En el cuento de “La Bella Durmiente del bosque” no todo es “bello”; también cuenta como un Príncipe (*)oló a una “(*)atosa” bella joven Princesa
Profundizando en este popular Cuento
NOTA: AL FINAL DE LA BIO REDUCIDA DEL AUTOR, SE ACLARAN LOS (*).
Pues esta acción forma parte del argumento o la trama de este cuento considerado todo un clásico. La versión que lo popularizó, ya dejando atrás las fuentes de la edad media; es la del francés Charles Perrault, considerado el creador de la corriente literaria de los “Cuentos de Hadas”. Y ya en ésta, suavizó esta parte del cuento.
Veamos el cuento, magníficamente ilustrado, y después profundizamos en sus orígenes y en esta violación antes de ser “censurada”.

Una bella ilustración del alemán Otto Kubel (1868 - 1951), un artista que ya nos ha visitado en otras ocasiones.
“La Bella Durmiente del bosque”
En otros tiempos había un rey y una reina, cuya tristeza porque no tenían hijos era tan grande que no puede ponderarse. Fueron a beber todas las aguas del mundo, hicieron votos, emprendieron peregrinaciones, pero no lograron ver sus deseos realizados, hasta que, por último, quedó encinta la reina y dio a luz una hija. La esplendidez del bateo no hay medio de describirla, y fueron madrinas de la princesita todas las hadas que pudieron hallar en el país, y siete fueron, con el propósito de que cada una de ellas le concediera un don, como era costumbre entre las hadas en aquel entonces; y por este medio tuvo la princesa todas las perfecciones imaginables.
Después de la ceremonia del bautismo, todos fueron a palacio, en donde se había dispuesto un gran festín para las hadas. Delante de cada una se puso un magnífico cubierto con un estuche de oro macizo, en el que había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, guarnecido de diamantes y rubíes.
En el momento sentarse a la mesa, vieron entrar una vieja hada que no había sido invitada, debido a que durante más de cincuenta años no había salido de una torre y se la creía muerta o encantada.
Mandó el rey que le pusieran cubierto, pero no hubo manera de darle un estuche de oro macizo como a las otras, porque sólo se había ordenado construir siete para las siete hadas. Creyó la vieja que se la despreciaba y gruñó entre dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que estaba a su lado, oyola, y temiendo que concediese algún don dañino a la princesita, en cuanto se levantaron de la mesa fue a esconderse detrás de un tapiz para hablar la última y poder reparar hasta donde le fuera posible el daño que hiciera la vieja.
Comenzaron las hadas a conceder sus dones a la recién nacida. La más joven dijo que sería la mujer más hermosa del mundo; la que la siguió añadió que sería buena como un ángel; gracias al don de la tercera, la princesita debía mostrar admirable gracia en cuanto hiciere; bailar bien, según el don de la cuarta; cantar como un ruiseñor, según el de la quinta, y tocar con extrema perfección todos los instrumentos, según el de la sexta. Cuando le llegó el turno a la vieja hada dijo, temblándole la cabeza y más a impulsos del despecho sufrido, que de la sapienciencia propia de su vejez, que la princesita se heriría la mano con un huso y moriría de la herida.
Ilustración del prolífico artista e ilustrador inglés Henry Justice Ford (1860-1941) de 1889.
Este terrible don a todos estremeció y no hubo quien no llorase. Entonces fue cuando salió de detrás del tapiz la joven hada y pronunció en voz alta estas palabras:
—Tranquilizaros rey y reina; vuestra hija no morirá de la herida. Verdad es que no tengo bastante poder para deshacer del todo lo que ha hecho mi compañera. La princesa se herirá la mano con un huso, pero, en vez de morir, sólo caerá en un tan profundo sueño que durará cien años, al cabo de los cuales vendrá a despertarla el hijo de un rey.
Deseoso el monarca de evitar la desgracia anunciada por la vieja, mandó publicar acto continuo un edicto prohibiendo hilar con huso, así como guardarlos en las casas, bajo pena de la vida.
Transcurrieron quince o diez y seis años, y cierto día el rey y la reina fueron a una de sus posesiones de recreo; y sucedió que corriendo por el castillo la joven princesa, subió de cuarto en cuarto hasta lo alto de una torre y se encontró en un pequeño desván en donde había una vieja que estaba ocupada en hilar su rueca, pues no había oído hablar de la prohibición del Rey de hilar con huso
Ilustración de Walter Crane extraída de una edición de 1875.
