“QUERIDO CHATO”

PRÓLOGO

Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco


Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…

UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.

En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el décimo de sus Capítulos:  

1964. Las Obras en el tejado del piso. (7)

Capítulo 10

En este capítulo conocemos la vida de una mujer con ideas actuales, pero que vivió en unos años en los que determinadas costumbres y maneras de vivir, no eran aceptadas por la sociedad. Este fue el caso de nuestra Josefina, la propietaria del piso/casa que teníamosle alquilado.

Y la (vida) de un personaje de "película", con coche de gansters incluido, que participó plenamente en la vida de Josefina, era el "Señor Potatas", que fue "amiguete" del protagonista, lo recordamos también.

Repasaremos la influencia que tuvo en el país, durante la "II Guerra Mundial" , y años después. Y que formaba parte de nuestra educación escolar: La 250.ª División de Infantería, llamada oficialmente en España: “División Española de Voluntarios”; y en Alemania: “250 Infanterie-Division”, más conocida como la “División Azul”.


Volviendo a Josefina, nuestra posadera o arrendadora, después del fallecimiento del “Potatas” (visto en el capítulo anterior), no tardó mucho en tener un nuevo acompañante. Probablemente debió de ser en esta ocasión una relación meramente profesional, aunque cuando se tenía un historial como el de ella; lo normal era pensar en otro tipo de vínculo más “profundo”, además con este nuevo "amigo" parecía que los papeles se habían invertido. Pues el joven Vicario, llamado Gabriel, además de frecuentar la casa, pasó a convertirse en su consejero económico y administrador. Cosa rara en la viuda la de dar tanto poder sobre sus finanzas a un ajeno, pero por algo lo haría... Y de mayor me enteré de cuál fue el motivo, o mejor dicho, la obligación. Hasta la Ley 11/1981 de 13 de Mayo, el Código Civil indicaba que el ejercicio de la patria potestad sobre los hijos, la ejercía sólo el padre. La madre no la tenía a no ser que enviudara. Y en este caso, las viudas recibían un tutor legal de por vida si no se volvían a casar; y este era el panorama hasta que se modificó la machista ley.

De hecho, pasados unos meses, pudimos comprobar el poder que tenía el clérigo... Teniendo yo ya los siete años, un día acompañé a mi padre a una cita que tenía con él, lo hice sentado en nuestra vespa, a la que habíamos bautizado como "la pupú".

El despacho del Vicario, estaba en una planta baja, cerca de la carretera que pasaba por nuestro barrio; pero más adelante y ya en la barriada de “El Vivero”.

—¡Vamos Chato!, que llegaremos tarde, ¡súbete en el sillón!, detrás de mí y ¡Agárrate fuerte!

—¡No, no me ayudes que ya subo sólo! 

—¡RUM, RUUUM! —con el rugido de “la pupú” partimos hacía allá.

No he podido recuperar ninguna foto de las que se me hicieron con mi padre “montados” en “la pupú”. Pero ésta, que es un fotograma de la película “Vacaciones en Roma”, protagonizada por Audrey Hepburn y Gregory Peck; dirigida y producida por William Wyler en 1953; nos permite recordar nuestra “Vespa”, y comprobar la popularidad que alcanzó esta moto en toda Europa. ¡Y probablemente la visión sea más agradable!

El motivo de la entrevista era para negociar como se desarrollarían las obras del arreglo de las tejas, y del roto cañizo con el que estaba hecho el techo de nuestra casa. Cuando llovía entraba agua por algunos agujeros y de cada vez iba a más.

Al llegar nos hizo pasar a su despacho, al principio todo eran buenos modales por ambos contrincantes, mi padre le comentó lo que había. Y como también era albañil, mejor dicho… Maestro de Obras, le propuso un plan para realizar los arreglos; además de indicarle el tiempo que creía deberían tardar. No se refería a él, sino a los albañiles que pudiera contratar el administrador de la Josefina, para ejecutarlos. 

Pero cuando salió la respuesta de la boca del Vicario, las cosas se torcieron:

—Damián me parece muy bien su planificación, así que lo mejor sería que ya que sabe tanto, se encargara Vd. de realizarlas. Además ¡Por supuesto de pagarlas!

—¡Esto no es lo que había hablado con Josefina! —exclamó mi padre, toda la complacencia manifestada anteriormente por la arrendadora se fue al garete, como si fuera «agua de borrajas (cerrajas)». 

—¡Josefina está mal de salud y no quiere discutir con Vd.! Pero me ha dicho que se lo diga yo, que para algo soy su administrador. 

Y continuó el cura con su negatividad al pago de las obras, a lo máximo que estaban dispuestos a aceptar, era no cobrar el alquiler correspondiente al tiempo que duraran las mismas.

Esta negación no le gustó nada a mi padre, empecé a notar que fruncia sus cejas, mal presagio. Ambos se levantaron dando por finalizada la reunión, pero mi padre sin darle tiempo a reaccionar, le sacudió una ostia con la mano plana en su cuidada y rasurada cara; que seguro le debió hacer daño. Sin más me cogió de la mano y me dirigió hacia donde habíamos aparcado "la pupú". El Vicario no dijo ni "pio", se limitó a ponerse la mano en su golpeada "jeta" para calmar el dolor.

