“El gran experimento Keinplatz”, un relato de espíritus, ¡pero

de los que no dan miedo! con el estilo del creador de “Holmes”

EL GRAN EXPERIMENTO DE KEINPLATZ


RELATO COMPLETO CON ILUSTRACIONES ORIGINALES.

Ilustración en “The St. Louis Star” (4 de febrero de 1912). Entre 1911 y 1917, este periódico publicó 3 novelas y 7 relatos escritos por Arthur Conan Doyle.

De todas las ciencias, una interesaba especialmente al erudito profesor Von Baumgarten. Era la que se conecta con la psicología y las relaciones entre mente y materia. El profesor era un famoso anatomista, gran químico y uno de los más renombrados fisiólogos de Europa. Pero se sentía aliviado alejándose de esos temas y dedicando sus grandes conocimientos al estudio del alma y las relaciones misteriosas de los espíritus. Era muy joven cuando empezó sus estudios sobre hipnotismo. En esa época, su mente parecía vagar por lugares extraños donde lo único que había era caos y oscuridad. Sólo muy pocas veces algún gran suceso inexplicable y desconectado aparecía aquí y allá.

Pero a medida que pasaban los años, aumentaba el valioso caudal de conocimientos del profesor. El conocimiento siempre da más conocimiento, del mismo modo que el dinero da más interés. Y el profesor comenzó a notar que lo que antes le había parecido asombroso o extraño, ahora podía ser interpretado de forma distinta. Empezó a familiarizarse con una nueva clase de razonamientos y pudo descubrir conexiones en cosas que antes le habían parecido incomprensibles y sorprendentes.

Durante veinte años, realizó experimentos y recolectó muchos datos. Tenía la ambición de crear una nueva ciencia exacta que incluyera al hipnotismo, espiritismo y otros temas relacionados. Lo ayudó mucho su profundo conocimiento de las partes más complicadas de la fisiología animal, las que tratan de las corrientes nerviosas y de cómo trabaja el cerebro. Alexis von Baumgarten era profesor de Fisiología en la Universidad de Keinplatz y tenía a disposición de sus investigaciones todo el laboratorio de la universidad.

El profesor Von Baumgarten era alto y flaco, de rostro delgado y ojos color gris acerado, y una mirada especialmente brillante y profunda. Tenía arrugas en la frente de tanto pensar, y las espesas cejas contraídas. Parecía estar siempre frunciendo el ceño, lo que engañaba a la gente con respecto a su carácter, que era serio pero amable. Entre los estudiantes era muy popular. Acostumbraban a reunirse alrededor de él después de cada una de sus clases y lo escuchaban atentamente mientras exponía sus extrañas teorías. Muchas veces buscaba entre ellos voluntarios para realizar algún experimento. En conclusión: no había joven de su clase que no hubiera participado más de una vez en los trances hipnóticos que les había provocado su profesor.

Entre todos esos jóvenes tan apasionados de esa ciencia, no había ninguno tan entusiasta como Fritz von Hartmann. En más de una ocasión, algunos de sus compañeros de estudio se habían preguntado con extrañeza por qué el intrépido e impulsivo Fritz, uno de los más irreflexivos jóvenes de la universidad, dedicaba su tiempo y esfuerzo a estudiar temas tan complicados y a ayudar al profesor en sus particulares experimentos. En realidad, Fritz era un joven inteligente y muy hábil. Se había enamorado hacía muchos meses de Elisa, la hija del profesor, de ojos azules y cabello dorado. La joven le había hecho saber que él no le era indiferente, pero no se atrevía a aparecer frente a la familia como un pretendiente formal. Le hubiera sido muy difícil ver a la muchacha de no haberse hecho imprescindible para el profesor. Éste lo llamaba frecuentemente a su casa, y el joven iba y se sometía de buena gana a cualquier tipo de experimento con tal de recibir a cambio una mirada especialmente cálida de Elisa, o el roce de su pequeña mano.

Ilustración de Louis Bailly incorporada, junto con otras suyas más que veremos aquí, en una edición de Pierre Lafitte de 1914

Louis Eugène Bailly (1875 - 1958), fue un pintor e ilustrador francés; que realizó numerosos álbumes ilustrados para las grandes editoriales de la época. Además colaboró ​​con "L'Illustration" entre 1920 y 1930, además de con Figaro Illustré, Le Rire, La Caricature, La Bayonnette y Je Sais Tout, entre otros.

