“El Príncipe Feliz”, una “delicada” historia que narra la extraña y especial amistad entre una estatua y una golondrina, creada por la mente del malogrado escritor irlandés Oscar Wilde

RELATO COMPLETO.


“El príncipe feliz y otros cuentos”, es una colección de cuentos para niños de Oscar Wilde publicada por primera vez en mayo de 1888. Contiene cinco cuentos: “El príncipe feliz”, “El ruiseñor y la rosa”, “El gigante egoísta“ (éste ya lo hemos publicado en un ejemplar anterior de este Periódico Cultural de Queseenteren); “El amigo devoto” y “ El cohete notable “.

Una bella ilustración del alemán Otto Kubel (1868 - 1951), un artista que ya nos ha visitado en otras ocasiones.

“EL PRÍNCIPE FÉLIZ”

OSCAR WILDE


...En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.

Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.

Por todo lo cual era muy admirada.

—Es tan hermoso como una veleta. —observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte.

—Ahora, que no es tan útil. —añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico...

Y realmente no lo era.

—¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? —preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna. —El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.

—Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz —murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.

—Verdaderamente parece un ángel — decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas).

—¿En qué lo conocéis —replicaba el profesor de matemáticas— si no habéis visto uno nunca?

—¡Oh! Los hemos visto en sueños. —respondieron los niños.

Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.

Ilustración de Walter Crane de una edición de1888.

Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.

Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.

Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.

—¿Quieres que te ame? —dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.

Fotograma tratado de la película que vemos en este artículo.

Y el Junco le hizo un profundo saludo.

Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.

Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.

—Es un enamoramiento ridículo —gorjeaban las otras golondrinas—. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.

Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos. Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.

Una vez que se fueron sus amigas, sintiose muy sola y empezó a cansarse de su amante.

—No sabe hablar —decía ella— .Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.

Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.

—Veo que es muy casero —murmuraba la Golondrina—. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.

—¿Quieres seguirme? —preguntó por último la Golondrina al Junco.

Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.

—¡Te has burlado de mí! —le gritó la Golondrina— Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!

Y la Golondrina se fue.

Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.

—¿Dónde buscaré un abrigo? —se dijo. —Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.

Entonces divisó la estatua sobre la columnita.

—Voy a cobijarme allí —gritó—. El sitio es bonito. ¡Hay mucho aire fresco!

Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.

—Tengo una habitación dorada —se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.

Fotograma idem.

Y se dispuso a dormir.

Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.

—¡Qué curioso! —exclamó—. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño.

Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.

Entonces cayó una nueva gota.

—¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? —dijo la Golondrina— Voy a buscar un buen copete de chimenea.

Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota. La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!

Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.

Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintiose llena de piedad.

—¿Quién sois? —dijo.

—Soy el Príncipe Feliz.

—Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? —preguntó la Golondrina— Me habéis empapado casi.

—Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre —repitió la estatua—, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el “Palacio de la Despreocupación”, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor

del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo

cuanto me rodeaba era hermosísimo.

Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad.

Así viví y así morí, y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.

"El Palacio de Sans-Souci", Ilustración de CHARLES ROBINSON 

—Allí abajo —continuó la estatua con su voz baja y musical—, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa.

Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la

aguja, porque es costurera.

Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina.

Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. ¡¡¡Golondrina, Golondrinita!!!, ¿no quieres llevarla el Rubí del puño de mi espada?

Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

—Me esperan en Egipto —respondió la Golondrina—. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey.

El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas.

Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.

—¡¡¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita!!! —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!

—No creo que me agraden los niños —contestó la Golondrina—. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento de tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras, las golondrinas, volamos demasiado bien para eso y

además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.

Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.

—Mucho frío hace aquí —le dijo—; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.

—¡Gracias, Golondrinita! —respondió el Príncipe.

Fotograma idem.

Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.

Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.

Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile. Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.

—¡Qué hermosas son las estrellas — le dijo— y qué poderosa es la fuerza del amor!

—Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial —respondió ella—. He mandado bordar en él unas pasionarias, ¡pero son tan perezosas las costureras!

"Bella Dama", Ilustración de CHARLES ROBINSON 

Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el ghetto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.

Fotograma idem.

Ilustración de Andrew Lang de su “Libro Azul” de Cuentos de Hadas.

Lo cogió y también se lo llevó a su mujer, que le ocultó junto con Aurora, y el mayor­domo sirvió a la reina madre un cabritillo muy tierno, que halló sabrosísimo.