Pasaron unos días, y una noche cuando mi padre regresó, le pregunté que como iba a arreglar este asunto de las obras; el hombre se sorprendió de mi interés y, satisfecho por ello, me dijo los pasos que había hecho y me vaticinó lo que sucedería. Empezó por lo de la denuncia que había hecho y por qué, no lo acabé de entender, cosa lógica por mi edad. Ya tuve tiempo de mayor de “palpar” la maldición de la gitana: «Que tengas pleitos…, y que los ganes». Y continúo con los detalles…

A las pocas semanas, una mañana vino a nuestra casa un hombre que se identificó como del juzgado, mi madre lo hizo pasar y lo atendió. Mi padre estaba trabajando, pero días atrás ya le había informado a mi madre que traerían dicha notificación. Así que firmó los papeles que le presentó el funcionario y también le entregó otros a ella.

—¿Entonces nos han dado la razón?

—¡Por supuesto! No se puede permitir que una familia con cinco hijos pequeños, este viviendo en estas condiciones. —comentó el agente judicial. 

De nuevo por la noche, pero esta vez reunida toda la familia en la mesa del comedor, mi padre nos dijo que el juzgado nos obligaba, por nuestra seguridad, al abandono temporal de la vivienda y a que se realizasen las obras con carácter de urgencia. Que las tenía que pagar la arrendadora, o sea Josefina.

Además, nos tenía que dar una cantidad de dinero, no supe cuanta, para los gastos de hospedaje en otro lugar de toda la familia.

Me dio mucha satisfacción ver como lo que predijo mi padre se había cumplido. Si bien para mí pensé, que se habían acabado para siempre mis sábados de lectura con Josefina y punto.  

Cuando ocurrían "hazañas" de este tipo, los protagonistas, cual era este caso, éramos la "comidilla" del barrio; y más si la sentencia era desfavorable para el rico, en este caso rica. Como si fuera cada día fiesta, durante esta semana, cuando regresábamos del colegio los niños de la calle y de diferentes edades; hacíamos ruido y cantábamos cortas canciones. Para rematar tirábamos agua y alguna piedra pequeñita, en la ventana enrollable y cerrada del cuarto de Vicente, el hijo de Josefina; y que hacía unos pocos días había regresado a su casa desde Barcelona, donde estudiaba.

El adolescente nos llevaba varios años, que a esta edad aún se notan más, a mí me parecía ya un hombre pues tenía los dieciséis años. Por lo que sabía por los mayores, era muy buen chico, pese a que su madre lo marcaba muchísimo. Sólo en ocasiones le dejaba salir de su casa a integrarse con la vecindad, cosa que le reprochábamos, ¿por qué no se rebelaba? Lo cierto era que él hacía lo correcto, pues se pasaba los ratos libres estudiando, además que "coño" pintaba jugando con chicos que no eran de su edad.

Resultó que este fue el último acto vandálico que soportó, pues cuando regresamos después de las obras, ya se había marchado a continuar con sus estudios en Barcelona. Con los años, me enteré de que había acabado la carrera de medicina y se había especializado en psiquiatría. Seguro que la inspiración para elegir tal profesión, le vino viendo nuestro comportamiento aquellos días y otros anteriores.

Pese a que las mejoras tenían carácter de urgente, la familia tardó unas semanas, y ya más metidos en el verano; en organizarse, principalmente para repartirnos y poder realizar las obras sin inquilinos.

Mi hermana mayor se fue a vivir con las hijas del padrino Miguel. El padrino siempre estuvo dispuesto a darnos una mano. 

Una fotografía de uno de los campamentos de verano, en aquellos años, organizados por la OJE en Alcudia (Mallorca).

Mis hermanos mayores se fueron de acampada a un campamento de la “OJE” (Organización Juvenil Española), que era la rama juvenil de la Falange. No era necesario ser militante de dicho partido, pues había un acuerdo con el Ayuntamiento y acogían a cualquiera; siempre de acuerdo con unos cupos y edades. Yo no pude entrar precisamente por ello, la cuota para los de mis años estaba completa y me tocó ir a pasar este tiempo en casa de mis abuelos.

A mis padres no les quedó más remedio que, "mamarse" las obras como pudieron, si bien al pequeño Andrés, lo dejaban casi todo el día en casa de nuestra vecina Margarita. Esa era la "familiaridad" que había entre los vecinos de aquellos años, y que tristemente no existe en la actualidad. Llegamos al extremo de no darnos ni "los buenos días" cuando coincidimos en el ascensor los vecinos de una finca, ya no te digo con los (vecinos) del mismo barrio...

UNA TEMPORADA CONOCIENDO “MIS RAICES”.


...Y llego el día del éxodo para mí, cual emigrante, partí con una pequeña bolsa de viaje que contenía mis enseres, mudas y jabón; y con ella llegué a casa de mis abuelos. Me cayeron "los huevos", normal era la primera vez que me separaba de mí madre. Me acompañó mi padre, como siempre con "la pupú". Mis abuelos no eran precisamente «santo de mi devoción», pero eso ahora poco importaba, todos nos teníamos que apañar:

—¡TOC TOTOTOTOCCO TOCTOC! —el toque propio de mi padre a la puerta para identificarse, unos golpecillos que querían imitar la canción de «¡Niños queridos… Adiós!». Al rato mi abuela abrió el acceso a los calabozos, ¡perdón!; a la casa:

—¡Oh… Damianet! —este era su apodo para la abuela— ¡Quina alegría! —mi padre acerco su “melón” a su cara y le dio dos besos, uno en cada mejilla:

—¡MUA, MUA! —¿No le dices nada al “Chato”?   

—¡Hay sí, perdona “fiet”!

Ahora me tocó a mí recibir la ración de besuqueo, tras lo cual acabamos de entrar, cruzamos una salita y llegamos a un pequeño salón.

