“QUERIDO CHATO”

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


SINOPSIS

Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacia donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

Todo esto nos lo contesta, narrándonoslo el autor en esta auto biografía de 52 capítulos, más Apéndices, que componen este “tocho” de casi 1000 páginas

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el tercero de sus Capítulos:  

1961 Mi vida a los cuatro años

Capítulo 3

Donde se narra como llegó a este mundo nuestro narrador, ¡y con todo lujo de detalles!

La influencia que tuvo entre los españoles el "600", un coche destinado a ser el medio de transporte familiar por antonomasia, y que acontecimiento se produjo este mismo año, con el que dio un paso la humanidad hacia otra era...

De los años que siguieron a mi nacimiento, poca cosa puedo contar, más bien no recuerdo nada de nada, hasta más o menos los cuatro años. ¡Así que!, entonces, a partir de ahí continúo… No sé dónde leí, que los expertos dicen que es normal no recordar estos primeros años, lo cual me dejó más tranquilo, supe que aún no era un viejo “chocho” cualquiera…

«¡Macho! Lo tuyo ya parece una obsesión».

…El año de 1961 había empezado con un nuevo Sheriff en el planeta, “John F. Kennedy”, que se convirtió con 43 años, en el presidente electo más joven de los EE.UU. Por la radio que teníamos en el comedor y que siempre, o casi siempre, estaba encendida, estuvieron repitiendo la noticia. Que cada vez finalizaba con una larga frase traducida por el locutor y que había pronunciado en su toma de posesión: 

«Mis conciudadanos del mundo, no os preguntéis lo que América puede hacer por vosotros, sino, lo que todos juntos podemos hacer por la libertad del hombre».

Hay queda el discurso.

«¿Va a ser esto algo habitual?».

¡No sé a qué te refieres “Subconsciente”!

«¡A que va a ser!, a lo de ir contando una efeméride en cada capítulo…».

¡Qué “mala folla” que tienes!, ¡tomo nota! Lo haré como máximo algunas pocas veces más; lo que estaba contando pedía hacer referencia a estos acontecimientos. ¡Lo siento mucho! ¡No volverá a suceder…! (J.C.Iº.©), salvo estas veces que te he indicado; sigamos… Y hablando de ciudadanos, uno había regresado a su dulce hogar, mi padre.

Y no fue ningún milagro concedido por Dios a las súplicas de mi madre, fue algo más banal; a mi progenitor no le fueron bien los negocios o el trabajo por Suiza y le tocó “regresar para casa”.

…Ya en nuestra morada, al poco tiempo se puso a trabajar en la construcción, el inicio del boom turístico en España hizo que se “desmadrara” la necesidad de mano de obra. Y mi padre se supo subir a este “carro”, de hecho, era un muy buen oficial de la albañilería. No en vano, bien le valieron los años que ya había estado tiempo atrás manejando las paletas, trabajando con un tío suyo que era maestro de obras. Esto fue antes de emigrar por esos mundos de dios,

Lo jodido de este trabajo era que se tenía que madrugar. Por las mañanas, una escena se repetía los días laborables, en esta ocasión con alguna “incidencia”…:

—¿Ya hay que levantarse? —pregunté recién salido de la cama y justo en la entrada del cuarto de enfrente, el de mis padres, siempre he tenido algo de insomnio.

—¡No pequeñín, vuelve a la cama que aún es temprano! —contestó mi madre preocupada por mis horas de sueño, pero yo insistí:

—¿Qué hora es? —aún desconocía como iba eso de los relojes y las horas.

—Son las seis de la mañana, ¡vuelve a la cama, coño! —contestó mi padre, mi pregunta le despertó. Y eso lo aproveché para aclarar algo que me preocupaba:

—¿Te vas a volver a marchar? —y no me refería a irse “a la vuelta de la esquina”.

—¡No hijo!, he vuelto para quedarme.

—¡Anda no le digas mentiras al niño, que luego se pone muy triste!

—Pero si es verdad, como ya te dije, este ha sido mi último viaje.

—¡Y yo que te creo!, ¡anda hijo, hazme el favor y regresa a tu cama!

Cosa que hice, me había entrado de nuevo el sueño y me fui para mi catre. Pero de camino al cuarto, seguí escuchando las voces de mis padres:

—¿Tan poco te fías de mi palabra? ¡A ver si tendré que coger el cinturón y ponerte en vereda! —El colega se acabó de despertar y encima chulito.

