“No todo el monte es orégano”(*); conociendo las desgracias olvidadas, y que van unidas al éxito, de autores, como por ejemplo el juicio al escritor Oscar Wilde
(*) Según el “Instituto Cervantes”: El orégano es una planta aromática empleada como condimento.
Figura como referencia de facilidad, de ventaja, de algo bueno, porque antiguamente se utilizaba como
remedio para muchos males. Su etimología es griega y significa «planta que alegra el monte».
I. LA SITUACIÓN:
Las relaciones sentimentales entre Oscar Wilde y el joven Alfred Douglas
A mediados de 1891, Wilde, contando con 37 años de edad, conoció a Lord Alfred Douglas, que en ese momento tenía 21 años y estudiaba en Oxford. Conocido por su familia y amigos como “Bosie”, era un joven apuesto y mimado.
No tardó en transformarse la amistad en intima en 1893. Una relación peligrosa al estar prohibida en la sociedad conservadora británica de esa época “Victoriana”. Que además se convirtió en toda una tempestuosa aventura. Ya que si Wilde era relativamente indiscreto e incluso extravagante, en su forma de actuar; se sumó el que Douglas era totalmente imprudente en público.
A Wilde le tocó mantener económicamente la relación, satisfaciendo todos los caprichos de Douglas, materiales, artísticos e inclusive sexuales; en los que inició a Wilde en el mundo clandestino de la prostitución gay. Donde Wilde conoció a varios jóvenes prostitutos de clase trabajadora.
Y con ellos seguía y repetía metódicamente esta rutina: Wilde conocía al joven, seguidamente le ofrecía regalos, tras su aceptación cenaba con él en privado y luego lo llevaba a una habitación de hotel.
Todo esto salió a relucir en sus juicios, que como se verá, acabaron con Wilde cumpliendo una condena en Prisión, sentencia que vino provocada por su relación con “Bosie”...
II. LOS PROTAGONISTAS:
Estos son los tres protagonistas de este escándalo de finales del Siglo XIX, que conmovió a la sociedad “Victoriana” británica
John (Sholto) Douglas
Noveno marqués de Queensberry (1844-1900), fue un noble británico de la época victoriana, recordado por su ateísmo, sus opiniones francas, sus modales brutales y por prestar su nombre a las “Reglas de Queensberry“ que forman la base del boxeo moderno Y por su papel en la caída del autor y dramaturgo irlandés Oscar Wilde.
Oscar Wilde
Poeta y dramaturgo irlandés (Cuando Irlanda aún pertenecía al Reino Unido) nacido en 1854, y fallecido en 1900, a los pocos años de cumplir condena.
Entres sus obras están: “El retrato de Dorian Gray” como novela; “La Importancia de llamarse Ernesto” como obra de teatro y muchas más creaciones que ya han pasado a considerarse como clásicos.
Alfred Bruce Douglas
Poeta y periodista (1870-1945), famoso por haber sido el amante de Oscar Wilde, con quien mantuvo una relación estrecha pero tormentosa. El padre de Douglas, el marqués de Queensberry lo aborreció y se propuso humillar a Wilde, acusándolo públicamente de homosexualidad. Wilde lo demandó por difamación criminal en un primer juicio.
III. LOS HECHOS:
Estos son los hechos que provocaron la denuncia de Wilde contra Queensberry
El 18 de febrero de 1895, el marqués de Queensberry dejó su tarjeta de visita en el club de Wilde, el “Albemarle”, con la inscripción: “Para Oscar Wilde, posando sodomita” (traducción literal).
Wilde, alentado por su amante e hijo del marqués, Alfred Douglas, y en contra del consejo de sus amigos, inició un proceso privado contra Queensberry por difamación, ya que la nota equivalía a una acusación pública de que Wilde había cometido el delito de sodomía. Ante esta denuncia, Queensberry fue arrestado por “difamación criminal”, cargo que conllevaba una posible sentencia de hasta dos años de prisión.
