“QUERIDO CHATO”

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


SINOPSIS

Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

Todo esto nos lo contesta, narrándonoslo el autor en esta auto biografía de 52 capítulos, más Apéndices, que componen este “tocho” de casi 1000 páginas

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el segundo de sus Capítulos:  

1957. Ha nacido “El Chato”

Capítulo 2

Donde se narra como llegó a este mundo nuestro narrador, ¡y con todo lujo de detalles!

La influencia que tuvo entre los españoles el "600", un coche destinado a ser el medio de transporte familiar por antonomasia, y que acontecimiento se produjo este mismo año, con el que dio un paso la humanidad hacia otra era...

Pero para conocer el principio de esta historia, mí historia, me tengo que desplazar mentalmente muchos años atrás, como si viajara en la nave espacial “USS Enterprise NCC- 170” y atravesara un “agujero de gusano”, retrocediendo en el tiempo, hasta el mes de septiembre del año interestelar de 13.800.000.1957:

«Comandante Chekov, ¡ponga rumbo hacia el interior! —or­denó el Almirante “Kirk”, pese a que el Señor “Spock” no es­tuvo muy de acuerdo con esta decisión:

—¡ZAAASSSH! ¡ZAAASSSH! —Y la nave viajó hacia la fecha fijada en un “plis plas”».

Ya en ese día, y por lo que he ido averiguando mediante los interrogatorios realizados a sus partícipes: la comadrona y su ayudante accidental; y el padrino Miguel entre otros. Contando por supuesto con mi madre, la protagonista... La “película” que he “rodado mentalmente” empieza así:

...Nos hemos de situar en el único piso de un edificio de dos plantas, cada una con una vivienda. Edificadas en una calle con poco tránsito, en el centro de una barriada de gente trabajadora y digamos, honrada. En una de sus habitaciones, una parturienta está a punto de dar a luz a su cuarto hijo, en aquellos tiempos las mamás solían traer, a este sufrido mundo, a los bebes en sus casas; nada de hospitales, eso llegaría más adelante.

Sobre la cama de matrimonio está mi madre, abierta de piernas y con el camisón recogido a la altura de los senos, esto de estar en “pelota picada” no estaba bien visto. Le acompañan en el parto la comadrona y una vecina.

—¡Si está el agua ya caliente tráela! ¡Y tú aprieta! —es Piedad, la experta comadrona dando órdenes.

—¡Ya estoy apretando, coño! —mi “santa madre”, quien soltó todo tipo de palabrotas, era su manera especial de hablar, la de expresarse exteriorizando y haciendo participe al prójimo de sus estados de ánimo.

—¡Pues no sale! ¡Aprieta más! ¡Maaasss!

—¡Yaaa! ¡Ya sale!

Dijo la que faltaba por oír, Laura, la vecina ejerciendo de ayu­dante y realizando este trabajo de partera sin cobrar un duro o peseta, las monedas que se utilizaban en aquellos años. Era una buena amiga de mi madre y así quiso ayudarla. Cos­tumbre muy habitual entre las vecinas y “amigas” en aquella época. Hoy en día esta familiaridad entre vecinos ha desapa­recido. Ni siquiera nos solemos saludar cuando coincidimos en los ascensores de las fincas. ¡Hasta adónde hemos llegado!

—¡Sigueee! ¡Ya veo la cabeza! ¡Sigue apretando!

—¡Ay! ¡No puedo más! —Sólo me puedo solidarizar con el sufrimiento que pasó mi progenitora con esto:

«¡Tranquila mamá!, que...

“A la madre de mi alma, la quiero desde la cuna.

Por Dios, no me la avasalles, porque madre no hay más que una.

Y a ti te encontré en la calle”».

(Autor: Rafael de León, 1908-1982).

—¡Ya está fuera!, ¡tranquila que ya está fuera!... ¡Es un niño!

—¡Buaaa! ¡Buaaa! —Y estas fueron mis primeras palabras, por definirlas como eso, más bien fueron los típicos llantos de cualquier recién nacido. ¡No recuerdo que quise decir, seguro que no era algo bueno!

