando el principito– que estés de acuerdo con mi zorro.

El principito tenía sueño y se quedó dormido. Lo tomé en mis brazos y continué el camino. Me sentía emocionado llevando aquel tesoro que me parecía tan frágil. A la luz de la luna miraba aquella frente pálida, aquellos ojos dormidos, aquel cabello dorado movido al viento y me dije: "lo que veo es sólo la corteza; lo más importante es invisible..."

Al contemplar sus labios entreabiertos en los que se esbozaba una sonrisa, me dije aún: "Lo que más me emociona de este principito es su fidelidad a una flor. Es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme..." Y lo sentí más frágil aún.

Pensé que a las lámparas hay que protegerlas: un viento fuerte puede apagarlas...

Seguí caminando y con la luz de la aurora descubrí el pozo.

  

CAPÍTULO XXV

–Los hombres –dijo el principito– se meten en los trenes pero no saben a dónde van. No saben qué quieren ni saben que buscar…

Y añadió:

–¡No vale la pena!...

El pozo al que habíamos llegado no se parecía en nada a los pozos del Sahara que son simples agujeros abiertos en la arena. Éste parecía el pozo de un pueblo; aunque resulta que por allí no había ningún poblado y yo creía soñar.

–¡Es extraño! –le dije al principito–. Todo está ya listo: la polea, el balde y la cuerda...

Él se rió, tocó la cuerda y la polea se movió. El sonido era parecido al de una vieja veleta que el viento no ha movido en mucho tiempo.

–¿Oyes? –Dijo el principito–. Hemos despertado al pozo y ahora canta…

No quería que el principito hiciera el menor esfuerzo y le dije:

–Déjame hacerlo, es pesado para ti.

Lentamente subí el cubo hasta el brocal. Lo asenté dejándolo firme en el borde. Aún oía el canto de la polea y en agua se reflejaba el sol.

–Tengo sed de esta agua –dijo complacido el principito–, dame de beber...

¡Entonces comprendí lo que él había buscado!

Levanté el balde hasta sus labios. Bebió con los ojos cerrados. El espectáculo era bello como un día de fiesta.

Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la polea, del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón…Cuando yo era niño, las luces del árbol de Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, daban su resplandor al regalo de Navidad que recibía.

–En tu tierra –dijo el principito– los hombres cultivan cinco mil rosas en un solo jardín… y nunca encuentran lo que buscan.

–No lo encuentran –le respondí.

–Sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua...

–Sin duda, respondí. Y el principito añadió:

–Pero los ojos no siempre saben ver. Hay que buscar con el corazón.

Yo ya había bebido y no tenía sed. Me encontraba bien. La arena, estaba color de miel. Yo gozaba con esa armonía hasta sentirme dichoso. Sin embargo, percibí algo que me inquietaba.

Es necesario que cumplas tu promesa –dijo dulcemente el principito que nuevamente se había sentado junto a mí.

–¿Qué promesa?

–Ya sabes... el bozal para mi cordero... Soy responsable de mi flor…

Saqué del bolsillo mis bosquejos. El principito los miró y con una sonrisa dijo:

–Tus baobabs parecen coles... Y tu zorro tiene orejas muy largas.

–¡Oh! –Le dije– ¡Y yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs!

Y volvió a reír.

-Eres injusto, muchachito; yo no sabía dibujar más que boas cerradas y boas abiertas...

–¡Oh! –Dijo el principito volviendo a sonreír– ¡Todo está bien! Los niños lo comprenden todo.

Bosquejé, pues, un bozal y al dárselo se me oprimió el corazón:

–Tú tienes proyectos que desconozco...

Pero no me respondió.

–¿Sabes? –me dijo–. Mañana será el aniversario de mi llegada a la Tierra...

Y después de un silencio, añadió:

–Caí muy cerca de aquí... Y se sonrojó.

Nuevamente, sin comprender por qué, sentí una gran tristeza y dije:

–Entonces, ¿no paseabas casualmente por estos lugares, hace ocho días cuando nuestro encuentro a mil millas de distancia del lugar habitado más próximo? ¿Volvías al lugar donde llegaste?,¿… por el aniversario?

El principito se ruborizó una vez más y no contestó; pero cuando, uno se sonroja la respuesta es: Sí.

–¡Ah! –Le dije– temo...

Pero me interrumpió:

–Ahora debes volver a trabajar; debes terminar de reparar tu avión. Ve y regresa mañana por la tarde. ¡Te espero aquí!

Pero yo seguía intranquilo. Recordaba las palabras del zorro: si uno se deja domesticar, corre el riesgo de llorar un poco...