Más esta fue una de esas ocasiones en que la “leona” del interior de mi madre salió, en este caso, además asiendo unas tijeras que estaban sobre la máquina de coser. El artilugio cuando no la usaba, estaba colocado en un lado del cuarto. 

—¡Ves estas tijeras, cabrón, hijo de pu…!, ¡si te atreves a ponerme una mano encima te las clavo! ¿¡Qué te crees que soy como la tonta de tu madre!, ¡que permite que le dé correazos el cabrón de tu padre!?

Continuando la discusión durante unos minutos, al final mi padre cedió, por la cuenta que le traía, y quiso poner algo de paz apagando el fuego, cual haría un bombero:

—¡Pero si era una broma mujer!

—¡Pues estas bromas se las gastas a la pu… de tu madre!

Mi progenitora, como buena madrileña, tenía un amplio léxico que incluía, y como debe de ser, un variado y abundante “diccionario” de vocablos destinados al insulto. Yo he heredado esta maldición, ¡perdón!, este útil don, que sirve para que el contrario entienda que no te vas a amedrentar, más claro, “acojonar”. Además de ser un complemento como adjetivo que nos dice como pensamos de alguien; por ejemplo, “el cabrón de Pablo”, poco bueno dice ya de cómo es Pablo.

Al rato mi madre ya estaba un poco más calmada, la “leona” había regresado a su guarida, pero seguía estando dispuesta a aparecer de nuevo si fuese necesario.

Pero lo triste fue que mi progenitora tenía razón, meses más tarde el pájaro volvió a salir de su jaula y volar de nuevo hacía otras tierras, más claro; mi padre se marchó de nuevo a “hacer las Suizas”; que vinieron a sustituir su búsqueda de fortuna en las “Américas”. Pero para esto aún faltaba un poco, mientras continúo con aquel día:

—¡Anda toma la cesta!, dentro está la fiambrera con la comida y te he llenado el termo de café.

—¡Gracias! —dándole un besito— ¡Hasta la noche!

Tras bajar la empinada escalera de mi casa, mi padre arrancó la “Vespa”, nuestra moto y único medio de transporte propio, y partió hacía el “tajo”; siempre me ha hecho gracia este nombre que identifica el lugar de trabajo de cada uno.

Un rato más tarde nos tocó el turno a nosotros, el desayuno ya estaba preparado. Pero antes todos íbamos desfilando por el baño, era una visita obligada, había que asearse y algunos hacer sus necesidades fisiológicas.

—¡Coño que fría está el agua! —me recordó el líquido cuál era su temperatura ambiente. Todo eran quejas, en aquellos años el agua caliente era escasa y se reservaba para el baño “comunitario” del sábado.

Acabado mi turno, salí y di paso al siguiente miembro de la familia, que si por casualidad estaba medio dormido acabó de despertarse…

—¡Joder que peste!, ¿quién ha cagado antes?

—¡Ha sido Isa!, ella es siempre la primera en entrar en el baño!

No cabía decir: «tira de la cadena, que se huele hasta aquí», pues el retrete en aquellos años; aún consistía en un agujero realizado en la encimera de madera, colocada encima de un banco de obra, por donde “desaparecían” los excrementos.

Años más tarde, fue sustituido por una “taza” de wáter, con una cisterna de descarga de agua que se colgaba arriba. Y ésta si incluía la cadena.

El tiempo que tardábamos en asearnos era breve, esto de lavarse los dientes de momento aún no era costumbre, las caries “nadaban a sus anchas”. Entre queja y queja, se escuchó la cotidiana orden de asistencia dada por mi madre:

—¡Venga sentaros que el desayuno ya está en la mesa!

Todos acudíamos “raudos y veloces” a la llamada y ocupábamos nuestros sitios asignados por costumbre, pero este día probé un cambio.  

—¡Quita de aquí Antonio! —alias “El Chato”—, ¡que este es mi sitio! —dijo mi hermano esperando que por ordenármelo con voz enérgica le obedecería:

—¡Hoy no me muevo, ahora es el mío!

—¡No os peléis que llegaréis tarde! —advirtió mi madre— ¡PLAF! —acompañado de una colleja que recibí, era la primera de las muchas que se repartirían durante el día, y en este caso me sirvió para saber que mi intento de cambio no funcionó. Por lo que me senté en mi sitio habitual.

—¡Yo no quiero “Cola Cao”, que me sienta mal!

—¡Pues nada Leo! —mi hermano—, te pongo un poco de café.

El tomar un café con leche suponía que ya eras mayor; y en este caso, fue lo que reclamó el bueno de Leo, que se le reconociera este hecho.