La comadrona se fijó en mí y se percató de una de mis señas de identidad:

—¡Mira tiene la nariz preciosa, es cha­tito!

Lo que vino a continuación fue lo que solía hacerse tras un parto: Me cortaron el cordón umbilical, después del trauma que eso me supuso, nada menos que perder mi nexo de unión con mi ma­dre. Me dieron mi primer chapuzón en el barreño de zinc, por suerte fue con el agua templada. Me lavaron bien y a continuación me vistieron con las pren­das preparadas para esta ocasión y, me entregaron a mi madre para que me diera mi primera sesión de besos.

Al rato probé mi primera comida, a base de la sabrosa leche procedente de la teta de mi progenitora. Lo que no he podido nunca averiguar, es que se hizo con el cordón umbilical y la placenta, por más que he preguntado:

«Pero mamá, ¿qué hicisteis con el cor­dón umbilical?

—«¡Y yo qué coño sé!, ¡acabaría tirado en cualquier sitio!». —eso me contestó.

Más o menos, así fue como aparecí en este mundo, ocupando ese cuerpo de un bebe, mi espíritu dejó el lugar donde estaba y vino a cumplir con lo que el destino me tenía y me tiene previsto.

Mi padre estaba en Venezuela, hacía unos meses que se marchó de nuevo a “hacer las Américas”, y probar otra vez “fortuna”. Cosa habitual en aque­llos años, y más de lo que parece, los emigrantes siempre confiaban en que su nuevo viaje sería el último, el de al­canzar sus metas. Eso sí, antes “le hizo una nueva barriga” a su esposa, tam­bién conocida como mi madre.

En España, el tema del control de la natalidad no estaba bien visto, en rea­lidad no hacía muchos años que había finalizado nuestra “Guerra Civil”, con su millón de muertos, exiliados y repre­saliados no incluidos. Además de los enviados a la división azul en apoyo a Hitler, que fallecieron por las tierras de la Rusia.

Así que las directrices de los poderes establecidos eran tener hijos, y por con­siguiente, descendencia que permitiera a este país contar con más manos para su “resurgimiento nacional”...

…Más, volviendo a lo acontecido duran­te mi parto, tres angelitos, mi hermana la mayor de 7 años y mis hermanos de 3 y 2 años, desde el salón comedor ha­bían escuchado todo lo sucedido. Es­taban a la espera de que se les “autori­zase” a entrar en la habitación, y poder dar la bienvenida a su nuevo hermanito. Cosa que sucedió a las pocas horas de mi llegada a este mundo, cuando me vieron me observaron cual “bicho raro”. ¡Ya tendrían tiempo de enterarse de quien era yo!, ahora sabían que había un nuevo miembro en la familia y había venido para quedarse.

—¿Lo puedo coger? —preguntó mi her­mana Isa (Isabel), que debió creerse que yo era uno de sus muñecos.

—¡Claro que sí cariño! —Estiró sus brazos y me entregó a los de su hija —¡Toma cógelo con cuidado!

Con un despertado instinto maternal, mi hermana me cogió en sus brazos y no sé qué cosas me dijo, no entendí nada, sólo noté acercarse su boca a mis mo­fletes y darme besos.

Al rato, ya pasada la agonía, regresé al abrazo protector de mi madre.

—¿Se ha marchado ya la cigüeña que lo ha traído? —fue la pregunta inocente que hizo mi hermano Leo (Leonardo).

—¡Qué leches de cigüeña!, ¡tu hermano ha salido del “coño de tu madre”!

—¡Joder Antoñita, no le quites la ilusión de la cigüeña!

—¡Déjate de “monsergas” Laura!, a los niños no hay que crearles un mundo fal­so, cuando antes se enteren de cómo es la vida, ¡mejor!

