La eterna lucha entre el bien y el mal es la base del cuento clásico de "LA REINA DE LAS NIEVES", salido de la pluma del danés Hans Christian Andersen, publicado en 1844

Portada de esta Edición, creada utilizando esta excelente ilustración de Anne Anderson de 1924, que fue una prolífica ilustradora escocesa (1874-1930); recurrentemente recordada en estas páginas de "Queseenteren".

“La reina de las nieves” (En danés “Snedronningen”) es un cuento de hadas creado por el famoso escritor de cuentos danés Hans Christian Andersen, que fue publicado el 21 de diciembre de 1844, formando parte del libro “Nuevos cuentos de hadas”, Volumen 1, Segunda Colección (“Nye Eventyr. Første Bind”).

Su argumento trata de la lucha entre el bien y el mal vivida por dos niños, Kay y Gerda, en las traducciones al español, se les suele cambiar el nombre por Carlos y Margarita, como es en este caso. Está escrita en una narrativa de estilo novela y se divide en siete capítulos.

Es una de las historias/cuentos más largas de Andersen y ha sido adaptada en diversos medios, incluyendo, dramas televisivos, videojuegos y películas de animación; entre la que destacan “La reina de las nieves” (2012), “El espejo encantado” (2016) dirigida por Lev Atamanov, y "Frozen" (2013), de Walt Disney, ganadora de dos Óscares.

Y un dato, hemos puesto algunas ilustraciones para hacer más agradable la lectura, pero puntualizando

que, en las primeras ediciones de los cuentos de Andersen, carecían de ellas.

Fotografía de Hans Christian Andersen tomada por Thora Hallager en 1869

“La Reina de las Nieves”

(Historia en siete episodios)


PRIMER EPISODIO

Trata del espejo y del trozo de espejo.

... ATENCIÓN, QUE VAMOS A EMPEZAR. Cuando hayamos llegado al final de esta parte sabremos más que ahora; pues esta historia trata de un duende perverso, uno de los peores, ¡como que era el diablo en persona!

Un día estaba de muy buen humor, pues había construido un espejo dotado de una curiosa propiedad: todo lo bueno y lo bello que en él se reflejaba se encogía hasta casi desaparecer, mientras que lo inútil y feo destacaba y aún se intensificaba.

Los paisajes más hermosos aparecían en él como espinacas hervidas, y las personas más virtuosas resultaban repugnantes o se veían en posición invertida, sin tronco y con las caras tan contorsionadas, que era imposible reconocerlas; y si uno tenía una peca, podía tener la certeza de que se le extendería

por la boca y la nariz. «¡Era muy divertido!», decía el diablo.

Si un pensamiento bueno y piadoso pasaba por la mente de una persona, en el espejo se reflejaba una risa sardónica, y el diablo se retorcía de puro regocijo por su ingeniosa invención.

Cuantos asistían a su escuela de brujería, pues mantenía una escuela para duendes, contaron en todas partes que había ocurrido un milagro; desde aquel día, afirmaban, podía verse como son en realidad el mundo y los hombres.

Dieron la vuelta al Globo con el espejo, y, finalmente, no quedó ya un solo país ni una sola persona que no hubiese aparecido desfigurada en él. Luego quisieron subir al mismo cielo, deseosos de reírse a costa de los ángeles y de Dios Nuestro Señor.

Ilustración de Vilhelm Pedersen de una Edición de 1910; primer artista en ilustrar a Andersen

Cuanto más se elevaban con su espejo, tanto más se reía éste sarcásticamente, hasta tal punto que a duras penas podían sujetarlo. Siguieron volando y acercándose a Dios y a los ángeles, y he aquí que el espejo tuvo tal ecceso de risa, que se soltó de sus manos y cayó a la Tierra, donde quedó roto en cien millones, qué digo, en billones de fragmentos y aún más.

Y justamente entonces causó más trastornos que antes, pues algunos de los pedazos, del tamaño de un grano de arena, dieron la vuelta al mundo, deteniéndose en los sitios donde veían gente, la cual se reflejaba en ellos completamente contrahecha, o bien se limitaban a reproducir sólo lo irregular de una cosa, pues cada uno de los minúsculos fragmentos conservaba la misma virtud que el espejo entero.