—¿Qué hacéis, buena mujer? —le preguntó la princesa.
—Estoy hilando, hermosa niña. Le contestó la vieja, quien no conocía a la que la interrogaba.
—¡Qué curioso es lo que estáis haciendo!, exclamó la princesa.
¿Cómo manejáis esto? Dádmelo, que quiero ver si sé hacer lo que vos.
Ilustración del pintor e ilustrador alemán Alexander Zick (aprox.1880)
Como era muy vivaracha, algo aturdida y, además, el decreto de las hadas así lo ordenaba, en cuanto hubo cogido el huso se hirió con él la mano y cayó sin sentido.
Muy espantada la vieja comenzó a dar voces pidiendo socorro. De todas partes acudieron, rociaron con agua la cara de la princesa, le desabrocharon el vestido, le dieron golpes en las manos, le frotaron las sienes con agua de la reina de Hungría, pero nada era bastante a hacerla volver
en sí.
Otra ilustración de Walter Crane extraída de una edición de 1875.
Entonces el rey, que al ruido había subido al desván recordó la predicción de las hadas, y reflexionando que lo sucedido era inevitable, puesto que aquellas lo habían dicho, dispuso que la princesa fuera llevada a un hermoso cuarto del palacio y puesta en una cama con adornos de oro y plata.
Tan hermosa estaba que cualquiera al verla hubiera creído estar viendo un ángel, pues su desmayo no la había hecho perder el vivo color de su tez. Sonrosadas tenía las mejillas y sus labios asemejaban coral. Sólo tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar dulcemente, lo que demostraba que no estaba muerta.
Detalladísima pintura del ruso Viktor Vasnetsov (1948 - 1926).
Mandó el rey que la dejaran dormir tranquila hasta que sonara la hora de su despertar. La buena Hada que le había salvado la vida condenándola a dormir cien años, estaba en el reino de Pamplinga, que distaba de allí doce mil leguas, cuando le ocurrió el accidente a la princesa; pero bastó un momento para que de él tuviese aviso por un diminuto enano que calzaba botas, con las cuales a cada paso recorría siete leguas. Púsose inmediatamente en marcha la hada y al cabo de una hora vieronla llegar en un carro de fuego tirado por dragones. Fue el rey a ofrecerle la mano para que bajara del carro y la Hada aprobó cuanto se había hecho; y como era en extremo previsora, le dijo que cuando la princesa despertara se encontraría muy apurada si se hallaba sola en el viejo castillo. He aquí lo que hizo.
Excepción hecha del rey y la reina, tocó con su varilla a todos los que se encontraban en el castillo, ayas, damas de honor, camareras, gentiles-hombres, oficiales, mayordomos, cocineros, marmitones, recaderos, guardias, suizos, pajes y lacayos; también tocó los caballos que había en las cuadras y a los palafreneros (los jóvenes que atienden a los caballos), a los enormes mastines del corral y a la diminuta “Tití”, perrita de la princesa que estaba cerca de ella encima de la cama. Cuando a todos hubo tocado, todos se durmieron para no despertar hasta que despertara su dueña, con lo cual estarían dispuestos a servirla cuando de sus servicios necesitara.
Otra bella ilustración del alemán Otto Kubel (1868 - 1951).
También se durmieron los asadores que estaban en la lumbre llenos de perdices y de faisanes, e igualmente quedó dormido el fuego. Todo esto se hizo en un momento, pues las hadas necesitan poco tiempo para hacer las cosas.
Entonces el rey y la reina, después de haber besado a su hija sin que despertara, salieron del castillo y mandaron publicar un edicto prohibiendo que persona alguna, fuese cual fuere su condición, se acercara al edificio. No era necesaria la prohibición, pues en quince minutos brotaron y crecieron en número extraordinario árboles grandes, pequeños rosales silvestres y espinosos, de tal manera entrelazados que ningún hombre ni animal hubiera podido pasar; de manera que sólo se veía lo alto de las torres del castillo, y aun era necesario mirarle de muy lejos. Nadie dudó de que la Hada había echado mano de todo su poder para que la princesa, mientras durmiera, nada tuviese que temer de los curiosos.
Imagen del pintor e ilustrador alemán Robert Weise de 1890.