Quedó claro con ello que los bebes no vienen de Paris, no creo que con esta categórica explicación, mis hermanos sufrieran algún tipo de trauma, más bien les quedó claro que cuando una mujer tenía una barriga, era porque estaba en estado de buena esperanza, es decir, preñada. Salvo alguna posible excep­ción como la de alguna fémina, que su gordura proceda de haber comido más de lo necesario, ¡vamos que sea una gorda! Cuando mi madre acabó de jus­tificar su mencionado “coño”, la coma­drona habló:

—¡Aquí ya he terminado!, Antoñita pro­cura cuidarte, especialmente estos días. He quedado con Laura que irá viniendo para ayudarte en lo que te haga falta. Si me necesitas me mandas un recado y vengo, además… —aquí quiso crear un momento de distensión—, ¡espero que pronto lo haga con mi propio coche! Me he “liado la manta a la cabeza” y ya he­mos dado “la paga y señal”, nada me­nos que 20.000 pesetas. ¡Y no me pre­guntéis de donde las he sacado!

—¡Pues no es caro! —exclamó Laura.

—¡Qué leches!, el jodido “600” cuesta más de 65.000 pesetas. Que tendremos que pagar cuando nos lo entreguen y luego nos devuelven la señal.

—¿Y te lo entregaran pronto? —volvió a preguntar, se le veía interesada en el coche.

—¡Esto irá para largo!, pueden tardar en dárnoslo de uno a tres años.

—¡Qué te parece con la millonetis!, ga­nas tu más dinero con esto de los partos, que yo pinchando un montón de culos. ¡Por cierto!, abre por favor el cajón de la mesita y coge un sobre que hay, dentro está tu dinero. —le comentó mi madre.

—¡Pues me va muy bien Antoñita!, he firmado dos préstamos y estaré pagando aun de muerta. Pero vale la pena, con mi “Seiscientos” podre ir a cualquier si­tio, haga frío o calor, ¡por fin seré inde­pendiente! —al mismo tiempo que la co­madrona aireaba sus finanzas, sacó su sobre del cajón indicado por mi mamá.

—¿Tú crees que se venderán muchos de estos “Seat 600”? —preguntó Laura.

—¡Mujer, no es que los regalen!, pues cuestan lo que gana una en años, pero yo creo que sí. ¡Y te diré una cosa!, es­tán muy bien fabricados, los hacen en Barcelona.

—Pues tendré que hablar con mi marido, que en la moto ya no cabemos toda la familia, sólo nos falta atar con una cuer­da a mis dos hijos y llevarlos arrastrando.

—¡A nosotros nos pasa lo mismo!, y ahora con éste, ya somos seis de fami­lia, ¡ya veremos…! —La frase de «¡ya veremos!», que dijo mi madre, era como un rezo oculto al ser supremo, para que acudiera dando una solución al proble­ma de turno.

El primer “Seat 600” en salir de la cadena de montaje de la “Zona Franca” de Barcelona, fue el 27 de junio de 1957.

Y cuando se dejó de fabricar el 3 de agosto del año 1973, después de 16 años de vida, habían salido de la cadena de producción un total de 799.419 uni­dades; y había llegado a convertirse en el vehículo utilitario más popular jamás construido en España.

El “600” era la versión española del mo­delo original “Fiat 600” Y nació como fruto del acuerdo entre la “SEAT” y la fa­bricante de automóviles italiana “FIAT”.

Su peso se situaba en los 600 kilos y los materiales con los que estaba construi­do eran robustos. Pese a su espacio reducido contaba con 4 plazas para que pudiese viajar en él toda la familia.


…Al día siguiente se esperaba la visita de los vecinos y demás seres queridos, todos vendrían con el objeto de dar la enhorabuena a la mamá por el naci­miento de su hijo, era la costumbre. Hoy en día se suele ir a la clínica y sólo los más allegados.