En un rincón del mismo y sentado en una mecedora, estaba mi abuelo Leonardo, que como cualquier viejo mueble arrinconado, ni siquiera se levantó para darnos la bienvenida. Mi padre se limitó a pronunciar un “hola” y decirme a mí:

—¡Hala hijo dale un beso al abuelito!

Hícelo, si bien el “jodido” del abuelo ni se inmutó, fue lo mismo que besar a una estatua. Su educación dejaba mucho que desear…

No tardó mucho mi padre en marcharse, en esta ocasión no espero a tomarse el “cafetito” que siempre le solía preparar mi abuela. Dejó la bolsa con mis cosas y…, ¡adiós, hay te quedas! Allí supe lo que siente un “can” cuando lo abandonas.

¡"Igualica", "igualica"!... así me quedó a mí la cara.

Me asignaron la habitación que había libre en la «Fonda del Sopapo», la que había dejado no hacía mucho mi tío Camilo, que aún vivía con los abuelos; parece que se había marchado una temporada a Inglaterra a trabajar como camarero. Tenía por delante varias semanas para conocer mejor a mis ancestros.

En ese tiempo, averigüé que no eran tan "cabroncetes" como decía mi madre; ella no les perdonaba, entre otras cosas, que le hubieran cobrado hasta el plátano diario que se comió mi hermana, las semanas que estuvo a su cuidado. Hacía años de esto, pues sucedió en el periodo final de su embarazo de mi hermano, las últimas semanas no podía con todo; pues una vez más mi padre “buscaba fortuna” por el extranjero y mi madre estaba sola. Así que dejó a mi hermana a su cuidado hasta dos semanas después del parto. 

Este trato que tuvieron con ella le quedó grabado y siempre que podía, se lo echaba en cara a mi padre; especialmente cuando tenían alguna discusión sobre ellos.

Mi estancia en su casa, me sirvió para comprender que la vida no los había tratado bien, y además, habían tenido que “levantar” siete hijos; todos diferentes en carácter y maneras. Lo que disculpaba en algo sus comportamientos, especialmente los de Leonardo, el patriarca.

La pareja se conoció en la isla de Ibiza, de la que era oriunda mi abuela Isabel, toda su familia era de ascendencia "pitiusa".

El abuelo era de Salamanca, cosa que se le notaba es su manera de hablar, un perfecto castellano y sin ningún acento, propio de esta tierra. En aquel año de mi estancia, los dos debían de pasar unos pocos años los sesenta. 

A mi abuelo Leonardo siempre me pareció verle amargado, y motivos tenía, toda su carrera militar e ilusiones; con la guerra se habían ido a la mierda.

Pero volviendo a mis días de hospedaje, recuerdo perfectamente como era su vivienda; daba a la carretera principal, la que conducía al interior de la ciudad. Formaba parte de un pequeño edificio, compuesto por dos casas en la planta baja y otras dos en la planta piso, en total cuatro moradas.

La suya era la primera de la derecha. Entrabas y te encontrabas con un pequeño recibidor, justo enfrente una puerta que daba acceso a la habitación del tío Camilo, que fue la mía durante este tiempo. El recibidor se acababa a lo largo, topando con una gran puerta en forma de vidriera, que al cruzarla dabas al comedor. Completándose éste con una pequeña zona de descanso, ocupada por una gran mecedora, que pertenecía exclusivamente al abuelo, que casi se la “comía” toda (la zona). En un lateral había otra puerta que daba entrada a la habitación de los abuelos. Del comedor, por una doble puerta accedías a un porche, desde el cual entrabas a la cocina, como si ésta fuera un añadido. El baño estaba fuera, ya en el pequeño terreno que había después del porche. Al final de dicho trozo de tierra se encontraba un gallinero y una “pocilguera”. Así llamaba la abuela a la pocilga.

¡Lo recuerdo todo perfectamente, podría dibujar un plano! ¡Es increíble, no me lo puedo creer!

«¡Venga al grano! ¡Deja de enrollarte cual persiana!».

¡Ok. “Subconsciente”!... Continúo: La rutina de estos días fue más o menos así:

Cornetín o Trompetín de Órdenes, utilizado en el Ejército, precisamente para eso: ¡Dar las órdenes a la tropa!

…A las siete de la mañana, aprox. una hora después de amanecer, se tocaba diana: 

—♫ ♪ «¡Quinto levanta tira de la manta!» ♫ ♪. —Este toque militar, imaginario en este caso, ordenaba levantarse: —¡UP! —Y lo siguiente era lavarse la cara, y para tal menester, en la misma habitación estaba un mueble en forma de silla alta; que en su encimera tenía empotrado un lavabo, debajo de él había un recipiente con el agua. De un lateral colgaba la toalla y en el otro, estaba incorporada como una “repisita”, donde la noche anterior había colocado mi jabón. Y para ayudarte a ver, contaba con un espejo oscilante. Este tipo de mueble no lo conocía, pero me gustó la idea de tener mi propio lavabo y toalla sin tenerlo que compartir con el resto.

El desayuno lo tomábamos todos juntos en la mesa de la cocina, en mi honor y sólo para mí, era a base de leche con “Cola-Cao”, completado con algunas pastas; los abuelos comían otras cosas que no recuerdo…

Esta primera engullida, durante todo el tiempo que estuve, siempre me adelantaba las ganas de ir de vientre. Salía a toda prisa al cagadero, que estaba en un cuartito fuera de la casa y ya en el patio posterior. 

—¡¿A dónde vas, que se te va a enfriar el “Cola-Cao”?! —preguntó el “cabroncete” del abuelo, que disfrutaba viéndome salir corriendo; llegué a pensar que me ponía algún potingue en la taza, pero lo más probable era que “para hacer más”, me ponían demasiados polvos de cacao.  

