“QUERIDO CHATO”
Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco
SINOPSIS
Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacia donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…
Todo esto nos lo contesta, narrándonoslo el autor en esta auto biografía de 52 capítulos, más Apéndices, que componen este “tocho” de casi 1000 páginas
En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el tercero de sus Capítulos:
1961 Mi vida a los cuatro años
Capítulo 3
Donde se narra que ese año se estrenó con la toma de posesión de KENNEDY, el que sería el 35 º Presidente de los EE.UU. Y otro que estrenó "trabajo" fue mi padre, recién regresado de uno de sus viajes ejerciendo de emigrante. Si bien no tuvo un buen "despertar"; mi madre le tuvo que recordar que con ella, lo de castigarla con un cinturón no encajaba.
Nuestro joven protagonista acude a su primer Colegio de Párvulos, dirigido por las Monjas Agustinas, con ellas como docentes, descubrirá que sus métodos de enseñanza no son de su agrado.
Conoceremos como era su barrio, y los microcoches que llenaban el paisaje urbano, "deambulaban" por sus calles sin asfaltar. A los que no tardó en unirse el popular "600".
Y acudiremos como "invitados" a una de las ceremonias milenarias de las Islas Baleares: Las MATANZAS...
De los años que siguieron a mi nacimiento, poca cosa puedo contar, más bien no recuerdo nada de nada, hasta más o menos los cuatro años. ¡Así que!, entonces, a partir de ahí continúo… No sé dónde leí, que los expertos dicen que es normal no recordar estos primeros años, lo cual me dejó más tranquilo, supe que aún no era un viejo “chocho” cualquiera…
«¡Macho! Lo tuyo ya parece una obsesión».
…El año de 1961 había empezado con un nuevo Sheriff en el planeta, “John F. Kennedy”, que se convirtió con 43 años, en el presidente electo más joven de los EE.UU. Por la radio que teníamos en el comedor y que siempre, o casi siempre, estaba encendida, estuvieron repitiendo la noticia. Que cada vez finalizaba con una larga frase traducida por el locutor y que había pronunciado en su toma de posesión:
«Mis conciudadanos del mundo, no os preguntéis lo que América puede hacer por vosotros, sino, lo que todos juntos podemos hacer por la libertad del hombre».
Hay queda el discurso.
«¿Va a ser esto algo habitual?».
¡No sé a qué te refieres “Subconsciente”!
«¡A que va a ser!, a lo de ir contando una efeméride en cada capítulo…».
¡Qué “mala folla” que tienes!, ¡tomo nota! Lo haré como máximo algunas pocas veces más; lo que estaba contando pedía hacer referencia a estos acontecimientos. ¡Lo siento mucho! ¡No volverá a suceder…! (J.C.Iº.©), salvo estas veces que te he indicado; sigamos… Y hablando de ciudadanos, uno había regresado a su dulce hogar, mi padre.
Y no fue ningún milagro concedido por Dios a las súplicas de mi madre, fue algo más banal; a mi progenitor no le fueron bien los negocios o el trabajo por Suiza y le tocó “regresar para casa”.
…Ya en nuestra morada, al poco tiempo se puso a trabajar en la construcción, el inicio del boom turístico en España hizo que se “desmadrara” la necesidad de mano de obra. Y mi padre se supo subir a este “carro”, de hecho, era un muy buen oficial de la albañilería. No en vano, bien le valieron los años que ya había estado tiempo atrás manejando las paletas, trabajando con un tío suyo que era maestro de obras. Esto fue antes de emigrar por esos mundos de dios,
Lo jodido de este trabajo era que se tenía que madrugar. Por las mañanas, una escena se repetía los días laborables, en esta ocasión con alguna “incidencia”…:
—¿Ya hay que levantarse? —pregunté recién salido de la cama y justo en la entrada del cuarto de enfrente, el de mis padres, siempre he tenido algo de insomnio.
—¡No pequeñín, vuelve a la cama que aún es temprano! —contestó mi madre preocupada por mis horas de sueño, pero yo insistí:
—¿Qué hora es? —aún desconocía como iba eso de los relojes y las horas.
—Son las seis de la mañana, ¡vuelve a la cama, coño! —contestó mi padre, mi pregunta le despertó. Y eso lo aproveché para aclarar algo que me preocupaba:
—¿Te vas a volver a marchar? —y no me refería a irse “a la vuelta de la esquina”.
—¡No hijo!, he vuelto para quedarme.
—¡Anda no le digas mentiras al niño, que luego se pone muy triste!
—Pero si es verdad, como ya te dije, este ha sido mi último viaje.
—¡Y yo que te creo!, ¡anda hijo, hazme el favor y regresa a tu cama!
Cosa que hice, me había entrado de nuevo el sueño y me fui para mi catre. Pero de camino al cuarto, seguí escuchando las voces de mis padres:
—¿Tan poco te fías de mi palabra? ¡A ver si tendré que coger el cinturón y ponerte en vereda! —El colega se acabó de despertar y encima chulito.
Más esta fue una de esas ocasiones en que la “leona” del interior de mi madre salió, en este caso, además asiendo unas tijeras que estaban sobre la máquina de coser. El artilugio cuando no la usaba, estaba colocado en un lado del cuarto.
—¡Ves estas tijeras, cabrón, hijo de pu…!, ¡si te atreves a ponerme una mano encima te las clavo! ¿¡Qué te crees que soy como la tonta de tu madre!, ¡que permite que le dé correazos el cabrón de tu padre!?
Continuando la discusión durante unos minutos, al final mi padre cedió, por la cuenta que le traía, y quiso poner algo de paz apagando el fuego, cual haría un bombero:
—¡Pero si era una broma mujer!
—¡Pues estas bromas se las gastas a la pu… de tu madre!
Mi progenitora, como buena madrileña, tenía un amplio léxico que incluía, y como debe de ser, un variado y abundante “diccionario” de vocablos destinados al insulto. Yo he heredado esta maldición, ¡perdón!, este útil don, que sirve para que el contrario entienda que no te vas a amedrentar, más claro, “acojonar”. Además de ser un complemento como adjetivo que nos dice como pensamos de alguien; por ejemplo, “el cabrón de Pablo”, poco bueno dice ya de cómo es Pablo.
