“QUERIDO CHATO”

PRÓLOGO

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el doceavo de sus Capítulos:  

1965. El Padrino Miguel (8).

Capítulo 17

«PALMA CONMOVIDA POR EL ASESINATO DE UNA NIÑA DE SIETE AÑOS».

"Fue raptada el Domingo por la noche y su cadáver fue hallado ayer en Cala Gamba. Se sospecha de un taxista".

Está fue la cabecera de la noticia publicada en el Periódico "DIARIO DE MALLORCA", del Martes, 9 de Noviembre de 1965. Así, recuperando las noticias que fueron publicando tanto este diario, como el "ABC" y "LA VANGUARDIA", conoceremos unos hechos que "siguieron" y conmocionaron a toda España. Dejando una gran mella en nuestro protagonista, el "Chato"...


Siempre he tenido un buen recuerdo de mi padrino, que en realidad no lo era, el verdadero no he logrado saber quién fue o es, si es que aún está vivo. Así que Miguel siempre será para mí, "el padrino", se lo ha ganado por méritos propios.

Era un hombre nacido en un pueblo, el de “Artá”, que siempre que podía, el “artanenco” (su gentilicio) lo visitaba. Conservaba aquella inocencia propia de los aldeanos, si bien no tenía «ni un pelo de tonto»; era hombre de cultura normal, como la gran mayoría de los que la guerra civil, había cogido y marcado en una edad de adolescente. Algunos decían que era "falangista", dicho como señal de respeto o de odio, según el “vocero”. Había muchos hombres a los que, cierto o no, se les daba esta militancia, a cualquiera que más o menos subsistía en aquellos años, identificábanlo como falangista; por aquello de que tenían más privilegios del “Régimen” o Estado.

Lo cierto es que en una ocasión le vi, o con el tiempo me lo he llegado a creer, vestido como tal; ropa azul con una boina roja y una corbata negra. Pero la verdad es que no aprecie jamás en él una manera de ser propia de una mala persona. En realidad, fue a muchos los que la guerra los "colocó", por las circunstancias de cómo se produjo la misma, en uno u otro bando. Y no les tocó más remedio que "bailar" según la zona, nacional o republicana. Con independencia de cual fuera su ideología. Y la isla de Mallorca desde prácticamente el inicio del conflicto, perteneció al bando nacional sublevado.

Mapa en el que vemos como quedó repartida España a los cuatro meses de iniciada la fraticida contienda, alla por el mes de

noviembre de 1936.

No he sabido nunca, aunque lo he intentado deducir, porque mi padre no era muy amigo suyo. Cuando mi progenitor regresaba de alguno de sus múltiples viajes, en el breve tiempo que estaba con nosotros, tenía algún que otro enfrentamiento dialéctico con él; no le toleraba que hubiera sido falangista o que hubiera estado en el bando nacional de Franco, al ser la antítesis de mi abuelo, que estuvo en el republicano.

—¿Dónde coño vas vestido de azul? ¡Y encima con medallas! ¿Ha saber por qué te las habrán dado? —esa fue la conversación que recuerdo de ese día en que creo que lo vi de uniforme…

—¡Mira Damián, las medallas que llevó me las gané luchando, no como tú, que durante la guerra estabas comiendo pescado en Menorca!

El padrino era seis años mayor que mi padre, y desde los primeros meses del golpe militar, fue reclutado por el ejército nacional.

—¡Sí, pero los tuyos estuvieron a punto de joder a mi padre!

—¡Todos jodieron a todos, nadie se libró!, sino que se lo pregunten a los miles que fusilaron los anarquistas de la CNT… ¡Pero mira, no quiero discutir contigo! Aprecio demasiado a tu mujer y a los niños, como para perder su amistad —ya con un tono más calmado—. Y voy vestido así, porque hoy tenemos un acto en homenaje a “Los Caídos del Crucero Baleares”, y es como me corresponde acudir. 

Uniforme utilizado por los falangistas durante la “Guerra Civil”. Destaca la Camisa color AZUL propia de ellos y que les daba el nombre por el que también eran conocidos como: CAMISAS AZULES.

También supongo que a mí padre, como machista que era, le cabreaba, que el bueno del padrino hiciera caso a las necesidades de mi madre; colaborando tanto él como su esposa Sebastiana, en el cuidado de todos nosotros cuando él no estaba. ¡Cosa bastante frecuente…! Jamás tuvo Miguel un comportamiento incorrecto o faltoso con mi madre.

…El matrimonio vivía junto con sus dos hijas, en una vivienda que ocupaba la primera esquina, de la siguiente manzana a la de mi casa.

Pegada a la edificación, habían construido un local convertido en la tienda de comestibles de la barriada. Durante muchos años, fue el único establecimiento que proveía de ultramarinos a los vecinos, desde patatas a cervezas, vinos y otras bebidas. Si bien lo que me ha quedado como un recuerdo especial, fue la bomba de aceite a la que yo estaba asignado.

Desarrollé músculo, dándole orgulloso a la palanca de la bomba. Para mí era un trabajo, si bien ahora veo, que lo que hacía el padrino era tomárselo como un juego.

La cosa funcionaba así, cuando entre las comandas que hacían las vecinas, tocaba el aceite, Miguel repetía la cantidad:

—¡”Chato”, un litro de aceite!

Yo, todo orgulloso, cogía la botella de vidrio que me había acercado, y la colocaba dentro de la boca de la bomba. Le daba a la manivela y, subía por "arte de magia" el aceite hasta llenar la botella. La cosa funcionaba cuando era un litro la carga, en alguna ocasión tocaba llenar una garrafa con cinco litros, y aquí era cuando se jodía el invento. Pues Miguel por detrás de mí, ponía su gran mano sobre la mía y aportaba la fuerza que me faltaba:

—¡Vamos “Chato” con fuerza!