A diferencia del de nuestra casa, en este “escusado”, como estaba en la planta baja, podías ver de vez en cuando, alguna rata del tamaño de un conejo, pasar por el pozo ciego en el que caían los “zuruyos”. Esto era normal en este tipo de agujeros u obras contenedoras de las heces. El papel higiénico, que eran recortes de periódico pinchados en una especie de garfio, nunca me era suficiente ni del todo eficaz, siempre me ha gustado sacarle "brillo" a mi "culete". Gracias a mi abuela, al cabo de unos días, el periódico fue sustituido por papel higiénico de verdad, el que usábamos una gran parte del país, el de la marca “elefante”. Esto ya fue otra cosa, aunque rascaba un poco, al menos no te manchabas con la tinta de las noticias del periódico… 

Fotografía del auténtico coche de POTATAS, que en la actualidad pertenece a un “acaudalado” descendiente de él, que no ha querido que se publique su nombre pero ha autorizado la fotografía.

Cuando coincidía con su salida de la casa de Josefina y "chocaba" conmigo, siempre me daba algo de dinero, como si fuera una limosna sin yo pedírsela, aunque yo no le hacía ningún asco:

—¡Toma muerto de hambre, cómprate unas golosinas!

No me lo decía en serio, en realidad era como una broma o especie de teatro entre ambos.

—¡Gracias Señor!, ¡que Dios le bendiga! —le solía contestar cual mendigo.

Era un hombre alto y gordo, muy gordo. Solía vestir traje oscuro, con unas gafas negras, tenía la pinta igual que su coche, de “matón de película”. Este “jueguecillo” entre el gordo y yo, me reportó unos “pingues” beneficios. 

Al no disponer de una fotografía de mi amigo el gordo de "Potatas", le suplo con este personaje del mundo del cómic, muy parecido a él, y conocido como "Kingpin" (Wilson Fisk), que es un supervillano que aparece en los cómics estadounidenses publicados por Marvel Comics. El personaje fue creado por Stan Lee y John Romita Sr., y apareció por primera vez en "The Amazing Spider-Man", en julio de 1967). Y presentado como adversario de Spider-Man.

Pero, un buen día el Sr. “Potatas” desapareció; supe que estaba enfermo, yo esperaba que el día menos pensado, nos volveríamos a chocar en la puerta de Josefina, pero no fue así.

Una tarde, casi noche, mi madre me vistió muy elegantemente y nos subimos en el coche que nos vino a recoger, era el del padrino Miguel, quien lo conducía e iba acompañado por su esposa Sebastiana. También ellos, al igual que nosotros, iban muy trajeados y bien vestidos, supuse que íbamos a alguna fiesta especial.

En realidad, fue todo lo contrario a una fiesta donde fuimos, era el funeral del amigo "Potatas"; que se celebraba en la iglesia del barrio vecino. La de siempre, la de “Cristo Rey”. Me percaté de ello casi llegando, pese a ello quise confirmarlo e interrogué:  

—¿A dónde vamos mamá? —algo me empezó a producir escalofríos.

—¡Y ahora lo preguntas! ¿No dijiste que «tú querías mucho a ese señor»?

—¿A qué “señor”? —los escalofríos se convirtieron en miedo, no sé qué me pasó.

—¡Chato no te hagas ahora el tonto! ¡Lo sabes perfectamente!, te lo estuve contando ayer, y tú insististe y hasta lloraste, diciendo que querías venir.

—Eso lo dije por decir algo, no entendí bien lo que me decías del señor “Potatas”; pensé que querías que fuéramos a verlo a su casa, además, ¡no me gustan los funerales, no quiero ver al muerto! —Me veía venir lo que me esperaba.

—¡Pues tranquilo, no lo verás!, pero ahora ya llegamos tarde y no tengo con quien dejarte, tu padre se ha marchado a casa de los abuelos.

—¡Vale, pero no quiero ver al señor “Potatas”!

Fue un trayecto corto, el padrino aparcó el coche no lejos de la iglesia, en aquellos años casi no había problemas de aparcamiento.

—¡Hala todo el mundo fuera! 

—Padrino yo iré contigo. —dije buscando su mano.

—De acuerdo, cógete a mi mano. —Y se la agarré fuertemente, dándome seguridad.   

En unos minutos llegamos a la Iglesia, la plaza de la entrada estaba llena de gente; pensé que el difunto tenía muchos amigos y que estaban allí reunidos para darle la despedida. Ahora supongo, que también debería de haber muchos deudores del prestamista, que quisieron asegurarse de que el gordo estaba RIP, y confiar en que su “Registro de Préstamos Concedidos” se perdiera y desapareciera la deuda con su fallecimiento. ¡Ilusos!, no tardarían mucho tiempo, y por mediación de sus descendientes, en comprobar que todo estaba anotado, ¡hasta el último duro!  

Más tarde pude apreciar desde el portal, que el “Templo” estaba lleno de flores y al fondo, junto al altar, estaba el ataúd con el cuerpo presente del señor “Potatas”. Una comitiva se había formado en cada lado del lugar, uno formado por hombres y el otro sólo por mujeres, iban en fila india pasando por delante del féretro. De acuerdo con mi petición anterior, a mí no se me dejo ir, directamente me sentaron al final del centro de culto, en uno de los largos bancos que casi llenaban la gran sala.

—¡Vamos “Chato”, siéntate aquí y no te muevas!, nosotros vamos a ver al Señor “Potatas”… —«¡Pues que te vaya bonito!», pensé. 