Al rato mi madre ya estaba un poco más calmada, la “leona” había regresado a su guarida, pero seguía estando dispuesta a aparecer de nuevo si fuese necesario.
Pero lo triste fue que mi progenitora tenía razón, meses más tarde el pájaro volvió a salir de su jaula y volar de nuevo hacía otras tierras, más claro; mi padre se marchó de nuevo a “hacer las Suizas”; que vinieron a sustituir su búsqueda de fortuna en las “Américas”. Pero para esto aún faltaba un poco, mientras continúo con aquel día:
—¡Anda toma la cesta!, dentro está la fiambrera con la comida y te he llenado el termo de café.
—¡Gracias! —dándole un besito— ¡Hasta la noche!
Tras bajar la empinada escalera de mi casa, mi padre arrancó la “Vespa”, nuestra moto y único medio de transporte propio, y partió hacía el “tajo”; siempre me ha hecho gracia este nombre que identifica el lugar de trabajo de cada uno.
Un rato más tarde nos tocó el turno a nosotros, el desayuno ya estaba preparado. Pero antes todos íbamos desfilando por el baño, era una visita obligada, había que asearse y algunos hacer sus necesidades fisiológicas.
—¡Coño que fría está el agua! —me recordó el líquido cuál era su temperatura ambiente. Todo eran quejas, en aquellos años el agua caliente era escasa y se reservaba para el baño “comunitario” del sábado.
Acabado mi turno, salí y di paso al siguiente miembro de la familia, que si por casualidad estaba medio dormido acabó de despertarse…
—¡Joder que peste!, ¿quién ha cagado antes?
—¡Ha sido Isa!, ella es siempre la primera en entrar en el baño!
No cabía decir: «tira de la cadena, que se huele hasta aquí», pues el retrete en aquellos años; aún consistía en un agujero realizado en la encimera de madera, colocada encima de un banco de obra, por donde “desaparecían” los excrementos.
Años más tarde, fue sustituido por una “taza” de wáter, con una cisterna de descarga de agua que se colgaba arriba. Y ésta si incluía la cadena.
El tiempo que tardábamos en asearnos era breve, esto de lavarse los dientes de momento aún no era costumbre, las caries “nadaban a sus anchas”. Entre queja y queja, se escuchó la cotidiana orden de asistencia dada por mi madre:
—¡Venga sentaros que el desayuno ya está en la mesa!
Todos acudíamos “raudos y veloces” a la llamada y ocupábamos nuestros sitios asignados por costumbre, pero este día probé un cambio.
—¡Quita de aquí Antonio! —alias “El Chato”—, ¡que este es mi sitio! —dijo mi hermano esperando que por ordenármelo con voz enérgica le obedecería:
—¡Hoy no me muevo, ahora es el mío!
—¡No os peléis que llegaréis tarde! —advirtió mi madre— ¡PLAF! —acompañado de una colleja que recibí, era la primera de las muchas que se repartirían durante el día, y en este caso me sirvió para saber que mi intento de cambio no funcionó. Por lo que me senté en mi sitio habitual.
—¡Yo no quiero “Cola Cao”, que me sienta mal!
—¡Pues nada Leo! —mi hermano—, te pongo un poco de café.
El tomar un café con leche suponía que ya eras mayor; y en este caso, fue lo que reclamó el bueno de Leo, que se le reconociera este hecho.
—¡Yo también quiero!
—¡PLAF! —la segunda colleja del día.
—Tú tómate el “Cola Cao”, ¡coño!
Tanto el polvo de cacao como el café con leche, lo tomábamos en una taza que íbamos llenado de galletas “María” troceadas. Terminado el desayuno, todos cogimos nuestros bártulos, con la merienda incluida, y partimos para el colegio; en mi caso era el primer año que acudía.
En aquel año de 1961 mi vida estaba así, iniciaba el primer curso de párvulos, tenía una madre que ponía todo su cariño y esfuerzo en criar a sus hijos, un padre que aparecía y desaparecía entre viajes al extranjero. Y compartiendo la casa conmigo, mis otros tres hermanos.
…Aparte de esto, mi mundo estaba repartido en dos lugares, mi barrio y la escuela.
Así era el primero, desde la carretera local denominada calle “Aragón” y que recorría el municipio, a unos cinco kilómetros del centro de la ciudad. Se extendía un núcleo de viviendas, habitualmente de dos plantas, construidas dentro de las cuadrículas o “manzanas” que formaban las calles; cuales partían de la susodicha travesía y se cortaban por los otros pasajes perpendiculares.
Mi calle, de nombre “La Nuez”, iba desde dicha calle “Aragón” hasta acabar en otra via perpendicular, que separaba esta zona del campo.
Mi casa me servía de referencia y lógicamente mientras viví en ella, tenía la tendencia a emplazar los lugares partiendo de su ubicación.
—¡Piiii, piiii! —era el pito de una de las motos que pasaban por las calles, solían ser de las marcas, “Vespa”, “Lambretta” y “Moto Guzzi”. Y que convivían con los escasos coches, la mayoría eran los considerados hoy en día como “microcoches”. Eran modelos de las marcas “Isetta”, conocido también como “huevo”; “Goggomobil”; “Vespacar 400”, que era una moto convertida en pequeña furgoneta; y el inconfundible “Biscuter”.
—¡Piiii, piiii! —era el pito de una de las motos que pasaban por las calles, solían ser de las marcas, “Vespa”, “Lambretta” y “Moto Guzzi”. Y que convivían con los escasos coches, la mayoría eran los considerados hoy en día como “microcoches”. Eran modelos de las marcas “Isetta”, conocido también como “huevo”; “Goggomobil”; “Vespacar 400”, que era una moto convertida en pequeña furgoneta; y el inconfundible “Biscuter”.
Que compartían vías con los recientes modelos, como el “Seat 600”, aparecidos unos años antes.
Y por supuesto con las clásicas bicicletas, que pertenecían a las clases más humildes y a los más jóvenes, las había de todas las clases y colores.