—¡No me ayudes, que yo puedo sólo!

Los cabreos que pillaba por esta ayuda eran impresionantes, en ocasiones me enfadaba; hasta el punto de abandonar la tienda e irme fuera a que me diera el aire, ¡paciencia de santo tenía el padrino!

—¡Me voy, aquí no se me respeta!

—¡Qué sí hombre!, ¡qué sí!, yo no he hecho ninguna fuerza. 

Una vez calmado, regresaba, el padrino estaba un rato sin decirme nada. Él sabía cómo animarme:

—¡Toma “Chato”, tu paga!

—¡¿Ya me toca?!

Me entregaba mis emolumentos en un sobre que le quitaba a su hija Juanita, y que ésta utilizaba para guardar los botones ya clasificados. Por suerte tenía muchos.

No cobraba ningún día en concreto ni con una frecuencia regular, el sobre lo recibía cuando el padrino lo decidía. Su suerte fue, y cuantas veces me arrepentí de no haberlo hecho, que no lo denunciara a “Magistratura”. El motivo fue que, en aquellos años sólo existía el “Sindicato Vertical”, pro-Régimen de Franco; y no me atreví a denunciarlo ante las posibles consecuencias que me hubiera acarreado.

«¡Al fin…!, has contado el motivo real por lo que no lo llevaste a “Magistradura de Trabajo” ¡Cobarde! ¡Si es que no te mereces tener a un “Subconsciente como yo! ».

¡De acuerdo!, ya sé lo que pretendes; ¡tranquilo!, en su momento hablaremos del aumento de tu sueldo. Y ahora déjame continuar con la narración…:

He intentado recordar cuanto me daba, y no ha habido manera de hacerlo, lo que sí sé, es lo que hacía cuando regresaba a mi casa; y era darle el "salario" a mi madre, quien lo administraba "sabiamente":

—¡Toma mamá, mi jornal!

—¡Oh que bien, que orgullosa estoy de ti!

Cuando fueron pasando los años, decidí dejar el "curro", pero lo mantuve desde los ocho años hasta por lo menos los once. Si bien en la “Liquidación” de mí contrato, no se me abonó la “antigüedad” correspondiente a mí etapa de “aprendizaje” de unos años antes y no renumerada. ¡Bah!, ¡dejémoslo estar…!

Fotografía "veterana" de una tienda de ultramarinos similar a la del “Padrino Miguel” Pese a la aparente anarquía, cada cosa está en su sitio...

La tienda era un rectángulo de 5 metros de fachada, que era el acceso del público. Una verja de las enrollables, caía cuando estaba cerrada a la clientela, cosa que no iba conmigo; pues tenía una entrada particular, que era por la vivienda de los padrinos que se comunicaba con ella (la tienda).

De profundidad debía de tener unos 10 metros, más o menos. Al final había otro cuarto que continuaba y que era utilizado como almacén. Y dentro de éste, había una puerta que daba acceso al trozo de campo que pertenecía a la casa.

El terreno estaba lleno de árboles frutales, que despertaban en mí deseos de «comer de la fruta prohibida»: 

El comer una fruta acabada de ser cogida directamente de un árbol, es un placer dificilmente comparable.

«¡Vaya manzana, esta me la como! Esta pera aún no está en su momento, ¡para la semana que viene!». —Lo dicho, ni el “Jardín del Edén” tenía aquellos frutos.

Si bien lo que más se visitaba, especialmente el Padrino, era el gallinero que había en este terreno. No he sabido dimensionarlo, pero me parecía muy grande.

El gallinero era el suministrador de las "rellenitas" gallinas camperas y por supuesto, proveedor de huevos para su venta. En aquellos años, casi todas estas aves procedían de granjas particulares similares a ésta. Había como media siempre una treintena; el gallinero estaba partido por la mitad por una verja, y en cada zona había un gallo que era el encargado de la reproducción. 

Mantener más de un gallo adulto en un gallinero, puede llevar a peleas entre gallos por el dominio, además de provocar estrés en sus gallinas, con la consecuente pérdida del plumaje y la falta de interés en poner huevos.

—¡QUIQUIRIQUÍ, QUIQUIRIQUÍ! —el gallo “Kirico” cacareando e intentando ligar.

Cada cierto tiempo, se cubrían las bajas provocadas por las ventas, y se dejaba a las gallinas “covar” sus huevos.   

También me resulta curioso ahora recordar, que este terreno era compartido en parte por otro vecino, también por la parte trasera de su vivienda. Eran familiares de los padrinos, pero no sé en qué grado. Para Miguel, esto no era un problema, ya que no muy lejos tenía otro gran “vergel” sólo de su propiedad.

En una parte de este huerto, había pegada en la parte trasera de la casa de los parientes; una habitación repleta de una enorme cantidad de conejeras, colocadas hábilmente unas encima de otras.

Estos animales me eran familiares, el año anterior, durante el tiempo que estuve con mis abuelos, los conocí bien; pues estuve dándoles de comer e incluso asistí a un parto de una de sus conejas.

Precisamente su procreación era otra “fuente de ingresos”, pero en este caso compartidos entre Miguel y los parientes vecinos. Los sabrosísimos conejos del padrino eran conocidos por todos los vecinos. ¡Doy fe de ello! ¡Uhmmm…!

Ejemplo de la típica conejera dedicada a la crianza y engorde.

Dejando el huerto y volviendo al interior de la tienda, ésta estaba distribuida en dos partes laterales, en una de ellas había como jaulas o estancos de madera. Y cada uno contenía algo diferente, patatas, cebollas, coles y así.

—¡Vamos “Chato”, pon las dos sacas de cebollas en su sitio!

—¡Ya voy!