Pasadas los cien años, el hijo del monarca que reinaba entonces, debiendo añadir que la dinastía no era la de la princesa dormida, fue a cazar a aquel lado del bosque y preguntó que eran las torres que veía en medio del espeso ramaje. Contestole cada cual según lo que había oído; unos le dijeron que aquello era un viejo castillo poblado de almas en pena y otros que todas las brujas de la comarca se reunían en él los sábados. Según la opinión más generalizada, moraba en él un ogro que se llevaba al castillo todos los niños de que podía apoderarse para comerlos a su sabor y sin que fuera posible seguirle, puesto que sólo a él estaba reservado el privilegio de paso por entre la maleza.
No sabía a quien dar crédito el príncipe, cuando un viejo campesino habló y le dijo:
Otra bella ilustración del alemán Otto Kubel (1868 - 1951).
—Príncipe mío: hace más de cincuenta años oí contar a mi padre que en aquel castillo había la más bella princesa del mundo, que debía dormir cien años, estando reservado el despertarla al hijo de un rey, de quien debe ser esposa.
A estas palabras sintió el joven príncipe que la llama del amor brotaba en su corazón, y sin duda al instante creyó que daría fin a aventura tan llena de encantos.
Impulsado por el amor y el deseo de gloria, resolvió saber en el acto si era exacto lo que el campesino le había dicho, y apenas llegó al bosque cuando todos los viejos árboles, los rosales silvestres y los espinos se separaron para abrirle paso. Caminó hacia el castillo, que veía al extremo de una larga alameda, en la que penetró, quedando muy sorprendido al observar que los de su comitiva no habían podido seguirle porque los árboles volvieron a recobrar su posición natural y a cerrar el paso en cuanto hubo pasado. No por eso dejó de continuar su camino, pues un príncipe joven y enamorado siempre es valiente. Penetró en un extremo del patio, y el espectáculo que a su vista se presentó era capaz de helar de miedo
Ilustración del alemán Franz Mueller Muenster (1867 - 1936).
El silencio era espantoso; veíase en todas partes la imagen de la muerte y la mirada tropezaba en cuerpos de hombres y animales que parecía estaban privados de vida; pero bastole fijarse en la nariz de berenjena y en los encendidos carrillos de los guardias suizos, para comprender que sólo estaban dormidos; además, los vasos, en los que sólo se veían restos de vino, decían que se habían dormido bebiendo.
Atravesó otro gran patio con pavimento de mármol; subió la escalera y entró en la sala de los guardias, que estaban formando hilera con el arcabuz al hombro y roncando ruidosamente. Cruzó varios aposentos llenos de gentiles hombres y de damas, de pie los unos, sentados los otros, pero todos durmiendo. Penetró en una cámara completamente dorada y vio en una cama, cuyos cortinajes estaban abiertos, el más hermoso espectáculo que a su mirada se había presentado: una princesa, que parecía tener quince o diez y seis años y cuya deslumbradora belleza tenía algo de luminosa y divina. Aproximose a ella temblando y admirándola y se arrodilló al pie de la cama...
Nota: En esta versión “Charles Perrault” suavizo este “trozo” variando lo que sucedió según nos cuenta “Giambattista Basile”, en su cuento que sirvió de fuente a “Perrault”, bajo el título “Sol, Luna y Talía”, cosa que veremos un poco más adelante.
Ilustración de 1874 de Paul Meyerhei, pintor y artista gráfico alemán.
Como había sonado la hora en que debía tener fin el encantamiento, la princesa despertó; y mirándole con tiernos ojos, le dijo:
—¿Sois vos, príncipe mío? ¡Cuánto os habéis hecho esperar!
Y llenaron de contento al príncipe tales palabras, y más aún la manera como fueron dichas. No sabía cómo encontrarla su alegría y agradecimiento y la aseguró que la amaba más que a si mismo.
Mal hilvanadas salieron las palabras de los labios de ambos, pero a esto se debió que fueran más atractivas, pues poca elocuencia es señal de mucho amor.
Otra bella ilustración del alemán Otto Kubel (1868 - 1951).
La confusión del hijo del rey era mayor que la de la princesa, cosa que no ha de sorprender, pues ella había tenido tiempo de pensar en lo que le diría; pues se supone, aunque nada de ello indique la historia, que la buena Hada le había procurado el placer de agradables sueños durante los cien años que estuvo dormida.
Cuatro horas hablaron y no se dijeron la mitad de las cosas que querían decirse.