Terminado el circuito, todos los presentes encontraron un lugar donde ubicarse. Mis “acompañantes” se sentaron a mi lado. Desde allí se escucharon todo tipo de comentarios de los asistentes más próximos:

—¿No lo habéis visto muy amarillo?

—¡Si parece como si tuviera la difteria!

—Y, o el ataúd era pequeño o el “Potatas” se ha hinchado, ¡parece que lo han metido dentro de la caja con un calzador!

—¡Venga ahora callaros que empieza la misa! 

El cura inició el acto con sus respectivas plegarias, aunque ya estaba acostumbrado de los días que íbamos a misa, siempre me sorprendía ver tanta gente levantándose y sentándose a las órdenes del párroco, cual director de una orquesta.

Yo me entretuve intentando localizar a Josefina entre la gente sentada en el primer banco de la derecha; el reservado para los familiares del "Potatas" de sexo femenino. Como en lo de las filas al dar el pésame, la separación por sexos se llevaba hasta en la más elemental situación en la vida cotidiana…

«¡Cómo debe de ser! ¡Y que no cambie! ¡Ejemmm! ¡Dónde se ha visto que estén mezclados…! ¡¿Eh?! ». 

¡Habló el “Subconsciente”!, parece mentira que un tipo así conviva conmigo…

«¡No ves que lo digo en coña! ¡Menudos retrógrados!».

Pero no había manera, allí sólo había mujeres vestidas de negro y extrañas para mí, hasta las dos desconocidas jóvenes gemelas, que eran las que más atraían mi atención, vestían de ese color. Pero mi repaso a los presentes, buscando mi “objetivo”, tuvo su fruto, y no fue en la parte delantera, sino en la trasera, de pie y casi en la entrada, estaba la delgada figura de la amante desconsolada. Se encontraba sola, nadie le daba a ella ningún pésame. Con la mano le hice un gesto de saludo, no era lo acostumbrado, pero era mi manera de decir "lo siento". Josefina se percató y en correspondencia me envió un beso con la boca ¡Si es que en verdad no era tan mala!, ¡al menos conmigo no! Y aunque todo el mundo sabía de la relación entre ellos, a efectos del funeral, la que figuraba era la esposa del muerto y su familia. A nuestra Josefina, más bien se le trataba como a una apestada “robamaridos”. Además de ser el objeto de las comidillas propias del funeral:

—¡Mírala tan erguida, ahora se tendrá que buscar a otro!

—¡Si no lo tiene ya!

—¡Veremos cuál será el próximo matrimonio que destrozará!

El acto religioso continuó de la manera acostumbrada y, cuando el cura estaba ya a punto de finalizar la ceremonia, un fuerte ruido acompañado de gritos sonó; la bóveda del templo lo incrementó:

—¡CHUUF, POFF! —Lo inimaginable había sucedido; el "Potatas" había reventado, había tripas y caldo por todo el altar. El párroco, que se llamaba Don Miguel, echaba maldiciones. Seguro que Dios le perdonó por lo inusual de lo sucedido, pero los "coños" sonaron igual de fuertes que la explosión de la barriga del difunto.

—¡Por favor que no cunda el pánico!, salgan ordenadamente de la Iglesia…, ¡la misa ya ha finalizado! —Era la voz de un joven cura que ayudaba ese día al párroco. 

Uno de los presentes comentó:

—¡Ha salpicado a todos los de la primera fila, además de a Don Miguel!

La misa se dio por concluida, la gente de manera ordenada abandonó el recinto y se volvió a concentrar en la zona del patio de la entrada. 

Nosotros también seguimos al tumulto, en los "círculos" de personas que se formaron, se oía de todo, desde lamentaciones a carcajadas. Los comentarios de lo sucedido eran los protagonistas. Todos decían conocer los detalles del “estallido”:  

—¡Justo antes de que reventara, se oyó un fuerte pedo!

—¡Todos decíamos que estaba muy hinchado!

Y había algunos de los presentes, más mordaces en sus comentarios:

—¡Yo no quiero ser mal pensada!, pero esto es propio de lo que les suceda a personas que han sido envenenadas. —este comentario lo hizo una lectora seguidora de las obras de Sir Arthur Conan Doyle, el creador de “Sherlock Holmes”.

—¡Felisa cállate, no hagas comentarios de este tipo!

—¡Yo sólo digo lo que se dice! —No era muy amiga de Josefina, al hacer lo que dice el viejo dicho popular en latín «Calumniare fortiter aliquid adhaerebit. (La calumnia se adhiere fuertemente a algo)» y más vulgar y habitual «Calumnia, que algo queda».  

Lo sucedido aparte de ser la comidilla durante meses en el barrio, sirvió para que se endurecieran las medidas contrarias a celebrar misas con el “cuerpo presente”, o sea, con el ataúd destapado y visible el difunto. A los meses, al menos esta iglesia, dejó de celebrarlas y se reservó esta modalidad de funeral con el féretro sin tapa y de “cuerpo presente”, sólo para determinados casos.

Don Miguel, el cura, que por cierto así le gustaba y exigía que se le llamase, era curiosamente quién hacía más bromas sobre lo sucedido haya donde fuere:

«Pues estaba yo celebrando la misa, y de repente me salpicó el muerto presente, sus entrañas salpicaron mis hábitos y hasta mí cara. ¡Seguro que fue una maldición de Dios!, por el tipo de vida que practicaba el usurero. A lo que habría que añadir que, además abandonó a su esposa para “juntarse” en pecado con otra mujer».    