Arriba de los mismos, a corta altura, había tomates y hortalizas más delicadas. Todo muy bien colocado por mí en unas estanterías, modestia aparte, tenía gusto para ello. El inconveniente era que, para hacerlo, tenía que subirme a una pequeña escalera; cosa que me recordaba que aún era un mozalbete y me hacía falta crecer. Y no era un hombre como en ocasiones me creía ya serlo. 

En el lado de enfrente, había una estantería con otras cosas no comestibles, desde cuerda hasta cuadernos de escritura. Pero también todo bien colocado para aprovechar hasta el último rincón.

Pero donde había más movimiento era en el mostrador del fondo, que paraba a los clientes y separaba el almacén. Allí sobre el mismo, se completaba la oferta de productos frescos: huevos, membrillo, quesos... Pero lo que destacaba era la famosa bomba de aceite, mi herramienta ya mencionada.

Por los rincones que quedaban, se colocaban las botellas a la venta; y en uno de los costados, estaban como incorporadas a la pared, tres enormes botas de vino a granel, una para cada tipo: tinto, clarete y blanco.

—¡Déjame a mi madrina, yo la lleno!

—La señora Lucia lo quiere clarete, la bota de en medio. ¡Y que no te rebose!

—¡Ya lo sé Sebastiana! —Cuando me cabreaba, llamaba a la madrina por su nombre.

—¡GLU, GLU, GLUUUB! —no rebosó el rosado— ¡Ya está, se la pongo sobre el mostrador! —Trabajo completado.

¡Cuánta gente pasaba por este mostrador!, y cuantas anotaciones realizaban tanto Miquel como Sebastiana en su cuaderno de créditos. Pues en aquellos años era lo habitual, dar crédito si querías vender. Y cobrabas cuando había dinero, no necesariamente a final de mes. En honor de la verdad, decir, que más de una clienta les dejo sin pagar, pero ellos asumieron las pérdidas; formaba parte del tipo de negocio. Además dando crédito se creaba un vínculo entre cliente y tendero. ¡Puro marketing!, más… ¡debiendo vigilar la cantidad del crédito que se daba a cada uno!

—¡Toma Sebastiana, son 200 pesetas, descuéntamelas de lo mío!

—¡Si no te va bien, te cojo sólo 100!

—¡Gracias, pero prefiero pagarte las 200, que la cuenta ya sube mucho!   

Ese día yo también tuve un cobro, como pago a cuenta de mi trabajo. En esta ocasión no fue con dinerito, fue un pago en especie («¡Que no me oigan los de Hacienda, no lo declaré!»), y en concreto con una de las gallinas del padrino, que directamente y sin pasar por mis manos, apareció en una caja dejada por Miguel en nuestra casa.

—¡Mamá!, el padrino me ha dicho que ha traído una de sus gallinas. ¿Dónde está?

—¡Sí, la ha traído!, está dentro de una caja en la cocina. ¡No la abras que se te escapará!, espera a mi regreso…

No la abrí, esperé la llegada de mi madre. La cocina no era muy grande, pero tampoco pequeña. Ocupaba el espacio lateral izquierdo de la parte trasera del piso, y daba vista con una gran ventana al patio trasero; un trozo de terreno abierto de gran profundidad, cálculo que tendría unos 40 metros de fondo. Era de propiedad y uso de Josefina, la vecina de la planta baja y nuestra arrendadora.

A la cocina entrabas por el salón comedor, no recuerdo que hubiera puerta, había una cortina que siempre permanecía abierta y recogida. Cuando pasabas al habitáculo, a mano derecho estaba una pila de mármol, que usábamos para lavar los platos y también para limpiar la comida; ya fuera de procedencia animal o vegetal, ¡esto ha quedado muy actual! Es decir, en ella limpiábamos las gallinas o conejos, una vez liquidados. Y también las hortalizas y los tubérculos.

Seguía en este lateral una especie de banco de obra, que quedaba interrumpido con un hueco antes de llegar al costado; y que era rellenado con la casi recién adquirida nueva cocina de gas, y de cinco fuegos más un horno. Todo integrado en un solo electrodoméstico. La habíamos cambiado hacía unos pocos meses. Por cierto, era de la marca “Corberó”.

Una empresa de origen español, que se fundó en 1930 por Pedro Corberó Trepat. Sus inicios fueron en un pequeño taller situado en la Calle Aribau de Barcelona. Dos años más tarde, ya se fabricaban las primeras cocinas con horno, que en el 53, se convirtieron en a gas butano. En 1988, el gigante sueco Electrolux, adquirió las Compañías “Corberó” y “Domar”.

Anuncio publicado en la prensa y revistas de la época, de “CORBERÓ”.

…Al rato de regresar, por fin me hizo caso mi madre:

—¡Hala “Chato”, vamos a preparar la gallina!

—¡No sé si quiero ayudarte, me da pena matar al pajarillo!

—¡No es un pajarillo, es una gallina! —Mal íbamos con ese tono, pero por suerte mi madre recordó que yo era un niño, así que se lo pensó y bajo el tono. Disponiéndose a darme una clase pedagógica…

—¡Mira hijo! Nosotros los seres humanos tenemos necesidad de alimentarnos, así que ya hace miles de años, domesticamos a varios animalitos para ello. Y uno de ellos son las gallinas. ¡Además cuando la matemos no va a sufrir nada!

—¡Bueno mamá, lo que tu digas, pero yo no le corto el cuello! —Ya había visto desde lejos, a mi madre matar a otras de estas aves y algún que otro conejo.

—¡Como quieras, anda tu sólo me ayudarás agarrándola!

Lo siguiente fue estar yo agarrando con mis manos el cuerpo de la gallina, su cabeza y cuello estaban fuera de ellas, para lo siguiente que vendría.

Previamente a ello, había colocado un cubo limpio y desinfectado, que serviría de recipiente para la sangre del animal.  

—¡Hijo no la sueltes, por lo que más quieras, no la sueltes!