Entre 1914 y 1918, realizó 67 ilustraciones para las obras de ficción de Arthur Conan Doyle .

Fritz von Hartmann era un joven bastante apuesto. Su familia poseía una buena cantidad de tierras que cuando su padre muriera, pasaría a él. Era para muchos lo que comúnmente se considera un buen partido. Pero no era bien visto por la esposa del profesor. La mujer ponía mala cara cada vez que lo encontraba en su casa y sermoneaba al profesor por permitir que un lobo de esa clase rondara cerca de su ovejita. La verdad es que Fritz tenía mala fama. No había duelo, desorden o alboroto de los que el joven no formara parte, y en el que no fuera uno de los cabecillas.

Nadie tenía peor lenguaje ni era más violento. Nadie bebía más, nadie jugaba a las cartas más frecuentemente. Y nadie era más haragán. Por eso era entendible ver que la buena señora Von Baumgarten protegiera a su hija bajo el ala y se quejara de las atenciones de un personaje de esa clase. Pero el profesor estaba demasiado enfrascado en sus extraños estudios como para reflexionar sobre el asunto y elaborar alguna opinión, favorable o desfavorable, sobre la cercanía del joven. Desde hacía varios años, al profesor lo obsesionaba un tema que se repetía constantemente en sus pensamientos.

Todos sus experimentos y teorías giraban sobre ese punto. Cien veces por día se preguntaba si sería factible que un espíritu humano existiese separado de su cuerpo durante un tiempo y que después volviese a él. La primera vez que se le ocurrió esta posibilidad, su mente científica la rechazó. Chocaba mucho con ideas anteriores y prejuicios científicos. Pero poco a poco empezó a avanzar más y más por el camino de la investigación, y su pensamiento rechazó todas las antiguas trabas. Era posible que la mente existiera lejos de la materia. Había muchas cosas que le hacían pensar así. Se le ocurrió que la cuestión podía resolverse definitivamente mediante un experimento audaz y original. Sorprendió al mundo científico con un famoso artículo sobre las entidades invisibles.

En ese artículo decía: «En condiciones especiales, es evidente que el alma o mente se separa sola del cuerpo. Así sucede con las personas hipnotizadas: el cuerpo queda en estado cataléptico, pero el espíritu lo ha abandonado. Tal vez me contestarán que el alma se encuentra ahí, pero durmiendo. Responderé que no, si no ¿cómo explicaríamos la clarividencia? La clarividencia ha sido desacreditada por falsos y fraudulentos adivinos, pero su realidad puede ser demostrada con facilidad. Lo comprobé yo mismo, usando a una persona sensitiva.

Esa persona me dijo detalladamente lo que sucedía en una habitación de otra casa. ¿Cómo explicarán eso? Sólo se explica aceptando que el alma ha abandonado al cuerpo y está vagando por el espacio. No podemos ver esas idas y vueltas porque el espíritu es invisible. Pero podemos ver los efectos en el cuerpo del sujeto, tanto rígido e inanimado, como tratando de narrar sensaciones que nunca hubieran podido llegar a él por medios naturales. Sólo se me ocurre una forma de demostrar este hecho. Y es la siguiente: nosotros somos seres carnales, incapaces de ver espíritus, pero nuestros propios espíritus pueden ser separados de nuestro cuerpo y darse cuenta de la presencia de los otros. Mi intención es hipnotizar a uno de mis discípulos. Luego yo me hipnotizaré a mí mismo. Utilizaré un método que ya puse a prueba antes y que me resulta fácil. Si mi teoría es cierta, mi espíritu podrá encontrar el espíritu de mi alumno y comunicarse con él sin dificultad puesto que los dos estaremos separados de nuestros cuerpos. Trataré de comunicar el resultado de esta experiencia en el próximo número de éste periódico».

El profesor cumplió con su promesa y publicó un informe sobre lo que había ocurrido. La historia era tan extraordinaria que en general fue recibida con incredulidad. En algunos periódicos que comentaron este artículo el tono era tan ofensivo, que el profesor se enojó. Dijo que nunca más volvería a tocar ese tema y fue escrupulosamente fiel a su palabra. Pero este relato fue reunido aquí recurriendo a las más auténticas fuentes y los hechos citados son esencialmente ciertos.

