“El gran experimento Keinplatz”, un relato de espíritus, ¡pero

de los que no dan miedo! con el estilo del creador de “Holmes”

Un relato escrito por Arthur Conan Doyle, el “padre” de “Sherlock Holmes, publicado por primera vez en la revista "Belgravia" en julio de 1885. Esta es la primera ficción que trata sobre espíritus y 30 años antes de la implicación activa del autor por la causa del espiritismo.

La historia sucede en la Alemania previa a la I Guerra Mundial.

EL GRAN EXPERIMENTO DE KEINPLATZ


RELATO COMPLETO CON ILUSTRACIONES ORIGINALES.

Ilustración en “The St. Louis Star” (4 de febrero de 1912). Entre 1911 y 1917, este periódico publicó 3 novelas y 7 relatos escritos por Arthur Conan Doyle.

De todas las ciencias que han des­concertado a la humanidad, ninguna ejerció tanta atracción para el erudito profesor von Baumgarten, como las que se relacionan con la psicología y las relaciones mal definidas entre la mente y la materia. Célebre anatomista, químico profundo y uno de los primeros fisiólogos de Europa, fue un alivio para él apartarse de estos temas y aplicar sus variados conocimientos al estudio del alma y las misteriosas relaciones de los espíritus. Al principio, cuando sien­do joven empezó a sumergirse en los secretos del "mesmerismo" [También conocido como la doctrina del «magnetismo animal», y que se refiere a un supuesto fluido invisible que permite el funcionamiento del cuerpo humano, pero cuya distribución errónea o un desequili­brio en el cuerpo es la causa de las enfer­medades], su mente parecía estar va­gando en una tierra extraña donde todo era caos y oscuridad, salvo que aquí y allá algún gran hecho inexplicable e in­conexo surgía ante él.

Sin embargo, a medida que pasaron los años y el acervo de conocimientos del digno profesor aumentó, pues el cono­cimiento engendra conocimiento como el dinero genera intereses, mucho de lo que había parecido extraño e inexplica­ble comenzó a tomar otra forma a sus ojos. Nuevas líneas de razonamiento se le hicieron familiares y percibió vín­culos de conexión allí donde todo ha­bía sido incomprensible y sorprendente. Mediante experimentos que se prolon­garon durante veinte años, obtuvo una base de hechos sobre la cual ambicio­naba construir una nueva base exacta; ciencia que debería abarcar el mesme­rismo, el espiritismo y todos los temas afines. En esto le ayudó mucho su co­nocimiento íntimo de las partes más intrincadas de la fisiología animal que tratan de las corrientes nerviosas y el funcionamiento del cerebro.

Porque Alexis von Baumgarten era pro­fesor regio de fisiología en la Universi­dad de Keinplatz y contaba con todos los recursos del laboratorio para ayu­darle en sus profundas investigaciones.

El profesor von Baumgarten era alto y delgado, con cara de hacha y ojos gris acero, singularmente brillantes y pe­netrantes. Muchos pensamientos ha­bían fruncido su frente y contraído sus pobladas cejas, de modo que parecía llevar un ceño perpetuo, que a menu­do engañaba a la gente en cuanto a su carácter, ya que, aunque austero, tenía un corazón tierno. Era popular entre los estudiantes, quienes se reunían a su al­rededor después de sus conferencias y escuchaban con entusiasmo sus extra­ñas teorías. A menudo llamaba a volun­tarios de entre ellos para llevar a cabo algún experimento, de modo que al final apenas había un chico en la clase que, en un momento u otro, no hubiera sido arrojado a un trance hipnótico por su profesor.

De todos estos jóvenes devotos de la ciencia, no hubo ninguno que igualara en entusiasmo a Fritz von Hartmann. A menudo les había parecido extraño a sus compañeros de estudios que el salvaje e imprudente Fritz, el joven más apuesto que jamás haya llegado de Renania, dedicara el tiempo y el traba­jo a leer obras abstrusas y a ayudar al profesor en sus extrañas tareas experi­mentales.

Sin embargo, hacía poco que Fritz ha­bía perdido su corazón por la joven Eli­se, la hija del profesor de ojos azules y cabello amarillo; de la que estaba loca­mente enamorado. Más por suerte para él, ese amor parecía ser correspondido por ella, aún así, no se había atrevido a presentarse ante su familia como un pretendiente formal. Por lo tanto, le ha­bría resultado difícil ver a su joven si no hubiera adoptado el recurso de ser útil al profesor. Por este medio lo invitaban con frecuencia a la casa del anciano, donde se sometía voluntariamente a ser “coballa” de cualquier experimento con tal de que hubiera una posibilidad de recibir una mirada brillante de los ojos de Elise o un toque de su manita. 

