Donde esté la “trenza” de pelo de “RAPUNZEL”, que se quite la mejor cuerda, para subir a la torre de la bruja.


Y eso queda bien demostrado en este cuento de hadas de los HERMANOS GRIMM, incluido en su famoso libro “Cuentos de la infancia y del hogar” (Kinder und Hausmärchen), que se publicó por primera vez en dos volúmenes en 1812 y 1815. Y sirvió para actualizar estos relatos populares a la época Moderna.

"RAPUNZEL"

...Había una vez un matrimonio que, deseaba desde hacía mucho tiempo tener un hijo, hasta que al fin la mujer dio esperanzas de que el Señor quería que se cumpliesen sus deseos.

En la alcoba de los esposos había una ventana pequeña, cuyas vistas daban a un hermoso huerto, en el cual se encontraban toda clase de flores y legumbres. Se hallaba empero, rodeado de una alta pared, y nadie se atrevía a entrar dentro, porque pertenecía a una hechicera muy poderosa y temida de todos.

Un día estaba la mujer a la ventana mirando al huerto en el cual vio un cuadro plantado de ruiponces, y le parecieron tan verdes y tan frescos, que sintió antojo por comerlos. Creció su antojo de día en día y, como no ignoraba que no podía satisfacerle, comenzó a estar triste, pálida y enfermiza.

Asustose el marido y la preguntó:

—¿Qué tienes, querida esposa?

—¡Oh! —le contestó—, si no puedo comer ruiponces de los que hay detrás de nuestra casa, me moriré de seguro.

El marido que la quería mucho, pensó para sí:

«Antes de consentir que muera mi mujer, la traeré el ruiponce, y sea lo que Dios quiera».

[Las rosetas de las hojas y las raíces napiformes blancas del ruiponce o rapónchigo comestible, se pueden utilizar como ensalada o vegetal. El rui­ponce se cultivó ampliamente en el siglo XVII en Europa central.]

Al anochecer saltó las paredes del huerto de la hechicera, cogió en un momento un puñado de ruiponce, y se lo llevó a su mujer, que hizo enseguida una ensalada y se lo comió con el mayor apetito. Pero la supo tan bien, tan bien, que al día siguiente tenía mucha más gana todavía de volverlo a comer, no podía tener descanso si su marido no iba otra vez al huerto. Fue por lo tanto al anochecer, pero se asustó mucho, porque estaba en él la hechicera.

—¿Cómo te atreves —le dijo encolerizada—, a venir a mi huerto y a robarme mi rui­ponce como un ladrón? ¿No sabes que puede venirte una desgracia?

-¡Ah! —le contestó—, perdo­nad mi atrevimiento, pues lo he hecho por necesidad. Mi mujer ha visto vuestro rui­ponce desde la ventana, y se le ha antojado de tal manera que moriría si no lo comiese.

La hechicera le dijo entonces deponiendo su enojo:

—-Si es así como dices, coge cuanto ruiponce quieras, pero con una condición: tienes que entregarme el hijo que dé a luz tu mujer. Nada le faltará, y le cuidaré como si fuera su madre.

El marido se comprometió con pena, y en cuanto vio la luz su hija, se lo entregó a la hechicera, que puso a la niña el nombre de Rapunzel (una derivación a variación de “ruiponce”, las plantas que se comió la madre en su embarazo) y se la llevó.

Rapunzel era la niña más hermosa que ha habido bajo el sol.

Cuando cumplió doce años la hechicera la encerró en una to­rre que había en un bosque, la cual no tenía escalera ni puer­ta, sino únicamente una ventana muy pequeña y alta. Cuando la hechicera quería entrar se ponía debajo de ella y decía:

Rapunzel, Rapunzel,

echa tus cabellos

y subiré por ellos.

Pues Rapunzel tenía unos cabellos muy largos y hermosos y tan finos como el oro hilado. Apenas oía la voz de la hechi­cera, desataba su trenza, la dejaba caer desde lo alto de su ventana, que se hallaba a más de veinte varas del suelo, y la hechicera subía entonces por ellos.

Mas sucedió que, trascurridos un par de años, pasó por aquel bosque el hijo del rey y se acercó a la torre en la cual oyó una canción tan dulce y suave que se detuvo a escucharla.

Era Rapunzel que pasaba el tiempo en su soledad entrete­niéndose en repetir con su dulce voz las más agradables canciones. El hijo del rey quiso entrar y bus­có la puerta de la torre, pero no pudo encontrarla.

Marchose a su casa, más, el cántico había penetrado de tal manera en su corazón, que iba todos los días al bosque a escucharla.

Estando uno de ellos bajo un árbol, vio que llegaba una hechicera, y le oyó decir:

Rapunzel, Rapunzel,

echa tus cabellos

y subiré por ellos.

Rapunzel dejó entonces caer su cabellera y la hechicera subió por ella. 

Si es esa la escalera por la que se sube —dijo el príncipe—, quiero yo también probar fortuna.

Y al día siguiente, cuando empezaba a anochecer se acercó a la torre y dijo:

Rapunzel, Rapunzel,

echa tus cabellos

y subiré por ellos.

Enseguida cayeron los cabellos y subió el hijo del rey. 

Al principio se asustó Rapunzel cuando vio entrar un hombre, pues sus ojos no habían visto todavía ninguno, pero el hijo del rey comenzó a hablarle amorosamente, y le dijo que su cántico había conmovido de tal manera su corazón, que desde entonces no había podido descansar un solo instante y se había propuesto verla y hablarle. Desapareció con esto el miedo de Rapunzel y cuando le preguntó si quería ser su esposa, vio que era joven y buen mozo, pensando entre sí:

—Estaré mejor con él que con la vieja hechicera.