Así es la vida, los que menos pueden dar consejos, son los defensores de las maneras de vivir conocidas como convencionales. Eso viene a lugar por lo siguiente, el clérigo vivía en un edificio anexo a la iglesia, recuerdo que en una ocasión que fui a visitarle para temas de mi comunión; pude entrar en él. Tenía muebles muy modernos y todo muy bien colocado y limpio. Como no podía ser de otra manera, pues tenía también viviendo en la casa a una señora o sirvienta, destinada al cuidado del edificio de la iglesia y la personal del predicador, cual “ama de llaves”.

En el colegio algunos maestros, a los que no les agradaba el clérigo, decían que estaban liados. Lo cierto es que la sirvienta estaba de muy buen ver, así que, viendo la felicidad del varón, cura o no, hombre y con sus necesidades, presumiblemente lo estarían… «¡Y yo sólo digo lo que se decía!», al igual que hacía la Felisa…

Fotografía del auténtico coche de POTATAS, que en la actualidad pertenece a un “acaudalado” descendiente de él, que no ha querido que se publique su nombre pero ha autorizado la fotografía.

LA BIBLIOTECA DE JOSEFINA.

Volviendo a nuestra afligida viuda, no reconocida oficialmente, en los meses siguientes, servidor tuvo un acercamiento poco previsto con ella. Que se produzco al marcharse de viaje su hijo:

—¡Venga Vicente, que ya eres todo un hombre!

—¡Mama, no me apetece para nada ir a vivir a Barcelona!

—¡Estarás bien con tu tía!, ella siempre te ha apreciado, además no tiene hijos y tú eres su único heredero; tu padre sólo tenía a esta hermana.

—¡Yo me quiero quedar contigo!, sé que me necesitas.  

—¡No seas tan dramático!, que en nada me presento a verte, cojo el barco por la noche y a la mañana ya estoy allí. Ya verás como estarás muy bien con tu tía, además solo será por una temporada.

Dando por buenos los planteamientos y vaticinios de su madre, nuestro vecino Vicente, futuro psiquiatra de renombre, partió hacia Barcelona.

Pasados unos días de su marcha, un sábado por la mañana, coincidí con ella en la acera común de nuestras casas:

—¿Señora Josefina, se encuentra bien? —La mujer se sorprendió de que yo me dirigiera a ella.

—¡Pues si hombre! —que astuta al considerarme como alguien adulto— ¿Por qué lo preguntas? —a lo que yo no supe que contestar…:

—¡Por nada, como la he visto pensativa…!

—¡Ah, no te preocupes!, estoy un poco triste porque mi hijo se ha marchado.

—¡Si ya lo sé!, lo he escuchado. 

—¿Y dónde?  

Aquí me cogió en “bragas”, no sabía cómo salir, así que opte por decir la verdad.

—Lo he escuchado en la tienda de mi padrino.

—¡Vete acostumbrando a no hacer caso a lo que oigas por ahí!, la gente es muy mala y critica a los demás sin saber sus circunstancias.

No entendí lo que me quiso decir, pero se me ocurrió salir del paso dándole la razón.

—¡Es cierto!, ¡la gente tiene muy mala leche! —estas palabras le llegaron al alma.

—¡Y tanto! Pero tú no tendrías que hablar así, no tienes que decir palabrotas o hablar con un lenguaje soez —Me dio una alabanza y un rapapolvo por mal hablado, si es que en el fondo la Señora Josefina iba de “fisna”—. Si no tienes nada que hacer entra en mi casa y te daré una taza de chocolate.

—¡Acepto! —Por supuesto que acepté la invitación, una oportunidad única como esta, para “husmear” en su casa no se podía desaprovechar.

Ya dentro, lo primero que observé, es que estaba muy cargada de muebles y de objetos. La seguí de acuerdo con sus señas y sin parar llegamos a una gran sala:

—Antonio, aprovecha para curiosear con los libros de la estantería…

Lo de que "me gustaría curiosear", lo deduciría porque ella también fue niña y ya se sabe, que los niños son curiosos por naturaleza; pero lo de los libros, me tenía despistado. ¿Qué interés tendría Josefina en que mirara los libros?

—Empieza a leer por donde quieras, a ver si amplias tu manera de hablar y dices menos palabrotas. 

Pues allí estaba en el salón, mirando y leyendo desde lejos los títulos de los libros; en la primera estantería, había una colección de biografías; en ella me concentré. Además, era a la que tenía más fácil acceso por mi altura. Saqué el primero de los libros, recuerdo que era muy pesado, así que lo puse sobre una mesa que había en el centro y lo destapé:

«”La vida de José Stalin”, de este hombre hecha siempre pestes el jodido de Don Eduardo —el que fue uno de mis maestros de bachillerato—. ¡Seguro que debe ser interesante su vida!» —pensé para mí mismo, mi costumbre de siempre.

Fotografía de José Stalin (Iósif Stalin) en 1942.

Y continuando de pie inicié la lectura, enseguida me enganché con la vida de este hombre. Resulta que era el tercer hijo de una pareja de sirvientes que vivían en Georgia, que en aquellos años pertenecía al Imperio Ruso. Antes sus otros dos hijos habían fallecido, además tenía dos dedos del pie unidos por una membrana, además de esto y además de aquello, todo esto ya me gustaba, pero alguien me interrumpió:

—¡Vamos “Chato” aquí tienes tu taza de chocolate! —Cambió el Antonio inicial por el “Chato”, éste podía considerarse…, «un buen inicio de una larga amistad».

—¡Ah sí, gracias! —Lanzándome a saborear el “néctar de los dioses”, cogí la taza y sin pensármelo le di un sorbo—: ¡Agrr! ¡Está quemando!

—¡Es como tiene que estar, bien calentito!, lo que tienes que hacer es tomártelo a cucharaditas y por supuesto soplando.