Ilustración de Louis Bailly incorporada, junto con otras suyas más que veremos aquí, en una edición de Pierre Lafitte de 1914

Louis Eugène Bailly (1875 - 1958), fue un pintor e ilustrador francés; que realizó numerosos álbumes ilustrados para las grandes editoriales de la época. Además colaboró ​​con "L'Illustration" entre 1920 y 1930, además de con Figaro Illustré, Le Rire, La Caricature, La Bayonnette y Je Sais Tout, entre otros.

Entre 1914 y 1918, realizó 67 ilustraciones para las obras de ficción de Arthur Conan Doyle .

El joven Fritz von Hartmann era un mu­chacho bastante guapo. Además había prevista una suculenta herencia com­puesta de grandes extensiones de te­rreno que le corresponderían cuando muriera su padre.

A muchos les habría parecido un pre­tendiente elegible; pero su Madre, co­nocida como la Madame, desaprobaba su presencia en la casa y en ocasiones sermoneaba al profesor, su marido, por permitir que un lobo así rondara a su cordero. A decir verdad, Fritz tenía mala fama en Keinplatz. Nunca hubo un mo­tín o un duelo, o cualquier otra travesu­ra en marcha, en la que el joven renano [Originario de la región de Renania] no fi­gurara como cabecilla.

Nadie usaba un lenguaje más libre y violento, nadie bebía más, nadie jugaba a las cartas con más asiduidad, nadie era más ocioso, salvo en un tema soli­tario. No es de extrañar entonces, que la buena de la Institutriz, encargada de la educación de la joven, protegiera a su alumna y se sintiera molesta por las atenciones de este joven “Don Juan”.

En cuanto al digno conferenciante del padre de la joven, estaba demasiado absorto en sus extraños estudios para formarse una opinión sobre el tema en un sentido u otro.

Durante muchos años hubo una pre­gunta que continuamente se había im­puesto en sus pensamientos. Todos sus experimentos y sus teorías giraron en torno a un solo punto. Cien veces al día el profesor se preguntaba si era posi­ble que el espíritu humano existiera se­parado del cuerpo durante un tiempo y luego volviera a él.

Cuando se le ocurrió por primera vez la posibilidad, su mente científica se había rebelado contra ella. Chocó demasiado violentamente con las ideas preconce­bidas y los prejuicios de su formación inicial. Sin embargo, gradualmente, a medida que avanzaba más y más en el camino de la investigación original, su mente se liberó de sus viejas cadenas y se preparó para afrontar cualquier con­clusión que pudiera reconciliar los he­chos. Hubo muchas cosas que le hicie­ron creer que era posible que la mente existiera separada de la materia.

Por fin se le ocurrió que mediante un experimento audaz y original la cuestión podría decidirse definitivamente.

Sorprendiendo al mundo científico con un famoso artículo sobre las entidades invisibles.

En ese artículo decía: «En condiciones especiales, es evidente que el alma o mente se separa sola del cuerpo. Así sucede con las personas hipnotizadas: el cuerpo queda en estado cataléptico, pero el espíritu lo ha abandonado. Tal vez me contestarán que el alma se encuentra ahí, pero durmiendo. Responderé que no, si no ¿cómo explicaríamos la clarividencia? La clarividencia ha sido desacreditada por falsos y fraudulentos adivinos, pero su realidad puede ser demostrada con facilidad. Lo comprobé yo mismo, usando a una persona sensitiva.

Esa persona me dijo detalladamente lo que sucedía en una habitación de otra casa. ¿Cómo explicarán eso? Sólo se explica aceptando que el alma ha abandonado al cuerpo y está vagando por el espacio. No podemos ver esas idas y vueltas porque el espíritu es invisible. Pero podemos ver los efectos en el cuerpo del sujeto, tanto rígido e inanimado, como tratando de narrar sensaciones que nunca hubieran podido llegar a él por medios naturales. Sólo se me ocurre una forma de demostrar este hecho. Y es la siguiente: nosotros somos seres carnales, incapaces de ver espíritus, pero nuestros propios espíritus pueden ser separados de nuestro cuerpo y darse cuenta de la presencia de los otros. Mi intención es hipnotizar a uno de mis discípulos. Luego yo me hipnotizaré a mí mismo. Utilizaré un método que ya puse a prueba antes y que me resulta fácil. Si mi teoría es cierta, mi espíritu podrá encontrar el espíritu de mi alumno y comunicarse con él sin dificultad puesto que los dos estaremos separados de nuestros cuerpos. Trataré de comunicar el resultado de esta experiencia en el próximo número de éste periódico».