A algunas personas, uno de aquellos pedacitos llegó a metérseles en el corazón, y el resultado fue horrible, pues el corazón se les volvió como un trozo de hielo.

Varios pedazos eran del tamaño suficiente para servir de cristales de ventana; pero era muy desagradable mirar a los amigos a través de ellos. Otros fragmentos se emplearon para montar anteojos, y cuando las personas se calaban estos lentes para ver bien y con justicia, huelga decir lo que pasaba.

El diablo se reía a reventar, divirtiéndose de lo lindo. Pero algunos pedazos diminutos volaron más lejos. Ahora vais a oírlo.


SEGUNDO EPISODIO

Un niño y una niña.

En la gran ciudad, donde viven tantas personas y se alzan tantas casas que no queda sitio para que todos tengan un jardincito, por lo que la mayoría han de contentarse con cultivar flores en macetas, había dos niños pobres que tenían un jardín un poquito más grande que un tiesto. No eran hermano y hermana, pero se querían como si lo fueran. Los padres vivían en las buhardillas de dos casas contiguas. En el punto donde se tocaban los tejados de las casas, y el canalón corría entre ellos, se abría una ventanita en cada uno de los edificios; bastaba con cruzar el canalón para pasar de una a otra de las ventanas.

Los padres de los dos niños tenían al exterior dos grandes cajones de madera, en los que plantaban hortalizas para la cocina; en cada uno crecía un pequeño rosal, y muy hermoso por cierto. He aquí que a los padres se les ocurrió la idea de colocar los cajones de través sobre el canalón, de modo que alcanzasen de una a otra ventana, con lo que parecían dos paredes de flores. Zarcillos de guisantes colgaban de los cajones, y los rosales habían echado largas ramas, que se curvaban al encuentro una de otra; era una especie de arco de triunfo de verdor y de flores.

Otra Ilustración de Vilhelm Pedersen (1910).

Como los cajones eran muy altos, y los niños sabían que no debían subirse a ellos, a menudo se les daba permiso para visitarse; entonces, sentados en sus taburetes bajo las rosas, jugaban en buena paz y armonía.

En invierno, aquel placer se interrumpía. Con frecuencia, las ventanas estaban completamente heladas. Entonces los chiquillos calentaban a la estufa monedas de cobre, y, aplicándolas contra el hielo que cubría al cristal, despejaban en él una mirilla, detrás de la cual asomaba un ojo cariñoso y dulce, uno en cada ventana; eran los del niño y de la niña; él se llamaba Carlos, y ella, Margarita.

En verano era fácil pasar de un salto a la casa del otro, pero en invierno había que bajar y subir muchas escaleras, y además nevaba copiosamente en la calle.

—Es un enjambre de abejas blancas —decía la abuela, que era muy viejecita.

—¿Tienen también una reina? —preguntó un día el chiquillo, pues sabía que las abejas de verdad la tienen.

—¡Claro que sí! —respondió la abuela—. Vuela en el centro del enjambre, con las más grandes, y nunca se posa en el suelo, sino que se vuelve volando a la negra nube. Algunas noches de invierno vuela por las calles de la ciudad y mira al interior de las ventanas, y entonces éstas se hielan de una manera extraña, cubriéndose como de flores.

—¡Sí, ya lo he visto! —exclamaron los niños a dúo; y entonces supieron que aquello era verdad.

—¿Y podría entrar aquí la reina de las nieves? —preguntó la muchachita.

—Déjala que entre —dijo el pequeño—. La pondré sobre la estufa y se derretirá.

Pero la abuela le acarició el cabello y se puso a contar otras historias.

Aquella noche, estando Carlitos en su casa medio desnudo, subiose a la silla que había junto a la ventana y miró por el agujerito. Fuera caían algunos copos de nieve, y uno de ellos, el mayor, se posó sobre el borde de uno de los cajones de flores; fue creciendo creciendo, y se transformó, finalmente, en una doncella vestida con un exquisito velo blanco hecho como de millones de copos en forma de estrella. Era hermosa y distinguida, pero de hielo, de un hielo cegador y centelleante, y, sin embargo, estaba viva; sus ojos brillaban como límpidas estrellas, pero no había paz y reposo en ellos. Hizo un gesto con la cabeza y una seña con la mano.