Sucedió de esta manera y fue poco tiempo después de que al profesor Von Baumgarten se le ocurriera la idea del experimento:

Estaba caminando hacia su casa, abstraído en sus pensamientos después de un largo día de laboratorio. Fue cuando se cruzó con un nutrido grupo de estudiantes alborotadores que acaban de salir de un bar. El cabecilla, medio borracho y escandaloso, era Fritz von Hartmann. El profesor pasó junto a ellos y siguió de largo, pero el joven Fritz lo interceptó:

—¡Mi respetado maestro! —dijo tirándole de la manga y acercándolo a él—. Tengo que decirle algo y ahora es el mejor momento porque tengo una buena cerveza zumbando en mi cabeza.

—¿Qué desea, Fritz? —preguntó el profesor con sorpresa.

—Escuché decir que está a punto de realizar un nuevo experimento, un experimento prodigioso por el que retirará un alma del cuerpo y luego se la devolverá.

—Es cierto.

—¿Y quién querrá prestarse a ese experimento? ¿Y si el alma sale y después no quiere volver? Sería un gran problema. ¿Quién se animaría a correr semejante riesgo?

—Pero, Fritz —exclamó el sorprendido profesor—. Esperaba que colaborara usted conmigo. No me va a dejar solo en este intento. Piense en su gloria futura.

—¡De ninguna manera! —gritó enojado el estudiante—. ¡Siempre estuve dispuesto a realizar sus experimentos! ¿No estuve dos horas sobre un aislador de vidrio mientras usted descargaba electricidad en mi cuerpo? ¿No me estropeó la digestión con una corriente galvánica en el estómago mientras estimulaba mis nervios frénicos? ¿Cuántas veces me hipnotizó? ¿Y qué obtuve a cambio? Nada. Y ahora quiere sacarme el alma como si fuera el engranaje de un reloj. ¡Esto es demasiado!

—¡Oh querido muchacho! —dijo el profesor muy afligido—. Todo lo que ha dicho es cierto. Nunca me había detenido a pensarlo. ¿Puedo hacer algo para recompensarle? Lo que me pida; estoy dispuesto a ello.

Fritz, muy seriamente, contestó:

—Lo ayudaré si me promete que después de este experimento me dará la mano de su hija. Ésas son mis condiciones. Si no, no quiero saber nada de todo esto.

El profesor, asombrado, permaneció en silencio. Luego dijo:

—¿Y qué dirá mi hija sobre su petición?

—Elisa estará contenta. Hace tiempo que nos queremos.

—Entonces —dijo el profesor con convicción— le concederé su mano. Usted es un joven de buen corazón y uno de los mejores neuróticos que conocí en mi vida…cuando no está bajo la influencia del alcohol. Tengo programado mi experimento para el cuatro del mes próximo. Venga al laboratorio fisiológico a las doce en punto. Será un gran momento. Los científicos más importantes de Alemania vendrán a vernos.

—Seré puntual —contestó el estudiante.

Los dos hombres se fueron cada uno por su lado. El profesor caminó lentamente hacia su casa, pensando en el gran evento que pronto iba a protagonizar. El joven siguió la juerga con sus compañeros pensando en los ojos azules de Elisa y en el trato que había hecho con su padre.

No había exagerado el profesor al hablar del interés que había provocado su nuevo experimento. Una constelación de talentosos hombres de ciencia había llenado la habitación mucho antes de la hora anunciada. Habían venido grandes eminencias del espiritismo y un especialista muy famoso en centros cerebrales. Todos habían recorrido grandes distancias y estaban entusiasmados y atentos. Cuando aparecieron el profesor Von Baumgarten y su alumno sobre el estrado, sonaron enormes aplausos. El profesor explicó en pocas palabras en qué consistía la comprobación que iba a llevar a cabo y cuáles eran sus objetivos.

—Hipnotizaré al joven aquí presente —dijo el sabio— y luego yo mismo me pondré en trance. Aunque nuestros cuerpos estarán inmóviles, espero que nuestros espíritus puedan encontrarse. Al cabo de un tiempo, todo volverá a su curso normal. Nuestros espíritus regresarán a sus cuerpos y las cosas serán como siempre han sido. Con su permiso, procederemos a efectuar la prueba.