El profesor cumplió con su promesa y publicó un informe sobre lo que había ocurrido. La historia era tan extraordinaria que en general fue recibida con incredulidad. En algunos periódicos que comentaron este artículo el tono era tan ofensivo, que el profesor se enojó. Dijo que nunca más volvería a tocar ese tema y fue escrupulosamente fiel a su palabra. Pero este relato fue reunido aquí recurriendo a las más auténticas fuentes y los hechos citados son esencialmente ciertos.

Sucedió de esta manera y fue poco tiempo después de que al profesor Von Baumgarten se le ocurriera la idea del experimento:

Estaba caminando hacia su casa, abstraído en sus pensamientos después de un largo día de laboratorio; cuando se encontró con una multitud de estudiantes alboro­tadores que acababan de salir. de una cervecería. A la cabeza de ellos, medio ebrio y muy ruidoso, estaba el joven Fritz von Hartmann. El profesor iba a pasarlos, pero su alumno corrió y lo in­terceptó.

—¡Je! Mi digno amo —dijo, tomando al anciano por la manga y llevándolo por el camino con él—. Hay algo que ten­go que decirte, y me resulta más fácil decirlo ahora, cuando la buena cerveza zumba en mi cabeza, que en otro mo­mento.

—¿Qué pasa entonces, Fritz? —pregun­tó el fisiólogo mirándolo con cierta sor­presa.

—He oído, mein herr, que está a punto de realizar un experimento maravilloso en el que espera obtener sacar el alma del hombre de su cuerpo y luego volver a ponerla de nuevo. ¿No es así?”

—Es verdad, Fritz.”

—¿Y ha considerado, mi querido señor, que puede tener alguna dificultad para encontrar a alguien con quien probar esto? ¡Potztausend! (expresión) Supon­gamos que el alma sale y no regresa. Sería un mal negocio. ¿Quién va a que­rer correr el riesgo?”

—Pero, Fritz —gritó el profesor, muy sorprendido por esta visión del asun­to—, había contado con tu ayuda en el intento. Seguramente no me abandona­rás. Considera el honor y la gloria.

—¡Considere los violines! —el estu­diante lloró enojado— ¿Debe pagarme siempre así? ¿No estuve dos horas sobre un aislante de vidrio mientras tú introducías electricidad en mi cuerpo? ¿No has estimulado mis nervios fréni­cos, además de arruinar mi digestión con una corriente galvánica alrededor de mi estómago? Treinta veces me has hipnotizado, ¿y qué he sacado de todo esto? ¡Nada! —continuando tuteando al profesor a causa de su estado de em­briaguez— Y ahora quieres sacarme el alma, como quitarías las horas de un re­loj. Es más de lo que la carne y la san­gre pueden soportar.

—¡Querido querido! —gritó el profesor con gran angustia— Eso es muy cier­to, Fritz. Nunca había pensado en eso antes. Si puedes sugerirme cómo pue­do compensarte, me encontrarás listo y dispuesto.

—Entonces escuche —dijo Fritz solem­nemente—. Si me prometes que des­pués de este experimento podré tener la mano de tu hija, entonces estoy dis­puesto a ayudarte; pero si no, no tendré nada que ver con ello. Estos son mis únicos términos.—en este caso tuteándolo debido a su estado de embriaguez. 

El profesor, asombrado, permaneció en silencio. Luego, tras una pausa, exclamó:

—¿Y qué diría mi hija a esto?

—Elise lo agradecería —respondió el joven—. Nos hemos amado desde hace mucho tiempo.

—Entonces será tuya —dijo el fisiólo­go con decisión—, pues eres un joven de buen corazón y uno de los mejores sujetos neuróticos que he conocido ja­más, es decir, cuando no estás bajo la influencia del alcohol. Mi experimento se realizará el día 4 del próximo mes. Usted asistirá al laboratorio de fisiología a las doce. Será una gran ocasión, Fritz. Von Gruben viene de Jena y Hinterstein de Basilea, los dos jefes. Además esta­rán presentes los científicos de todo el sur de Alemania.

—Seré puntual —dijo brevemente el estudiante; y así los dos se separaron. El profesor caminó pesadamente hacia casa, pensando en el gran aconteci­miento que se avecinaba, mientras el joven caminaba tambaleándose detrás de sus ruidosos compañeros, con la mente llena de Elise, la de ojos azules, y del trato que había cerrado con su padre.

El profesor no exageró cuando habló del amplio interés suscitado por su no­vedoso experimento psicofisiológico. Mucho antes de que llegara la hora, la sala estaba llena de una galaxia de ta­lento. Además de las celebridades que había mencionado, había llegado de Londres el gran profesor Lurcher, que acababa de establecer su reputación con un notable tratado sobre los cen­tros cerebrales. Varias veces, geniales miembros del cuerpo espiritista también habían viajado desde lejos para estar presentes, al igual que un ministro de Swedishborg, que consideró que los ac­tos podrían arrojar alguna luz sobre las doctrinas de la Rosa Cruz.