Ilustración de Edmund Dulac de una Edición de 1910.  

El niño, asustado, saltó al suelo de un brinco; en aquel momento pareció como si delante de la ventana pasara volando un gran pájaro. Fue una sensación casi real.

Al día siguiente hubo helada con el cielo sereno, y luego vino el deshielo; después apareció la primavera. Lució el sol, brotaron las plantas, las golondrinas empezaron a construir sus nidos; abriéronse las ventanas, y los niños pudieron volver a su jardincito del canalón, encima de todos los pisos de las casas.

En verano, las rosas florecieron con todo su esplendor. La niña había aprendido una canción que hablaba de rosas, y en ella pensaba al mirar las suyas; y la cantó a su compañero, el cual cantó con ella:

♪♫ «Florecen en el valle las rosas,

Bendito seas, Jesús, que las haces tan hermosas» ♫♪

Y los pequeños, cogidos de las manos, besaron las rosas y, dirigiendo la mirada a la clara luz del sol divino, le hablaron como si fuese el Niño Jesús:

—¡Qué días tan hermosos! ¡Qué bello era todo allá fuera, junto a los lozanos rosales que parecían dispuestos a seguir floreciendo eternamente!

Carlos y Margarita, sentados, miraban un libro de estampas en que se representaban animales y pajarillos, y entonces (el reloj acababa de dar las cinco en el gran campanario) dijo Carlos:

—¡Ay, qué pinchazo en el corazón! ¡Y algo me ha entrado en el ojo!

La niña le rodeó el cuello con el brazo, y él parpadeaba, pero no se veía nada.

—Creo que ya salió —dijo—; pero no había salido. Era uno de aquellos granitos de cristal desprendidos del espejo, el espejo embrujado. Bien os acordáis de él, de aquel horrible cristal que volvía pequeño y feo todo lo grande y bueno que en él se reflejaba, mientras hacía resaltar todo lo malo y ponía de relieve todos los defectos de las cosas. Pues al pobre Carlitos le había entrado uno de sus trocitos en el corazón.

¡Qué poco tardaría éste en volvérsela como un témpano de hielo! Ya no le dolía, pero allí estaba.

—¿Por qué lloras? —preguntó el niño—. ¡Qué fea te pones! No ha sido nada. ¡Uf! —exclamó de pronto—, ¡aquella rosa está agusanada! Y mira cómo está tumbada. No valen nada, bien mirado. ¡Qué quieres que salga de este cajón! —y pegando una patada al cajón, arrancó las dos rosas.

—Carlos, ¿qué haces? —exclamó la niña; y al darse él cuenta de su espanto, arrancó una tercera flor, se fue corriendo a su ventana y huyó de la cariñosa Margarita.

Al comparecer ella más tarde con el libro de estampas, le dijo Carlos que aquello era para niños de pecho; y cada vez que la abuelita contaba historias, salía él con alguna tontería.

Siempre que podía, se situaba detrás de ella, y, calándose unas gafas, se ponía a imitarla; lo hacía con mucha gracia, y todos los presentes se reían. Pronto supo remedar los andares y los modos de hablar de las personas que pasaban por la calle, y todo lo que tenían de peculiar y de feo. Y la gente exclamaba:

—¡Tiene una cabeza extraordinaria este chiquillo! —Pero todo venía del cristal que por el ojo se le había metido en el corazón; esto explica que se burlase incluso de la pequeña Margarita, que tanto lo quería.

Sus juegos eran ahora totalmente distintos de los de antes; eran muy juiciosos.

En invierno, un día de nevada, se presentó con una gran lupa, y sacando al exterior el extremo de su chaqueta, dejó que se depositasen en ella los copos de nieve.