Y agarrándola por la cabeza se dispuso a darle un corte certero en el cuello:

—¡ZAAASCH! —Yo me quedé con su cuerpo, del cuello empezó a brotar sangre, que acertadamente iba a parar al cubo.

En ese momento, la gallina hizo un brusco movimiento, que me descolocó y me hizo soltar el cuerpo de la decapitada, que, pese a ello, aún estaba bien viva.

La experiencia de ver la reacción de una gallina decapitada, no es aconsejable para un niño. ¡Si bien! si la supera... y se le explica el porqué de su sacrificio en beneficio de la aportación de vitaminas y demás, que aporta su "engullimiento". Le hará ver una de las realidades de lo que es la vida, que: "La subsistencia está supeditada a la alimentación".

Al tocar el suelo, se puso a caminar por nuestros pies.

—¡Coño, cógela que va a llenar de sangre toda la casa!

—¡No puedo mamá, me da miedo!

No se lo pensó mi madre y con rapidez, asió un palo que tenía siempre en la cocina, no sabía para qué lo utilizaba, pero lo averigüé; pues con él le sacudió un porrazo a la gallina decapitada que la dejó seca.

—¡Toma cabrona! —¡PAM! —La experiencia demostró una vez más ser un grado. 

—¡Ya está mama, ya no se mueve!

En este caso fue ella quien la cogió, y poniéndola boca abajo; y con su cuello apuntando al cubo, la acabo de desangrar. Luego la colocó en uno de los senos de la pica (fregadero) y decidió tomarse un descanso.

—¡Hala “Chato”!, por hoy ya has tenido bastante, ya continúo yo sola.

¡Vete a jugar un rato a la calle con tus amigos!

—¿No quieres que te ayude a limpiar? —En muchas ocasiones jugábamos haciendo ver que yo limpiaba, en verdad ensuciaba más que otra cosa.

—¡No hijo, gracias, ya lo haré yo!, ¡tú vete tranquilo!

Lo hice, y le agradecí que me enviara a la calle, allí me dio un poco de aire que me despejó; aunque las imágenes de la gallina descabezada se mantuvieron en mi mente durante toda la semana siguiente.            

…Otro animalito iba también a tener un trágico final, y la causa de su sacrificio no sería para alimentar a ningún humano. Ocurrió una mañana de un sábado, estando yo dando una vuelta por otra calle cercana a la mía, allí había un huerto de tamaño considerable; que era precisamente el otro “vergel” del padrino Miguel. La mayor parte de él estaba plantado con naranjos y mandarinos.

El terreno estaba vallado a la usanza, es decir, paredes de marés a la altura de una persona adulta; y coronadas con trozos de vidrio agarrados con cemento en la cumbrera, o sea, al final de la pared en alto. Había una puerta de madera que daba acceso al mismo y en esta ocasión abierta de par en par, nunca mejor dicho pues tenía dos hojas.

Desde fuera se podía ver a un grupo de hombres, creo que unos cuatro. Uno de ellos que además era quién dirigía el "cotarro", era el padrino Miguel, los otros eran de la barriada, pero no tenía mucho trato con ellos.

Es costumbre entre los cazadores que, cuando un perro ya no les es útil para la caza, se desprendan de él sin más. Y habitualmente es de la manera más práctica para ellos, los cazadores, no para el pobre animal que les ha entregado muchos años de su vida.

Lo que aconteció me dejó perplejo. Miguel le pasó la soga de una cuerda a una especie de galgo. El perro no ladraba, ni gruñía, ni nada, estaba "acojonado".

—¡Fijaros, parece como si supiera lo que le espera!

—¡Los animales son muy listos, detectan nuestras intenciones! —dijo el “verdugo”.

—¡Vamos Miguel, hagámoslo cuanto antes!

La cuerda estaba pasada por una rama alta, cayendo el resto en el suelo. Sujeto ya el animalito, el padrino cogió el largo de la cuerda y junto a dos de los hombres que se unieron a él; empezaron a estirar con fuerza. Rápidamente en segundos el perro estaba colgando, levantado más de dos palmos de suelo y zarandeándose; pero seguía sin pronunciar ningún ladrido ni sonido. Yo permanecía inmovilizado.

—¡No soltéis, no soltéis, que ya le queda poco!

—¡Cómo se resiste el cabrón!

Al cabo de unos minutos el pobre "chucho" ya no se movía. No pude aguantar más el triste espectáculo, los "cabrones" se reían de su hazaña, padrino incluido.

Salí corriendo sin rumbo y llorando a lágrima viva. En mi última mirada que les dirigí, me fijé en que Miguel se percató de mi presencia, pero sólo eso, no salió ni mucho menos en mi búsqueda.


…Pasados unos días, el padrino vino una tarde a visitarme en un lugar que frecuentaba, el primer rellano de la escalera, el que estaba junto a la acera de la calle. Allí, una vez agachado, me contó una "milonga" o historieta, mitad verdad y mitad mentira.

Resultaba que el perro había cogido la rabia y no les quedó más remedio que sacrificarlo, los hombres que iban con él, eran el propietario y unos amigos; y siguió con el montaje... También resultaba que eran cazadores, el perro lo utilizaban para atrapar a las liebres y que no era un "mil leches", sino un podenco ibicenco. En principio la historia me convenció, sin embargo, más tarde, cuando analicé y profundicé en la narración; fue cuando me di cuenta de los fallos en la versión.

Primero recordé que mi amigo Guillermo, el “General”, me había contado que entre los cazadores; cuando un perro ya no cazaba conejos o perdices, era habitual matarlo. Y lo más común era colgarlo.

Y lo más importante, pensé que, si uno quiere a un animal, no gozarías matándolo, como habían hecho estos cabrones.