Hubo un considerable aplauso por parte de esta eminente asamblea tras la apari­ción del profesor von Baumgarten y su sujeto en la plataforma. El conferenciante, en pocas pala­bras bien escogidas, explicó cuáles eran sus puntos de vista y cómo se proponía ponerlos a prueba:

—Sostengo —dijo—, que cuando una persona está bajo la in­fluencia del mesmerismo, su espíritu se libera temporalmente de su cuerpo, y desafío a cualquiera a que presente cualquier otra hipótesis que explique el hecho de la clarividencia. Por lo tanto, espero que al hipnotizar a mi joven amigo aquí pre­sente, y luego ponerme en trance, nuestros espíritus puedan comunicarse juntos, aunque nuestros cuerpos permanezcan quietos e inertes. Después de un tiempo la naturaleza reto­mará su dominio, nuestros espíritus regresarán. en nuestros respectivos cuerpos, y todo será como antes. Con su amable permiso, ahora procederemos a intentar el experimento.

Los aplausos se renovaron ante este discurso y el público se quedó en silencio expectante. Con unos cuantos pases rápi­dos el Profesor hipnotizó al joven, quien se hundió en su silla, pálido y rígido. Luego sacó de su bolsillo un globo de cristal brillante y, concentrando su mirada en él y haciendo un gran esfuerzo mental, logró ponerse en la misma condición.

Fue un espectáculo extraño e impresionante ver al anciano y al joven sentados juntos en la misma condición cataléptica. ¿A dónde, entonces, habían huido sus almas? Ésa fue la pre­gunta que se planteó a todos y cada uno de los espectadores.

Ilustración de Georges Redon en "La Vie Illustrée" (1899)

Pasaron cinco minutos, y luego diez, y luego quince, y luego quince más, mientras el profesor y su alumno permanecían rígidos y rígidos en la plataforma. Durante ese tiempo no se escuchó ni un solo sonido de los sabios reunidos, pero todos los ojos estaban fijos en los dos rostros pálidos, en busca de los primeros signos de recuperación de la conciencia.

Había transcurrido casi una hora antes de que los pacientes observadores fueran recompensados.

Un ligero rubor volvió a las mejillas del profesor von Baumgar­ten. El alma volvía una vez más a su morada terrenal.

De repente estiró sus brazos largos y delgados, como quien despierta de un sueño, y frotándose los ojos, se levantó de la silla y miró a su alrededor como si apenas supiera dónde estaba:

—¡Tausend Teufel! —exclamó, lanzando un tremendo jura­mento del sur de Alemania, ante gran asombro de su audien­cia y disgusto del sueco.

—¿Dónde diablos estoy entonces, Henker, y qué diablos ha ocurrido? Oh, sí, ahora lo recuerdo. Uno de esos experimen­tos mesméricos sin sentido. Esta vez no hay resultado, por­que no recuerdo nada en absoluto desde que quedé incons­ciente; así que todos vuestros largos viajes fueron para nada, mis eruditos amigos, y además un muy buen chiste.

Ante lo cual el Regius Professor de Fisiología estalló en car­cajadas y se dio una palmada en el muslo de una manera sumamente indecorosa. El público estaba tan furioso por este comportamiento indecoroso por parte de su presentador, que podría haber habido una considerable perturbación, de no ha­ber sido por la juiciosa intervención del joven Fritz von Hart­mann, que ya se había recuperado de su letargo. Al pasar al frente de la plataforma, el joven se disculpó por la conducta de su compañero:

—Lamento decir”, dijo, “que es una especie de tipo ha­rum-scarum, aunque parecía tan serio al comienzo de este experimento. Todavía sufre una reacción mesmérica y difí­cilmente es responsable de sus palabras. En cuanto al ex­perimento en sí, no lo considero un fracaso. Es muy posible que nuestros espíritus hayan estado en comunión en el es­pacio durante esta hora; pero, desafortunadamente, nuestra memoria corporal densa es distinta de nuestro espíritu, y No puedo recordar lo que ha ocurrido. Mis energías se dedicarán ahora a idear algún medio por el cual los espíritus puedan recordar lo que les ocurre en su estado libre, y confío en que cuando haya resuelto esto, pueda tener el placer de reunirnos con todos ustedes una vez más en esta sala y demostrarles el resultado...

Este discurso, procedente de un estudiante tan joven, causó considerable asombro entre los presentes, y algunos se ofen­dieron, pensando que asumía demasiada importancia. La ma­yoría, sin embargo, lo conside­raba un joven muy prometedor, y al salir del salón se hicieron muchas comparaciones entre su conducta digna y la ligereza de su profesor, quien durante las observaciones anteriores se reía a carcajadas en un rincón, De ninguna manera se avergon­zó por el fracaso del experimento.