—¡Yo también quiero!

—¡PLAF! —la segunda colleja del día.

—Tú tómate el “Cola Cao”, ¡coño!

Tanto el polvo de cacao como el café con leche, lo tomábamos en una taza que íbamos llenado de galletas “María” troceadas. Terminado el desayuno, todos cogimos nuestros bártulos, con la merienda incluida, y partimos para el colegio; en mi caso era el primer año que acudía.    

En aquel año de 1961 mi vida estaba así, iniciaba el primer curso de párvulos, tenía una madre que ponía todo su cariño y esfuerzo en criar a sus hijos, un padre que aparecía y desaparecía entre viajes al extranjero. Y compartiendo la casa conmigo, mis otros tres hermanos.

…Aparte de esto, mi mundo estaba repartido en dos lugares, mi barrio y la escuela.

Así era el primero, desde la carretera local denominada calle “Aragón” y que recorría el municipio, a unos cinco kilómetros del centro de la ciudad. Se extendía un núcleo de viviendas, habitualmente de dos plantas, construidas dentro de las cuadrículas o “manzanas” que formaban las calles; cuales partían de la susodicha travesía y se cortaban por los otros pasajes perpendiculares.

Mi calle, de nombre “La Nuez”, iba desde dicha calle “Aragón” hasta acabar en otra via perpendicular, que separaba esta zona del campo.

Mi casa me servía de referencia y lógicamente mientras viví en ella, tenía la tendencia a emplazar los lugares partiendo de su ubicación.

—¡Piiii, piiii! —era el pito de una de las motos que pasaban por las calles, solían ser de las marcas, “Vespa”, “Lambretta” y “Moto Guzzi”. Y que convivían con los escasos coches, la mayoría eran los considerados hoy en día como “microcoches”. Eran modelos de las marcas “Isetta”, conocido también como “huevo”; “Goggomobil”; “Vespacar 400”, que era una moto convertida en pequeña furgoneta; y el inconfundible “Biscuter”.

—¡Piiii, piiii! —era el pito de una de las motos que pasaban por las calles, solían ser de las marcas, “Vespa”, “Lambretta” y “Moto Guzzi”. Y que convivían con los escasos coches, la mayoría eran los considerados hoy en día como “microcoches”. Eran modelos de las marcas “Isetta”, conocido también como “huevo”; “Goggomobil”; “Vespacar 400”, que era una moto convertida en pequeña furgoneta; y el inconfundible “Biscuter”.

Que compartían vías con los recientes modelos, como el “Seat 600”, aparecidos unos años antes.

Y por supuesto con las clásicas bicicletas, que pertenecían a las clases más humildes y a los más jóvenes, las había de todas las clases y colores. 

Nuestro piso estaba casi al final de dicha calle “La Nuez”, pero aún había varias casas más antes de llegar a la zona de siembra que aún se conservaba. Con el paso de los años, este espacio, yo ya no vivía en este barrio, se utilizó para la expansión o crecimiento del núcleo. Y donde hubo tierra, aparecieron como setas muchos edificios y nuevas calles.

En el barrio, había dos tiendas de comestibles y demás víveres básicos para el sustento. Eran como grandes superficies, pero en pequeño, pues encontrabas de todo, hasta un dedal. También un poco más alejada, estaba una carnicería y lechería. Cinco bares repartidos por él, y no recuerdo más, supongo que me olvido de algo. ¡Ah sí!, una clínica privada, un seminario, un colegio de niñas llevado por monjas… Y varias fábricas. Más lo que más abundaba eran pequeños huertos, habitualmente anexos a viviendas.

Quizás para mí, algunos de estos lugares estaban más distantes de lo necesario, o al menos eso me parecía cuando me mandaban a por un recado. En aquellos años, las calles estaban sin asfaltar y carecían de algunos servicios, como la red de alcantarillado y la red de agua potable, que tardarían unos años más en instalarse.

La luz eléctrica si llegaba a las casas, en algo nos debíamos de diferenciar con la manera de vivir de “Robinson Crusoe”, el famoso náufrago del escritor Daniel Defoe. 