Según la vigente “Ley de difamación de 1843”, Queensberry sólo podía evitar la condena por difamación, demostrando que su acusación era de hecho cierta y, además, que había algún “beneficio público” por haber hecho la acusación abiertamente.
A raíz del arresto, los abogados del marqués Queensberry se poner a trabajar en su defensa, y una de las primeras acciones que hacen es contratar a detectives privados para encontrar pruebas de las relaciones homosexuales de Oscar Wilde con jóvenes prostitutos y, las de con el hijo de Queensberry.
IV. PRIMER JUICIO:
Juicio por difamación a petición de Oscar Wilde (3 al 5 de abril de 1895).
El juicio comenzó en Old Bailey, en el centro de Londres, el 3 de abril de 1895 ante el juez Richard Henn Collins, un colega dublinés, en medio de escenas casi histéricas tanto en la prensa como en las discusiones de las personas que seguían el juicio. La magnitud de las pruebas acumuladas contra Wilde le obligó a declarar dócilmente: “Yo soy el denunciante en este caso...”. El abogado de Wilde, Sir Edward Clarke, abrió el juicio preguntando preventivamente a Wilde sobre dos cartas sugerentes que Wilde había escrito a Douglas, que la defensa tenía en su poder. Quien calificó la primera como un “soneto en prosa” y admitió que el “lenguaje poético” podría parecer extraño al tribunal, pero afirmó que su intención era inocente.
Wilde afirmó que las cartas habían sido obtenidas por chantajistas que habían intentado extorsionarlo, pero él se había negado, Y continuó manifestando que se podía considerar las cartas como obras de arte y no como algo de lo que avergonzarse.
El juicio comenzó en Old Bailey, en el centro de Londres, el 3 de abril de 1895 ante el juez Richard Henn Collins, un colega dublinés, en medio de escenas casi histéricas tanto en la prensa como en las discusiones de las personas que seguían el juicio. La magnitud de las pruebas acumuladas contra Wilde le obligó a declarar dócilmente: “Yo soy el denunciante en este caso...”. El abogado de Wilde, Sir Edward Clarke, abrió el juicio preguntando preventivamente a Wilde sobre dos cartas sugerentes que Wilde había escrito a Douglas, que la defensa tenía en su poder. Quien calificó la primera como un “soneto en prosa” y admitió que el “lenguaje poético” podría parecer extraño al tribunal, pero afirmó que su intención era inocente.
Wilde afirmó que las cartas habían sido obtenidas por chantajistas que habían intentado extorsionarlo, pero él se había negado, Y continuó manifestando que se podía considerar las cartas como obras de arte y no como algo de lo que avergonzarse.
El abogado defensor de Queensberry, Edward Carson, que también era un dublinés que había asistido al “Trinity College” de Dublín, y al mismo tiempo que Wilde, interrogó a éste (Wilde) sobre cómo percibía el contenido moral de sus obras.
Wilde respondió con su característico ingenio y ligereza (desde el principio y durante el juicio pretendió utilizarlo para resaltar su talento literario, y entrar lo menos posible en su vida social privada);
afirmando que las obras de arte no pueden ser morales o inmorales, sino sólo bien o mal hechas...”
Carson siguió presionó a Wilde sobre cada tema desde todos los ángulos, extrayendo matices de
significado de las respuestas de Wilde, sacándolas de su contexto estético y retratando a Wilde como
evasivo y decadente. Si bien Wilde obtuvo la mayor cantidad de risas, Carson obtuvo la mayor cantidad de puntos legales.
Luego, Carson pasó a la evidencia fáctica y cuestionó a Wilde sobre sus amistades con hombres más jóvenes de clase baja.
Wilde admitió haber fraternizado con ellos y haberles prodigado regalos, pero insistió en que no había ocurrido nada adverso y que los hombres eran simplemente buenos amigos suyos.