Nuestro piso estaba casi al final de dicha calle “La Nuez”, pero aún había varias casas más antes de llegar a la zona de siembra que aún se conservaba. Con el paso de los años, este espacio, yo ya no vivía en este barrio, se utilizó para la expansión o crecimiento del núcleo. Y donde hubo tierra, aparecieron como setas muchos edificios y nuevas calles.
En el barrio, había dos tiendas de comestibles y demás víveres básicos para el sustento. Eran como grandes superficies, pero en pequeño, pues encontrabas de todo, hasta un dedal. También un poco más alejada, estaba una carnicería y lechería. Cinco bares repartidos por él, y no recuerdo más, supongo que me olvido de algo. ¡Ah sí!, una clínica privada, un seminario, un colegio de niñas llevado por monjas… Y varias fábricas. Más lo que más abundaba eran pequeños huertos, habitualmente anexos a viviendas.
Quizás para mí, algunos de estos lugares estaban más distantes de lo necesario, o al menos eso me parecía cuando me mandaban a por un recado. En aquellos años, las calles estaban sin asfaltar y carecían de algunos servicios, como la red de alcantarillado y la red de agua potable, que tardarían unos años más en instalarse.
La luz eléctrica si llegaba a las casas, en algo nos debíamos de diferenciar con la manera de vivir de “Robinson Crusoe”, el famoso náufrago del escritor Daniel Defoe.
…El otro lugar en importancia en mis tareas diarias, era la escuela. Y la primera a la que fui estaba en la barriada vecina, un poco más alejada aún del centro de la ciudad, conocida como "El Vivero". Como no podía ser de otra manera, esta escuela de parvularios era de monjas. Dedicada exclusivamente a formar a niñas hasta la edad obligatoria, si bien hacían una excepción y en párvulos admitían también a niños de cuatro a cinco años. Pero por supuesto separados. Faltaban aún muchos años para las escuelas mixtas, cuando llegaron se consideró todo un logro para la igualdad entre sexos. Curiosamente algunos centros privados, en la actualidad aún practican este tipo de enseñanza separada por géneros.
Las monjas, que eran las maestras, pertenecían a la orden de las "Agustinas". La escuela tenía una capacidad de unas 260 niñas, más los 20 y pico parvularios.
Estaba repartida en diferentes aulas, todas ellas en la planta baja. En el centro había un patio que era donde hacíamos el recreo.
—¡TILÍN, TILÍN! —Sonó la campana, que estaba en el zaguán del portalón de la entrada al colegio, las mujeres y hombres del mañana ya podíamos pasar a este centro de educación, ¡amén!
Lo hacíamos diariamente y de manera ordenada, los “tumultos” o faltas de disciplina, estaban severamente castigados.
No tengo muchos recuerdos de lo que aprendí, culturalmente hablando, en este primer año de mi formación. Pero si me quedó lo que me “inyectaron en la sangre”, siempre luchar por procurar ser el mejor de la clase, el más listo. Y mira si eran "pillas" las monjas, que para que lo tuvieras claro, todo el tiempo que estabas en clase te iban puntuando en un cuadernillo; todos los alumnos pasábamos por esa especie de marcador. En dicha suma de puntos, contaban también los que te daban por ir bien vestido, ser educado y en definitiva tener un comportamiento de santo, como su "jefe" San Agustín. Un señor que vivió entre los siglos IV y V; que publicó unas “Reglas” o normas a seguir por sus acólitos o seguidores, los monjes y posteriormente las monjas.
Precisamente éstas, cuando te daban algún consejo las recitaban.
—¡Te voy a dar una ostia como me sigas insultando! —éste que avisó era yo.
—¿Si tienes huevos, dámela? —díjome mi compañero de párvulos, los tacos no sólo eran pronunciados por los más mayores, los niños ya los decíamos. Ya se sabe, un niño imita lo que ve y oye, como los loros.
—¡Ay… ay! —los dos nos quejamos casi al unísono.
—¡Venid conmigo al rincón!
Los dos cogidos por la oreja fuimos arrastrados a un rincón del patio de recreo, nos las sujetaba Sor… ¡No sé qué!, pero si recuerdo que era un “mal bicho”. Y una vez arrodillados en la esquina, añadió además al castigo un sermón, extraído de las famosas reglas de su inspirador religioso, el mencionado Agustín:
—«No haya disputas entre vosotros, o, de haberlas, terminadlas cuanto antes para que el enojo no se convierta en odio y de una paja se haga una viga, convirtiéndose el alma en homicida. Pues así leéis. “El que odia a su hermano es homicida”».
Sinceramente aquello fue un sermón o consejo demasiado largo, estuvimos más pendientes del dolor, que se iniciaba en tus rodillas y te acababa recorriendo todo el cuerpo, que lo que intentó la monja de los cojones enseñarnos.
…Años más tarde pensando en todo esto, leí las famosas “Reglas de San Agustín”, pero solo algunos “trozos”, no era precisamente “Santo de mi devoción”. Y encontré una regla que por lo que veo se la aplicaban las “santas” monjitas, y de ahí que la palabra “perdón” jamás saliera de su boca después de haberte dado “una buena manta de ostias”; queda mejor “tortas”, que decía y dice así:
«Pero cuando la necesidad de la disciplina os obliga a emplear palabras duras al cohibir a los menores, si notáis que en ellas os habéis excedido en el modo, no se os exige que pidáis perdón a los ofendidos, no sea que, por guardar una excesiva humildad, para con quienes deben estaros obedientes, se debilite la autoridad del que gobierna. En cambio, se ha de pedir perdón al Señor de todos, que conoce con cuánta benevolencia amáis, incluso a quienes quizá habéis corregido más allá de lo justo. El amor entre vosotros no debe ser carnal, sino espiritual».
También se lo “poníamos a huevo” para sufrir más en sus castigos, pues los niños de entonces vestíamos con pantalón corto, hiciera frío o calor, las piernas en invierno se te acostumbraban al frío, te salía algún que otro sabañón, ¡pero no pasaba nada!
Esta circunstancia de ir con las piernas "despejadas", era muy bien utilizada por parte de las monjas en párvulos y por los maestros en los siguientes cursos; a la hora de castigarte de rodillas, corrijo, "educarte".