Se reanudaron los aplausos y el público buscó el mejor lugar para observar en respetuoso silencioso. El profesor hipnotizó al joven con apenas unos rápidos pases. El muchacho cayó inerte sobre su silla. Estaba rígido y pálido. Entonces, el profesor tomó una brillante bola de cristal del bolsillo y concentró la mirada en ella. Efectuó un esfuerzo mental y logró hipnotizarse a sí mismo. Se escuchó un extraño e impresionante suspiro en la audiencia que contemplaba al joven y al viejo en suspensión vital. ¿Dónde estarían ahora sus almas? ¿Dónde habrían ido? Ésas eran las preguntas que se hacían todos los espectadores.

Ilustración de Georges Redon en "La Vie Illustrée" (1899)

Pasaron cinco minutos, luego diez, luego quince y luego otros quince. El profesor y su discípulo continuaban sentados, rígidos e inmóviles sobre el estrado. Durante ese tiempo no se oyó el mínimo sonido entre los sabios reunidos. Todas las miradas estaban clavadas en los dos rostros pálidos, buscando las primeras señales de conciencia. Tuvo que pasar una hora para que

la paciencia de los espectadores tuviera su recompensa. Se colorearon ligeramente las mejillas del profesor Von Baumgarten. El alma estaba regresando a su residencia terrenal. De pronto, como si estuviera despertando de un sueño, el profesor estiró sus brazos largos y delgados. Se frotó los ojos y levantándose de su silla miró hacia todos lados, como si le costara darse cuenta del lugar y la situación en que se encontraba. Con gran sorpresa y disgusto de la mayor parte del público, el profesor lanzó una terrible maldición. A continuación preguntó:

—¿Dónde demonios estoy? ¿Qué infiernos ocurrió? ¡Pero si ya recuerdo! Estoy en un absurdo experimento hipnótico. Pero puedo asegurarles que esta vez no tuvo éxito porque no recuerdo nada de nada desde que quedé inconsciente. Hicieron un largo viaje para nada mis distinguidos sabios amigos. Todo esto sólo ha sido una broma muy graciosa.

Mientras decía esto, el profesor reía a carcajadas y se golpeaba los muslos. El público se sintió terriblemente agredido por este comportamiento increíble La cosa hubiera terminado muy mal si no hubiera intervenido el joven Fritz von Hartmann. Acababa de recobrar sus sentidos y se había puesto de pie. Avanzando hacia el público dijo:

—Tengo que pedir disculpas por la conducta de este hombre. Si bien pudo parecerles serio al principio del experimento, es un muchacho muy atolondrado. Todavía está bajo los efectos de la reacción hipnótica. No lo podemos culpar entonces, por sus pobres palabras. Ahora, si hablamos del experimento, yo no creo que haya fallado. Existe la posibilidad de que nuestros espíritus se hayan comunicado en el espacio. Lamentablemente, nuestra memoria corporal es burda, muy distinta de la de nuestro espíritu. Tal vez por eso no podamos recordar lo ocurrido. De ahora en más pondré todas mis energías en crear algún medio por el cual los espíritus puedan recordar lo que les ocurre cuando vuelan libremente. Cuando lo haya logrado, espero poder tener el honor de reunir a este respetable público de nuevo, otra vez en esta sala, y demostrarles el resultado.

Este comentario causó una gran sorpresa entre los asistentes. Especialmente por haberlo expresado un estudiante tan joven. Algunos sabios se sintieron ofendidos, pensaban que el joven se daba aires de importancia que en realidad no le correspondían.

Pero en su mayoría, el público lo consideró una futura promesa de la ciencia. Y no pudieron dejar de hacer comparaciones entre su conducta, tan digna, y la del profesor, que durante la explicación del joven no dejaba de reírse a carcajada limpia desde un rincón, sin preocuparse por el fracaso de su prueba.

A pesar de que todos aquellos hombres eminentes habían dejado la sala con la sensación de que no habían visto nada para tener en cuenta, había sucedido antes sus ojos uno de los hechos más maravillosos de toda la historia del mundo. La teoría del profesor Von Baumgarten de que su espíritu y el de su alumno se habían alejado de su cuerpo durante el experimento, era totalmente correcta.