—Mira por la lente, Margarita —dijo; y cada copo se veía mucho mayor, y tenía la forma de una magnífica flor o de una estrella de diez puntas; daba gusto mirarlo—. ¡Fíjate qué arte! —observó Carlos—. Es mucho más interesante que las flores de verdad; aquí no hay ningún defecto, son completamente

regulares. ¡Si no fuera porque se funden!

Poco más tarde, el niño, con guantes y su gran trineo a la espalda, dijo al oído de Margarita:

—Me han dado permiso para ir a la plaza a jugar con los otros niños —y se marchó.

En la plaza no era raro que los chiquillos más atrevidos atasen sus trineos a los coches de los campesinos, y de esta manera paseaban un buen trecho arrastrados por ellos. Era muy divertido. Cuando estaban en lo mejor del juego, llegó un gran trineo pintado de blanco, ocupado por un personaje envuelto en una piel blanca y tocado con un gorro, blanco también. El trineo dio dos vueltas a la plaza, y Carlos corrió a atarle el suyo, dejándose arrastrar.

Ilustración moderna de una Edición de este cuento realizada en 1946, por el ilustrador y pintor finlandés Rudolf Koivu's (1890-1946).

El trineo desconocido corría a velocidad creciente, y se internó en la calle más próxima; el conductor volvió la cabeza e hizo una seña amistosa a Carlos, como si ya lo conociese.

Cada vez que Carlos trataba de soltarse, el conductor le hacía un signo con la cabeza, y el pequeño se quedaba sentado. Al fin salieron de la ciudad, y la nieve empezó a caer tan copiosamente, que el chiquillo no veía siquiera la mano cuando se la ponía delante de los ojos; pero la carrera continuaba.

Él soltó rápidamente la cuerda para desatarse del trineo grande pero de nada le sirvió; su pequeño vehículo seguía sujeto, y corrían con la velocidad del viento. Se puso a gritar, pero nadie lo oyó; continuaba nevando intensamente, y el trineo volaba, pegando de vez en cuando violentos saltos,

como si salvase fosos y setos. Carlos estaba aterrorizado; quería rezar el Padrenuestro, pero sólo acudía a su memoria la tabla de multiplicar.

Los copos de nieve eran cada vez mayores, hasta que, al fin, parecían grandes pollos blancos. De repente dieron un salto a un lado, el trineo se detuvo, y la persona que lo conducía se incorporó en el asiento. La piel y el gorro eran de pura nieve, y ante los ojos del chiquillo se presentó una señora

alta y esbelta, de un blanco resplandeciente. Era la Reina de las Nieves.

—Hemos corrido mucho —dijo—, pero, ¡qué frío! Métete en mi piel de oso —prosiguió—, y lo sentó junto a ella en su trineo y lo envolvió en la piel. A él le pareció que se hundía en un torbellino de nieve.

Bellísima Ilustración actual realizada por la artista y escritora rusa, de nacionalidad finlandesa, Elena Ringo.

—¿Todavía tienes frío? —preguntóle la señora, besándolo en la frente. ¡Oh, sus labios eran peor que el hielo, y el beso se le entró en el corazón, que ya estaba medio helado! Tuvo la sensación de que iba a morir, pero no duró más que un instante; luego se sintió perfectamente, y dejó de notar el frío.

«¡Mi trineo! ¡No debo olvidar mi trineo!», pensó él de pronto; pero ya estaba atado a uno de los pollos blancos, el cual echo a volar detrás de ellos con el trineo en la espalda. La Reina de las Nieves dio otro beso a Carlos; y Margarita, la abuela y todos los demás se borraron de su memoria.

—No te volveré a besar —dijo ella—, pues de lo contrario te mataría.