Pero lo de arrodillarte era poco comparado con la celebración semanal de una especie de "mitin" o “happening”; en el que se otorgaban la "banda del mejor" y las "orejas de burro". Esto se hacía de acuerdo con las notas que iban tomando, ¡esas que apuntaban en su librito! Estuve todo el curso sufriendo para no ser etiquetado o disfrazado con el “injerto” de las orejas de asno. Se trataba de que el público (mejor la turba), o sea tus compañeros, te alabaran por ser el "number one" o te "dieran por saco" por burro. Se ve que me quedé con el “rollo” y en más de una semana fui honrado o reconocido con la "banda del mejor". ¡Más cuidado! Pues también recuerdo que me pasé más de una hora de rodillas en un rincón cerca de la pizarra. Pero por suerte, las temidas orejas no tuve la desgracia de "vestirlas".
En medio del curso incorporaron más bandas para premiar otras virtudes y bondades de los pequeños. La banda que reconocía al más puntual, otra para el más obediente y otra más, que no recuerdo que pretendía premiar.
La idea funcionaba, pues creaba una competitividad entre nosotros, para ver quiénes cada semana eran los elegidos:
—¡A ver!, ya tenemos la lista de vuestros comportamientos de esta semana, ¡y los premiados! —estas últimas palabras las pronunció con sorna— ¡Esta semana la banda al mejor alumno es…, para Rodríguez Moro!
El nombre no se pronunciaba, al oír su linaje, el susodicho Rodríguez Moro se levantó y se acercó a la parte delantera del aula, donde estaba la madre superiora, que también era la directora, para hacerle entrega de su banda colocándosela.
Seguidamente y después de que aplaudiéramos al premiado, siguieron con los siguientes nombres galardonados con las otras bandas; con los que también reprodujeron la ceremonia de entrega.
Luego vino un recital de todos los alumnos, nos fueron mencionando a todos los presentes asignándonos un número en la lista, confeccionada de acuerdo con una puntuación que iba de cero a diez, el diez jamás lo escuchamos.
Y cuando solo faltaba nombrar al último clasificado, todas nuestras miradas se dirigieron hacía la figura del único estudiante no nombrado:
—¡Sí, una vez más!, las orejas de burro de esta semana ¡Se las lleva Jaime Boyeras Colón! A éste sí lo identificaron completamente, el pobre Jaime ya levantado acudió a recibir su “premio”. Pero antes de recoger su implante animal:
—¡Venga Jaime, que ya sabes cómo funciona esto!, ¡pon las dos manos hacia arriba! —estas fueron las órdenes de la cándida directora:
—¡PLAF! —El sonido del primer “reglazo” en la mano izquierda, Jaime ni se inmutó, era su manera de “joder” a la superiora. Qué, ante tal actitud, que ella consideraba como “chulesca “, se cargó de energías para descargarlas en su siguiente “reglazo”, cosa que iba a suceder a los pocos segundos:
—¡CATAPLAF! —Pensamos que la jodida monja le había roto la mano, pero no, nuestro Jaime era mucho Jaime; y además no soltó por su boca ni un solo sonido aplicable al dolor. La directora se quedó con las ganas de ampliar la dosis, pero esto no estaba bien visto, pues se consideraba “ensayarse”, lo anterior no, ¡así eran las normas de los cojones!
La maestra, se acercó a la cabeza del pobre niño y le puso las “orejas de burro”: pero aquí no acabó el martirio, luego lo mandó ir a presentarse a las monjas de todas las aulas, para ser exhibido en cada una de ellas, y que lógicamente fuera “lapidado verbalmente” por todas las niñas del colegio. Hoy sería considerado como una incitación al odio, o algo así. O simplemente una putada; una "grandísima putada"...
Por cierto, como ya he comentado, en este colegio también estudiaba desde hacía años mi hermana, si bien no coincidíamos ni en el patio del recreo. Pues para ir más holgados, había dos turnos, y el mío era el primero.
Sí íbamos y regresábamos juntos; cada día con el "coche de San Fernando, un rato a pie y el otro andando", recorríamos los cerca de tres kilómetros que nos separaban de nuestra casa. En estos trayectos le contaba como me había ido el día, era una manera de expulsar la rabia acumulada.
Aunque esto no era recíproco, ella nunca compartió conmigo sus experiencias diarias. Y supongo que también habría tenido sus pecunias durante cada día.
Pero en estos trayectos, hacía algo que me extrañaba, siempre se santiguaba cuando pasábamos por un edificio anexionado a la escuela por su lateral.
Era una pequeña capilla que usaban las especializadas monjas en pellizcos. Para rezar y en determinados días del año, para que comulgaran las alumnas, según les iba llegando la edad "reglamentaria".
Fue aquí donde mi hermana había recibido dos años antes, la “Primera Comunión”, pese que del acto no recuerdo nada, sólo una foto de estudio muy bien tomada, que se exponía en la repisa de una cómoda de casa. Que recordaba el acontecimiento.
—¡Mira “Chato”!, pronto te tocará a ti.
—¡Yo no quiero saber nada de las monjas!
—¡La “Comunión” no es un acto que se hace por las monjas! Es una manera de “sellar” tu acuerdo con Dios. —Se ve que aún le duraba la comida de coco que le habían dado en la catequesis previa a la “Comunión”.
—¡Yo no conozco a este señor de nada! Y si es amigo de las monjas menos…
—¡Cuando llegue el momento ya cambiaras de opinión! —sentenció mi hermana, dando por zanjado el asunto de mi futura “Primera Comunión”.
Y entre bandas y orejas de burro pasó el tiempo, y cuando finalizó el curso y ya era conocedor de cómo era mi siguiente escuela. Me sentí liberado y no extrañé para nada este sitio, me había convertido ya en un hombrecito y pronto empezaría mi etapa escolar con los niños mayores, nada de párvulos.
Aquella experiencia, me hizo coger manía a las monjas, si bien, con los años me di cuenta de que había de todo tipo de ellas. Incluso hasta correctas y dedicadas al prójimo, como las que estaban trabajando en los hospitales o en las misiones. Lo que me recuerda que el generalizar es algo incorrecto…
En aquel año, aparte del mencionado "coche de San Fernando", yo tenía mi propio medio de locomoción mecanizado. Estaba compuesto por un gran neumático de camión y la tracción que producía el palo, que estaba sujeto por mi mano.