Pero una extraña e inesperada complicación se había producido. Al regresar, el espíritu de Fritz von Hartmann se había introducido en el cuerpo de Alexis von Baumgarten y el de Alexis von Baumgarten en el cuerpo de Fritz von Hartmann.

Cualquier niño deseaba este regalo, que se ofrecía en diferentes tamaños que contenían una gran variedad de juegos.

Eso explicaba las palabras superficiales y torpes que había pronunciado el profesor, y las elogiables y serias frases que había dicho el atolondrado estudiante. Era un hecho sin precedentes, pero nadie se había dado cuenta, ni siquiera los propios involucrados.

El cuerpo del profesor sintió de repente que tenía la garganta seca. Todavía seguía riéndose del experimento cuando salió a la calle, porque el alma de Fritz se alegraba internamente de haber ganado a su novia sin ningún esfuerzo especial. Lo primero que pensó fue ir a verla, pero frenó su impulso. Pensó que debía darle tiempo al profesor Von Baumgarten de informarle a su esposa el trato que habían realizado. Así que se dirigió a la cervecería, uno de los lugares preferidos de los estudiantes. Mientras caminaba hacia el lugar donde esperaba apagar su sed, agitaba ruidosamente el bastón en el aire. Sin dudar un instante, buscó la salita reservada donde ya se habían acomodado más de media docena de sus compañeros más alegres.

—¡Sabía que los encontraría aquí! ¡Bravo! Terminen sus bebidas y pidan lo que quieran que hoy invito yo.

Los estudiantes no se hubieran sentido más sorprendidos si el hombrecito verde que estaba pintado en el cartel de la cervecería que colgaba sobre la puerta hubiera bajado repentinamente y entrado al salón exigiendo una botella de cerveza. No podían creer en la inesperada llegada del respetable profesor. Durante un minuto o dos, la sorpresa no les permitió reaccionar y se quedaron en silencio, sin ser capaces de responder a la invitación.

De pronto el profesor maldijo y resopló preguntando:

—¿Qué demonios les pasa? ¿Por qué se quedan mirándome como cerdos enamorados? ¿Sucede algo especial?

—Es que esta invitación es un honor… —pudo tartamudear uno de sus alumnos.

—¡Pero qué honor ni honor! —respondió enojado el profesor—. ¿Piensan que porque hice una exhibición de hipnotismo frente a un montón de fósiles me voy a sentir tan orgulloso? ¿Y que no voy a querer unirme a mis viejos y queridos amigos? ¿Por qué no me alcanzan una silla? Creo que ya es hora de que presida esta reunión. ¿Qué quieren tomar? Pidan lo que quieran y que lo anoten en mi cuenta.

No se recuerda en aquella cervecería ninguna otra tarde como aquélla. Alegremente iban de aquí para allá las espumosas jarras de cerveza y la verdes botellas de vino del Rin. Poco a poco los estudiantes perdieron la timidez que al principio les producía la presencia de su profesor. Especialmente al verlo cantar y regir. Y no fue lo único especial que hizo. También mantuvo en equilibrio sobre su nariz una pipa muy larga y apostó que ganaría en una carrera de cien metros contra cualquier miembro del grupo que se atreviera a correr junto a él. Del otro lado de la puerta, el propietario de la cervecería y la camarera murmuraban sorprendidos frente a la increíble conducta del ilustre profesor. Mucho más tuvieron para murmurar después, cuando el distinguido caballero le dio al propietario una palmada y besó a la camarera detrás de la puerta de la cocina.

—Caballeros —dijo el profesor mientras se ponía de pie, balanceándose ligeramente—. Creo que debo explicarles la causa de esta celebración.

—¡Que hable, que hable, que hable! —gritaron los estudiantes golpeando sus vasos contra la mesa.

—Amigos míos, debo comunicarles que voy a casarme muy pronto. Por lo menos, eso espero —dijo el profesor con los ojos brillándole a través de los lentes.

Un estudiante, un poco más atrevido que los demás, preguntó:

—¡Casarse! Pero, ¿falleció la señora?

—¿Qué señora?

—¿Y qué señora va a ser? La señora Von Baumgarten, por supuesto.

—Ah —dijo riendo el profesor. Veo que ya saben todo lo mío… No, no murió. Pero estoy seguro que no se opondrá a mi casamiento.

—¡Qué considerado de su parte! —dijo un joven.