Ahora bien, aunque todos es­tos hombres eruditos estaban saliendo de la sala de conferen­cias con la impresión de que no habían visto nada notable; de hecho, una de las cosas más maravillosas en toda la historia del mundo acababa de ocurrir ante sus propios ojos. El profe­sor von Baumgarten había acertado hasta el momento en su teoría de que tanto su espíritu como el de su alumno habían estado ausentes de su cuerpo durante un tiempo.

Ilustración de Louis Bailly de 1914

Pero aquí había ocurrido una complicación extraña e impre­vista. A su regreso, el espíritu de Fritz von Hartmann había entrado en el cuerpo de Alexis von Baumgarten, y el de Alexis von Baumgarten había establecido su morada en el marco de Fritz von Hartmann. De ahí la jerga y la grosería que sur­gieron de los labios del serio profesor, y de ahí también las palabras pesadas y las declaraciones graves que salieron del estudiante descuidado. Fue un acontecimiento sin prece­dentes, pero nadie lo sabía, y menos aún aquellos a quienes afectaba.

El cuerpo del profesor, sintiéndose repentinamente conscien­te de una gran sequedad en la parte posterior de la garganta, salió a la calle, todavía riendo para sí mismo por el resultado del experimento, porque el alma de Fritz en su interior era imprudente ante el pensamiento de la novia a quien había conquistado tan fácilmente. Su primer impulso fue ir a la casa a verla, pero pensándolo mejor llegó a la conclusión de que sería mejor permanecer alejado hasta que Madame Baum­garten fuera informada por su marido del acuerdo alcanzado. Por lo tanto, se dirigió al “Grüner Mann”, que era uno de los lugares de cita favoritos de los estudiantes más salvajes, y corrió, agitando ruidosamente su bastón en el aire, hacia el pequeño salón, donde estaban sentados Spiegler y Müller y media docena de compañeros más.

—¡Ja, ja! Mis muchachos —gritó—. Sabía que los encontraría aquí. Beban cada uno de ustedes y llamen para lo que quie­ran, porque hoy “voy a recibir un regalo”.

Si el hombre verde que está representado en el cartel de esa conocida posada hubiera entrado repentinamente en la habitación y pedi­do una botella de vino, los estudiantes no podrían haberse sorprendido más que ellos ante la inesperada entrada de su venerado profesor. Quedaron tan asombrados que durante uno o dos mi­nutos lo miraron con total desconcierto sin poder responder a su cordial invita­ción.

—¡Donner und Blitzen! (Truenos y Re­lámpagos) —gritó el profesor enoja­do—. ¿Qué diablos os pasa entonces? Estáis ahí sentados como un par de cerdos atrapados mirándome. ¿Qué os pasa entonces?

—Es un honor inesperado. —balbuceó Spiegel, que estaba en la silla.

—¿Honor...?, ¡basura! —dijo el profesor con irritación—. ¿Creéis que sólo por­que he estado exhibiendo mesmerismo hacia una porción de viejos fósiles, soy demasiado orgulloso para asociarme con viejos y queridos amigos como tú? Levántate de esa silla, Spiegel, mucha­cho, porque ahora pregunto.¿ Cerveza, o vino, o shnapps?, ¡muchachos, pidan lo que quieran y la cuenta de todo es para mí!

Nunca hubo una tarde así en el “Grü­ner Mann”. Las espumosas jarras de cerveza y las botellas de cuello verde de renana circulaban alegremente. Por grados los estudiantes perdieron la ti­midez en presencia de su profesor. En cuanto a él, gritaba, cantaba, rugía, sostenía una larga pipa sobre su nariz y se ofrecía a correr cien metros contra cualquier miembro de la compañía.

Kellner y la camarera se susurraron al otro lado de la puerta, su asombro ante tal proceder por parte de un Regius Professor de la antigua Universidad de Kleinplatz. Después tuvieron aún más cosas de qué cuchichear, porque el eru­dito rompió la corona de Kellner y besó a la camarera detrás de la puerta de la cocina.

—Caballeros —dijo el profesor, levan­tándose, aunque un poco tambalean­te, al final de la mesa y sosteniendo en equilibrio su alta y anticuada copa de vino en su mano huesuda—, ahora debo explicarles cuál es la causa de esta festividad.

—¡Escucha Escucha! —rugieron los es­tudiantes, golpeando sus vasos de cer­veza contra la mesa— ¡Un discurso, un discurso! ¡Silencio por un discurso!

—El hecho es, amigos míos —dijo el profesor, sonriendo a través de sus ga­fas—, espero casarme muy pronto.