Con la rueda, en mis ratos de ocio, daba vueltas por las calles colindantes de mi casa; el ruido del carente tubo de escape lo suplía mi boca:
—¡BRUUUN! ¡RUUUN! —Y otros ruidos similares que dejaban claro a qué velocidad y con que marcha la conducía. Lo "jodidillo" era frenar, pues en más de una ocasión fallaban los frenos y la rueda se iba sola a tomar viento, acabando empotrada en alguna pared. Pero era fuerte y no sufría ningún estrago, la levantaba y continuaba haciendo kilómetros para envidia de los otros niños.
—¡Mira por ahí va el tonto de la rueda! —dijo uno de los mozalbetes, que me criticaban no lejos de mí.
—¡Venga vamos a quitársela! —propuso el otro y dispuestos a despojarme de ella.
—¡No déjalo!, ¡ni se te ocurra!, que sus hermanos tienen muy “mala leche” y si nos metemos con él, luego nos vendrán a pegar.
—¡Sí sí, es cierto!, no me acordaba de quien es su hermano, a mí el otro día Leo —mi hermano mayor— me dio un puñetazo por no darle un cigarrillo.
—¿Y desde cuándo tú tienes tabaco?
—Le robé cinco cigarrillos “Whinston” a mi padre, y cuando me estaba fumando uno, él me vio y me lo pidió: «¿Y los demás qué, o es que no te acuerdas de tus amigos?». Ni me lo pensé, saqué al instante otro cigarrillo y se lo di: «¡Toma!, este es el último que me queda, ¡fúmatelo tú!».
Esta vez se lo pensaron y gracias a la fama de mi hermano me libré de sus impertinencias.
…Otro entretenimiento que tenía y no entiendo el porqué de tal ofuscación, era pasarme horas tirando una pelota del tamaño de la de tenis, pero verde y de goma. Que te regalaban cuando comprabas unos zapatos de la marca “Gorila”, esos que decían que «...duran toda una vida».
Ésta en concreto, era el regalo de la última compra que me había hecho mi madre; eran unos zapatos a “prueba de bombas”, fabricados en Palma, la capital de la isla. La fábrica llegó a dar trabajo a más de 400 operarios. El secreto de su éxito se lo debe a la aportación al diseño de los “Hermanos Tomás”, unos fabricantes de gomas que revolucionaron su fabricación en 1942, incorporando una suela de goma vulcanizada. Una técnica que consistía en aplicar goma cruda a la piel del zapato cuando ya estaba montado, y luego se introducía en un horno, produciéndose la vulcanización que le daba fortaleza.
El nombre de “Gorila” le vino inspirado a su creador, Jaime Salom, por la película “King Kong”, estrenada en 1933. El hombre entendió que sus zapatos se identificaban con la robustez del simio gigante.
Su primera acción publicitaria fue innovadora en aquellos años. Regalar una pelotita de goma verde, la que he mencionado antes, por cada compra de un par de zapatos. Fue un éxito rotundo. Todos los niños queríamos la pelotita de marras, era muy fuerte y lo aguantaba todo. Los años 50, 60 y 70 fueron los de máximo esplendor de la marca llegando a producir 800.000 pares de zapatos. “Salom” no supo adaptarse a la fuerte demanda que le pedía expansionarse y crecer. Así que podríamos decir que “Murió de su éxito”. Y la fábrica cayó en picado, coincidiendo con su muerte en los ochenta. Entonces la fábrica pasó a sus herederos, quienes en 1990 la vendieron a “Basilio García”, un empresario que la relanzó y aún se mantiene en el mercado.
…La pelotita, la tiraba por una separación de aproximadamente un palmo de ancho, que existía entre los dos edificios, él de mi casa, que era propiedad de Josefina; y él de la vecina Margarita, colindante por el lateral derecho. Digo edificios, pero eran de planta baja y piso. Este alejamiento entre ellos, venía de una disputa a la hora de pagar el apoyo entre paredes medianeras. Al no llegar a un acuerdo, una de ellas decidió retranquearse un palmo en un lateral y levantar una nueva pared. No sé cuál de las dos fue, pero ahí estaba la "tierra de nadie", como cualquier frontera entre países y en este caso lugar de juego mío.
La de vueltas que daba, tirada la pelota por el hueco y venga a correr, la primera vuelta bajando la empinada escalera y salir al mencionado hueco que daba a la calle. Lo normal era que la pelota se quedará incrustada entre la mucha mierda que había en el fondo del pasadizo, y compuesta por todo tipo de restos, piedras, alguna tela, trozos de metal, huesos de romanos, monedas de oro olvidadas, etc.
Pero la mente humana sabe evolucionar y encontrar la solución a los problemas. Que en este caso consistió en utilizar una larga caña de "bambú", la larga verga estaba siempre “aparcada” en el fondo y por lo largo, para no asomarse a la calle. Servidor la cogía y con habilidad de pescador, arrastraba la pelota hasta mí. La recogía y vuelta a empezar, sube escalera, sal a la terraza, asómate por la baja pared que hacía de barandilla de separación, y tira el "juguete".
Pero un día cambié de rutina, estaba cansado de subir y bajar escaleras, y encontré la solución tirando la pelota en otro lugar.
Continué en la terraza, pero fui a escoger el tejado, aprovechando la pendiente de las tejas que enviaba el agua de las lluvias a nuestra terraza, opté por tirarla allí. La pelota hacía su recorrido de bajada por la inclinación y acababa cayendo en mis manos, pues yo la estaba esperando.
—¡ZAS! —la pelota voló y acabó sobre las tejas, luego se deslizó— ¡RAS, RAS!
—¡Ya te tengo!, ¡ya eres mía! —fueron mis exclamaciones en voz alta de alegría.
Todo fue bien hasta que un día la lancé con tanta fuerza, que acabó en la otra pendiente del tejado, cayendo en el huerto de Josefina, la que vivía abajo.
—¡Me cago en la leche!, pues yo no me quedo sin pelota.