—En realidad —dijo el profesor— espero que acepte esta situación y me ayude a congraciarme con mi futura esposa. Es cierto que la señora y yo nunca nos hemos llevado muy bien, pero ahora espero que todo eso haya pasado y que cuando me case venga a vivir con nosotros.

—¡Seguramente se convertirán en una familia muy feliz! – comentó alguien.

—Así lo espero. ¡Y me gustaría que todos ustedes asistieran a la boda! ¡No haré nombres pero pido ahora un brindis por mi futura esposa !

—¡A su salud! ¡Por la futura esposa! —clamaron los estudiantes con grandes carcajadas. Y así continuó la fiesta, alegre y tumultuosa, en la que todos seguían el ejemplo del profesor y bebían y brindaban por la mujer de su corazón.

Al mismo tiempo en que se realizaba esta festiva reunión, en otro lugar se sucedía una escena muy diferente. El joven Fritz von Hartmann, con una actitud solemne y reservada, revisó algunos instrumentos matemáticos y salió a la calle, caminando según su costumbre, lenta y pensativamente. Delante de él iba a paso vivo el profesor de anatomía. 

Cartel anunciador de la mencionada película

Así que aceleró su marcha hasta alcanzarlo.

—Profesor —dijo dándole unas palmaditas en el brazo—. Recuerdo ahora que el otro día me preguntó acerca del revestimiento de las arterias cerebrales. Yo creo que…

—¡Pero quién se cree usted que es! ¿Qué demonios pretende? —dijo indignado el agrio profesor de anatomía—. ¡Tendré que informar de su comportamiento a la Junta Académica!

Y con esta amenaza, el antipático señor giró en redondo y se marchó rápidamente.

Von Hartmann se sintió muy sorprendido frente a esa reacción desproporcionada: «Debe ser a causa del fracaso de mi experimento» dijo para si y continuó malhumorado su camino. Le esperaban nuevas sorpresa. Se le acercaron de pronto dos jóvenes estudiantes. En lugar de saludarlo sacándose las gorras, o de mostrarle alguna señal de respeto, al verlo lanzaron un grito. Corrieron hacia él y lo tomaron cada uno de un brazo mientras lo arrastraban con ellos.

—¡Dios mío! ¿Qué pasa? ¿Dónde me llevan?

—A que te tragues una buena botella de cerveza con nosotros —contestaron los estudiantes con expresión divertida—. ¡Vamos! ¡Ésta es una invitación a la que nunca pudiste negarte!

—¡Jamás escuché una falta de respeto semejante! —gritó Von Hartmann—. suéltenme ya! ¡Los suspenderé! ¡Déjenme ahora mismo, he dicho!

—Así que estás de mal humor —le respondieron—. Que te vayas con viento fresco… La podemos pasar muy bien sin tu presencia.

—¡Sé quiénes son y haré que paguen por esto! —gritó furioso Von Hartmann.

Casi todo el equipaje de mi madre, estaba compuesto por prendas y regalos para toda la "tropa" de su descendencia. Si la apilabamos hacíamos un buen montón de ropa y demás.

"Rancho" de la tía Sunti y familia, en Venezuela

Otro año, mi madre hizo un viaje totalmente distinto, en lugar de traer, se llevó cosas al lugar de destino.

—¿Yo creo que estos son los que me pidió? —preguntome mi madre cuando estaba haciendo una de las maletas.

—¡No me parece!, no son de la marca “Adidas”, que es la que quiere su nieto.

—¡Me cago en Di...!, ¡ya estoy hasta los cojones!, ¡si te parece, me voy a gastar dos mil… y tantas pesetas en comprar unas zapatillas!, ¡con éstas les va más que bien!

Era comprensible la reacción de mi madre, resulta que la lista de "presentes", que le había enviado nuestra tía “Sunti” (Asunción) a su hermana; indicaba expresamente la marca que querían de ellos. Y esto sulfuraba a mi madre, pues valían diez veces más que otra marca, como recuerdo lo que sucedió con las putas zapatillas. Lo mismo ocurrió con unos “cascos” de música, que los querían de la marca “Sony”, la más cara. Y es que, en estos años, los venezolanos, aún no habían digerido su nueva situación económica. La economía del país había caído en picado.