Y le dijo que sí, y estrechó su mano con la suya, añadiendo:

—Muy feliz me marcharía contigo, pero ignoro cómo he de bajar; siempre que vengas tráeme hilos de seda con los cuales iré haciendo una escala, y cuando sea suficientemente larga, bajaré, y me llevarás en tu caballo.

Convinieron en que iría todas las noches, pues la hechicera iba sólo por el día, la cual no notó nada hasta que le preguntó Rapunzel en una ocasión:

—Dime, abuelita, ¿porque mis ropas ya no me quedan bien? ,cada vez me son más pequeñas

—¡Ah, maldita! —le contestó la hechicera— ¡Qué es lo que oigo! ¡Yo que creía haberte ocultado a todo el mundo, y me has engañado! 

Cogió encolerizada los hermosos cabellos de Rapunzel y les dio un par de vueltas a su mano izquierda, tomó unas tijeras con la derecha, y ¡tris, tras!, los cortó, cayendo al suelo las hermosas trenzas, y llegó a tal extremo su furor que llevó a la pobre Rapunzel a un desierto, donde la condenó a vivir entre lágrimas y dolores.

El mismo día en que descubrió la hechicera el secreto de Rapunzel, tomó por la noche los cabellos que la había cortado, los sujetó a la ventana, desde donde colgaron. 

Y cuando vino el príncipe dijo:

Rapunzel, Rapunzel,

echa tus cabellos

y subiré por ellos.

No hizo falta que lo hiciera, pues se dio cuenta de que ya estaban colgando. El hijo del rey subió entonces, pero no encontró a su querida Rapunzel, sino a la hechicera, que le recibió con la peor cara del mundo.

—¡Hola! —le dijo burlándose—, vienes a buscar a tu mujercita, pero la pajarita no está ya en su nido y no volverá a cantar; le han sacado de su jaula y tus ojos no le verán ya más. Rapunzel es cosa perdida para ti, no la encontrarás nunca. 

El príncipe sintió el dolor más profundo y en su desesperación saltó de la torre; tuvo la fortuna de no perder la vida, pero las zarzas en que cayó le atravesaron los ojos. Comenzó a andar a ciegas por el bosque, no comía más que raíces y hierbas y sólo se ocupaba en lamentar­se y llorar la pérdida de su querida es­posa. Vagó así durante algunos años en la mayor miseria, hasta que llegó al final del desierto donde vivía ahora su amada Rapunzel, en continua angus­tia en compañía de su hijo, al que había dado a luz.

Oyó su voz y creyó conocerla; fue derecho hacia ella, la reconoció apenas la hubo encontrado, se arrojó a su cuello y lloró amargamente. Las lágrimas que batearon sus ojos, le devolvieron su an­tigua claridad y volvió a ver como antes. 

No tardó en llevarlos a su reino donde fueron recibidos con alegría, y vivieron muchos años dichosos y contentos.

FIN DEL CUENTO. ■

Un cuento de los Hnos. Grimm

Usada la traducción de José Sánchez Biedma (1830–1898) de 1867

¡Vaya nuestro reconocimiento a la labor realizada por estos traductores, no siempre reconocidos!

ORÍGENES DEL CUENTO DE "RAPUNZEL"

Los orígenes del cuento de Rapunzel los encontramos en sus similitudes del argumento, con varios mitos indoeuropeos y griegos, como el de "La madre de Perseo":

La princesa Dánae, que fue confinada en una torre de bronce por su propio padre, Acrisio, rey de Argos, en un intento de evitar que quedara embarazada, ya que el “Oráculo de Delfos” predijo que daría a luz un hijo que mataría a su abuelo.

La primera referencia que se conserva de un personaje femenino con cabe­llo largo que se lo ofrece a un amante masculino para subir como si fuera una escalera, aparece en el poema épico persa Shahnameh escrito por “Ferdow­si” entre el 977 y 1010. La heroína de la historia, “Rudāba”, ofrece su cabello para que su fogoso amante Zāl pueda entrar al harén donde vive con otras.

Y el primer registro escrito de una his­toria que puede ser reconocida como fuente de “Rapunzel” es “Petrosinella”, del autor Giambattista Basile, traduci­da como “Perejil”, que formó parte de una colección titulada “Pentamerone, el cuento de los cuentos”, publicada en Nápoles en el dialecto local en 1634.

Esta versión de la historia difiere de otras posteriores en que, es la esposa, no el marido, quien roba la planta, en este caso perejil plantado en el huerto de la mala del cuento, que es una ho­rrible ogra. Quien coje a la niña cuando cumple los siete años en lugar de cuan­do es un bebé. Y la doncella y el prínci­pe no pasan separados años hasta que se reúnen al final del cuento. Lo más im­portante es que esta versión de la his­toria contiene una narración de un vue­lo, en la que “Petrosinella” usa bellotas mágicas que se convierten en animales para distraer a la ogresa mientras per­sigue a la pareja que huye de la torre. Esta parte de la huida con tres objetos mágicos utilizados como distracción, se encuentra en variantes orales en la re­gión mediterránea en particular.

En 1697, Charlotte-Rose de Caumont de La Force publicó una variación de la historia de Basile, que tituló “Persinette”, la que posteriormente fue adaptada por los hermanos Grimm en 1812 como “Rapunzel”. Y en la que conservaron el argumento y desenlace de la narración, como hemos visto en este artículo con el cuento reproducido.

Varía el final, en el de “Persinette”, el hada, que es la villana que sustituye a la bruja y a la ogra, se arrepiente y perdo­na al matrimonio y sus gemelos, trans­portándolos al reino del príncipe y allí viviendo felices y comiendo perdices... ■


Un artículo del “Hada Madrina”

para Queseenteren

*Clasificación de “Aarne-Thompson” del cuento: tipo 310, “La doncella en la torre”.