El encantamiento del palacio cesó al mismo tiempo que el de la princesa, y cada cual pensó en cumplir con sus deberes; pero como no todos estaban enamorados, su primera sensación fue la del hambre, que sensiblemente les aguijoneaba.
La dama de honor, hambrienta como las demás, se impacientó y dijo a la princesa que la comida estaba servida. El príncipe la ayudó a levantarse. Estaba vestida con mucha magnificencia, pero guardose de decirle que su traza y tocado se parecían a los de su abuela y que, la moda del cuello que llevaba había pasado hacía mucho tiempo; pero su vestido y adornos en nada disminuían su belleza.
Ilustración de Fritz Baumgarten de una edición de 1959.
Pasaron a un salón con espejos y en él cenaron servidos por los gentiles-hombres de la princesa. Los músicos tocaron con los violines y los oboes antiguas piezas, pero muy bonitas, por más que hiciera cien años que nadie las tocaba y después de haber cenado, les casó sin pérdida de tiempo el gran limosnero en la capilla del castillo.
Al día siguiente el príncipe volvió a la ciudad en donde su padre le esperaba con impaciencia, debido a la tardanza en su regreso.
Le dijo que cazando se había perdido en el bosque y había pasado la noche en la choza de un carbonero que le había dado pan negro y queso para cenar. El rey, su padre, que era muy bonachón, le creyó. Pero no así su madre.
El príncipe a partir de aquel día, casi todos, iba a cazar y siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba fuera dos o tres noches, a lo que la madre supuso que se trataba de amores.
El príncipe vivió con la princesa más de dos años y tuvo de ella dos hijos; una niña llamada Aurora, y el segundo un niño, al que pusieron por nombre Día, pues aun parecía más hermoso que su hermana.
La reina hizo varias tentativas para que su hijo le revelara su secreto, pero el príncipe no se atrevió a confiárselo, porque si bien la amaba, la temía por proceder de raza de ogros, a pesar de lo cual el rey se había casado con ella porque su fortuna era grande. Además, se murmuraba en la corte, pero en voz muy baja, que tenía las inclinaciones de los ogros y que, al ver pasar los niños, con mucha dificultad lograba contener el deseo de devorarlos. A esto se debió que el príncipe nada le dijera.
Pero al cabo de dos años murió el rey, y al subir su hijo al trono, declaró públicamente su matrimonio y fue con gran ceremonia a buscar a la reina su esposa a su castillo. La recepción que le hicieron en la ciudad, que era la capital, cuando se presentó en medio de sus dos hijos, fue magnífica.
Algún tiempo después el príncipe fue a guerrear contra su vecino, el emperador “Cantagallos”. Confió la regencia a la reina madre y le ordenó que cuidara de su mujer y sus hijos. Él debía de guerrear todo el verano.
En cuanto estuvo fuera el rey, la reina madre, ahora regente, envió a su nuera y a sus nietos a una casa de campo que había en el bosque, para poder satisfacer con mayor libertad sus horribles apetitos. Algunos días después fue a la casa de campo y por la noche dijo a su mayordomo:
Ilustración del irlandes Harry Clarke
—Mañana quiero comerme a Aurora.
—¡Ah! señora... —exclamó el mayordomo.
—Lo quiero —contestó la reina con tono de ogra que desea devorar carne fresca—, y quiero comerla en salsa picante.
El pobre hombre comprendió que no había que andarse con bromas con la ogra; tomó un enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora. Tenía entonces cuatro años, y al verle corrió hacia él saltando y riendo, le abrazó y le pidió un caramelo.
El mayordomo se puso a llorar, guardó el cuchillo y bajó al corral, degolló un cordero y lo aderezó con una salsa tan rica que la reina le dijo que nunca había comido cosa mejor. Al mismo tiempo el mayordomo llevó la pequeña Aurora a su mujer para ocultarla en su casa, que estaba situada a un extremo del corral.
Ocho días después, aquella mala reina dijo a su mayordomo:
—Para cenar quiero comerme a mi nieto Día.
El mayordomo no replicó porque ya tenía formado el propósito de engañarla como la otra vez. Fue en busca del niño y lo halló con un diminuto florete en la mano ensayándose en la esgrima con un mono, a pesar de que sólo tenía tres años.
Ilustración de Andrew Lang de su “Libro Azul” de Cuentos de Hadas.