—¡Pues esto es lo que me llevo!, prefiero darles el dinero que nos vamos a ahorrar, y que se compren… ¡Lo que les salga del coño! —salió el consabido “coño”.

Hizo su planificado viaje y lo pasó bien.

Conoció a toda la descendencia de sus dos hermanas, que habían emigrado más o menos cuando mi padre fue a probar fortuna, allá a mediados de los años cincuenta.

Especialmente le gustó mucho volver a ver a su sobrino Lisardo, el hijo de la ya fallecida Consuelo, su hermana mayor; ya era abuelo.

Cuando regresó y nos pasó parte, nos confirmó lo que ya suponíamos, allí todo se había ido a la mierda y pasaban bastantes calamidades. Al cambio de su moneda, el “bolívar” valía para poco.

Nada que ver con otras épocas mejores de su economía.

Los regalos los recibieron los jóvenes, que eran para quienes los trajo, pero no de muy buen agrado, pues esperaban que fueran de las marcas pedidas.

Después de este primer viaje a Venezuela, hizo otro al año siguiente. Pero esta vez lo planificó de otra manera:

—Mamá, ¡mira que no te llevas ningún regalo!,¿estás segura?

—¡Les lleve lo que le lleve, todo les parece poco a los chicos! Lo mejor es que les dé dinero y que se compren lo que quieran.

—Pero allí no encuentran las marcas que a ellos les gustan.

—¡Pues que se las apañen!, eso es lo mejor, ¡créeme, que vosotros no sabéis como están las cosas!

Y le fue bien su decisión, cuando llegó, procuró quedar más o menos bien con todos:

—¡No hacía falta Antoñita! —una frase que utilizamos en todo el mundo.

—¡Coged este dinero que es de parte de vuestros primos!

—¡De acuerdo, si es así, lo cojo!

—¡Faltaría más, no les vamos a hacer un feo!

Mi madre había hecho una pequeña recolecta entre nosotros, y todos nos “retratamos”, tampoco íbamos sobrados pero en algo les ayudó.

¡Por los pelos...!


El último viaje de nuestra “Marco Polo”, se produjo un mes antes de una fecha que cambiaría el mundo. El 11 de Septiembre de 2001.

Precisamente esa era la fecha prevista de su regreso a España. Pero la suerte estuvo de nuestra parte, y mi madre perdió uno de los aviones que estaba previsto empalmara para completar su trayecto. Que resultó ser uno de los cuatro que los terroristas secuestraron.

Y pudo regresar sana al aeropuerto de nuestra ciudad. Con el revuelo de los atentados y el caos, pensamos lo peor:

—¡Viene con retraso, pero viene! ¡No era su avión! —una vez más mi hermano nos calmó a todos con las últimas novedades ¡En aquel año mi madre tenía 76 años!

Resultó que el vuelo 77 de American Airlines fue el tercer vuelo secuestrado como parte de los atentados del 11 de septiembre de 2001, y fue estrellado deliberadamente contra "El Pentágono", La sede del Departamento de Defensa de los Estados Unidos.

El avión, que cubría el enlace del Aeropuerto Internacional Washington-Dulles, cerca de Washington D. C., y el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, en la ciudad homónima, fue secuestrado por cinco saudíes yihadistas de la red terrorista "Al Qaeda"; cuando llevaba 45 minutos de vuelo. Los saudíes entraron en la cabina del avión y obligaron a los pasajeros a dirigirse a la parte trasera del mismo. Hani Hanjour, el líder del grupo de los secuestradores, asumió el control del vuelo como piloto.

A escondidas de sus secuestradores, sólo un pasajero logró realizar una llamada a sus familiares contándoles lo sucedido.

Restos del vuelo 77, el tercer vuelo secuestrado.

El avión terminó estrellándose contra la fachada occidental de "El Pentágono" a las 9:37:44 horas ET, provocando la muerte de las 64 personas a bordo (2 pilotos, 4 azafatas y 58 pasajeros), así como de 125 personas en el edificio.

Fueron testigos de ello docenas de personas, y a los pocos minutos los noticieros empezaron a informar al respecto. Asimismo, el impacto generó daños en una buena parte del edificio y ocasionó un incendio, generando el derrumbe parcial del mismo, y que fue combatido por los bomberos durante varios días.

FIN DEL CAPÍTULO. ■


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