  

CAPÍTULO XXVI

Junto al pozo había un viejo y ruinoso muro de piedras. Cuando al día siguiente volví por la tarde, desde lejos vi al principito sentado ahí arriba. Oí que hablaba.

–¿No te acuerdas? ¡No es exactamente aquí! Alguien le respondió sin duda, porque él replicó:

–¡Sí, sí; sí es el día, pero no es este el lugar exacto…!

Intrigado proseguí mi marcha hacia el muro. No veía ni oía a nadie más. Sin embargo, el principito continuaba:

–¡Claro! Verás el comienzo de mis huellas sobre la arena. Sólo tienes que esperarme ahí. Estaré por la noche.

Estaba yo a unos veinte metros del muro y continuaba sin distinguir nada.

El principito, después de un silencio, dijo aún:

–¿Tienes buen veneno? ¿Estás segura que no me harás sufrir mucho tiempo?

Me detuve con el corazón acongojado, siempre sin comprender.

–¡Ahora vete –dijo el principito– quiero volver a bajarme!

Entonces bajé la mirada al pie del muro e instintivamente di un brinco. Una serpiente amarilla, de esas que matan a una persona en pocos segundos, se erguía en dirección al principito. Empecé a correr mientras sacaba mi revólver. La serpiente al sentir el peligro, se deslizó suavemente por la arena y se escurrió entre las piedras con un ligero sonido metálico.

Llegué justo a tiempo de recibir en brazos a mi principito, que estaba blanco como la nieve.

–¿Pero qué historia es ésta? ¿Ahora platicas también con las serpientes?

Le aflojé su bufanda dorada, le humedecí las sienes, le di de beber y no me atreví a preguntar más. Me miró gravemente rodeándome el cuello con sus brazos. Sentí el latido de su corazón, como el de un pajarillo herido.

–Me alegra –dijo el principito– que hayas terminado de reparar tu avión. Ahora podrás volver a tu casa...

–¿Cómo lo sabes?

Precisamente venía a avisarle que, casi contra toda esperanza, había logrado terminar el arreglo.

No respondió a mi pregunta, sino que añadió:

-–Yo también hoy regreso a casa... Luego, con nostalgia:

–Es mucho más lejos... y bastante más difícil... Sabía que algo extraño estaba ocurriendo.

Le estreché entre mis brazos como si fuera un niño pequeño. No obstante, al ver su mirada que se perdía en la lejanía, sentí como si se escurriera en un abismo sin poder hacer nada por retenerlo.

–Tengo tu cordero y la caja para el cordero. Y tengo también el bozal. –Y sonrío con algo de melancolía.

Esperé un buen rato para que volviera a entrar en calor.

–Has tenido miedo, muchachito...

Lo había tenido, sin duda. Sonrió con dulzura y dijo:

–Esta noche voy a tener más...

Nuevamente me quedé helado por la misma sensación de algo irreparable y comprendí lo difícil que sería no volver a oír aquella risa que era como una fuente en el desierto para mí.

–Muchachito, quiero oírte reír... Pero él me dijo:

–Esta noche hará un año. Mi estrella se encontrará justo sobre el lugar donde el año pasado...

–Le interrumpí: dime que toda esa historia de serpientes, citas y estrellas es sólo un mal sueño, una pesadilla.

Pero el principito dijo solamente:

–Lo más importante nunca se ve...

–Indudablemente.

–Es igual con la flor. Si quieres a una flor que habita en una estrella, es muy dulce mirar al cielo por la noche. Todas las estrellas han florecido.

–Seguro.

–Es como el agua que me diste a beber ¡Era como una música! ¿Te acuerdas qué dulce era?

–Claro.

–Por la noche mirarás las estrellas; no puedo señalarte la mía, mi casa, porque es demasiado pequeña. Así es mejor; mi estrella será para ti una de ellas, cualquiera. Te gustará entonces mirar a todas y todas serán tus amigas. Además, voy a hacerte un regalo...

Y rió una vez más.

–¡Ah, muchachito, muchachito, cómo me gusta oír tu risa!

–Precisamente ese será mi regalo… será como el agua...

–¿Qué quieres decir?

–La gente tiene estrellas pero no significan lo mismo para todos. Para algunos, los que viajan, las estrellas son sus guías. Para otros sólo son lucecitas. Para los sabios las estrellas son motivo de estudio y para mi hombre de negocios, eran oro. Pero todas esas estrellas no dicen nada. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido...

–Explícame.

–Por la noche, al mirarlas, como sabes que yo habito en una de ellas y ahí estaré riendo, será para ti como si todas las estrellas se rieran. ¡Sólo tú tendrás estrellas que saben reír!

Y él volvió a reír.

–Cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contento de haberme conocido y, como serás mi amigo por siempre, tendrás ganas de reír conmigo. Algunas veces abrirás tu ventana sólo por placer y tus amigos se asombrarán al verte reír mirando al cielo. Tú les explicarás: "Las estrellas siempre me hacen reír". Ellos te creerán loco. Y yo te habré jugado una broma.

Y volvió a reír.

–Será como si en vez de estrellas, te hubiese dado multitud de cascabelitos que saben reír...

Una vez más dejó oír su risa y luego se puso serio.

–¿Sabes? Esta noche no vengas...

–No me separaré de ti.

–Pensarás que sufro, me veré enfermo... Parecerá como que muero... ¡No vale la pena que vengas a ver eso...!

–No te dejaré.

Pero él estaba algo intranquilo.

–También te lo digo por la serpiente; no quiero que te muerda. Las serpientes son malas y a veces muerden por puro gusto...

–He dicho que no te dejaré. Pero algo le tranquilizó.

–Bueno, es verdad que no tienen veneno para el segundo mordisco...

Sin embargo, aquella noche salió muy sigiloso y sin hacer ruido. No lo sentí ponerse en camino.

Cuando al fin le alcancé, marchaba con paso rápido y decidido. Solamente dijo:

–¡Ah, estás ahí…!

Me tomó de la mano y volvió a expresar su preocupación:

–Has hecho mal en seguirme. Tendrás pena y sufrirás porque parecerá que estoy muerto y no será verdad.

Yo callaba.

–¿Comprendes? Es inmensamente lejos y no me es posible llevar este cuerpo que pesa demasiado.

Seguí callado.

–Solo será como una vieja corteza que se abandona y, por las cortezas, no se siente pena…

Insistí en mi silencio. El principito se desalentó un poco, sin embargo, dijo:

–Será agradable ¿sabes? Yo también miraré las estrellas, todas serán pozos con poleas cantarinas. Todas las estrellas me darán de beber. ¡Será divertido! Tú tendrás quinientos millones de cascabeles y yo quinientos millones de fuentes...

El principito también se quedó callado. Estaba llorando. Se sentó porque tenía miedo y dijo aún:

–Es allí; déjame ir solo, mi flor… ¿sabes?... soy responsable... ¡y ella es tan débil e ingenua! Sólo tiene cuatro espinas insignificantes para defenderse contra el mundo...

No pude mantenerme de pie… tuve que sentarme.

–Bien... eso es todo... dijo y aún titubeo un instante, luego se levantó y dio un paso. Yo continuaba inerte, sin poder moverme.

Un relámpago amarillo centelleó en su tobillo. Quedó inmóvil un instante, sin exhalar un grito. Luego, suave y silenciosamente cayó en la arena, como cuando cae un árbol.

CAPÍTULO XXVII

Ahora, ya hace seis años de esto. Jamás he contado esta historia y los compañeros que me vuelven a ver se alegran de encontrarme vivo aunque me notan triste. "Es el cansancio", les digo.

Al correr del tiempo me he consolado un poco, pero no completamente. Sé que ha vuelto a su planeta, pues al amanecer no encontré su cuerpo, que no era en realidad tan pesado... Y me gusta por la noche escuchar a las estrellas que suenan como quinientos millones de cascabeles...

Pero sucede algo que me inquieta. Al bozal que dibujé para el principito, se me olvidó añadirle la correa de cuero; no sé si habrá podido atárselo al cordero. Entonces me pregunto:

"¿Qué habrá sucedido en su planeta? Quizás el cordero se ha comido la flor..."

A veces me digo: "¡Seguro que no! El principito la protege y vigila a su cordero". Entonces me siento dichoso y todas las estrellas ríen dulcemente.

Pero otras veces pienso: "Alguna que otra vez se distrae uno y eso basta. Si una noche ha olvidado poner el fanal o el cordero ha salido sin hacer ruido, durante la noche...". Y entonces los cascabeles se convierten en lágrimas...

Y ahí está el gran misterio. Para ustedes que quieren al principito, lo mismo que para mí, nada en el universo habrá cambiado si en cualquier parte, quién sabe dónde, un cordero desconocido se ha comido o no se ha comido una rosa...

Pero miren al cielo y pregúntense: el cordero ¿se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia...

¡Ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto sea verdaderamente importante!

Éste es, para mí, el paisaje más hermoso y el más triste del mundo. Es el mismo paisaje de la página anterior que he dibujado una vez más para que lo vean bien. Fue aquí donde el principito apareció sobre la Tierra, desapareciendo luego.

Examínenlo atentamente para que sepan reconocerlo, si algún día, viajando por África, cruzan el desierto. Si por casualidad pasan por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco, precisamente bajo la estrella. Si un niño llega hasta ustedes, si ríe, tiene cabellos de oro y nunca responde a sus preguntas, adivinarán en seguida quién es. ¡Sean amables con él! Y comuníquenme rápidamente que ha regresado.