Lo cogió y también se lo llevó a su mujer, que le ocultó junto con Aurora, y el mayordomo sirvió a la reina madre un cabritillo muy tierno, que halló sabrosísimo.
Hasta entonces todo había marchado perfectamente pero una tarde aquella perversa ogra dijo al mayordomo:
—Quiero comerme a mi nuera, la reina, aderezada en salsa picante, lo mismo que sus hijos.
El buen hombre quedó aplastado, no sabiendo como engañarla. La joven reina tenía veinte años, sin contar los cien que había pasado durmiendo; el pobre funcionario desconfiaba de hallar en el corral una res cuyas carnes fueran semejantes a las de una princesa de tan extraña edad.
El mayordomo, para salvar su vida, tomo la resolución de degollar a la reina y subió a su cuarto con la intención de realizar su propósito. Mientras subía se encolerizó y entro puñal en mano. No quiso cogerla de sorpresa, y con mucho respeto le dijo cuál era la orden que le había dado la reina madre (ogra).
—Cumple tu deber —contestó ella tendiéndole el cuello—; ejecuta la orden que te han dado y volveré a ver mis hijos, a mis pobres hijos, a quienes amaba tanto.
Desde que se los habían quitado sin decirle nada, la reina les creía muertos.
—¡No, no, señora! —exclamó el pobre mayordomo muy conmovido—; no moriréis, pero no por eso dejaréis de ver a vuestros hijos, pues los veréis en mi casa en donde les he ocultado; y de nuevo engañaré a la reina sirviéndola una corza (cérvido) en vuestro lugar.
La llevó en el acto a su habitación y la dejó que abrazara a sus hijos y confundiera sus lágrimas con las suyas.
Mientras él se fue a guisar la corza, que la ogra se comió a la cena con el mismo apetito que si hubiese sido la reina.
Estaba muy satisfecha de su crueldad y planificó decirle a su hijo al rey, cuando regresara, que los lobos hambrientos se habían comido a su mujer y sus hijos.
Cierta noche que, según costumbre, rondaba por los patios y corrales del castillo por si olfateaba carne fresca, oyó que su nieto lloraba porque su madre quería pegarle por haber hecho una maldad, y también oyó la vocecita de Aurora, que pedía perdón para su hermano. La ogra reconoció la voz de la reina y de sus dos hijos, y llena de ira por haber sido engañada, ordenó al amanecer del día siguiente, con un tono tan espantoso que todo el mundo temblaba...
Ilustración de la edición de la editorial “Ramón Sopena” de 1900.
Que pusieran en medio del patio un enorme tonel que hizo llenar de sapos, víboras, culebras y serpientes para arrojar en él a la reina, sus hijos y al mayordomo, su mujer y su criada, mandando que los trajeran con las manos atadas a la espalda.
Ilustración de la edición de la editorial “Ramón Sopena” de 1900.
En el patio estaban los infelices, y los verdugos se disponían a echarlos en el tonel, cuando el rey, a quien no se esperaba tan pronto, entró de repente a caballo. Había corrido mucho y preguntó muy admirado qué significaba aquel horrible espectáculo.
Ilustración de la edición de la editorial “Ramón Sopena” de 1900.
Nadie se atrevía a contestarle, cuando la ogra, furiosa al ver lo que pasaba se arrojó la primera de cabeza al tonel y en un instante fue devorada por los asquerosos reptiles que había mandado echar dentro. El rey no dejó de sentir disgusto, pues era su madre, pero pronto se consoló con su hermosa mujer y sus hijos.
Moraleja:
Cosa por demás sabida
es que el esperar no agrada,
pero el que más se apresura
no es el que más trecho avanza,
que para hacer ciertas cosas
se requiere tiempo y calma.
Cierto que esperar un novio
cien años, espera es magna;
pero la historia, amiguitos,
es historia ya pasada.
Como el casarse es asunto
de muchísima importancia,
pues sólo la muerte rompe
los lazos que entonces se atan,
más vale esperar un año
y traer la dicha a casa,
que no anticiparse un día
y traerse la desgracia.
Página del Manuscrito de 1895.
