“La Epopeya de Gilgamesh” cuando aún no se utilizaba el: “Había una vez...”, en los cuentos y leyendas
VEMOS UN RESUMEN DE LA LEYENDA.
En la epopeya, “Gilgamesh” es un semidiós de fuerza sobrehumana que se hace amigo del salvaje “Enkidu”. Juntos, se embarcan en muchos viajes, el más famoso es el de derrotar a “Humbaba” (sumerio: Huwawa) y al “Toro del Cielo”, que es enviado a atacarlos por “Ishtar” (sumerio: Inanna) a raiz de que “Gilgamesh” rechazara su oferta de convertirse en su consorte.
Después de que “Enkidu” muere a causa de una enfermedad enviada como castigo de los dioses, “Gilgamesh” tiene miedo de su muerte y visita al sabio “Utnapishtim”, el superviviente del “Gran Diluvio”, con la esperanza de encontrar la inmortalidad.
"Gilgamesh" fracasa repetidamente en las pruebas que se le presentan y regresa a su hogar en Uruk, dándose cuenta de que la inmortalidad está fuera de su alcance...

Las estrellas marcan lugares donde se han encontrado fragmentos de la tablillas que narran la “Epopeya de Gilgamesh”
ORÍGENES DE LA LEYENDA
Gilgamesh fue un héroe de la antigua mitología mesopotámica y protagonista de la “Epopeya de Gilgamesh”, un poema épico escrito en acadio a finales del segundo milenio antes de Cristo. Posiblemente fue un rey histórico de la ciudad-estado sumeria de “Uruk”, que fue deificado póstumamente.
Su gobierno probablemente habría tenido lugar en algún momento al comienzo del Período Dinástico Temprano (2900 – 2350 a.C.), aunque se convirtió en una figura importante de la leyenda sumeria durante la Tercera Dinastía de Ur (2112 – 2004 a.C.).
Los cuentos de las hazañas legendarias de Gilgamesh se narran en cinco poemas breves en lengua sumeria, a partir de tablillas que fueron escritas durante la primera mitad del segundo milenio a.C.; y que han perdurado en el tiempo.
Los poemas se han titulado “Gilgamesh y Huwawa”, “Gilgamesh y el toro del cielo”, “Gilgamesh y Agga de Kish”, “Gilgamesh, Enkidu y el inframundo” y un quinto poema, mal conservado, “La muerte de Gilgamesh”; que narra el relato de su muerte y funeral.
En tiempos posteriores de Babilonia, estas historias se entretejieron en una narrativa conectada, conocida como «La epopeya acadia estándar de Gilgamesh». que fue compuesta por un escriba llamado Sîn-lēqi-unninni, probablemente durante el período babilónico medio (1600 – 1155 a.C.), quien utilizó como “fuente” los poemas mencionados anteriormente.
Así el texto más completo y encadenado que se conserva de la epopeya de Gilgamesh, se encuentra en estas 12 tablillas escritas en lengua arcadia por el mencionado escriba Sîn-lēqi-unninni, más tristemente nos han llegado incompletas. Cosa demostrada al haber sido traducidas en 1870, tras ser descubiertas en 1849 por el asiriólogo turco Hormuzd Rassam en las ruinas de la Biblioteca del rey asirio Ashurbanipal (que reinó entre 668 y 627 a.C.) en la antigua capital de los asirios, la población de Nínive.
Cosa que causó una controversia generalizada debido a las similitudes entre partes de ella y la Biblia hebrea.
Los huecos que aparecen en las tablillas han sido llenados, en parte, por varios fragmentos encontrados en otras zonas de Mesopotamia y Anatolia.
Gilgamesh permaneció prácticamente desconocido hasta mediados del siglo XX, pero desde finales del siglo XX se ha convertido en una figura cada vez más prominente en la cultura moderna, del que se han creado cómics y series de televisión basándose en este personaje de Gilgamesh.
Gilgamesh esculpido en un mural del palacio de Sargon II (En la actualidad en el Museo del Louvre)
La Epopeya de Gilgamesh
UN RESUMEN RÁPIDO DE LOS CONTENIDOS DE LAS 12 TABLILLAS QUE FORMAN LA VERSIÓN
“ESTANDARD” DE ESTA LEYENDA
La versión comienza con un prólogo en alabanza a Gilgamesh, en parte divino y en parte humano, el gran constructor y guerrero, conocedor de todas las cosas en la tierra y el mar. Para frenar el aparentemente duro gobierno de Gilgamesh, el dios Anu provoca la creación de Enkidu, un hombre salvaje que al principio vive entre animales. Pronto, sin embargo, Enkidu se inicia en las formas de vida de la ciudad y viaja a Uruk, donde lo espera Gilgamesh.
La Tabla II describe una prueba de fuerza entre los dos hombres en la que Gilgamesh es el vencedor; a partir de entonces, Enkidu es amigo y compañero (en los textos sumerios, el sirviente) de Gilgamesh.