—¡Casado! —gritó un estudiante, más atrevido que los demás—-¿Entonces la señora (la Madame) está muerta?

—¿Señora quién?

—Bueno, señora von Baumgarten, por supuesto.

—¡Ja ja! —se rió el profesor— Entonces veo que usted sabe todo acerca de mis dificultades anteriores. No, ella no está muerta, pero tengo razones para creer que no se opondrá a mi matrimonio”.

—Eso es muy complaciente de su par te. —comentó uno de los miembros de la juerga.

—De hecho —dijo el profesor— espe­ro que ahora se sienta inducida a ayu­darme a conseguir una esposa. Ella y yo nunca nos llevamos muy bien el uno con el otro; pero ahora espero que todo eso termine, y cuando yo me case, ella vendrá también y se quedará conmigo.”

—¡Qué familia tan feliz!” —exclamó al­gún bromista.

—¡Sí, de hecho!; y espero que vengan todos a mi boda. No mencionaré nom­bres, ¡pero brindo por mi pequeña novia! —y el profesor agitó su vaso en el aire.

—¡Por su pequeña novia! —rugieron los alborotadores con carcajadas— Este brindis para ella... ¡Larga Vida para ella, salud!

Y así la diversión continuó y ahora ya más atrevida; cada joven seguía el ejemplo del profesor y brindaba por la chica de su corazón.

Mientras toda esta fiesta se desarrolla­ba en el “Grüner Mann”, en otros luga­res se desarrollaba una escena muy di­ferente. El joven Fritz von Hartmann, de rostro solemne y modales reservados, había consultado y ajustado, después del experimento, algunos instrumen­tos matemáticos. Después de lo cual, con algunas palabras perentorias a los conserjes, salió a la calle y se dirigió lentamente hacia la casa del profesor. Mientras caminaba vio frente a él a Von Althaus, el profesor de anatomía.

Ilustración de Louis Bailly de 1914

Así que aceleró su marcha hasta alcanzarlo.

—Profesor —dijo dándole unas palmaditas en el brazo—. Recuerdo ahora que el otro día me preguntó acerca del revestimiento de las arterias cerebrales. Yo creo que…

—¡Pero quién se cree usted que es! ¿Qué demonios pretende? —dijo indignado el agrio profesor de anatomía—. ¡Tendré que informar de su comportamiento a la Junta Académica!

Y con esta amenaza, el antipático señor giró en redondo y se marchó rápidamente.

Von Hartmann se sintió muy sorprendido frente a esa reacción desproporcionada: «Debe ser a causa del fracaso de mi experimento» dijo para si y continuó malhumorado su camino. Le esperaban nuevas sorpresa. Se le acercaron de pronto dos jóvenes estudiantes. En lugar de saludarlo sacándose las gorras, o de mostrarle alguna señal de respeto, al verlo lanzaron un grito. Corrieron hacia él y lo tomaron cada uno de un brazo mientras lo arrastraban con ellos.

—¡Dios mío! ¿Qué pasa? ¿Dónde me llevan?

—A que te tragues una buena botella de cerveza con nosotros —contestaron los estudiantes con expresión divertida—. ¡Vamos! ¡Ésta es una invitación a la que nunca pudiste negarte!

—¡Jamás escuché una falta de respeto semejante! —gritó Von Hartmann—. suéltenme ya! ¡Los suspenderé! ¡Déjenme ahora mismo, he dicho!

—Así que estás de mal humor —le respondieron—. Que te vayas con viento fresco… La podemos pasar muy bien sin tu presencia.

—¡Sé quiénes son y haré que paguen por esto! —gritó furioso Von Hartmann.

Ilustración de Fréderic Auer publicada en 1925 en "Dimanche Illustré" (Un suplemento del periódico "Excelsior", editado entre 1923 y 1924 por Paul Dupuy; que en 1924, pasó a llamarse "Dimanche Illustré" hasta su desaparición en 1944). Entre 1923 y 1937, el suplemento publicó 57 relatos y 2 novelas escritas por Arthur Conan Doyle .

Fréderic Auer (1880 - 1961) fue un respetado ilustrador francés. Entre 1923 y 1937, realizó 25 ilustraciones para los relatos de Conan Doyle.

Con esta amenaza giró sobre sus talo­nes y se alejó rápidamente. Von Hart­mann quedó muy sorprendido por esta recepción:

«Es por este fracaso de mi experimen­to», se dijo, y continuó malhumorado su camino.

Sin embargo, le esperaban nuevas sor­presas. Iba apurado cuando dos estu­diantes lo alcanzaron. Estos jóvenes, en lugar de levantarse las gorras o mostrar cualquier otra señal de respeto, dieron un salvaje grito de alegría en el instan­te en que lo vieron: —¡Juntos al Cielo! —y corriendo hacia él, lo agarraron por cada brazo y comenzaron a arrastrarlo con ellos.