Un cuento de Charles Perrault, incluido en su libro “Histoires ou contes du temps passé, avec des moralités o Contes de ma mère l’Oye” (Historias o cuentos de tiempos pasados o Cuentos de mamá Ganso). Una colección de cuentos de hadas literarios escritos en 1695 y publicado en París en 1697. ■
Texto basado en parte, en la traducción de Teodoro Baró de 1883
Un dossier elaborado por Mary Elisabeth Oliver
para Queseenteren
Charles Perrault fue el padre del nuevo genero literario de los “Cuentos de Hadas”.
Retrato de Perrault de 1671
Charles Perrault (1628-1703) fue un autor francés y miembro de la Academia Francesa. De familia burguesa adinerada, asistió a muy buenas escuelas y estudió derecho antes de embarcarse en una carrera en el servicio gubernamental como funcionario, siguiendo los pasos de su padre.
En su faceta como escritor, sentó las bases de un nuevo género literario: el “Cuento de Hadas”, mediante sus obras derivadas de cuentos populares anteriores o de la tradición europea.
Los publicó en su libro de 1697 “Histoires ou contes du temps passé” (Historias o cuentos de tiempos pasados). Que incluyen cuentos tan populares como: “Caperucita Roja”, “Cenicienta”, “El gato con botas”, “La Bella Durmiente” y “Barba Azul”. Que fueron muy populares en Francia.
Algunas de las versiones de Perrault de historias antiguas, influyeron en las versiones alemanas publicadas por los hermanos Grimm, más de 100 años después.
Las historias se siguen imprimiendo y se han adaptado a la mayoría de formatos actuales.
Su colección de cuentos los escribió en 1695, cuando tenía 67 años, Perrault había perdido su puesto de secretario de la administración y decidió dedicarse a sus hijos.
De toda su abundante producción literaria en verso y en prosa (odas, poesía épica, ensayos, etc.), estos pequeños cuentos para niños, son las únicas obras que aún se leen en la actualidad.
Naturalmente, su obra refleja el conocimiento de cuentos de hadas anteriores contados en los salones, sobre todo por la “Baronesa de Aulnoy”, que escribió cuentos ya en 1690.
Charles Perrault murió en París el 16 de mayo de 1703, a la edad de 75 años.
(M.E. Oliver)
(*): En el cuento de “La Bella Durmiente del bosque” no todo es “bello”; también cuenta como un Príncipe violó a una “comatosa” bella joven Princesa
Página del Manuscrito de 1895.
ORÍGENES del Cuento de:
"LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE"
En un romance de 1330, que es una “fuente” de este cuento, sí aparece la violación o el acto de “necrofilia”
Las primeras contribuciones escritas de esta narración popular, las encontramos allá por 1330, en un romance anónimo francés compuesto en verso en idioma occitano, con influencias catalanas, titulado “Frayre de Joy e Sor de Plaser”
“Sor de Plaser” (traducido “hermana de placer”), hija del emperador de Gint-Senay, cae misteriosamente en un estado sobrenatural en que si bien parece muerta, su cuerpo no se corrompe.
Sus padres, en vez de sepultarla, la conservan en una torre aislada por fosos impenetrables en medio de un entorno paradisíaco. El príncipe de Florianda, “Frayre de Joy” (“hermano de alegría”) oye hablar de la belleza de la muchacha y se enamora sin verla. Con la ayuda de la magia de Virgilio, el joven llega a la torre, entra e intercambia anillos con la joven dormida. También tiene relaciones sexuales con su cuerpo y la embaraza.
Página del Manuscrito de 1895.
Gracias a la ayuda de un pájaro que habla, con enorme elocuencia, regalado a “Frayre de Joy” por Virgilio, la muchacha es reanimada mágicamente y descubre que no sólo ha perdido su virginidad sino que ahora tiene un hijo ilegítimo. El pájaro finalmente la convence de casarse con “Frayre de Joy”. El hijo de ambos es llamado “Joy de Plaser” (“alegría de placer”). Celebrándose la boda fastuosamente y en presencia de reyes, emperadores, Virgilio, el Preste Juan y el papa.
Similar argumento o trama a éste, y ya convertido en tópico de:
“La doncella durmiente a causa de un accidente o maldición, es despertada por un varón que se convierte en su esposo”.
También aparece en “El Román de Perceforest”. Otro texto literario francés anónimo y compuesto en la misma época de 1340, escrito en prosa, con irrupciones líricas. En concreto en su libro III (de los 6 que lo forman); en el episodio de “Zellandine y Troilo”, aparecen los mismos personajes de la doncella y el principe. En este cuento, una princesa llamada “Zellandine” se enamora de un hombre llamado “Troylus”.