En las Tablas III a V, los dos hombres partieron juntos contra Huwawa (Humbaba), el guardián divinamente designado de un remoto bosque de cedros, pero el resto del enfrentamiento no está registrado en los fragmentos supervivientes.
En la Tabla VI Gilgamesh, que ha regresado a Uruk, rechaza la propuesta de matrimonio de Ishtar, la diosa del amor, y luego, con la ayuda de Enkidu, mata al toro divino que ella envía para destruirlo.
La tablilla VII comienza con el relato de Enkidu de un sueño en el que los dioses Anu, Ea y Shamash deciden que Enkidu debe morir por matar al toro. Entonces Enkidu enferma y sueña con la “casa de polvo” que le espera.
El lamento de Gilgamesh por su amigo y el funeral de Estado de Enkidu se narran en la Tabla VIII. Posteriormente, Gilgamesh emprende un peligroso viaje (Tablas IX y X) en busca de Utnapishtim , el superviviente del diluvio babilónico, para aprender de él cómo escapar de la muerte. Cuando finalmente llega a Utnapishtim, a Gilgamesh le cuentan la historia del Diluvio y se le muestra dónde encontrar una planta que puede renovar la juventud.
Pero después de que Gilgamesh obtiene la planta, una serpiente la agarra y se la come, y Gilgamesh regresa, todavía mortal, a Uruk. (Tabla XI).
Un apéndice de la epopeya, la Tabla XII, relata la pérdida de objetos llamados pukku y mikku (quizás “tambor” y “palillo”) que Ishtar le dio a Gilgamesh.
La epopeya termina con el regreso del espíritu de Enkidu, quien promete recuperar los objetos y luego da un sombrío informe sobre el inframundo.
Tabla V de la Epopeya de Gilgamesh (Museo de Sulaymaniyah , Irak).
PREVIO
De origen sumerio, esta historia se transmitió primero de forma oral y luego se escribió alrededor del año 2000 a. C. en Babilonia. La versión más completa, escrita en doce tablillas, se encontró en Nínive, en la biblioteca del rey sirio Asurbanipal (668-627 a. C.). Incluye 3400 versos repartidos en doce tablillas:
1. Presentación de Gilgamesh y Enkidu.
2. Encuentro de Gilgamesh y Enkidu.
3. Decisión de ir a luchar contra Humbaba; preocupación de Enkidu y del pueblo.
4. Viaje al Bosque de los Cedros.
5. Combate contra Humbaba, el guardián del Bosque de los Cedros.
6. Combate contra el Toro Celestial.
7. Lamentaciones de Enkidu.
8. Agonía y muerte de Enkidu.
9. Gilgamesh parte en búsqueda de la inmortalidad.
10. El encuentro de Gilgamesh con Siduri, Urshanabi y Utanapishtim.
11. Historia del diluvio.
12. Evocación del mundo infernal.
Vemos a continuación el resumen clasificado por el contenido temático dentro de la “Epopeya”, que acabamos de detallar, en el que aparte de la sinopsis; vamos reproduciendo parte de algunos de los versos incluidos en cada tablilla.
Representación de Gilgamesh como Maestro de los Animales, agarrando un león en su brazo izquierdo y una serpiente en su mano derecha, en un relieve del palacio asirio (713–706 a. C.), de Dur-Sharrukin, ahora conservado en el Museo del “Louvre”.
CONTINUAR AQUÍ Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
—¡Qué curioso! —exclamó—. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño.
Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.
Entonces cayó una nueva gota.
—¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? —dijo la Golondrina— Voy a buscar un buen copete de chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota. La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintiose llena de piedad.
—¿Quién sois? —dijo.
—Soy el Príncipe Feliz.
—Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? —preguntó la Golondrina— Me habéis empapado casi.
Ilustración moderna de la artista china Amy Su.
—Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre —repitió la estatua—, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el “Palacio de la Despreocupación”, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor
del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo
cuanto me rodeaba era hermosísimo.
Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad.
Así viví y así morí, y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
"El Palacio de Sans-Souci", Ilustración de CHARLES ROBINSON
—Allí abajo —continuó la estatua con su voz baja y musical—, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa.
Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la
aguja, porque es costurera.
Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina.
Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora.
Ilustración de Nika Georgievna Goltz (1925-2012)
¡¡¡Golondrina, Golondrinita!!!, ¿no quieres llevarla el Rubí del puño de mi espada?
Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.
—Me esperan en Egipto —respondió la Golondrina—. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey.
El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas.
Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.
—¡¡¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita!!! —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
—No creo que me agraden los niños —contestó la Golondrina—. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento de tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras, las golondrinas, volamos demasiado bien para eso y
además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.
—Mucho frío hace aquí —le dijo—; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.
—¡Gracias, Golondrinita! —respondió el Príncipe.
Fotograma idem.
Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile. Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
—¡Qué hermosas son las estrellas — le dijo— y qué poderosa es la fuerza del amor!
—Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial —respondió ella—. He mandado bordar en él unas pasionarias, ¡pero son tan perezosas las costureras!
"Bella Dama", Ilustración de CHARLES ROBINSON
Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el ghetto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.
Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.
Fotograma idem.
La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.
—¡Qué fresco más dulce siento! — murmuró el niño— Debo estar mejor.
Y cayó en un delicioso sueño.
Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
—Es curioso —observa ella—, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.
Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía. Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
—¡Notable fenómeno! —exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente.
—¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...
«Esta noche parto para Egipto» —se decía la Golondrina. Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.
Fotograma idem.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas partes adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
—¡Qué extranjera más distinguida!
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
—¿Tenéis algún encargo para Egipto? —le gritó— Voy a emprender la marcha.
—¡¡¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita!!! —dijo el Príncipe—, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
—Me esperan en Egipto —respondió la Golondrina—. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios “Memnón” se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.
—¡¡¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita!!! —dijo el Príncipe—, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas.
Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada.
Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.
—Me quedaré otra noche con vos —dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón—. ¿Debo llevarle otro rubí?
—¡Ay! No tengo más rubíes —dijo el Príncipe—. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo.
Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.
—Amado Príncipe —dijo la Golondrina—, no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.
—¡¡¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita!!! —dijo el Príncipe— Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.
Fotograma idem.
El joven tenía la cabeza hundida en sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas.
—Empiezo a ser estimado —exclamó—. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.
Y parecía completamente feliz.
Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto. Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.
—¡Ah, iza! —gritaban a cada caja que llegaba al puente.
—¡Me voy a Egipto! —les gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz.
—He venido para deciros adiós —le dijo.
—¡¡¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! —exclamó el Príncipe—. ¿No te quedarás conmigo una noche más?
—Es invierno —replicó la Golondrina—, y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de “Baalbeck”. Las palomas rosadas
y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano.
—Allá abajo, en la plazoleta —contestó el Príncipe Feliz—, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando.
No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.
Fotograma idem.
—Pasaré otra noche con vos —dijo la Golondrina—, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo.
—¡¡¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita!!! —dijo el Príncipe— Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y arrancó el otro ojo, emprendiendo el vuelo llevándoselo.
Localizó a la niña y se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas, deslizando la joya en la
palma de su mano.
—¡Qué bonito pedazo de cristal! —exclamó la niña. Y corrió a su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.
—Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.
—¡No!, Golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Tienes que ir a Egipto.
— Me quedaré con vos para siempre. —dijo la Golondrina.
Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que había visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.
—¡Querida Golondrinita! —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.
Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.
—¡Qué hambre tenemos! —decían.
—¡No se puede estar tumbado aquí! —les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.
—Estoy cubierto de oro fino —dijo el Príncipe—; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Fotograma idem.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle.
Fotograma idem.
—¡Ya tenemos para pan! —gritaban.
Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo. Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo. La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.
Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.
—¡Adiós, amado Príncipe! —murmuró. —Permitid que os bese la mano.
—Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina —dijo el Príncipe—. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
—No es a Egipto adonde voy a ir —dijo la Golondrina—. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies.
En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo. El hecho es que la coraza de plomo se había partido en dos. Realmente hacía un frío terrible.
Ilustración moderna de la artista china Amy Su.
A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad. Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
—¡Dios mío! —exclamó— ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!
—¡Sí, está verdaderamente andrajoso! —dijeron los concejales que eran siempre de la opinión del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.
—El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado —dijo el alcalde—. En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.
—Y tiene a sus pies un pájaro muerto —prosiguió el alcalde—. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.
Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.
Varios Fotogramas idem.
Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal.
—Podríamos —propuso— hacer otra estatua. La mía, por ejemplo.
—¡O la mía! —dijo cada uno de los concejales. Y acabaron disputando.
— ¡Qué cosa más rara! —dijo el oficial primero de la fundición— Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho.
Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta, acabando junto a ella.
—¡¡¡Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad!!! —dijo Dios a uno de sus ángeles. Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
—¡Has elegido bien! —dijo Dios— En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas. ■
FÍN
Autor del Cuento: Oscar Wilde
Un artículo de “El Hada Madrina” para Queseenteren
SEGUIDAMENTE OS OFRECEMOS LA POSIBILIDAD DE VER ESTE CUENTO, PARA QUE SE PUEDA COMPLETAR LA "IDEA" QUE TUVO EL AUTOR DE SU MENSAJE:
"El Príncipe Feliz"
("The Happy Prince").
Adaptación animada de este cuento de Oscar Wilde. Realizada en Canadá, y producida por la empresa "Potterton Productions" y "Reader's Digest", dirigida en 1974 por Michael Mills.
ATENCIÓN:
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Su visionado es totalmente gratuito.
Los derechos sobre esta película son de su legítimo titular, Queseenteren los ha incorporado a esta web con el fin de completar este artículo, que únicamente pretende homenajear a este cuento y sin ningún tipo de ganancia con ello.