Lo primero que apareció por la puerta, que estaba abierta para evitar tener que irse levantando, fueron tres jarras o reci­pientes metálicos, ¡y no, no tenían vida propia! Estaban asidos por un hombre y una chica joven, y pese a estar cerra­dos, de ellos procedía un olor inconfun­dible a chocolate. Aunque pienso que no es posible que lo recuerde al ser yo sólo un bebé, ¡más sigo creyendo que sí, que lo recuerdo…!

«¡Menos lobos Caperucita!». (habló el subconsciente).

¡Bueno, “colega”! Pues seguramente será así, sólo me lo imagino. ¡Siga­mos!... Ciertamente éstos no eran unos vecinos habituales. Él era el Sr. Ros­selló, propietario de la fábrica de cho­colates del mismo nombre, que estaba al principio de nuestra calle, dando a la carretera:

—¡Ah de la casa! —fue el grito del cho­colatero, que era un bromista.

—¡Pase, pase, Sr. Rosselló! ¿Qué le trae por aquí?

Mi madre reconoció al visitante al ins­tante, era un hombre muy querido en el barrio, tenía la sana costumbre de ob­sequiar con su chocolate a las mamás que acababan de parir. De lo que po­drían tomar nota los empresarios loca­les actuales, ¡si es que queda alguno! Pues la gran mayoría son multinaciona­les, sin corazón, ni vocación hacia sus clientes o consumidores. ¡Ay, Sr. Ros­selló, como le añoramos!

—¡Que me va a traer! Me han dicho que ya tenemos a un nuevo cliente en el ba­rrio. Y para que empiece a acostumbrar­se a mis chocolates, aquí te dejo estas tres lecheras...

—¡Pero esto es demasiado!, con una será suficiente.

—No digas tonterías, que con este frío que ya hace, a los vecinos que te visiten les entrará bien una buena taza de… ¡Chocolate Rosselló, el mejor chocolate del mundo! —el hombre hizo como una especie de anuncio de la radio— ¡Va­mos Pepita!, veo que la cocina está allí, sígueme con tu jarra y las pondremos todas dentro.

—¡No se molesten yo las cojo!

—¡Tú a descansar que te espera un largo día! —dijo en tono severo el chocolatero.

—¿No quieren tomar una copita?

—¡No!, que nos esperan en la fábri­ca, estamos ya preparando el turrón para estas Navidades. Pero antes de irnos, déjame “comerme” los piececitos de este pequeñín que tienen una pin­ta… ¡Ummm! —Y se acercó a mí, por un momento pensé que aquél caníbal iba a comérselos de verdad, pero solo se quedó en un gruñido—: ¡Ahagrrr! ¡Mmmm, ñam, ñam, ¡qué bueno!, ¡me voy a comer de un bocado estos piece­citos! —Tuvo suerte, ¡aún mis pies no olían a “cabrales”! 

Tras lo cual, los “chocolateros” se mar­charon por la misma puerta que los tra­jo. Pero ya teníamos “avituallamiento” para saciar el hambre y la sed de los próximos visitantes; además nos había salido gratis.

Los primeros que le “metieron mano” a la lechera cuando regresaron, fueron mis hermanos, los tres se llenaron sus tazas del sabroso chocolate “Rosselló”, en verdad quien las llenó todas fue mi hermana, la mayor.

A las horas llegó el siguiente “adora­dor” del recién nacido, y esta vez fue un hombre sólo, en concreto era una persona que desde mi nacimiento hasta mi adolescencia, siempre fue como un segundo padre para mí, me refiero al “padrino”. Y ese era Miguel, un hombre de la edad de mis padres, que estaba ansioso por cogerme en sus brazos:

—¡Déjame coger a este pequeño “ber­gante”!

Y aquella manera de agarrarme, fue igual que el “abrazo del oso”. Por si fue­ra poco, además me dio los pertinentes meneos de estas ocasiones. Ya cansa­do de “batirme”:

—¡Pues es verdad que tiene la nariz chata! Ya sé cómo le voy a llamar… ¡“Chato”!

—No creo que nos lo dejen bautizar con este nombre. —comentó mi madre.

—¡Pues ponle, Miguel!