A lo que Carson señaló repetidamente la naturaleza inusual de estas relaciones e insinuó que
los hombres eran prostitutos. Wilde respondió que no creía en las barreras sociales y simplemente
disfrutaba de la compañía. Llegados a este punto y habiendo conseguido romper el aplomo de Wilde,
el abofado defensor, recordó lo dicho al principio de su exposición de la defensa y, creyó oportuno
entrar en ello, y fue contundente al manifestar que había localizado a varios prostitutos que debían
testificar que habían tenido relaciones sexuales con Wilde.
En vista de como se había desarrollado el proceso hasta ese momento, y en previsión del aun mayor
daño que se le causaría a la honorabilidad de Wilde, a su esposa e hijo, y a su amante el joven Alfred Bruce; esos testimonios.
Tras consultar a su abogado, Wilde abandonó la acusación y Queensberry fue declarado inocente:
Reproducción de la Sentencia:
Sr. Juez Collins: «...En la medida en que el fiscal en este caso está dispuesto a aceptar un veredicto de no culpabilidad contra el acusado, no creo que sea parte de la función del juez o del jurado insistir en ir a través de detalles lascivos que no pueden tener relación con un asunto ya concluido por el consentimiento del fiscal a un veredicto adverso. Pero en cuanto a que el jurado ponga alguna limitación al veredicto de justificación del cargo, que es “hacerse pasar por sodomita”, si eso está justificado, está justificado; si no lo es, no lo es. Y el veredicto del jurado debe ser “Culpable” o “No culpable”. No puede haber términos ni limitaciones. El veredicto debe ser “Culpable” o “No culpable”.
Tengo entendido que aceptará un veredicto de no culpable y, por supuesto, el jurado lo devolverá».
V. CONSECUENCIAS:
Consecuencias que le trajo a Wilde la sentencia favorable al padre de su amante, en el juicio por “difamación” a instancias suyas y el trato que le dió la prensa.
El juicio por “Difamación” instado por Oscar Wilde contra el padre de su amante, el 9º Marques de Queensberry, John Sholto Douglas, desde su inicio estuvo politizado.
En parte dada la significación de los protagonistas, y por otra gran parte, por la divulgación y difusión de la causa que hicieron los periódicos de la época ya antes de empezar.
Ello se debió gracias a las filtraciones que se hicieron a la prensa, desde el despacho de abogados de Edward Henry Carson, encargados de la defensa de Queensberry, que consiguieron su objetivo de “minar” la credibilidad de Wilde y “airear” la doble vida de éste. Por una parte manteniendo la apariencia de formar una pareja convencional con su esposa, Constance Wilde, con la que tuvo dos hijos. Y por la otra, manteniendo relaciones homosexuales con su amante, Alfred Douglas, además de en múltiples ocasiones hacerlo con jóvenes prostitutos contratados.
Y como era de esperar, después de la sentencia que daba la razón al demandado y validaba la denuncia pública de la homosexualidad de Wilde; se “cebaron” con este.
Hasta tal punto estaba sensibilizado el público británico con el comportamiento, considerado atípico, del escritor, y que hasta entonces era admirado e idolatrado.
Que el fiscal tuvo que continuar el caso, y lo que venía ahora era castigar con el peso de la ley, al hombre que públicamente había reconocido practicar relaciones sexuales, prohibidas por la ley, con otros hombres y, muchas de ellas con jóvenes y pagando a cambio de sus “encantos”...
VI. EL JUICIO PENAL:
Llega el primer juicio penal con la acusación de “indecencia grave”
Oscar Wilde llega a él con su situación económica en “banca rota” y sus bienes subastados, a causa del pago de los considerables gastos en que Queensberry había incurrido en su defensa, y a lo que fue condenado ha hacerse cargo al perder su demanda por “difamación”.