De todas maneras, decidí perdonar esta acción del padrino y seguir visitándolo como siempre. ¡Sí, sus otras buenas acciones prevalecieron a este crimen!:

—Padrino lo he estado pensando, y entiendo lo que has hecho con el galgo… ¡Así que te perdono! —«Como premio a mi perdón», eso dijo, aunque me hubiera llevado igualmente sin perdonarlo; Miguel decidió que los acompañara a su casa nueva, en el pueblo.


EL CHALET DE LOS PADRINOS EN LA COSTA.


Una vivienda que hoy definiríamos como un chalet, construido próximo al mar, y que se habían comprado, y “al contado”, hacía un año. A cargo de la tienda quedaron sus hijas, que ya eran lo suficientemente mayores para hacerlo. 

En ella pasaríamos los días del puente festivo, que se tomaba de vacaciones. Cosa inhabitual, pues pocos eran los días de asueto que se tomaba el matrimonio. 

La idea me parecía magnifica, si bien, lo que más me jodía, era pensar en el viaje. Un trayecto que realizaríamos en su "Citroën 2 C.V." (2 Caballos). Nuevo coche que adquirieron cuando “murió” el viejo, otro “2 C.V.” unos meses antes. 

Vistas de un modelo de "Citroën 2 CV. fabricado en 1965. Y un detalle del salpicadero y el cambio de marchas manual.

Se ve que les gustaba este coche, y lo entiendo, pues les iba muy bien tanto para la carga como para sus desplazamientos hacia el pueblo.

El “Citroën” fue un coche para todos, tanto en el ámbito urbano como en el rural. El proyecto estuvo listo en 1939 y debía presentarse ese mismo año, pero, al estallar la Segunda Guerra Mundial, el Salón de París fue suspendido. Los 250 prototipos construidos fueron destruidos. Después de la Guerra, “Citroën” volvió a trabajar en el proyecto y el “Citroën 2CV” se presentó en 1948 en el Salón del Automóvil de París. La primera versión del “Citroën 2CV” conseguía, con sus 9 CV, una velocidad máxima del orden de 70 km/h. Los últimos modelos, con 29 CV, alcanzaban una velocidad máxima de 113 km/h.

En España, en 1958, abría sus puertas en la Zona Franca de Vigo, la fábrica de “Citroën Hispania”. El primer modelo que salió de las líneas de montaje de la planta gallega fue el 2 CV, en su versión furgoneta. En total se produjeron más de 280.000 unidades.

El último Citroën 2CV salió de la cadena de montaje de Portugal en 1990.


…Casa, coche, ¿les habría tocado la lotería y no habían dicho ni “piu”(pio)?

—¡Dale la bolsa al padrino para que la ponga en el maletero! ¿Te pesa? —Ordenó y preguntó la madrina al verme apurado.

—¡No, yo puedo con ella! Dentro llevo la muda y otros zapatos. —¡jamás reconocer que uno no tiene fuerza suficiente! Acerqué el bulto y mi bolsa se dispuso a unirse con el resto del equipaje. Aprovecharon el viaje para cargar con más bultos, que contenían chismes y ropa veraniega que deseaban dejar en el chalet.

—¡Pon la bolsa en este hueco! No hemos de tapar la visibilidad del retrovisor, confiemos en que no hagamos parche; porque si lo hacemos, tendremos que sacar todo esto fuera. ¡Menudo problema!

—¡Padrino, no seas «ave de mal agüero»!  

Aquel coche tenía unas suspensiones muy grandes, y cada curva o bache hacía que el chasis fuera de arriba, abajo, parecía que ibas en barco.

Me cargué de valor y "pal" coche, el trayecto lo hicimos, de piloto Miguel, copiloto Sebastiana, y de "paquete" en la parte trasera, el "pato mareado" de servidor.

De autopistas nos podíamos olvidar, una carretera local y gracias. Recuerdo que, a los cinco minutos del trayecto, nos encontramos en cada lado de la vía; con unas hileras de enormes arboles de “plátanos de sombra”. Que hacían esta función, la de dar sombra; un buen lugar para parar y que servidor pudiera vomitar el desayuno. Por lo que Inicié mis suplicas para que pararan el coche:

—¡Para padrino que tengo ganas de arrojar!

El padrino continuó sin corresponder a mis ruegos, “los plataneros” quedaron atrás…

Si me dio “los primeros auxilios” la madrina, dándome una toalla que llevaba preparada para la ocasión; grande y vieja, pero limpia, para usar y tirar.

La mujer no era conocedora de que los hombres vomitamos fuera del coche, y no nos gusta hacerlo de esta manera. ¡Cuánto le quedaba aún por aprender a Sebastiana!

Agotados unos 239 metros más, el chófer consciente de lo que iba a ocurrir, paró en un ancho de la calzada; preparado para estacionar algunos vehículos en casos de emergencia. Me faltó tiempo para salir corriendo y acudir al final del pequeño terraplén. Allí arrojé lo tomado unas horas antes, y la cena de ayer… 

—¡AAARG, GRAAAG! —¡Y que a gusto se queda uno cuando sale! Pasado un tiempo, me volví a introducir en aquella barcaza y continuamos el trayecto.

—¡Si tienes más ganas dilo y paramos de nuevo! —Sebastiana ya se iba enterando…

Antes de llegar al lejano pueblo, que en realidad sólo estaba a unos sesenta kilómetros, dos paradas más acabaron de vaciar mi estómago, arrojando inclusive lo que aún me quedaba de mi primera papilla.

Sabía que mi sufrimiento acabaría, cuando empezara a aparecer por el parabrisas el azul del mar. Señal de que llegábamos al chalet.

Vista de la “Playa de Canyamel” (Artá).

—¡Mirad allí veo el mar!, ¡qué azul!, ¡y que grande!

—¡Si “Chato”, ya hemos casi llegado!