—Esto ya entra en lo posible, aunque para no andar discutiendo con la fami­lia de mi marido, le podré Antonio, igual que yo.

—¡También me gusta! Antoñito el “Cha­to” —dejándome por fin colocado en mi cuna.

—¡Tómate una taza de chocolate!

—¡No me cae bien, me descompone el estómago! —respondió el padrino, ha­bía y hay, mucha gente a la que le pro­duce esta reacción.

—Entonces haré una cafetera y nos to­maremos los dos un buen cafetito.

Pasada una hora, y con Miguel ya de regreso hacia su tienda de comestibles, entró nuestra vecina del lateral dere­cho, Margarita. Era dos años mayor que mi madre, había cumplido entonces los 34 años. No era muy alta, pero era ”todo corazón”.

Tenía un hijo ya mayor para mí, de 14 años, que tuvo con el Señor “Tomeu” (Bartolomé), al que todos creíamos que era su marido y que tenía muchos más años que ella. Luego, años más tarde, me enteré por mi madre que no estaban casados, sino “juntados”, divorciarse en aquellos años no estaba permitido por la ley. Lo que impidió que pudiera ha­cerlo de su primera esposa y casarse con nuestra vecina.

Como buena “payesa” (campesina), Margarita en su trato con sus amigos cercanos, era toda amabilidad. Para esta ocasión, como presente, trajo con­sigo una cesta llena de fruta. Toda pro­cedía de los árboles de su huerto.

Allí estaban las que pasarían a ser mi fruta preferida, las mandarinas. Pero aún tuve que esperar unos años para poder hincarle el diente.

Una vez más, me tocó otra sesión de “acurrucamiento”, aunque Margarita fue con mucha precaución para no lasti­marme con sus brazos.

—¿Por cierto pudiste añadir el nom­bre del padre? —le preguntó mi madre, aprovechando su presencia, sobre un asunto que tenía pendiente la visitante.

—Al final con una carta de recomenda­ción del párroco, no me pusieron pegas y mi hijo “Rafael” ya tiene padre oficial. ¡Yo me cagaba con todo! Pero cuando algún día le toque su herencia, de esta manera no tendrá problemas, ¡”betual­món”! (desaire).

—¿Y su mujer no ha puesto pegas? —continuó preguntando mi madre.

—¡Pues no! Nos hemos quedado sor­prendidos, te cuento…

—¡Como esto va para largo, antes te traes dos tazas de chocolate! Que nos ha salido gratis, ha sido un regalo del Sr. Rosselló. Iría yo, ¡pero estoy cansada!

Ya con las tazas en sus manos, Marga­rita fue contando su aventura legal y por supuesto, con ello mi madre se puso al día del asunto y yo aproveché para to­mar otra “dosis” de sabrosa leche...

—…Y al no poner pegas la exmujer, para que “Tomeu” reconociera a nues­tro hijo, el cura no puso inconvenientes a escribir la carta. —finalizó así Marga­rita las noticias sobre el asunto, mi ma­dre ya estaba al día:

—¡Pues lo dicho, te felicito! Y ya que te has vuelto una experta en esto de inscribir en el Registro a niños, ¿te en­cargas tú de apuntar el nacimiento de Antoñito?

—¡Faltaría más, dalo por hecho! —Mar­garita aceptó el encargo.

—Te tendrás que poner de acuerdo con Laura, para que te dé el Certificado de Nacimiento, quedamos que se lo firma­ba el médico de la comadrona, la que me asistió en el parto. Supongo que en unos días ya lo tendrá.

—No pienses más en ello, yo hablo con ella y me encargo de llevarlo al Regis­tro, te tomo nota ahora de unos datos para el impreso, y cuando lo tenga todo lo presento.

—¿No te hará falta que te firme la soli­citud?

—¡Ya meto yo un garabato!