Hasta entonces todo había marchado perfectamente pero una tarde aquella perversa ogra dijo al mayordomo:

—Quiero comerme a mi nuera, la reina, aderezada en salsa picante, lo mismo que sus hijos.

El buen hombre quedó aplastado, no sabiendo como enga­ñarla. La joven reina tenía veinte años, sin contar los cien que había pasado durmiendo; el pobre funcionario desconfiaba de hallar en el corral una res cuyas carnes fueran semejantes a las de una princesa de tan extraña edad.

El mayordomo, para salvar su vida, tomo la resolución de de­gollar a la reina y subió a su cuarto con la intención de realizar su propósito. Mientras subía se encolerizó y entro puñal en mano. No quiso cogerla de sorpresa, y con mucho respeto le dijo cuál era la orden que le había dado la reina madre (ogra).

—Cumple tu deber —contestó ella tendiéndole el cuello—; ejecuta la orden que te han dado y volveré a ver mis hijos, a mis pobres hijos, a quienes amaba tanto.

Desde que se los habían quitado sin decirle nada, la reina les creía muertos.

—¡No, no, señora! —exclamó el pobre mayordomo muy conmovido—; no moriréis, pero no por eso dejaréis de ver a vuestros hijos, pues los veréis en mi casa en donde les he ocultado; y de nuevo engañaré a la reina sirviéndola una corza (cérvido) en vuestro lugar.

La llevó en el acto a su habitación y la dejó que abrazara a sus hijos y confundiera sus lágrimas con las suyas.

Mientras él se fue a guisar la corza, que la ogra se comió a la cena con el mismo apetito que si hubiese sido la reina.

Estaba muy satisfecha de su crueldad y planificó decirle a su hijo al rey, cuando regresara, que los lobos hambrientos se habían comido a su mujer y sus hijos.

Cierta noche que, según costumbre, rondaba por los patios y corrales del castillo por si olfateaba carne fresca, oyó que su nieto lloraba porque su madre quería pegarle por haber hecho una maldad, y también oyó la vocecita de Aurora, que pedía perdón para su hermano. La ogra reconoció la voz de la reina y de sus dos hijos, y llena de ira por haber sido en­gañada, ordenó al amanecer del día siguiente, con un tono tan espantoso que todo el mundo temblaba...

Ilustración de la edición de la editorial “Ramón Sopena” de 1900.

Que pusieran en medio del patio un enorme tonel que hizo llenar de sapos, víboras, culebras y serpientes para arrojar en él a la reina, sus hijos y al mayordomo, su mujer y su criada, mandando que los trajeran con las ma­nos atadas a la espalda.

Ilustración de la edición de la editorial “Ramón Sopena” de 1900.

En el patio estaban los infelices, y los verdugos se disponían a echarlos en el tonel, cuando el rey, a quien no se es­peraba tan pronto, entró de repente a caballo. Había corrido mucho y pregun­tó muy admirado qué significaba aquel horrible espectáculo. 

Ilustración de la edición de la editorial “Ramón Sopena” de 1900.

Nadie se atrevía a contestarle, cuando la ogra, furiosa al ver lo que pasaba se arrojó la primera de cabeza al tonel y en un instante fue devorada por los as­querosos reptiles que había mandado echar dentro. El rey no dejó de sentir disgusto, pues era su madre, pero pron­to se consoló con su hermosa mujer y sus hijos. 

Moraleja:

Cosa por demás sabida

es que el esperar no agrada,

pero el que más se apresura

no es el que más trecho avanza,

que para hacer ciertas cosas

se requiere tiempo y calma.

Cierto que esperar un novio

cien años, espera es magna;

pero la historia, amiguitos,

es historia ya pasada.

Como el casarse es asunto

de muchísima importancia,

pues sólo la muerte rompe

los lazos que entonces se atan,

más vale esperar un año

y traer la dicha a casa,

que no anticiparse un día

y traerse la desgracia.

Página del Manuscrito de 1895.

Un cuento de Charles Perrault, incluido en su libro “Histoires ou contes du temps passé, avec des moralités o Contes de ma mère l’Oye” (Historias o cuentos de tiempos pasados o Cuentos de mamá Ganso). Una colección de cuentos de hadas literarios escritos en 1695 y pu­blicado en París en 1697. ■


Texto basa­do en parte, en la traducción de Teodoro Baró de 1883

Un dossier elaborado por Mary Elisabeth Oliver

para Queseenteren




Charles Perrault fue el padre del nuevo genero literario de los “Cuentos de Hadas”.