—¡FUUU… FUUUFFF! —Así lo fui haciendo, al mismo tiempo que mantenía una conversación con Josefina:

—Veo que has escogido la biografía de “Stalin”, ¡buena elección! Gracias a él, “Hitler” no conquistó Europa durante la guerra. 

—¡Ah, sí! ¿Y quién es “Hitler”, Doña Josefina?

—¡No me llames “Doña”!, que me haces vieja ¡Llámame Josefina, y punto!

—¡Entendido!, se lo repito ¿Y quién es “Hitler”, Josefina y punto?

—¿Oye en verdad eres tan tonto?

—¡Era una broma Josefina, a secas!   

Fotografía de Adolf Hitler tomada en 1937.

—¡Ahora vamos mejor! “Hitler” ya está muerto, fue un asesino alemán que mató a muchísima gente durante la “Segunda Guerra Mundial”. Fue un dictador, pero ya tendremos tiempo más adelante de hablar sobre él. Ahora hablemos de Stalin, que también fue otro dictador, pero de otra nación, la “URSS”, que quiere decir la “Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”.

Continuando, narrándome durante la siguiente media hora, parte de la vida de “Stalin”, yo estaba abobado; jamás me hubiera imaginado que Josefina tuviera ese “don” de explicar la historia de manera tan entendible, acabó diciendo:

—¡Bueno y esto es todo lo que te cuento del “amigo Stalin”!, ahora te toca a ti ir leyendo el libro y, así te enterarás de muchas otras cosas de su vida y de lo que hizo, así harás trabajar a tu imaginación y además lo memorizarás mejor leyéndolo.

—La verdad es que ya sé suficiente sobre este hombre, prefiero escoger otra biografía. ¡¿Vamos, si a Josefina y punto le parece bien?!

Josefina no contestó, se limitó a observar cómo colocaba el libro y escogía otro del mismo estante— ¿Qué le parece este otro personaje, es Napoleón?

—¡Buena elección!

—Si quiere puede empezar Vd. a contarme cosas sobre él.

—¡Lo tienes claro, no voy ni abrir la boca! Ya puedes empezar tú a leer.

—¡No ha picado!

—¡Pero tú que crees! ¿Qué me he caído de un guindo? Además, ya es tarde y tienes que regresar a tu casa. Por hoy ya está bien, te he dado chocolate ¡Del más caro por cierto!; y te he enseñado a leer y a no decir palabrotas… ¡¿Que más coño quieres?!  

La verdad es que ya estaba un poco cansado de leer, así que recibí de buen grado el recordatorio de la mujer. Aunque me dejó perplejo con lo de añadir “coño” en su pregunta sobre mis deseos. Se me ocurrió devolvérsela aprovechándome de ella:

—¡De acuerdo!, si le parece… Me llevaré el libro, ¿no? ¡Por cierto ha dicho “coño”!

—¡De eso nada! Estos libros me los trajeron de Argentina y son muy valiosos. El libro se queda aquí, si lo deseas puedes venir otro día a leerlo. —No dijo nada del “coño”. 

—¿Y qué día, yo toda la semana voy a escuela?

—Pues el próximo sábado por la tarde, los sábados son un buen día para que le dediques tiempo a la lectura y, te formes como persona, en lugar de estar haciendo perrerías con tus amigos por la calle.

Pensé en su ofrecimiento y rápidamente le dije:

—¡Acepto su oferta!, procuraré cada sábado venir a visitarla.

—¡Eh quieto, tampoco te pases! Si quieres venir algún sábado, te pasas antes, máximo el viernes, y me comunicas que vendrás. Y ya te lo confirmaré o no… ¿Entendido “pollastre”?

—¡Así lo haré Josefina y punto!

—¡Otra vez! ¿Qué te he dicho?, ¡déjalo, lo haces para joderme! ¡Y sí, antes dije “coño”! Pero yo puedo decirlo porque soy mayor y no un mequetrefe como tú. 

—¡Josefina, esas palabrotas!

Tal cual, se inició una interesante y culta relación, la gran mayoría de los viernes llamaba a su puerta y, sin entrar en la casa, le confirmaba que al otro día iría al “cuarto de lectura”. Jamás me negó que fuera, todos los sábados me esperaba con una taza de sabroso chocolate; además de hacerme legibles comentarios sobre las vidas de los diversos personajes que leí.

Gracias a sus propiedades antioxidantes, sus capacidades para mejorar la circulación y su influencia para ayudar al metabolismo corporal, convierten al cacao, consumido diluido dentro de una taza de chocolate, en un gran aliado en el contexto de una dieta equilibrada y consciente.

…Esto duró hasta el regreso de su hijo Vicente, que aconteció con las vacaciones de verano. La interrupción de las sesiones se me comunicó uno de esos viernes:

—¡Hola Josefina!, mañana vendré a visitarla, no se olvide de mi chocolate. —El saludo, la comunicación de mí próxima visita y la despedida, todo lo hice de manera “telegráfica”. Sólo faltaron los típicos “stops”; su respuesta vino de dentro de la casa:

—¡Eh tú, no te vayas tan pronto! —acercándose a la puerta—, mañana no vengas, que regresa mi hijo Vicente y tengo muchas cosas que hacer y…, de hablar con él.

Eso me sentó como una patada en los hue…, así que ella me consideraba como un segundo plato, ¡hasta aquí podíamos llegar!

—¿Entonces ya no hay más veladas de lectura? —le pregunté en tono irónico.

—¡Yo no he dicho eso!, pero bien pensado, si te me vas a poner gallito, ¡pues sí! Las lecturas de momento quedan interrumpidas.