Y esta fue la culpable, ¡si la culpable!, que no sepa el día exacto de mi naci­miento. Se ve que no todo resultó como estaba planificado y al final, cuando Margarita presentó la solicitud de ins­cripción en el Registro Civil, el funcio­nario de la ventanilla oportuna, le llamó la atención por estar dicha presentación fuera del plazo para inscribirlo.

Acarreando por consiguiente una multa, no sé de qué cuantía sería la sanción, pero fue lo suficiente para que Margarita sagazmente improvisara lo siguiente:

—¿Y qué fecha he puesto para el naci­miento?

—Aquí ha escrito el día 18, ¿qué es?, ¿qué no recuerda cuando nació?

—¡Pues claro que sí!, lo que ocurre es que hay tanto que rellenar, ¡que me he confundido! —Rápidamente su men­te-calculadora hizo una operación y de­dujo el día a poner para no pagar ningu­na sanción— ¡Fue el día 21!

—Si pone el 20, también le entra en el plazo. —le dijo el funcionario que se dio cuenta del engaño, no era la primera persona que recurría a un ardid para no pagar la sanción, y le siguió la mentira a Margarita.

—¡Ay que amable es Vd.! Pues eso, pongamos el día 20.

El chupatintas, sin contestar, corrigió en el impreso la fecha y por el arte de su pluma, pasó el 18 a convertirse en un 20, sin ya no poder conocer jamás el día exacto en que nací; cual el argu­mento de una novela de mi admirado “maestro” Charles Dickens.

—¡Tenga, esta es su copia!

—¡Muchas gracias!, ¿no sé porque tie­nen ustedes los funcionarios tan mala fama?

—¡Y yo menos!, supongo que hay de todo en la viña del señor. ¡Aquí la ma­yoría somos currantes!, y como todo el mundo, nos ganamos las habichuelas como podemos… ¡Hala vaya usted con Dios!

…Pero debo volver a cuando tomaban el chocolate mi madre y la “falsificadora”:

—¡DING, DONG!

—¿Quién será?, la puerta está abierta, ¿por qué llama?

—Ya voy yo Antoñita, y aprovecho para marcharme.

—¡Pero si casi no has estado con el niño!

—Ya habrá tiempo, además seguro que está hasta las narices de que lo cojan.

No lo sabía bien Margarita, cuando salió se cruzó con la nueva visita, que anun­ció su llegada preguntando por la recién parturienta.

—¿Dónde estás Antoñita? —Sin diri­girse a Margarita que le salió a recibir, como si no existiera. Ante esta postura, la “falsificadora” ni le contestó tampo­co; desde hacía años no se hablaban.El relevo se produjo sin más, una entró y la otra salió. Mi madre al oír la voz, la reconoció antes de verla:

—¡Pasa Josefina, estamos aquí!

—¿Puedo pasar? —volvió a pedir per­miso para entrar, su visita fue algo no esperado. No solía tener un contacto tan fraternal con sus inquilinos.

—¡Pues claro mujer, y gracias por venir!

—Vosotros sabéis que no soy una mujer muy expresiva. —dijo disculpándose.

—¡Cada cual es como es! ¡Acércate y coge al niño, mira que nariz más chata tiene!

Con mucha delicadeza me cogió en sus brazos y dijo lo que era evidente:

—¡Qué guapo, como me hubiera gusta­do parir un bebe!

Mi madre no contestó al desliz de la mujer, esta se puso roja como un toma­te, su secreto a voces salió de nuevo a relucir. Ella no era la mamá biológica de su único hijo, lógicamente yo no me enteré de su secreto, tuve tiempo en un futuro de conocer todos los detalles del nacimiento de su hijo Vicente.

—¿Te apetece una tacita de chocolate?

—¡Pues no te lo tomes a mal, pero yo soy más de infusiones! Y antes de subir ya me he tomado una manzanilla, así que gracias de todas maneras. ¡Pero para que no te enfades!, me llevaré una taza para mi hijo Vicente.

Pero como era una mujer muy introver­tida, le fastidió haber mencionado lo del parto de su hijo, no quiso que mi madre aprovechara para sacarle más informa­ción, cuando en realidad no le había he­cho ninguna mención.