Carlos la miró; era muy hermosa; no habría podido imaginar un rostro más inteligente y atractivo. Ya no le parecía de hielo, como antes, cuando le había estado haciendo señas a través de la ventana. A los ojos del niño era perfecta, y no le inspiraba temor alguno. A lo que, le contó que sabía hacer cálculo mental, hasta con quebrados; que sabía cuántas millas cuadradas y cuántos habitantes tenía el país. Ella lo escuchaba sonriendo, y Carlos empezó a pensar que tal vez no sabía aún bastante. Y levantó los ojos al firmamento, y ella emprendió el vuelo con él, hacia la negra nube, entre el estrépito de la tempestad; el niño se acordó de una vieja canción. Pasaron volando por encima de ciudades y lagos, de mares y países; debajo de ellos aullaban el gélido viento y los lobos, y centelleaba la nieve; y encima volaban las negras y ruidosas cornejas; pero en lo más alto del cielo brillaba, grande y blanca, la luna, y Carlos la estuvo contemplando durante toda la larga noche. Al amanecer se quedó dormido a los pies de la Reina de las Nieves.


TERCER EPISODIO

El jardín de la hechicera.

Pero, ¿qué hacía Margarita, al ver que Carlos no regresaba? ¿Dónde estaría el niño? Nadie lo sabía, nadie pudo darle noticias. Los chicos de la calle contaban que lo habían visto atar su trineo a otro muy grande y hermoso que entró en la calle, y salió por la puerta de la ciudad. Todos ignoraban su paradero;

corrieron muchas lágrimas, y también Margarita lloró copiosa y largamente.

Después la gente dijo que había muerto, que se habría ahogado en el río que pasaba por las afueras de la ciudad.

¡Ah, qué días de invierno más largos y tristes! Y llegó la primavera, con su sol confortador.

—Carlos murió; ya no lo tengo —dijo la pequeña Margarita.

—No lo creo —respondió el sol.

—Está muerto y ha desaparecido —dijo la niña a las golondrinas.

—¡No lo creemos! —replicaron éstas; y al fin la propia Margarita llegó a no creerlo tampoco.

—Me pondré los zapatos colorados nuevos —dijo un día—. Los que Carlos no ha visto aún, y bajaré al río a preguntar por él.

Era aún muy temprano. Dio un beso a su abuelita, que dormía, y, calzándose los zapatos rojos, salió sola de la ciudad, en dirección al río.

—¿Es cierto que me robaste a mi compañero de juego? Te daré mis zapatos nuevos si me lo devuelves.

Y le pareció como si las ondas le hiciesen unas señas raras. Se quitó los zapatos rojos, que le gustaban con delirio, y los arrojó al río; pero cayeron junto a la orilla, y las leves ondas los devolvieron a tierra. Habríase dicho que el río no aceptaba la prenda que ella más quería, porque Carlos no estaba en él.

Pero Margarita, pensando que no había echado los zapatos lo bastante lejos, subióse a un bote que flotaba entre los juncos y, avanzando hasta su extremo, arrojó nuevamente los zapatos al agua.

Ilustración de Thomas, Chas y William Robinson de 1899.

Pero resultó que el bote no estaba amarrado y, con el movimiento producido por la niña, se alejó de la orilla.

Al darse cuenta la niña, quiso saltar a tierra, pero antes que pudiera llegar a popa, la embarcación se había separado ya cosa de una vara (casi un metro) de la ribera y seguía alejándose a velocidad creciente.

Margarita, en extremo asustada, rompió a llorar, pero nadie la oyó aparte los gorriones, los cuales, no pudiendo llevarla a tierra, se echaron a volar a lo largo de la orilla, piando como para consolarla: «¡Estamos aquí, estamos aquí!».

El bote avanzaba, arrastrado por la corriente, y Margarita permanecía descalza y silenciosa; los zapatitos rojos flotaban en pos de la barca, sin poder alcanzarla, pues ésta navegaba a mayor velocidad.

Las dos orillas eran muy hermosas, con lindas flores, viejos árboles y laderas en las que pacían ovejas y vacas; pero no se veía ni un ser humano.

«Acaso el río me conduzca hasta Carlitos », pensó Margarita, y aquella idea le devolvió la alegría. Se puso en pie y estuvo muchas horas contemplando la hermosa ribera verde, hasta que llegó frente a un gran jardín plantado de cerezos, en el que se alzaba una casita con extrañas ventanas de color rojo y

azul. Por lo demás, tenía el tejado de paja, y fuera había dos soldados de madera, con el fusil al hombro.