No le contesté, me limité a cerrar la puerta con un portazo y dejarla despotricando.

Pero meses más adelante volvimos a reiniciar nuestra relación amistosa:

—¡Buenos días, Doña Josefina! Me gustaría hablar con su hijo Vicente, tengo unas dudas sobre una lección de FEN (Formación de Espíritu Nacional), que me han puesto en el colegio y, quisiera que me las aclarara, ¿puedo verlo ahora? 

—¡Serás cabrón! —esa era la previsible respuesta a mi malintencionada pregunta—, mira que eres retorcido y malo ¡Eres más malo que la peste! Ya sabes tú de sobra que mi hijo ha regresado a Barcelona, donde está estudiando para convertirse en un hombre de provecho; ¡Y no en un ser andrajoso como vas a ser tú…!

Misión cumplida, ahora tocaba abrazarla y esperar su reacción como madre postiza, una táctica arriesgada pues podía tener una mala reacción y darme una torta:

—¡ZASSS! —¡No me hable así Josefina…!, ¡que yo la quiero mucho! —al tiempo que la abrazaba fuertemente con mis pequeños y tiernos brazos por su cintura.

—¡Bueno, bueno, ya está! ¡Yo también te tengo aprecio! —no acabó de exteriorizar sus sentimientos, como era su costumbre, ¡fría como un témpano de hielo!— Y ahora vamos para adentro que te voy a preparar una merienda… —Invitación que acepté.

Al rato salió de su cocina con una bandeja, en ella había un bocata hecho con crema de chocolate y un vaso con naranjada; también contenía una tetera y una taza.

—¡Venga come este bocadillo, “muerto de hambre”! —La mujer había recuperado su sentido del humor— Seguro que has pasado más hambre que “Cascorro”.

—¡Uhmmm, ñam ñam!, ¡qué bueno! —y lo estaba, ella se sirvió su té y lo empezó a saborear a sorbitos; pero no tardó «en darle al pico»:

—¡A ver, que es lo que necesitas saber para tus deberes de la FEN? —preguntome.

—Trata sobre la “Historia de España”, sobre la “División Azul”, el maestro quiere que le preguntemos a nuestros padres, que era y si algún familiar estuvo en ella.

—¡Pues vaya cojones que tiene tu maestro!, estos en lugar de olvidar las guerras, quieren que las recordemos toda la vida, ¡menudo cabrón! Y además explicarle a un niño lo que fue aquella locura, ¡lo veo una aberración! —Pocas veces la vi tan cabreada y de mala leche con el encargo de Don Bartolomé.

—¡Déjelo Josefina!, ya se lo preguntaré al padrino, que él vivió esto de la guerra.

—¡Pues mira hijo, casi lo prefiero!, es que me estoy poniendo de muy mala leche.

Fotografía de una marcha de la 250.ª División de Infantería, llamada oficialmente en España: “División Española de Voluntarios”; y en Alemania: “250 Infanterie-Division”, más conocida como la “División Azul” (Por el color de las camisas del uniforme falangista).

Esperé un rato más en su compañía para que se calmase; y después de acabar la naranjada, le di un beso y me marché directamente a ver al padrino Miguel. A quien localicé en su tienda, y le expliqué lo de la “División Azul” que me pedía el maestro:

—Pues vamos a sentarnos en el comedor y te lo cuento —como presumía, le encantó poder contarme la historia y las hazañas de aquellos “voluntarios”, hechas en Rusia y considerados “héroes nacionales” por el régimen de “Franco”— …Y un camarada mío que estuvo en mí misma compañía, se apuntó voluntario a la 250.ª División de Infantería, llamada oficialmente en España… “División Española de Voluntarios”; y en Alemania, “250 Infanterie-Division”, más conocida como la “División Azul” (Por el color de las camisas del uniforme falangista) o “Blaue Division” en alemán. Se integraron en el ejército (nazi) de Alemania… 

Entre 1941 y 1943, cerca de 45.000 soldados españoles participaron en diversas batallas, fundamentalmente relacionadas con el sitio de Leningrado.

El comandante de la unidad fue “Agustín Muñoz-Grandes”, exsecretario general de la “FET” (Falange Española Tradicionalista) y uno de los pocos generales falangistas. 

La División tuvo 4.954 muertos en el frente, 8.700 heridos, 2.137 quedaron mutilados, 372 de sus hombres fueron hechos prisioneros por el “Ejército Rojo de Stalin” y 7.800 soldados enfermaron.

De los apresados, sólo unos pocos sobrevivieron a los largos años de privaciones y trabajos forzados, durante su cautiverio en los campos de trabajo soviéticos. Tuvieron que esperar hasta doce años y sólo pudieron regresar tras la muerte de “Stalin”. Los 220 hombres que sobrevivieron fueron repatriados de Siberia a Odesa, y luego de allí a España en 1954, llegando al puerto de Barcelona el 2 de abril de ese mismo año… y Tal y tal y Pascual... —Lo dicho, disfrutó con los recuerdos y lo contó de tal manera que lo vivías, ¡vamos como si estuvieras allí…!

Cuando me tocó el turno, dias después, de hacer un resumen en la clase, hice una magnífica disertación sobre ella. Si bien no incluí los datos que he puesto antes, que los averigüé años después y he creído oportuno documentar este recuerdo. 

…Y bien cierto es, que las costumbres que adoptas de niño, sin lugar a dudas, te influencian el resto de tu vida. Y yo le agradezco a Josefina “y punto”, que despertara en mí esta pasión por la historia y por supuesto, por la lectura… ■

FIN DEL CAPÍTULO 9


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