—¡Allí está, es aquella! —Tras esta indicación, una sonrisa apareció en el rostro de la madrina al verla.   

Aquella casa era de estilo moderno, no encajaba bien de acuerdo a sus hábitos y apariencia, que los padrinos tuvieran este tipo de casa. El quid era que Miguel no tenía «ni un pelo de tonto», como ya he comentado, y sabía administrar y completar los ingresos de su tienda de comestibles, con su salario como empleado de los ferrocarriles; donde en concreto trabajaba como mecánico. En total el hombre hacía más horas que las que tiene el día.

También luego me enteré, que para comprar la casa "al contado", habían vendido antes, algunas posesiones viejas que tenían entre los dos en el pueblo; en la parte antigua del mismo, a unos dos kilómetros de la zona de playa.

Ya en el chalet y para mí sorpresa, me tocó hacer de niñera de un sobrino de la madrina, unos años más joven que yo; y claro, a estas edades dos años de diferencia son muchísimo entre los hábitos y juegos de un niño.

No recuerdo el nombre del sobrino, lo que sí, es que me robaba el protagonismo de "la fiesta", y digo "fiesta", pues eso en verdad era... la fiesta de cumpleaños del "puto" niño.


…Al día siguiente de nuestra llegada, tocó diana a las ocho de la mañana.

—¡DONG, DONG…! ¡DONG DONG! —fue lo que oímos todos; el sonido de la sartén, golpeada con una cuchara por el padrino.

—¡Vamos a levantarse todo el mundo! ¡Vamos!

Nos esperaba un desayuno exquisito, con chocolate y ensaimadas para recuperar fuerzas. ¡Esto empezaba bien!

—¡Madrina puedo repetir otra taza de chocolate!

—¡No, que dentro de unas horas tenemos que comer! —El ágape estaba previsto para el mediodía.

Una vez había acabado de engullir “las delicatessen”, me asignaron una gran responsabilidad... fabricar el helado de la fiesta. Y como ayudante contaba con el homenajeado, el niño sin nombre, más bien lo que hacía era también de niñera.

El lugar de producción del mantecado, estaba en un jardín de la parte trasera, así no había peligro de "fugas".

Me presentaron a la redonda heladera de madera, era como un cubo, cubierta con un sistema de abrazadera; que iba como si fuera un puente, unía una punta con la otra del círculo superior, como un diámetro. A esta abrazadera estaba unida la manivela con unos mecanismos, que al darle vueltas a ella, hacía rotar el recipiente que se había colocado en su interior y justo en el centro. Esta especie de cubo era el que contenía los productos.

Todos los ingredientes los trajo la madre del cumpleañero, ya dosificados:

—¡Toma “Chato”!, aquí tienes los ingredientes para ponerlos ¿Te llamas “Chato” verdad?

—¡Así me llaman los que me conocen!

—¡Bueno, bueno!, no te enfades hombre, que no pretendo ofenderte… Y espero que después de hoy ya seamos amigos. —La simpática ésta, ya sabía cómo me las gastaba…

—¡Esperemos!, y ahora nosotros empezamos, ¡el tajo! —Dándole a entender que su presencia ya no era necesaria. 

Ya sin “intrusos”, pusimos los productos dentro del recipiente de metal, que a su vez, estaba ya dentro de la cubeta de madera (el cubo más grande). El orden daba igual pues todo se mezclaba con los meneos:

Consistentes en unos polvos de helado de almendra, azúcar, yemas, creo que canela y algún "potingue" más. Y leche, casi hasta la mitad. A partir de este momento, lo que no dejabas de rellenar, era el espacio que dejaba el recipiente dentro de la cubeta de madera, con hielo y sal; los ponías y…, ¡hala!, ¡a darle a la manivela!

—¡RAS, RAS…! ¡RAS, RAS!

—¡Oye tú, dale ahora tú vueltas! —no tardé en «pasarle el muerto» al homenajeado.

—¡Gracias, pensaba que no me dejarías! —Por momentos pensé que al muchacho «le faltaba un hervor». Luego recordé que sólo era un niño bondadoso y de pueblo:   

—¡Qué va, así lo hacemos juntos y así aprendes!

A la media hora, la “nieve” del cubo se fundió, así que pusimos más hielo y a “continuar meneando”:

—¡RAS, RAS…! ¡RAS, RAS!

No recuerdo cuanto tiempo estuvimos dando vueltas al manubrio, ¡sí, estuvimos! Pues nos fuimos alternando en el meneo, no le quise dejar al muchacho todo el trabajo de la elaboración del mantecado.

En un momento determinado, volvió a aparecer la madre de mi ayudante, que tampoco recuerdo su nombre. Que por cierto, noté que, tras la conversación de antes, ya no le caía nada bien, el “Chato” lo borró de su boca:

—¡Ya basta guapito!, el helado ya debe estar listo. Estáis cansados, ¿verdad? —díjolo con sorna, supongo que lo diría por las gotas que nos caían de la frente, y las horas que llevábamos rodando. Y además de mi corte de antes, no debió de gustarle que utilizara a su hijo en la elaboración del mantecado. A mí tampoco me gustaba su manera de hablarme y de nuevo se lo hice sabedora de ello: 

—¿Y a ti que te parece?, ¿todo el día dándole a la jodida manivela?

Heladera como la descrita que nos sirve para hacernos una idea más concreta de como eran estas “fábricas

artesanales de helado”. Moviéndose un poco, se puede conseguir una de ellas por "esos mundos de Dios"... 

No me contestó, la mujer se llevó a su hijo, y la heladera. Supongo que fue ella misma quien vació el recipiente del helado en varias jarras, en una de ellas volví a ver más tarde, mi producción heladera artesanal. Y me sentí satisfecho de mi trabajo, perdón, “nuestro”. Llegó la hora del festín, y en cada ocasión que sonaba el timbre, a los minutos aparecían nuevos invitados:

—¡DING, DONG!