Retrato de Perrault de 1671

Charles Perrault (1628-1703) fue un autor francés y miembro de la Aca­demia Francesa. De familia burgue­sa adinerada, asistió a muy buenas escuelas y estudió derecho antes de embarcarse en una carrera en el ser­vicio gubernamental como funciona­rio, siguiendo los pasos de su padre.

En su faceta como escritor, sentó las bases de un nuevo género literario: el “Cuento de Hadas”, mediante sus obras derivadas de cuentos populares anteriores o de la tradición europea.

Los publicó en su libro de 1697 “His­toires ou contes du temps passé” (Historias o cuentos de tiempos pasa­dos). Que incluyen cuentos tan popu­lares como: “Caperucita Roja”, “Ceni­cienta”, “El gato con botas”, “La Bella Durmiente” y “Barba Azul”. Que fue­ron muy populares en Francia.

Algunas de las versiones de Perrault de historias antiguas, influyeron en las versiones alemanas publicadas por los hermanos Grimm, más de 100 años después.

Las historias se si­guen imprimiendo y se han adaptado a la mayoría de formatos actuales.

Su colección de cuentos los escri­bió en 1695, cuando tenía 67 años, Perrault había perdido su puesto de secretario de la administración y de­cidió dedicarse a sus hijos.

De toda su abundante producción literaria en verso y en prosa (odas, poesía épica, ensayos, etc.), estos pequeños cuentos para niños, son las únicas obras que aún se leen en la actualidad.

Naturalmente, su obra refleja el conocimiento de cuentos de hadas anteriores contados en los salones, sobre todo por la “Baronesa de Aulnoy”, que escribió cuentos ya en 1690.

Charles Perrault murió en París el 16 de mayo de 1703, a la edad de 75 años.

(M.E. Oliver)


(*): En el cuento de “La Bella Durmiente del bosque” no todo es “bello”; también cuenta como un Príncipe violó a una “comatosa” joven y bella Princesa

Muchas de las versiones actuales de los "Cuentos "Clásicos", han ido siendo "suavizadas" y "censuradas" en el transcurso del tiempo.

ORÍGENES del Cuento de:


"LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE"


En un romance de 1330, que es una “fuente” de este cuento, sí aparece la violación o el acto de “necrofilia”


Las primeras contribuciones escritas de esta narración popu­lar, las encontramos allá por 1330, en un romance anónimo francés, compuesto en verso en idioma occitano, con influen­cias catalanas, titulado “Frayre de Joy e Sor de Plaser”.

Donde “Sor de Plaser” (traducido “hermana de placer”), hija del em­perador de Gint-Senay, cae misteriosamente en un estado sobrenatural en que si bien parece muerta, su cuerpo no se corrompe.

Sus padres, en vez de sepultarla, la conservan en una torre aislada por fosos impenetrables en medio de un entorno pa­radisíaco. El príncipe de Florianda, “Frayre de Joy” (“hermano de alegría”) oye hablar de la belleza de la muchacha y se ena­mora sin verla. Con la ayuda de la magia de Virgilio, el joven llega a la torre, entra e intercambia anillos con la joven dor­mida; y mantiene relacio­nes sexuales con su cuerpo, embarazándola.

Grabado realizado por el artista alemán Maesto E.S. e incluido en una antigua edición de “Blandín de Cornualles”.

Gracias a la ayuda de un pájaro que ha­bla, con enorme elocuencia, regalado a “Frayre de Joy” por Virgilio, la muchacha es reanimada mágicamente y descubre que no sólo ha perdido su virginidad sino que ahora tiene un hijo ile­gítimo. El pájaro finalmente la convence de casarse con “Frayre de Joy”. El hijo de ambos es llamado “Joy de Plaser” (“alegría de placer”). Celebrándose la boda fas­tuosamente y en presencia de reyes, emperadores, Vir­gilio, el Preste Juan y el papa.

Similar argumento o trama a éste, y ya convertido en tópico de:

“La doncella durmiente a causa de un accidente o maldición, es despertada por un varón que se convierte en su esposo”.