Así que decidió cambiar de asunto y rá­pidamente sacó su carácter “avinagrado”:

—Ya sabéis que no os tenéis que pre­ocupar, ¡aunque seáis uno más!, yo os conservaré el precio del alquiler.

Ni que el alquiler tuviera algo que ver con los que viviéramos, igual aquella arpía pensaba que sí. Mi madre no con­testó, se limitó a levantarse y ponerle en un recipiente, “de Huelva” (no se refiere a la provincia, indica que se debe de­volver), la dosis para su primogénito y entregárselo. De repente tuvo prisas la arrendataria:

—¡Yo te dejo!, no te molesto más, que estarás cansada de tantas visitas. —Y se marchó, con buenos modales por ambas se despidieron.

Las siguientes que cruzaron la puerta de nuestra casa, fueron de nuevo muje­res. Deberían de ser sobre las once del mediodía, una era una cara conocida, Laura, la que le ayudó en el parto; las otras dos lo eran sólo de vista por mi madre.

Las tres entraron al salón comedor, mi madre se había cambiado de silla y es­taba sentada en la mecedora, con su re­cién nacido cogido entre sus brazos.

— Cuando las vio hizo un ademán de levantarse, pero enseguida Laura le comento:

—¡No Antoñita, no te levantes! Estas son mis vecinas Eladia y Vanessa, son belgas. Bueno en verdad Eladia es es­pañola.

Las dos fornidas mujeres levantando la mano derecha saludaron a mi madre:

—¡Encantada de conoceros!, Laura ya me había hablado de vosotras. —dijo mamá allanando el terreno, y supongo que sería verdad que la “ayudante del parto” le había puesto en antecedentes sobre las fornidas mujeres...

—¡Ah sí! ¿Y qué te ha dicho de noso­tras? —eran muy suspicaces las dos forzudas.

—Que trabajáis de albañiles, cosa que me ha sorprendido mucho, pues no es que sea una cosa muy habitual, como ya sabréis de sobra.

—¡Así es! Yo creo que somos las únicas en este país que trabajamos de picape­dreras.

—¡Para mí todo trabajo es digno!, yo me gano la vida poniendo inyecciones y haciendo costuras. Y mi marido, cada dos por tres, se va de viaje a hacer “las Américas” y tiene que trabajar de lo que se tercie.

—Ya nos había dicho Laura que eras una mujer muy práctica, ¡pero creo que se ha quedado corta! Pero sabemos que estás cansada, sólo queríamos co­nocerte y supieras que si necesitas algo de nosotras, estamos a tu disposición. No es gran cosa, pero disponemos de una moto “Guzzi” para llevarte a donde necesites.

—¡Pues os lo agradezco de corazón!, aunque no me veo en una moto con mi “Chato” camino del médico.

—¡JA, JA, JA! —todas rieron con la sa­lida de mi madre.

—¡No te preocupes!, tenemos un “side­car” que se lo hemos adaptado, en el que cabes tú y tu hijo perfectamente.

—Pues Eladia, ¡muchísimas gracias de corazón!

Las forzudas continuaron hablando de vanidades con mi madre, mientras Lau­ra, que era con el objeto por el que ha­bía venido, arregló cuatro cosas de la casa y dejó una bolsa con algo de comi­da preparada por ella. Cuando finalizó, “recogió” a las dos mujeres y abando­naron nuestra casa. No quisieron tomar chocolate, simplemente no les gustaba. Al salir, ya bajando la escalera, hicieron extensiva a Laura su valoración de mi madre y el trato que habían recibido por parte de ella:

—¡Antoñita es una gran mujer! No ha hecho ni un comentario sobre nuestra situación amorosa. ¿Es qué no se ha dado cuenta?

—¡Por supuesto que se ha percatado de que sois lesbianas! —puntualizó Laura.

—Eh bien, il l’a très bien caché! (¡Lo ha disimulado muy bien!). —exclamó la belga.