Después de que Wilde abandonó el tribunal, se solicitó una orden de arresto contra él por cargos de sodomía e indecencia grave. El Ministerio Público había recibido las copias de las declaraciones de los jóvenes que, habían planeado presentar como testigos, el abogado de Queensberry. Y esto, unido a las declaraciones del propio Wilde, fue más que suficiente para que el magistrado Bridge dictara la orden.
Mientras eso ocurría, Wilde estaba reunido con su amante Douglas y su amigo Robert Ross en el Hotel Cadogan. Indeciso entre seguir los consejos de sus amigos y huir a Francia, o seguir el de su madre de que se quedara y luchara.
Más cuando Wilde se enteró por un periodista, que llamó al hotel, de que se había emitido una orden judicial, se sentó tranquilamente en su silla bebiendo hasta que llegó la policía a detenerlo y llevárselo.
No se tardó en eliminar el nombre de “Wilde”, de los anuncios en los carteles del “St. James Theatre”, donde todavía se representaba la obra: “La importancia de llamarse Ernesto.” (Que vimos detalladamente en el anterior ejemplar nº2 de este periódico cultural “Queseenteren”).
El 6 de abril de 1895, Wilde fue arrestado por “indecencia grave” en virtud del artículo 11 de la Ley de enmienda del derecho penal de 1885, término que significa actos homosexuales que no constituyen sodomía (un delito previsto en otro estatuto independiente).
El juicio duró del 26 de abril al 1 de mayo de 1895
Los acontecimientos se desarrollaron rápidamente y su procesamiento se inició el 26 de abril de 1895, ante el juez Arthur Charles.
Wilde y Alfred Taylor, el proxeneta que “presentaba” a los jóvenes a Wilde. Se enfrentaban a veinticinco cargos de “graves indecencias” y “conspiración para cometer graves indecencias”.
Un desfile de jóvenes testigos masculinos de la acusación, testificaron sobre su papel “ayudando” a Wilde a representar sus fantasías sexuales.
Aunque Wilde no fue procesado por sodomía, al final del juicio había pocas dudas de que podría haberlo hecho.
Casi todos manifestaron vergüenza y remordimiento por sus propias acciones.
Veamos seguidamente un extracto de las declaraciones de uno de estos testigos, extraído del sumario, las preguntas las realiza el fiscal Charles Gill.
Testimonio de Charles Parker
Parker.— tengo 21 años. Tengo un hermano, William. He estado contratado como valet y mi hermano como mozo de cuadra.
A principios de 1893 me encontraba sin empleo. Recuerdo un día por esas horas estar con mi hermano en el Restaurante St. James’s, en el bar. Mientras estaba allí, Taylor (el presunto proxeneta) se acercó y habló con nosotros. Era un completo desconocido. Pasó los elogios del día y nos invitó a tomar una copa.
Entablamos conversación con él. Habló de los hombres.
Gill.— ¿De qué manera?
Parker.— Llamó la atención sobre las prostitutas que frecuentan Piccadilly Circus y comentó: “No puedo entender que hombres sensatos desperdicien su dinero en basura pintada como esa.
Sin embargo, muchos lo hacen. Pero hay algunos que lo hacen mejor. Sin embargo usted podría ganar dinero de cierta
manera y con bastante facilidad, si quisieras”. Entendí a lo que Taylor aludía e hice una respuesta grosera.
Gill.— ¿Me veo obligado a preguntarle qué fue lo que realmente dijo?
Parker.— No me gusta decirlo.
Gill.— Me atrevo a decir que entonces eras menos aprensivo. ¿Te pido las palabras?
Parker.— Le dije que si algún señor mayor con dinero se encaprichaba de mí, era agradable. Estuve de acuerdo estaba terriblemente en apuros.
Gill.— ¿Qué dijo Taylor?
Parker.— Se río y dijo que los hombres mucho más inteligentes, más ricos y mejores que yo preferían cosas de ese tipo. Después de darle a Taylor nuestra dirección, nos despedimos.