Margarita los llamó, creyendo que eran de verdad; pero como es natural, no respondieron; se acercó mucho a ellos, pues el río impelía el bote hacia la orilla.

La niña volvió a llamar más fuerte, y entonces salió de la casa una mujer muy vieja, muy vieja, que se apoyaba en una muletilla; llevaba, para protegerse del sol, un gran sombrero pintado de bellísimas flores.

Ilustración de una Edición de 1888.

—¡Pobre pequeña! —dijo la vieja—. ¿Cómo viniste a parar a este río caudaloso y rápido que te ha arrastrado tan lejos?

Y, entrando en el agua, la mujer sujetó el bote con su muletilla, tiró de él hacia tierra y ayudó a Margarita a desembarcar.

Se alegró la niña de volver a pisar tierra firme, aunque la vieja no dejaba de inspirarle cierto temor.

—Ven y cuéntame quién eres y cómo has venido a parar aquí. —dijo la mujer.

Margarita se lo explicó todo, mientras la mujer no cesaba de menear la cabeza diciendo:

—¡Hum, hum!

ilustración de Thomas, Chas y William Robinson de 1899.

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Ilustración actual realizada por Guilherme Grandizolli, extraída de una edición moderna de esta novela.

«¿Una confesión? ¿Quería aquello decir que iba a confesar su crimen? ¿Qué iba a entregarse para que lo ejecutaran? Se echó a reír. La idea le pareció monstruo­sa. Además, aunque confesara, ¿quién iba a creerlo? No había en ninguna par­te resto alguno del pintor asesinado.

Todas sus pertenencias habían sido destruidas. Él mismo había quemado maletín y abrigo. El mundo diría simple­mente que estaba loco. Lo encerrarían en un manicomio si se empeñaba en repetir la misma historia... Sin embargo, era obligación suya confesar, soportar públicamente la vergüenza y expiar la culpa de manera igualmente pública. Había un Dios que exigía a los seres humanos confesar sus pecados en la tierra así como en el cielo.

Nada de lo que hiciera le purificaría si no confesaba su pecado. ¿Su pecado? Se encogió de hombros.

La muerte de Basil Hallward le parecía muy poca cosa. Pensaba en Hetty Mer­ton. Porque aquel espejo de su alma que estaba contemplando era un espe­jo injusto. ¿Vanidad? ¿Curiosidad? ¿Hi­pocresía? ¿No había habido más que eso en su renuncia? Había habido algo más. Al menos así lo creía él.

Pero, ¿cómo saberlo...? No. No hubo nada más. Sólo renunció a la muchacha por vanidad. La hipocresía le había lle­vado a colocarse la máscara de la bon­dad. Había ensayado la abnegación por curiosidad. Ahora lo reconocía.

Pero aquel asesinato..., ¿iba a perse­guirlo toda su vida? ¿Siempre tendría que soportar el peso de su pasado?

¿Tendría que confesar? Nunca. No ha­bía más que una prueba en contra suya. El cuadro mismo: ésa era la prueba.

Lo destruiría. ¿Por qué lo había con­servado tanto tiempo? Años atrás le proporcionaba el placer de contemplar cómo cambiaba y se hacía viejo.

En los últimos tiempos ese placer ha­bía desaparecido. El cuadro le impedía dormir. Cuando salía de viaje, le horro­rizaba la posibilidad de que lo contem­plasen otros ojos. Teñía de melancolía sus pasiones.

Su simple recuerdo echaba a perder muchos momentos de alegría. Había sido para él algo así como su concien­cia. Sí. Había sido su conciencia. Lo destruiría.

Miró a su alrededor, y vio el cuchillo con el que apuñaló a Basil Hallward. Lo ha­bía limpiado muchas veces, hasta que desaparecieron todas las manchas. Bri­llaba, lanzaba destellos.

De la misma manera que había mata­do al pintor, mataría su obra y todo lo que significaba. Mataría el pasado y, cuando estuviera muerto, él recobraría la libertad. Acabaría con aquella mons­truosa vida del alma y, sin sus odiosas advertencias, recobraría la paz.

Empuñó el arma y con ella apuñaló el retrato.