—¡Juntos al Cielo! —rugió Von Hart­mann—. ¿Cuál es el significado de este insulto incomparable? ¿A dónde me lle­vas?”

—¿A donde va a ser? A vaciar una bo­tella de vino con nosotros —dijeron los dos estudiantes—. ¡Vamos! Ésa es una invitación que nunca has rechazado”.

—¡Nunca en mi vida había oído hablar de tal insolencia! —exclamó Von Hart­mann—. ¡Suelta mis brazos! Ciertamen­te soy muy viejo para esto. ¡Dejadme ir! y pateó furiosamente a sus captores.

—Oh, si eliges ponerte de mal humor, puedes ir a donde quieras —dijeron los estudiantes, soltándolo—. ¡Podemos hacerlo muy bien sin ti!

—¡Pues hacedlo! —dijo Von Hartmann furioso, y continuó en dirección a la que imaginaba ser su propia casa, muy in­dignado por los dos episodios que le habían ocurrido en el camino.

Ahora, Madame von Baumgarten, que estaba mirando por la ventana y pre­guntándose por qué su marido llegaba tarde a cenar, quedó considerablemen­te asombrada al ver al joven estudiante acercarse por la calle. Como ya se ha señalado, ella sentía una gran antipatía hacia él, y si alguna vez se aventuraba a entrar en la casa, era con tolerancia y bajo la protección del profesor.

Por lo tanto, se sorprendió aún más cuando lo vio abrir la verja y avanzar por el sendero del jardín con el aire de quien es dueño de la situación. Apenas podía creer lo que veía y corrió hacia la puerta con todos sus instintos materna­les en armas.

Desde las ventanas superiores, la be­lla Elise también había observado este atrevido movimiento por parte de su amante, y su corazón latía aceleradamente con una mez­cla de orgullo y consternación.

—¡Buenos días, señor! —comentó Madame Baumgarten al intruso, mientras permanecía con sombría majestad en la puerta abierta.

—Es un día muy bonito, Marta —respondió el otro—. Ahora, no te quedes ahí como una estatua de Juno, sino apúrate y prepara la cena, porque estoy casi muerto de hambre.

—¡Marta! ¡Cena! —exclamó la dama, echándose hacia atrás asombrada.

—¡Sí, cena, Martha, cena! —aulló von Hartmann, que se es­taba poniendo irritable— ¿Hay algo maravilloso en esa pe­tición cuando un hombre ha estado fuera todo el día? Yo la esperaré en el comedor. Cualquier cosa servirá. Jamón, sal­chichas y ciruelas pasas, cualquier cosita que se te ocurra. Ahí está. está, de pie mirando de nuevo... Mujer, ¿mueves o no las piernas?

Este último discurso, pronunciado con un perfecto grito de rabia, tuvo el efecto de hacer volar a la buena señora Baum­garten por el pasillo y por la cocina, donde se encerró en la despensa y se puso histérica violenta. Mientras tanto, Von Hartmann entró en la habitación y se dejó caer en el sofá de muy mal humor.

—¡Elise! —gritó— ¡Maldita chica! ¡Elise!”

Así llamada bruscamente, la joven bajó tímidamente las es­caleras y se presentó en presencia de su amante:

—¡Querido! —exclamó, rodeándolo con sus brazos— ¡Sé que todo esto lo haces por mí! Es una artimaña para verme.

La indignación de Von Hartmann ante este nuevo ataque con­tra él fue tan grande que se quedó mudo por un minuto de rabia, y sólo pudo mirar fijamente y agitar los puños, mientras luchaba en su abrazo. Cuando por fin recuperó el habla, soltó tal bramido de pasión que la joven se dejó caer, petrificada de miedo, en un sillón.

—Nunca he pasado un día así en mi vida —gritó Von Hart­mann, pisoteando el suelo—. Mi experimento ha fallado. Von Althaus me ha insultado. Dos estudiantes me han arrastrado por la vía pública. Mi esposa casi se desmaya cuando le invi­to a cenar y mi hija vuela hacia mí y me abraza como un oso pardo.

—¡¿Estás enfermo querido?! —gritó la joven— Tu mente está divagando. Ni siquiera me has besado una vez.

—No, y tampoco tengo intención de hacerlo —dijo Von Hart­mann con decisión—. Deberías avergonzarte de ti mismo. ¿Por qué no vas a buscar mis zapatillas y ayudas a tu madre a preparar la cena?

—¿Y es por esto —gritó Elise, hundiendo su rostro en su pa­ñuelo—, ¿es por esto que te he amado apasionadamente du­rante más de diez meses? ¿Es por esto que he desafiado la ira de mi madre? ¡Oh, tú! Me has roto el corazón; ¡puedes es­tar bien seguro de ello! —tras lo que sollozó histéricamente.