También aparece en “El Román de Perceforest”. Otro texto literario francés anónimo y compuesto en la misma época de 1340, escrito en prosa, con irrupciones líricas. En concreto en su libro III (de los 6 que lo forman); en el episodio de “Zellandi­ne y Troilo”, aparecen los mismos personajes de la doncella y el principe. En este cuento, una princesa llamada “Zellandine” se enamora de un hombre llamado “Troylus”.

Su padre lo envía a realizar tareas para demostrar que es dig­no de ella y, mientras él no está, “Zellandine” cae en un sueño encantado. “Troylus” la encuentra y tiene relaciones sexuales con ella mientras duerme. Conciben y cuando nace su hijo, el niño extrae de su dedo el lino que le provocó el sueño.

Por el anillo que “Troylus” le dejó, se da cuenta de que él era el padre. “Troylus” luego regresa para casarse con ella.

Y en otro relato más, datado en fechas similares y conocido como “Blandín de Cornualles”. En este caso la pareja la com­ponen “ Blandín” y la durmiente “Brianda”.

En esta narración no se describe ninguna violacion o acto sexual no deseado.

Después de estas primeras versiones, el cuento fue publica­do por primera vez en la Edad Moderna, por el poeta italiano Giambattista Basile, que vivió entre 1575 y 1632.

Y lo hizo incluyendo este cuento en su imprescindible libro, en cualquier colección de cuentos que se precie, ”Il Penta­merone”, subtitulado “Lo cunto de li cunti” (“El cuento de los cuentos”). Una colección de cuentos de hadas napolitanos del siglo XVII. En ella con el título: “Sol, Luna y Talia” encon­tramos el cuento.


En plena Edad Moderna (1636), la última versión popular de este cuento en la que aparece la violación es en “Sol, Luna y Talia” dentro del “Pentamerone”

Acuarela de Henry Meynell Rheam de 1899.

Nos vamos a centrar en el “trocito” en el que se narra la imprevista visita a la catalépsica joven princesa, por parte de su violador:

«...Después de un tiempo, ocurrió por casualidad que, un rey cazaba por allí cerca. Uno de sus halcones escapó de su mano y voló al interior de la casa a través de una ventana. No acudió cuando le llamaron, así que el rey tuvo que llamar a la puerta, creyendo que el lugar estaba habitado. Aunque llamó durante un buen rato, no contestó nadie, así que el rey mandó que le trajeran una escalera de bodeguero, ya que escalaría para buscar dentro de la casa, y descubrir qué había dentro. Así trepó y entró, y miró en cada una de las habitaciones, rincones y esquinas, y se sorprendió enormemente cuando comprobó que nadie vivía ahí. Al final encontró el salón, y cuando el rey vio a “Talia”, que parecía estar encantada, creyó que dormía, y la llamó, pero ella permaneció inconsciente. Dando voces, vio sus encantos, y comprobó como la sangre le recorría con fuerza las venas. La elevó en sus brazos y la llevó a la cama, donde recogió los primeros frutos del amor. Dejándola en la cama, volvió a su reino, donde, debido a sus numerosas ocupaciones, no recordó ese momento como más que un simple incidente.

Sin embargo, nueve meses después “Talia” tuvo dos hermosos hijos, un niño y una niña. En ellos se podían ver dos extrañas joyas, y fueron cuidados por dos hadas que acudían al palacio y los colocaban sobre los pechos de su madre.

Una vez, buscando el pezón sin encontrarlo, comenzaron a succionar uno de los dedos de “Talia”, y lo hicieron tan fuerte que sacaron la astilla de lino que se había quedado clavada en él. Talia se despertó así de un largo sueño, y viendo sobre ella a sus dos gemelos, los sostuvo contra su pecho, y los bebés fueron lo que más quiso ella en toda su vida.

Se encontró sola en el palacio con los dos niños a su lado, y no sabía qué era lo que le había pasado; pero se dio cuenta de que la mesa estaba puesta, con comida y bebida que le habían traído, aunque no vio a ningún sirviente.

Mientras tanto el rey recordó a Talia, y anunció que...».(Continúa en el libro). Después de esta publicación de Giambattista Basile, vendrían la conocida de nuestro recordado, en este ejemplar de Queseenteren, “Charles Perrault”. Y 100 años después, la popular versión de los “Hermanos Grimm”.

Y ya en la época actual, las versiones cinematográficas, entre las que está la popularizada película de dibujos de “Disney”; en la que no cabe ni matizar, que difiere mucho de esta versión de sus orígenes que hemos visto...

(M.E. Oliver).