—Lo que ocurre, es que ella lo que va­lora es el corazón y los detalles de las personas, no su condición sexual. — acabando así Laura con su aclaración.

—¡Me he dado cuenta! —exclamó la pi­capedrera española.

—Pues yo he estado a punto de pre­guntarle nuestra contraseña: «¿Tú eres librera?», suerte que no lo he hecho, hu­biéramos quedado ridículas. —dijo la otra.

Las palabras de Laura sobre la opinión de mi madre, fueron muy bien valora­bas por la pareja.

Durante la etapa franquista, el ser les­biana públicamente estaba prohibido, así que las mujeres con dicha condición debían esconder su sexualidad.

Para evitar intrusos en sus círculos de amistades, desarrollaron varias técni­cas para protegerse, una de ellas era preguntar a un posible miembro de su grupo: «¿Tú eres librera?». Si la res­puesta era que «Sí», no había proble­ma en ofrecer y aceptar su amistad.

En ocasiones se completaba la pregun­ta con esta otra: «¿Tú entiendes?»

…En el transcurso de ese día, muchas más fueron las personas que desfila­ron, vecinos, familiares y otros que no sé quiénes eran. El chocolate se acabó, las lecheras quedaron limpias. Supon­go que contribuyó el mal tiempo que hacía, pues este año se adelantó el in­vierno. ¡Acertó el Sr. Rosselló con su predicción!

Y así fue como se desarrolló uno de los acontecimientos más importantes de la civilización, mi llegada al mundo.

«¡Alábate pollo, que mañana te pelan!»

Y tal fue el efecto que aportó mi naci­miento a la humanidad, que el líder de la nación denominada como la URSS, Ники́та Хрущёв.

«¡Anda pon el nombre en español!».

¡De acuerdo “Subconsciente”!, occi­dentalizado significa: “Nikita Kruschev”. Quien quiso hacer algo especial y nue­vo en mi honor: 

Unos días más tarde, en concreto el 4 de octubre, la URSS lanzó por sorpresa al espacio el “Sputnik”, el primer satélite artificial de la Tierra.

Días más tarde, el 3 de noviembre qui­so completar este acontecimiento con el lanzamiento de otro nuevo satélite. Tripulado por un can, si un “cuatro pa­tas”, el nombre de la perra era “Laika”, convirtiéndose así en la primera criatu­ra con vida que era enviada al espacio a bordo de la nave espacial conocida como “Sputnik 2”.

“Laika” murió a las siete horas del lan­zamiento. La causa de su muerte fue una combinación del estrés sufrido du­rante el trayecto, unido al sobrecalen­tamiento que padeció, al producirse un desperfecto en el sistema de protección térmica de la nave.

Pero esto que sucedió y fue la verda­dera causa y tiempo de su muerte, no fue revelado hasta 2002; en cambio, fue ampliamente informado que había muerto al sexto día, al quedarse sin oxí­geno. O como el gobierno soviético ale­gó inicialmente, fue sometida a eutana­sia antes del agotamiento del oxígeno.

Lo importante fue que el experimento demostró que, era posible que un pa­sajero vivo sobreviviera al ser puesto en órbita y soportar la microgravedad, allanando el camino para los vuelos es­paciales humanos y proporcionando a los científicos, algunos de los primeros datos sobre cómo los organismos vivos reaccionan a los entornos de los vuelos espaciales.

Fotografía de “Laika” antes de su vuelo

Tras “Laika”, la URSS envió ocho pe­rros más al espacio, de los cuales seis regresaron con vida a la Tierra.

De todas maneras, pese a esta “menti­rijilla” de los soviéticos, vaya mi agrade­cimiento por el detalle del lanzamiento, aunque hubiera bastado con lanzar al­gunos cohetes y tracas como hacen en las “Fallas Valencianas”.

FIN DEL CAPÍTULO 2º.


Un capítulo extraído de la BIO «Querido "Chato"»

escrita por Antonio G. Noguera

en exclusiva para Queseenteren