Decidido bajé y llamé a la puerta, no era mujer a la que le gustaran las visitas, y mucho menos las de los encabronados niños. Pero para mi sorpresa me dejo pasar:
—A ver si tienes suerte, ¡confiemos en que no te haya caído en la pocilga! —predijo, ahí comprobé que tenían algo de razón los que la tachaban de “medio bruja”. Después de buscarla por el jardín y no encontrarla, se me ocurrió mirar en el recinto del cerdo, y allí estaba, como había presagiado Josefina que hubiera podido acabar.
Volví a hacer trabajar mi mente y planeé la manera de recuperarla…
«¡Coño como pesa el puto cubo!» —pensé y me quejé para mí mismo, del esfuerzo que me supuso cargar con el recipiente de la comida del cerdo, pero era imprescindible su uso para llevar a término el rescate.
Con impulso lo vacié lejos de la pelota y llamé la atención del gorrino:
—¡OINC, OINC! ¡OING, OING! —el cerdo fue receptivo y supongo que hambriento, acudió a la comida. Con él ocupado ahora me tocaba el siguiente paso.
—¡Ale hop! —con alegría salté al recinto— ¡Ya está! —lo hice apoyándome con el pie en un pequeño agujero de la puerta de la pocilga. Cogí la pelota y corriendo volví a subir por el agujero y saltar la improvisada escalera, la misión estuvo cumplida.
Josefina vio solamente mi último saltó, pero vino hacía mí más blanca que la leche:
—Pero…, ¿cómo se te ocurre saltar a la pocilga? ¡A ti te falta un hervor!
La mujer estaba verdaderamente cabreada con mi acción. Y lo comprendo, no hacía mucho en un pueblo próximo, unos cuantos cerdos se habían casi comido a un niño que se metió en otra pocilga. Por suerte lo pudieron salvar de la muerte, pero perdió una pierna. La de cosas que le debieron pasar por la cabeza a la “medio bruja”.
—¡No ha habido ningún peligro!, todo lo he planificado a la perfección.
—¡Perfección!, ¡ahora voy a ser yo quien te meta en la pocilga! ¡Vamos!
La mujer hizo ademán de cogerme, pero yo era muy ágil y me escabullí. Salí hacia la puerta y me quedé a su espera, pero ya fuera.
—¡Ven aquí sinvergüenza! —La Josefina una vez se le pasó el susto, siguió con su broma de perseguirme, lo hizo hasta su puerta. Al llegar se paró y se acabó la fiesta.
En vista de lo sucedido, creí mejor continuar tirando la pelota donde lo hacía antes, en el agujero de siempre. En él, por mucha mierda que hubiera, no vivía ningún cerdo muerto de hambre… Aunque eso de vivir, fuera una manera de hablar, ya que a nuestro protagonista “marrano” le quedaba poco de precisamente eso…, vida.
…Una mañana muy temprano, las voces procedentes del gentío de la casa de Josefina despertaron a toda la familia, que acudimos a ver quiénes eran los causantes de semejante alborotado y ruidoso despertar:
—¡Vaya gorrino!, como poco pesará 200 kilos. —comentó a voces uno de los invitados a la fiesta, pues eso era lo que estaban montando cerca de la pocilga de abajo, también conocida como un día de “matanzas”. Y que se suelen celebrar entre los meses de noviembre a febrero; costumbre que viene por aquello de que la carne se conserva mejor cuando hace frío.
—¡Pues vas a tardar poco en comprobarlo!, veo que ya ha llegado el “matarife” y te va a tocar subirlo al banco. —comentole la mujer que iba con él.
Y así fue, el “matarife” que llevaba un gancho en su mano, les hizo señas a los asignados a esta labor de cargar con el cerdo, hasta ponerlo encima de una gran mesa que habían montado en el terreno. De hecho, todo el espacio del solar trasero estaba ocupado por gente que participaba en la “matanza”.
Nosotros que estábamos observando el “circo” desde arriba, asomados por el gran ventanal del comedor que daba hacía atrás, decidimos que había llegado el momento de también participar en el “show”:
—¡Mamá!, ¿podemos bajar? —preguntó Leo.
—¡Pues claro hijos!, pero, ¡tened cuidado con el puerco!, no os acerquéis a él hasta que lo hayan matado… —Tiempo nos faltó para acudir, bajamos y no hizo falta llamar, la puerta estaba bien abierta y aquello parecía un desfile de modelos.
—¡Antonio, no te acerques al cerdo!, ¡ya has oído a mamá! —me recordó Damián.
—¡Tranquilos!, que yo ya soy amigo del puerco… —Y sin esperar más riños, me fui justamente a colocar cercano a la mesa, pero a una distancia.
—¡OINK! ¡OINK! —Eran los llantos del cerdo al ser sujetado por el gancho del matarife por su hocico, con el fin de que no mordiera a nadie. Sus lamentaciones se podían oír por todo el barrio. Sin perder tiempo, unos seis hombres engancharonlo con sus brazos y en diferentes partes al animal, no tardando en levantarlo, como un féretro de comitiva.
—¡OINK…!, ¡OINNNK! —Que traducido significa: «¡Soltadme cabrones!, ¡cuando os coja os vais a enterar!».
Pero no los intimidó sus gruñidos y acabaron colocándolo en la mesa, con habilidad le agarraron una cuerda en cada pata, estirando de ellas para inmovilizar al gorrino, y ahora con más fuerza que nunca pues venía el momento del sacrificio y su reacción podía ser inesperada:
—¡ZASSSH…! —¡OIIINNNGGG! —Sonó un gruñido de los que no se olvidan y pasas a relacionar e identificar con la muerte del gorrino, provocada al clavar el “matarife”, de un certero pinchazo, el cuchillo en la parte inferior del cuello (la yugular) del cerdo. Cosa que provocó que la sangre fluyera copiosamente, cayendo en un recipiente que una mujer, desconocida para mí, mantenía justo en el cuello, para que no se desperdiciara nada. Al poco rato otra mujer le pasó otro cubo para continuar con el desangrado y retiró el lleno. Esta sangre ya luego se aprovecharía para hacer “botifarrones”; y como sangre coagulada, como un ingrediente más del conocido como ”frito de matanzas”. En otras partes del país se utiliza para hacer las morcillas.
—¡¿Que te pasa hijo?!, ¡estas blanco! —preguntome una mujer próxima a mí.