—¡Hola María, Manolo!, ¡bienvenidos, pasad!

—¡Hola Sebastiana, enhorabuena por la casa!

—Bueno aún no está amueblada como a mí me gusta, pero ya nos vale para celebrar esta fiesta y reunir a la familia. Y hablando de familia ¿Dónde están los niños?

—¡Vienen con sus primos, no tardarán! 

Todos fueron ocupando una silla de una enorme mesa en forma de "U", cubierta con un mantel de papel blanco, que te impedía ver de cuantos trozos u otras mesas estaba compuesta.

—¡Ya estamos todos, podemos empezar! —La madrina inauguró el convite.

La comida fue deliciosa, de primero “arroz brut" (Una especie de paella caldosa), hecho en una olla de barro y a fuego de leña, cocinado por la madrina. Solamente he vuelto a comer uno igual cocinado por mi hermana.

Y de segundo lo típico en estos actos, "porcella" (lechona) al horno con patatas. Ésta asada en el horno de leña de la panadería del pueblo.

Recuerdo que la piel era como caramelo. ¡Cómo tiene que ser! Especialmente se nota esta manera de asar el cerdito, en sus orejas, que es la parte por la que siempre hay peleas. Aunque a mi particularmente me dan un poco de “repelús”. 

El postre, que era lo que especialmente esperábamos los niños, por cierto, sentados en otra mesa un poco más baja y colocada en frente de la "U". No nos defraudó, cuartos, coca de almendras y otras tartas. Y por supuesto, el mejor helado artesanal:

—¡Qué bueno está el helado, es de almendra!, ¡cómo a mí me gusta!

—¡Lo he preparado yo! —ante tal afirmación que hice, alguien me fulminó con su mirada— ¡Bueno, también ha participado éste! —señalándolo con el dedo.

A continuación, se descorcharon varias botellas de champagne, que acabaron en las copas de los mayores; a nosotros los niños, nos pusieron un sorbito, mezclándolo en una copa casi llena de agua.

—¡Vamos a hacer un brindis en honor del cumpleaños de Fulano! ¡Arriba las copas!

—¡¡¡CHIN, CHIN!!!

—Molts d´anys! (¡Felicidades!). —entonamos los presentes al unísono. ¡Ya tenía sus minutos de gloria el “ayudante”, de nombre olvidado!

Terminada la fiesta, salimos todos a estirar las piernas y a ayudar al estómago a hacer la digestión. Y que mejor forma de hacerlo, que pasear por la cercana playa.

En la arena se hicieron grupitos, y yo en concreto, lo que hice fue correr de una punta a otra de la playa. Siempre me ha gustado correr o caminar por la arena.

Al caer el sol, todos nos retiramos hacia el chalet, y al igual que habían aparecido en grupitos, también así se fueron marchando. Aquella noche dormí bien, la jornada había sido muy intensa.

Los días siguientes, los pasamos visitando gente conocida por los padrinos en el pueblo, en todos los sitios me hicieron mucho caso, e inclusive en alguno de ellos me dieron algo de dinero, no mucho... ¡No sé si me vieron cara de muerto de hambre!, lo cierto es que como no querían quedar como paletos, regalándome algo que no encajara en un niño de ciudad, optaron por esta manera de hacerme sentir bien recibido. Por la cantidad que recibí, me hubiera ido mejor si me hubieran regalado algunas sobrasadas y butifarrones. 

Variedad de sobrasadas para satisfacer todos los gustos; un producto típicamente mallorquín conocido mundialmente.

…Al regresar al barrio y, después de haber realizado las paradas oportunas para vaciar de nuevo mi estómago. Del coche recogí un obsequio para mi madre:

—¡Toma “Chato”!, ¡llévate esta cesta para tu madre!

—¡Coño, como pesa!, ¿qué hay piedras?

—¡No, está llena de sobrasadas, unos butifarrones y un “camaiot” (un embutido elaborado con carne magra picada y carne sanguinosa de cerdo, ¡exquisito!) para tu padre, que seguro le va a gustar! —¡Bien guardada se tenía la sorpresa la madrina!

—¡Le diré que es de vuestra parte! —No me lo esperaba, pues ya había recibido “la limosna” de los pueblerinos, así que bien recibido fue el “botín”.

—¡Nooo!, ¡ni se te ocurra, que es capaz de tirarlo a la basura! Tú dile que todos estos embutidos te los han dado unos payeses de Artá.

—¡Pues muchas gracias, así lo hare! La bolsa con la ropa, la recogeré mañana.

Al llegar a mi casa, bien cargado con estos presentes, recibí una buena ración de besos por parte de los miembros de la familia. Tras lo que hice entrega a mí madre de la bolsa con los embutidos y le indiqué, quienes me los habían regalado: «esto de parte de los payeses de…tal y tal y Pascual.».

—¡Pero espera, déjame que coja algo! —saqué de la bolsa el “camaiot” y se lo di a mí padre— Esto me lo dio una payesa muy simpática para tí, me dijo: «Dóna-li això a ton pare perquè provi com feim es payeses un bon camaiot! (¡Dale esto a tu padre para que pruebe como hacemos los payeses un buen “camaiot”!)».

—¡Veis cómo la gente de pueblo son buenas personas! —Comentó el agraciado, la táctica del Padrino funcionó.

No duraron mucho las viandas, entre nosotros y los otros niños invitados a la merienda de la tarde, los devoramos. A excepción del “camaiot”, que sólo lo comió mi padre, y los abuelos, que recibieron la mitad de la pieza.



EL CRUCERO BALEARES.