…El otro lugar en importancia en mis tareas diarias, era la escuela. Y la primera a la que fui estaba en la barriada vecina, un poco más alejada aún del centro de la ciudad, conocida como "El Vivero". Como no podía ser de otra manera, esta escuela de parvularios era de monjas. Dedicada exclusivamente a formar a niñas hasta la edad obligatoria, si bien hacían una excepción y en párvulos admitían también a niños de cuatro a cinco años. Pero por supuesto separados. Faltaban aún muchos años para las escuelas mixtas, cuando llegaron se consideró todo un logro para la igualdad entre sexos. Curiosamente algunos centros privados, en la actualidad aún practican este tipo de enseñanza separada por géneros.

Las monjas, que eran las maestras, pertenecían a la orden de las "Agustinas". La escuela tenía una capacidad de unas 260 niñas, más los 20 y pico parvularios.

Estaba repartida en diferentes aulas, todas ellas en la planta baja. En el centro había un patio que era donde hacíamos el recreo.

—¡TILÍN, TILÍN! —Sonó la campana, que estaba en el zaguán del portalón de la entrada al colegio, las mujeres y hombres del mañana ya podíamos pasar a este centro de educación, ¡amén!

Lo hacíamos diariamente y de manera ordenada, los “tumultos” o faltas de disciplina, estaban severamente castigados. 

No tengo muchos recuerdos de lo que aprendí, culturalmente hablando, en este primer año de mi formación. Pero si me quedó lo que me “inyectaron en la sangre”, siempre luchar por procurar ser el mejor de la clase, el más listo. Y mira si eran "pillas" las monjas, que para que lo tuvieras claro, todo el tiempo que estabas en clase te iban puntuando en un cuadernillo; todos los alumnos pasábamos por esa especie de marcador. En dicha suma de puntos, contaban también los que te daban por ir bien vestido, ser educado y en definitiva tener un comportamiento de santo, como su "jefe" San Agustín. Un señor que vivió entre los siglos IV y V; que publicó unas “Reglas” o normas a seguir por sus acólitos o seguidores, los monjes y posteriormente las monjas.

Precisamente éstas, cuando te daban algún consejo las recitaban.

—¡Te voy a dar una ostia como me sigas insultando! —éste que avisó era yo.

—¿Si tienes huevos, dámela? —díjome mi compañero de párvulos, los tacos no sólo eran pronunciados por los más mayores, los niños ya los decíamos. Ya se sabe, un niño imita lo que ve y oye, como los loros.

—¡Ay… ay! —los dos nos quejamos casi al unísono.

—¡Venid conmigo al rincón!

Los dos cogidos por la oreja fuimos arrastrados a un rincón del patio de recreo, nos las sujetaba Sor… ¡No sé qué!, pero si recuerdo que era un “mal bicho”. Y una vez arrodillados en la esquina, añadió además al castigo un sermón, extraído de las famosas reglas de su inspirador religioso, el mencionado Agustín: 

—«No haya disputas entre vosotros, o, de haberlas, terminadlas cuanto antes para que el enojo no se convierta en odio y de una paja se haga una viga, convirtiéndose el alma en homicida. Pues así leéis. “El que odia a su hermano es homicida”».

Sinceramente aquello fue un sermón o consejo demasiado largo, estuvimos más pendientes del dolor, que se iniciaba en tus rodillas y te acababa recorriendo todo el cuerpo, que lo que intentó la monja de los cojones enseñarnos.

…En el transcurso de ese día, muchas más fueron las personas que desfila­ron, vecinos, familiares y otros que no sé quiénes eran. El chocolate se acabó, las lecheras quedaron limpias. Supon­go que contribuyó el mal tiempo que hacía, pues este año se adelantó el in­vierno. ¡Acertó el Sr. Rosselló con su predicción!

Y así fue como se desarrolló uno de los acontecimientos más importantes de la civilización, mi llegada al mundo.

«¡Alábate pollo, que mañana te pelan!»

Y tal fue el efecto que aportó mi naci­miento a la humanidad, que el líder de la nación denominada como la URSS, Ники́та Хрущёв.

«¡Anda pon el nombre en español!».

¡De acuerdo “Subconsciente”!, occi­dentalizado significa: “Nikita Kruschev”. Quien quiso hacer algo especial y nue­vo en mi honor: 

Unos días más tarde, en concreto el 4 de octubre, la URSS lanzó por sorpresa al espacio el “Sputnik”, el primer satélite artificial de la Tierra.

Días más tarde, el 3 de noviembre qui­so completar este acontecimiento con el lanzamiento de otro nuevo satélite. Tripulado por un can, si un “cuatro pa­tas”, el nombre de la perra era “Laika”, convirtiéndose así en la primera criatu­ra con vida que era enviada al espacio a bordo de la nave espacial conocida como “Sputnik 2”.