—¡Me voy…!, ¡pobre cerdo…! —dicho esto me largué lejos, cerca de una gran olla que estaban calentando con leña, a la vieja usanza; no pude continuar viendo aquella carnicería, nunca mejor dicho. Que siguió con los pasos siguientes:
—¡Hala, hasta la última gota!, ¡llevémoslo a las brasas! —Es muy importante que el sangrado sea completo, pero la medida sanitaria más relevante, que de ir mal su resultado significaba que todo se iba a la mierda y el cerdo no se podía utilizar; era la prueba sanitaria de que el cerdo no tenía enfermedad alguna, como la triquinosis y demás. Para ello se cogían varias muestras de diferentes partes del gorrino y se entregaban al veterinario, que sobre el medio día ya tenía los resultados:
—¡Encárgate tú Lola de que le lleguen las muestras al Señor Ladaria (el veterinario)!
—¡AP, OP, UUUP, EP! —Y dirigidos por el “matarife”, que no soltó el gancho que sujetaba el hocico, los “costaleros” que sujetaban de nuevo la carga; transportaron el cerdo hasta las brasas, allí lo depositaron y le fueron dando varias vueltas, a fin de que el animal quedara totalmente “socarrado” (quemar la parte superficial de una cosa o las puntas de un cuerpo filamentoso (RAE)).
Tras lo que luego, con unas raspadoras y cuchillos, los mismos hombres que lo cargaron, fueron rascando hasta quitar el último vello del cerdo, era y es, uno de los trabajos más duros. Se realiza ayudados de agua hirviendo, y el objetivo de la exigente limpieza es poder reutilizar la piel como envase de embutidos o consumirla directamente, que son las conocidas “cortezas de cerdo” que comemos como aperitivo. Esta operación dura alrededor de una hora, ya que también se limpian las pezuñas y la cabeza del puerco. Para muchas personas las partes más deliciosas.
Con el cerdo ya limpio y aseado, cual galán, a continuación, vino el despiece del cerdo, que corrió a cargo de dos expertas cirujanas, lo digo por su habilidad y maneras de diseccionarlo que observé yo mismo, pues ya estaba reincorporado. Me ayudó el haber vuelto a mi casa y tomarme un vaso de “Cola Cao”.
Que cortaron cada una de las piezas del grasiento cuerpo porcino. Empezando por abrirlo desde arriba hasta abajo por la barriga.
Primeramente, extrajeron los intestinos, para su posterior limpieza y reconvertirlos en los envases naturales donde madurarán los embutidos. ¡No se utiliza plástico, melón! (dirigido a mí “Subconsciente”).
«¡Ya lo sabía energúmeno!»
Después le tocó el turno de las costillas, los lomos de carne, las paletas, los muslos y para finalizar, los jamones, que aquí se elaboran o utilizan de otra manera a la acostumbrada. Toda esta carne se fue esparciendo sobre tres mesas y luego se fue clasificando:
—Ésta para sobrasada, ¡ponla en aquel montón, por favor! —era una de las cirujanas, “Madó…Tal”— ¡Y esta para el “camaiot”!
La carne magra, combinada con partes grasas, es la que se utiliza para el conocido embutido identificado con Mallorca. ¿Cuál es…? ¿Será el jamón de jabugo?, adivina.
El corazón, pulmones, sangre y carnes menos magras, se emplean para la elaboración de los “botifarrons”. Y los populares mencionados “camaiots”, la pieza o embutido que le gustaba especialmente a mí padre; que se confecciona con el cuero de los muslos del cerdo, cosido con hilo especial y rellenado de carne condimentada con pimentón y sal. Que antes de ser colgados para su asentamiento, son hervidos durante un buen rato, al igual que con los butifarrones. La longaniza y la sobrasada no se hierve, solo se cuelga también y se deja secar de dos meses en adelante.
A este punto, la elaboración en sí ya llegaba a su casi último recorrido. Más ahora la tradición mandaba hacer un descanso y recuperar fuerzas, aquí fue cuando se unieron al “banquete” más de uno que «no había dado un palo al agua».
—¿¡No está aún el “frit”!? ¡”Betualmón” que pena de ´”Matanzas”! —Se le permitió la broma «por ser vos quien sois»; era el veterinario Ladaria que venía con los resultados de sus pruebas. Necesarias para saber si se continuaba o no.
—¡No lo hemos servido aún, esperando a que llegaras Tófol (Cristobal)! Contestó una reaparecida Josefina, la anfitriona de la “matanza”, y que hasta entonces no había visto. Todo el tiempo estuvo metida en la cocina coordinando lo que venía ahora: “La comida de Matanzas”.
Cuyo plato clásico es el “Frito (“Frit”) de Matanzas”, elaborado con trozos de carne, sangre, hígado y riñón recién extraídos; popular frito que se completa con verduras, patatas, fonoi (hinojo) y pimientos, ¡un plato exquisito!
—¡Y este primer plato para en Tófol!, que nos ha dado la noticia de que todo está bien y podemos continuar. —“Pelotada redonda” o disimulado coqueteo que le hizo Josefina. Hacía años que se conocían y tenían mucha confianza.
—¡ÑAM, ÑAM! ¡Así me gusta!, que se note el ajo y el gustito del hinojo, ¡ah!, y que pique un poco, ¡si falta la guindilla no parece “frit”! —paso la prueba de Tófol.
—Menja pa, que estàs molt magre! (Come pan, que estás muy delgado).
—¡ÑAAAMMM! —El veterinario hizo caso a la anfitriona y le pegó un bocado al pan.
Mientras estos dos cotorreaban, las otras mujeres empezaron a servir platos al resto de los invitados, que se habían ido colocando por las diferentes mesas y rincones; yo me coloqué cerca de Tófol, tenía curiosidad por aquel hombre:
—¿Estaba sano el cerdito? —La curiosidad me hizo entrarle así, a lo que sorprendido el veterinario optó por mantener una conversación conmigo:
—¡Y tanto!, estaba más sano que yo, ¡saldrán unas buenas sobrasadas!; y a ti joven, ¿cuál es la parte del cerdo que más te gusta?