Se oyó un grito y el golpe de una caí­da. El grito puso de manifiesto un su­frimiento tan espantoso que los criados despertaron asustados y salieron en si­lencio de sus habitaciones.

Dos caballeros que pasaban por la plaza se detuvieron y alzaron los ojos hacia la gran casa. Luego siguieron ca­minando hasta encontrar a un policía y regresar con él. Llamaron varias veces al timbre, pero sin recibir respuesta.

Con la excepción de una luz en uno de los balcones del piso alto, todo estaba a oscuras.

Al cabo de un rato, el policía se trasladó hasta un portal vecino para contemplar desde allí el edificio.

—¿Quién vive en esa casa? —le pre­guntó el caballero de más edad.

—El señor Dorian Gray —respondió el policía.

Las dos personas que le escuchaban intercambiaron una mirada de inteligen­cia y, mientras se alejaban, había en su rostro una mueca de desprecio. Uno de ellos era tío de sir Henry Ashton.

Dentro de la casa, en la zona donde vi­vía la servidumbre, los criados a medio vestir hablaban en voz baja.

La anciana señora Leaf lloraba y se re­torcía las manos. Francis estaba tan pá­lido como un muerto.

Transcurrido un cuarto de hora aproxi­madamente, el ayuda de cámara tomó consigo al cochero y a uno de los la­cayos y subió en silencio las escaleras. Los golpes en la puerta no obtuvieron contestación.

Y todo siguió en silencio cuando llama­ron a su amo de viva voz.

Finalmente, después de tratar en vano de forzar la puerta, salieron al tejado y descendieron hasta el balcón».

Otra Ilustración actual del dibujante Kev Hopgood y también seleccionada de su cómic basado en esta novela.

«Una vez allí entraron sin dificultad: los pestillos eran muy antiguos. En el inte­rior encontraron, colgado de la pared, un espléndido retrato de su señor tal como lo habían visto por última vez, en todo el esplendor de su juventud y sin­gular belleza.

En el suelo, vestido de etiqueta, y con un cuchillo clavado en el corazón, ha­llaron el cadáver de un hombre mayor, muy consumido, lleno de arrugas y con un rostro repugnante.

Sólo lo reconocieron cuando examina­ron las sortijas que llevaba en los de­dos».

—¡No hay ninguna duda, es el Señor Do­rian...! ».

FÍN ■

Otra Ilustración actual realizada por Guilherme Grandizolli, del elenco de la novela.

Personajes de la Novela:


Dorian Gray es un joven apuesto y narcisista cautivado por el “nuevo” hedonismo (doctrina filosófica que coloca el placer como el bien supremo de la vida humana) de Lord Henry. Se entrega a todos los placeres y

prácticamente a todos los “pecados”, estudiando sus efectos sobre él.

Basil Hallward es un hombre profundamente moral, pintor de retratos y enamorado de Dorian, cuyo patrocinio realiza su potencial como artista. El cuadro de Dorian Gray es la obra maestra de Basil.

Lord Henry “Harry” Wotton es un aristócrata imperioso y un “dandy” decadente que defiende una filosofía de hedonismo autoindulgente. Inicialmente amigo de Basil, lo descuida por la belleza de Dorian. El personaje del ingenioso Lord Harry es una crítica de la cultura victoriana del fin de siglo, de la Gran Bretaña de finales del siglo XIX. La visión libertina del mundo de Lord Harry corrompe a Dorian, quien luego lo emula con éxito.

Sibyl Vane es una talentosa actriz y cantante, es una hermosa chica de una familia pobre de quien Dorian se enamora. Su amor por Dorian arruina su capacidad de actuación, porque ya no encuentra placer en representa el amor ficticio, ya que ahora está experimentando el amor real en su vida. Se suicida con veneno al enterarse de que Dorian ya no la ama.

James Vane es el hermano menor de Sibyl, y es muy protector con ella; cree que Dorian acabará dañando a Sibyl.

Alan Campbell es químico y antiguo amigo de Dorian, a quien ayuda y luego se suicida.


Un reportaje de “El Anticuario”

para Queseenteren