“Laika” murió a las siete horas del lan­zamiento. La causa de su muerte fue una combinación del estrés sufrido du­rante el trayecto, unido al sobrecalen­tamiento que padeció, al producirse un desperfecto en el sistema de protección térmica de la nave.

Pero esto que sucedió y fue la verda­dera causa y tiempo de su muerte, no fue revelado hasta 2002; en cambio, fue ampliamente informado que había muerto al sexto día, al quedarse sin oxí­geno. O como el gobierno soviético ale­gó inicialmente, fue sometida a eutana­sia antes del agotamiento del oxígeno.

Lo importante fue que el experimento demostró que, era posible que un pa­sajero vivo sobreviviera al ser puesto en órbita y soportar la microgravedad, allanando el camino para los vuelos es­paciales humanos y proporcionando a los científicos, algunos de los primeros datos sobre cómo los organismos vivos reaccionan a los entornos de los vuelos espaciales.

Fotografía de “Laika” antes de su vuelo

Tras “Laika”, la URSS envió ocho pe­rros más al espacio, de los cuales seis regresaron con vida a la Tierra.

De todas maneras, pese a esta “menti­rijilla” de los soviéticos, vaya mi agrade­cimiento por el detalle del lanzamiento, aunque hubiera bastado con lanzar al­gunos cohetes y tracas como hacen en las “Fallas Valencianas”.

FIN DEL CAPÍTULO 2º.


Un capítulo extraído de la BIO «Querido "Chato"»

escrita por Antonio G. Noguera

en exclusiva para Queseenteren

TIENES A TU DISPOSICIÓN TODAS ESTAS MANERAS Y EDICIONES PARA LEER ESTA NOVELA BIOGRÁFICA:

SI DESEAS LEER ESTA SIMPÁTICA NOVELA DESDE UN "eREADER" (DISPOSITO DE LECTURA DE LIBROS ELECTRÓNICOS (ebook)).

LA TIENES A TU DISPOSICIÓN EN "AMAZON".

TIENES DOS VERSIONES:

LA CONVENCIONAL (Portada en color ROJO); y la ILUSTRADA (Portada en color AZUL).

Si ya eres usuario o cliente de "Amazon", UNA MANERA RÁPIDA DE LOCALIZARLO ES, PONER EN EL BUSCADOR O LUPA de "Amazon", el nombre del Autor:

Antonio G. Noguera

y TE LLEVARÁ A LA ZONA DE AMAZON DE ESTE ESCRITOR, DONDE PODRÁS SELECCIONAR O ESCOGER, EL LIBRO DE TU INTERÉS ESCRITO POR ÉL.

PARA HACERLO MÁS FÁCIL; A CONTINUACIÓN, TE OFRECEMOS UN BOTÓN DE ENLACE DIRECTO CON AMAZON, PÚLSALO Y ACCEDES:

(ES TOTALMENTE SEGURO:  https://www.amazon.com/stores/Antonio-G.-Noguera/author/B00IQAOOLW?ref=ap_rdr&shoppingPortalEnabled=true&ccs_id=7cfed15e-3528-425c-9490-df29679fc9f1 ).

EL "ebook" tiene un equivalente a 1171 páginas de un libro impreso en papel, y su precio es ¡¡¡SUPER REDUCIDO!!! Cuesta sólo 3,42 €. (euros).

Y antes puedes DESCARGARTE UNA EXTENSA MUESTRA DEL LIBRO ¡¡¡GRATUITAMENTE!!!

Para que te sirva para "valorar" la novela biográfica.

TAMBIÉN PUEDES ADQUIRIR ESTA NOVELA IMPRESA EN PAPEL

POR SÓLO 29,90 €.

Gastos de Envío, con entrega en tu domicilio y mediante correo certificado, a nuestro cargo

COMPRA TOTALMENTE SEGURA Y PERSONAL

Características:

Libro en Tapa Blanda con Solapas │ Ancho 17,85 cm X Alto 25,25 cm │ Encuadernación Eco PUB papel de 300 gr. │ 768 Páginas en B/N de 90 gr.


Todos los derechos de esta novela están reservados.

No se permite su reproducción en ningún medio ya sea escrito, radio, televisión e Internet sin autorización previa del autor de la obra.

Si se autoriza reproducir un pequeña parte de ella para efectos de promoción, crítica o similar objeto.

 

Inscrito en el REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL:

Número de Asiento Registral : 05/2023/121 Nº 00765-01261862

Depósito Legal: AS 02505-2023