Gill.—¿Taylor mencionó al prisionero Wilde?
Parker.— En ese momento no.
Gill.— ¿Dónde conociste a Wilde por primera vez?
Parker.— Taylor nos pidió que lo visitáramos al día siguiente en Little College Street. Fuimos a la mañana siguiente. Dijo que podía presentarnos a “un hombre que valía mucho dinero” y que nos encontraríamos con él en el bar St. James. La noche siguiente fuimos a St. James’s y vimos a Taylor allí. Nos llevó a un restaurante en Rupert Street. Creo que fue el Solferino. Nos llevaron arriba a una habitación privada, en la que había una mesa preparada para cuatro. Al cabo de un rato entró Wilde y me presentaron formalmente. Nunca lo había visto antes, pero había oído hablar de él. Cenamos alrededor de las ocho. Nos sentamos los cuatro a cenar, Wilde sentado a mi izquierda.../.
Gill.— .\... ¿Y luego?
Parker.— Posteriormente me dijo Wilde: “¡Este es el chico para mí! ¿Irás conmigo al Hotel Savoy?” Acepté y Wilde me llevó en un taxi al hotel. Sólo fuimos él y yo, dejando atrás a mi hermano y a Taylor.
En el Savoy fuimos primero al salón de Wilde, en el segundo piso.
Gill.— Cuéntanos qué ocurrió allí.
Parker.— Cometió el acto de sodomía conmigo...
Los testimonios de los testigos estremecieron al jurado y a los presentes, sus historias que narraron, dejaban claro que eran meros “prostitutos” utilizados por Oscar Wilde, para satisfacer sus “fantasías sexuales”.
La oportunidad de “lavar” la imagen de Wilde que dieron los testimonios de los jóvenes; le vino cuando el fiscal Gill, después de haber leido un poema de Alfred Douglas, su amante, le preguntó: —¿Qué es el “Amor que no se atreve a pronunciar su nombre”?
A lo que el acusado Wilde contestó con otro poema:
—“El Amor que no se atreve a pronunciar su nombre” en este siglo es un afecto tan grande de un anciano hacia un hombre más joven como el que hubo entre David y Jonatán, tal como Platón hizo de la base misma de su filosofía, igual que en los sonetos de Miguel Ángel y Shakespeare.../.
.\...No hay nada antinatural en ello. Es intelectual, y existe repetidamente entre un hombre mayor y un hombre más joven, cuando el hombre mayor tiene intelecto y el más joven tiene toda la alegría, la esperanza y el glamour de la vida ante él.
Que debería ser así el mundo no lo entiende. El mundo se burla de ello y a veces pone a uno en la picota por ello. Al acabar sonaron fuertes aplausos, mezclados con algunos silbidos. Edward Clarke, que continuaba siendo el abogado defensor de Wilde, siguió el testimonio de Wilde con un poderoso resumen en nombre de su cliente. Concluyendo Clarke, pidiendo al jurado que “satisfaga esas miles de esperanzas que penden de su decisión” y “limpie de esta terrible imputación a uno de nuestros hombres de letras más renombrados y consumados de la actualidad y, al limpiarlo, limpie a la sociedad de una mancha”.
El discurso de clausura de Clarke dejó a Wilde llorando y garabateó una nota de agradecimiento que pasó a su abogado.
El jurado deliberó durante más de tres horas antes de concluir que no podían llegar a un veredicto sobre la mayoría de los cargos.
El 7 de mayo, Wilde quedó en libertad bajo fianza. A diferencia de una absolución, un jurado en desacuerdo le daba a la fiscalía la posibilidad de celebrar un nuevo juicio, cosa que solicitó al poco tiempo, eso sí, Wilde disfrutó de tres semanas de libertad hasta su inicio.
Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos. ■
F I N
Un bonito cuento de Oscar Wilde.
Montaje del “Hada Madrina”
para Queseenteren