Su padre lo envía a realizar tareas para demostrar que es digno de ella y, mientras él no está, “Zellandine” cae en un sueño encantado. “Troylus” la encuentra y tiene relaciones sexuales con ella mientras duerme. Conciben y cuando nace su hijo, el niño extrae de su dedo el lino que le provocó el sueño.
Por el anillo que “Troylus” le dejó, se da cuenta de que él era el padre. “Troylus” luego regresa para casarse con ella.
Y en otro relato más, datado en fechas similares y conocido como “Blandín de Cornualles”. En este caso la pareja la componen “ Blandín” y la durmiente “Brianda”.
En esta narración no se describe ninguna violacion o acto sexual no deseado.
Después de estas primeras versiones, el cuento fue publicado por primera vez en la Edad Moderna, por el poeta italiano Giambattista Basile, que vivió entre 1575 y 1632.
Y lo hizo incluyendo este cuento en su imprescindible libro, en cualquier colección de cuentos que se precie, ”Il Pentamerone”, subtitulado “Lo cunto de li cunti” (“El cuento de los cuentos”). Una colección de cuentos de hadas napolitanos del siglo XVII. En ella con el título: “Sol, Luna y Talia” encontramos el cuento.
En plena Edad Moderna (1636), la última versión popular de este cuento en la que aparece la violación es en “Sol, Luna y Talia” dentro del “Pentamerone”
Acuarela de Henry Meynell Rheam de 1899.
En plena Edad Moderna (1636), la última versión popular de este cuento en la que aparece la violación es en “Sol, Luna y Talia” dentro del “Pentamerone”
Nos vamos a centrar en el “trocito” en el que se narra la imprevista visita a la catalépsica joven princesa, por parte de su violador:
«...Después de un tiempo, ocurrió por casualidad que, un rey cazaba por allí cerca. Uno de sus halcones escapó de su mano y voló al interior de la casa a través de una ventana. No acudió cuando le llamaron, así que el rey tuvo que llamar a la puerta, creyendo que el lugar estaba habitado. Aunque llamó durante un buen rato, no contestó nadie, así que el rey mandó que le trajeran una escalera de bodeguero, ya que escalaría para buscar dentro de la casa, y descubrir qué había dentro. Así trepó y entró, y miró en cada una de las habitaciones, rincones y esquinas, y se sorprendió enormemente cuando comprobó que nadie vivía ahí. Al final encontró el salón, y cuando el rey vio a “Talia”, que parecía estar encantada, creyó que dormía, y la llamó, pero ella permaneció inconsciente. Dando voces, vio sus encantos, y comprobó como la sangre le recorría con fuerza las venas. La elevó en sus brazos y la llevó a la cama, donde recogió los primeros frutos del amor. Dejándola en la cama, volvió a su reino, donde, debido a sus numerosas ocupaciones, no recordó ese momento como más que un simple incidente.
Sin embargo, nueve meses después “Talia” tuvo dos hermosos hijos, un niño y una niña. En ellos se podían ver dos extrañas joyas, y fueron cuidados por dos hadas que acudían al palacio y los colocaban sobre los pechos de su madre.
Una vez, buscando el pezón sin encontrarlo, comenzaron a succionar uno de los dedos de “Talia”, y lo hicieron tan fuerte que sacaron la astilla de lino que se había quedado clavada en él. Talia se despertó así de un largo sueño, y viendo sobre ella a sus dos gemelos, los sostuvo contra su pecho, y los bebés fueron lo que más quiso ella en toda su vida.
Se encontró sola en el palacio con los dos niños a su lado, y no sabía qué era lo que le había pasado; pero se dio cuenta de que la mesa estaba puesta, con comida y bebida que le habían traído, aunque no vio a ningún sirviente.
Mientras tanto el rey recordó a Talia, y anunció que...».(Continúa en el libro). Después de esta publicación de Giambattista Basile, vendrían la conocida de nuestro recordado, en este ejemplar de Queseenteren, “Charles Perrault”. Y 100 años después, la popular versión de los “Hermanos Grimm”.
Y ya en la época actual, las versiones cinematográficas, entre las que está la popularizada película de dibujos de “Disney”; en la que no cabe ni matizar, que difiere mucho de esta versión de sus orígenes que hemos visto...
(M.E. Oliver).