¡No me dejen tan triste!

FIN DE LA NOVELA. ■

Ilustraciones

Todas las sencillas, pero elegantes, ilustraciones en acuarela de la novela, y que forman parte integral de la historia, fueron pintadas por el propio Saint-Exupéry. Quien había estudiado arquitectura cuando era joven, más no por ello se le puede considerar un artista, de hecho el mismo autor lo reconoce y burlonamente en la introducción de la novela. No en menosprecio del énfasis que puso siempre, garabateando y esbozando; de hecho, durante muchos años había dibujado personitas en sus servilletas, manteles, cuadernos rayados y otros trozos de papel.

Varias de sus ilustraciones fueron pintadas en el revés del delicado “papel de cebolla”; que utilizó, su medio preferido. Las primeras figuras adoptaron una multitud de apariencias y participaron en una variedad de tareas.

Algunos aparecían como figuras parecidas a muñecos, frailecillos, ángeles con alas... Al igual que con algunos de sus borradores manuscritos, ocasionalmente regalaba bocetos preliminares a amigos cercanos.

En una carta de 1940 a un amigo, esbozó un personaje delgado, que más adelante fue por el que se decidió: la imagen del niño joven y precoz con cabello largo rubio y rizado, con la nariz respingona; vestido con pantalones largos y anchos que eran demasiado cortos para él y con una bufanda larga, que se agitaba con el viento.

Una imagen que se convertiría en objeto de especulaciones sobre su origen, siempre a los críticos les encanta buscar comparaciones con seres próximos al autor de turno...

Por cierto, que todos sus dibujos están registrados y aún en la actualidad son propiedad de la la Fundación SOGEX, formada por los herederos del autor y que es la que gestiona sus intereses.

Es esta Fundación la que debe autorizar el uso de los comentados dibujos. ■

Un AVIADOR conocido como Antoine de Saint-Exupéry

En su faceta como aviador, Saint-Exupéry fue un exitoso piloto comercial, trabajó en rutas de correo aéreo en Europa, África y América del Sur.

Se unió a la Fuerza Aérea Francesa al comienzo de la guerra, realizando misiones de reconocimiento hasta el armisticio de Francia con Alemania en 1940.

Después de ser desmovilizado de la Fuerza Aérea Francesa, viajó a los EE,UU. Donde pasó 28 meses y durante los cuales escribió tres de sus obras más importantes, luego se unió a la "Fuerza Aérea Francesa Libre en el norte de África", aunque ya había pasado la edad máxima.

El accidente que inspiró “El Principito”

El 30 de diciembre de 1935, Saint-Exupéry, junto con su copiloto-navegante André Prévot, se estrelló en el desierto del Sahara. Estaban intentando batir el récord de velocidad para un vuelo de París a Saigón en un tipo de carrera aérea, entonces popular, llamado raid, y que tenía un premio de 150.000 francos.

Ocurrió cerca del delta del Nilo y ambos sobrevivieron milagrosamente al accidente, pero se enfrentaron a una rápida deshidratación con el intenso calor del desierto. Sus mapas eran primitivos y ambiguos.

Perdidos entre las dunas de arena con unas uvas, un termo de café, una sola naranja y un poco de vino, la pareja solo tenía líquido para un día.

Para el segundo y tercer día, estaban tan deshidratados que dejaron de sudar por completo. Finalmente, al cuarto día, un beduino en un camello los descubrió y les salvó la vida a los dos.

Esta experiencia es la que plasmaría años más tarde en “El Principito”.

El accidente fatal

En abril de 1943, después de vivir 27 meses en América del Norte, Saint-Exupéry partió con un convoy militar estadounidense hacia Argel, para volar con la "Fuerza Aérea Francesa Libre" y luchar con los Aliados en un escuadrón con base en el Mediterráneo.

Entonces tenía 43 años, era mucho más mayor que la mayoría de los hombres en las unidades operativas. Allí realizó varios vuelos, pero con la disposición de que volaría solo en 5 misiones.

El 31 de julio de 1944, despegó en un P-38 desarmado, era su novena misión de reconocimiento desde la base en Córcega.

Para alarma de sus compatriotas de escuadrón, no regresó, desapareciendo sin dejar rastro.

La noticia de su desaparición se difundió por todo el mundo.

Un cuerpo no identificable con uniforme francés fue encontrado varios días después de su desaparición al este del archipiélago de Frioul, al sur de Marsella y enterrado en Carqueiranne, Francia.

Más no todos quedaron convencidos y el misterio sobre su muerte sigue... ■