Y hablando de táctica y del padrino, ese mismo año en mi colegio, Don Antonio (el Director) sustituyó un día por enfermedad, a nuestro maestro habitual. Y qué casualidad, la clase trató sobre el hundimiento del barco “Baleares”; el mencionado crucero… y que había servido de pelea entre el padrino Miguel y mi padre.

La construcción del “Baleares” fue ordenada durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. La proclamación de la II República en 1931, provocó un enorme retraso en el acabado de la construcción del buque. En julio de 1936, al inicio de la Guerra Civil, el “Baleares” todavía se hallaba amarrado en el puerto e incompleto.

Aún así, en diciembre de 1936, sin tener instalada todavía su cuarta torre de artillería (La torreta fue finalmente instalada durante el verano del 37), se incorporó a la flota del bando sublevado; participando el 7 de febrero de 1937, junto con los cruceros “Canarias” y “Almirante Cervera” en la batalla de Málaga. En ella bombardeó a quienes huían por la única salida del cerco de la ciudad —la carretera costera de Málaga a Almería—, en el episodio que se conocerá como "La Desbandá" o la masacre de la carretera Málaga-Almería. Las víctimas se cifran de 3000 a 5000.

Meses más tarde, en la mañana del 7 de septiembre de 1937, cuando detectó cuatro mercantes republicanos escoltados por los cruceros “Libertad” y “Méndez Núñez” y seis destructores, frente al cabo Cherchell, en Argelia. Se entabló un desigual combate y logró alcanzar al “Libertad”, pero a su vez fue tocado por los disparos de éste, lo que produjo un peligroso incendio en el pañol de munición de 120 mm. A pesar de lo cual, consiguió que el convoy no llegase a la España republicana. 

Fotografía del Crucero “Baleares” propiedad del Museo Naval de Ferrol.

El 6 de marzo de 1938, en la conocida como “Batalla de Cabo Palos”, el crucero Baleares es tocado por dos torpedos que provocan varias explosiones y se hunde. Finalizando su corta vida como navío de guerra. En el desastre perecieron 788 hombres y fueron rescatados 469 hombres.

De la historia que nos contó él, que no fue esto que yo he narrado, no me quedé con toda la copla, aunque se veía que la versión estaba influenciada por el politiqueo de quien mandaba en esos años. Me impresionó lo que dijo que cuando se hundía el barco: «Un grupo de tripulantes se hundió cantando, brazo en alto, el himno de la Falange, el “Cara Sol”». Nunca he sabido si fue así como sucedió o no, que parte hay de leyenda y cual no... ■ 

FIN DEL CAPÍTULO 17


“CITROËN 2 CV”

UN MERECIDO LUGAR EN LA HISTORIA DEL AUTOMÓVIL.


Allá por 1937, “Citroën”, una marca francesa constructora de automóviles, fundada en 1919 por “André Citroën”. Fue comprada por Michelin, fabricante francés de neumáticos, y nombró director general a Pierre-Jules Boulanger.

Quien inició el desarrollo de un coche económico, el futuro “Citroën 2CV”. Debía ser un coche de pequeño tamaño capaz de circular por cualquier parte y de transportar cualquier cosa, barato de

compra y económico de uso.

Estas fueron las instrucciones transmitidas por el Director General al ingeniero “André Lefèbvre”, que, en aquella época, era el responsable máximo de desarrollo en “Citroën”: «Pon a tu equipo a trabajar en

el diseño de un coche que pueda transportar a dos campesinos con sus zuecos, 50 kilos de patatas o una barrica de vino a una velocidad máxima de 60 kilómetros por hora y con un consumo de tres litros cada 100 kilómetros».

Pierre-Jules Boulanger                               André Lefebvre

Gracias a sus características de vehículo de gran versatilidad, bajo consumo y coste reducido, la “Toute Petite Voiture” (“coche muy pequeño”) fue un coche para todos, tanto en el ámbito urbano como en el rural.

El proyecto estuvo listo en 1939 y debía presentarse ese mismo año, pero, al estallar la Segunda Guerra Mundial, el Salón de París fue suspendido. Los 250 prototipos construidos fueron destruidos y apenas se completaron un puñado de unidades, que fueron ocultados a las fuerzas invasoras alemanas.

Prototipos de TPV “rescatados” y presentados en el “Centenario de la marca” de 2019.

Después de la Guerra, “Citroën” volvió a trabajar en el proyecto y el “Citroën 2CV”, totalmente rediseñado en relación con el TPV, se presentó el 7 de octubre de 1948 en el Salón del Automóvil de París. (Fotografía de abajo ↓ ).

La primera versión del “Citroën 2CV” conseguía, con sus 9 CV, una velocidad máxima del orden de 70 km/h. Los últimos modelos, con 29 CV, alcanzaban una velocidad máxima de 113 km/h.

En España, el “Citroën 2 CV.” tuvo un papel fundamental en el desarrollo de la industria de automoción. En 1958, abría sus puertas en la Zona Franca de Vigo, la fábrica de “Citroën Hispania”. El primer modelo que salió de las líneas de montaje de la planta gallega fue el 2 CV, en su versión furgoneta. En total se produjeron más de 280.000 unidades.

El último Citroën 2CV salió de la cadena de montaje de Mangualde, en Portugal, hace 30 años, el 27 de julio de 1990.

Prototipos de TPV “rescatados” y presentados en el “Centenario de la marca” de 2019.

En la actualidad la marca es propiedad de “Stellantis”, un grupo internacional con sede en Países Bajos, que fue fundado en el 2021; fruto de la fusión entre iguales, del ítalo-estadounidense “Fiat Chrysler Automobiles” y el francés “Groupe PSA”, formado en torno a las marcas de automóviles “Peugeot”, “DS Automobiles”, “Opel”, “Vauxhall” y nuestra mencionada “Citroën”. ■


Capítulo extraido de la novela biográfica:

“Querido Chato”

en exclusiva para Queseenteren ®.


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