—¡Me gusta todo! —y en vista de que el hombre se abrió, aproveche para que me «echara un cable» para conseguir algo que deseaba precisamente del gorrino:
—¡L`amo en Tófol! Usted podía pedir algo y…, ¿luego dármelo a mí?
—¡Uep amigo!, si está a mi alcance no dudes de que sí, ¡venga!, ¿dime que quieres?
—¡La “picha des porc”!, ¡eso es lo que necesito para mi balón! —el pene del cerdo, por su peculiar contenido graso, era utilizado para vitalizar las cuerdas de los balones de futbol de reglamento. Si cuidabas la “picha de porc” te duraba un año.
—¡Tú no tienes ni un pelo de tonto! ¡Cullons!, espérate aquí que ahora te la traigo. —dicho lo cual se levantó y al rato me entregó una bolsa que la contenía— ¡Toma!, ¡es para ti!, después de que las restriegues por las cuerdas, la metes de nuevo en la bolsa y la guardas en un sitio lo más fresco posible; ¡y no la vayas a meter en la nevera, ni en el pozo! ¿De acuerdo?
—¡Siii! —¡MUUUAAA! —sonó fuerte el beso que le di como agradecimiento, tanto que alguien se incorporó a nuestro trato:
—¡Tofol! ¡Ten cuidado con éste que es un diablillo! —advirtió jocosamente Josefina.
—¡Que “dius”, es un joven muy listo!, sabe cómo pedir las cosas.
—¡Anda come un poco de “frit”! —colocándome el plato delante—, ¡que pareces un palillo! —para completar mi menú, Tófol me lleno un vaso de “Casera” al que le hecho unas gotas de vino tinto, para darle color. Y ese era el caldo que no paró durante toda la comida, la cena y la despedida; el propio de una matanza, vino tinto.
Recuperadas las fuerzas y una vez comprobado que la carne estaba en perfectas condiciones, vino el momento de triturarla con máquinas, las que en la actualidad se usan, la mayoría eléctricas, aún no habían llegado; prevalecían las “rudimentarias” y artesanales que se iban pasando de padres a hijos:
—¡ÑAQUI ÑAC!, ¡ÑAQUI ÑAC! —¡”L´amo” falta un poco de aceite! Habitualmente se elige una trituración fina, hasta convertir la carne en pasta— ¡PLAFFF, PLAFFF! —era el ruido de la masa al salir por la rejilla y caer en una bandeja destinada a tal menester— ¡PLOOOF! ¡PLUUUFFF!
Una vez llena se pasó al siguiente proceso de la “cadena manual de elaboración”:
—¡Toma “Pepote”!, ya le puedes “meter mano”.
—¡PLEEEFFF! —Dejando caer la bandeja en otra mesa del costado para que otro la condimentara. Demostrando con ello que esta cadena de producción funcionaba, y al mismo tiempo sirve como homenaje y reconocimiento al maestro “Charles Chaplin”, director, escritor y actor principal de la película de 1936 “Tiempos Modernos”. Que no me canso de verla; y donde parodia a la perfección el exceso de la industrialización.
La condimentación se realiza a base de pimentón dulce de color rojo y pimentón picante. Todos estos ingredientes ayudan a conservar la carne y dan a la sobrasada el sabor tradicional. Las especies utilizadas era costumbre comprarlas a “Especies Crespi”, una fábrica fundada en 1945. Formada por la familia del mismo apellido y compuesta por campesinos, cultivadores y elaboradores de condimentos y especias.
El mezclado de los ingredientes con la carne se hace con el método tradicional, osease, amasando la pasta con las manos hasta conseguir que adquiera el color rojizo característico. Este trabajo lo suelen realizar hombres de brazos fuertes para poder mezclar y amasar con agilidad, como ese día hizo “Pepote”. De un cerdo de unos 200 kilos se consigue elaborar en torno a los 81 kilos y 256 gramos de sobrasada, ¿cómo te has quedado “Subconsciente”?
«¡Perplejo, me has dejado perplejo...! ¡Para mí que te lo estás inventando!».
¡Para nada!, es la verdad. La cantidad de ingredientes depende del gusto de cada casa, pero por regla general se aplica sobre un cinco por ciento de ingredientes, respecto a la cantidad de carne a condimentar.
Y ya con el “pastizal” condimentado y amasado, vino el momento de ponerse a rellenar los embutidos. Elaboración que realizaron con la misma máquina que utilizaron para triturar la carne; la adaptaron acoplando un embudo especial en el extremo. El intestino se desliza por el citado embudo como un calcetín al pie, o un preservativo al pe… Al propulsar la máquina, un fino chorro de pasta de sobrasada se introduce en el interior del intestino y surgen de este modo los embutidos.
Y como ya he dicho, los delgados son destinados a la confección de las longanizas y “botifarrones”, mientras que los más gruesos e inclusive la vejiga (bufeta), se convierten en las piezas de sobrasada. Con cordeles se atan en los extremos y son colgadas en una despensa para ser consumidas y degustadas cuando estén curadas. Los huesos también se preparan para ser consumidos a lo largo del año. colocándolos en recipientes con grandes cantidades de sal que los conservan.
Y llegados a este punto y ya prácticamente terminada la “fiesta”, sobre las cuatro de la tarde, tocó de nuevo hacer un descanso para recuperar fuerzas y comer algo, estos lapsus forman parte de la liturgia de las “matanzas”. El turno fue para el típico “arroz brut”, que contiene la carne del cerdo recién sacrificado y normalmente se le añaden setas y piezas de caza, y a diferencia de la paella es caldoso. Como no podía ser de otra manera, las cocineras eran de la vieja escuela, fue exquisito.
Luego sin prisas, vino el reparto del “gorrino”, cada familia de “currantes” se llevó su parte del botín, inclusive nosotros; ya que Josefina nos obsequió con una sobrasada:
—Isa, colgarla en la despensa como mínimo dos meses antes de empezarla… —le recordó la arrendadora a mi hermana— ¡Y este trozo de ensaimada es para ti “Chato”!, que te lo he guardado adrede. —Durante la matanza no faltó este típico postre de la isla.
—¡Gracias!, me lo comeré a su salud…
—¡OING, OING…! ■
FIN DEL CAPÍTULO 3
Autor de la novela Antonio G. Noguera
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