—No puedo soportar esto mucho más —rugió furioso Von Hartmann—. ¿Qué diablos quiere decir la chica? ¿Qué hice hace diez meses que te inspiró un afecto tan particular hacia mí? Si realmente me tienes tanto cariño, será mejor que bajes corriendo y busques el jamón y un poco de pan, en lugar de decir todas estas tonterías.

—¡Oh cariño! —exclamó la infeliz doncella, arrojándose en brazos del que imaginaba ser su amante—. Sólo bromeas para asustar a tu pequeña Elise.

Ahora bien, sucedió que en el momento de este abrazo in­esperado Von Hartmann todavía estaba recostado contra el extremo del sofá, que, como muchas otras casas alemanas, estaba en un estado algo desvencijado. Sucedió también que debajo de este extremo del sofá, había un tanque lleno de agua en el que el fisiólogo realizaba ciertos experimentos con huevos de peces y que guardaba en su salón para asegurar una temperatura uniforme.

El peso adicional de la doncella, combinado con el ímpetu con el que se arrojó sobre él, hizo que el precario mueble ce­diera, y el cuerpo del desafortunado estudiante fue arrojado hacia atrás, cayendo en el interior del tanque, quedando perfectamente encajado, sólo sobresalían sus piernas, que se agitaban impotentes en el aire.

Ilustración de Louis Bailly de 1914

Esta fue la última gota. Von Hartmann se liberó con cierta dificultad de su desagradable posición, lanzó un grito inarticu­lado de furia y salió corriendo de la habitación, a pesar de las súplicas de Elise, agarró su sombrero y salió corriendo hacia la ciudad, todo empapado y despeinado. con la intención de buscar en alguna posada la comida y el confort que no encon­traba en casa.

Mientras el espíritu de Von Baumgarten encerrado en el cuer­po de Von Hartmann caminaba por el sinuoso camino que conducía a la pequeña ciudad, reflexionando enojado sobre sus muchos errores, se dio cuenta de que se le acercaba un anciano que parecía estar en un estado avanzado de ebrie­dad. Von Hartmann esperó al costado de la carretera y obser­vó a este individuo, que venía dando traspiés, tambaleándose de un lado a otro de la carretera, y cantando una canción de estudiante con una voz muy ronca y de borracho.

Al principio su interés sim­plemente se despertó por el hecho de ver a un hombre de apariencia tan venerable en una condición tan vergon­zosa, pero a medida que se acercaba, se convenció de que conocía bien al otro, aun­que no podía recordar cuán­do ni dónde lo había conoci­do. Esta impresión llegó a ser tan fuerte en él, que cuando el extraño llegó a su altura, se puso delante de él y observó atentamente sus rasgos.

Ilustración de Louis Bailly de 1914

—¡Bueno, hijo! —dijo el bo­rracho, observando a Von Hartmann y balanceándose delante de él—, ¿dónde dia­blos te he visto antes? Te co­nozco tan bien como a mí mismo. ¿Quién diablos eres?

—Soy el profesor von Baumgarten — dijo el estudiante—. ¿Puedo preguntar quién eres? Estoy extrañamente fami­liarizado con tus rasgos.

—Nunca debes decir mentiras, joven — dijo el otro—. Usted no es ciertamente el profesor, porque él es un tipo viejo y feo y usted es un joven grande y ancho de espaldas. En cuanto a mí, soy Fritz von Hartmann a su servicio.

—Eso ciertamente no lo es —exclamó el cuerpo de Von Hartmann—. Es muy posible que sea su padre. Pero señor, ¿es usted consciente de que lleva mis tachuelas y la cadena de mi reloj?”

—¡Infiernos! —dijo el otro—. Si esos no son los pantalones por los que mi sastre está a punto de demandarme, que no vuelva a probar la cerveza nunca más.

En ese momento, Von Hartmann, abru­mado por las muchas cosas extrañas que le habían ocurrido ese día, pasose la mano por la frente y bajando la vista, tuvo la casualidad de ver el reflejo de su propio rostro en un charco que la lluvia había dejado en el camino. Para su total asombro, percibió que su rostro era el de un joven, que su vestimenta era la de un joven estudiante a la moda y que en todos los sentidos eran la antítesis de la figura grave y erudita en la que su mente solía habitar. En un instante su cerebro activo repasó la serie de acon­tecimientos que habían ocurrido y por fin llegó a la conclusión y entendió lo su­cedido, exclamando:

—¡Cielos! “Ya lo veo todo claro! Nues­tras almas están en los cuerpos equivo­cados. Yo soy tú y tú eres yo. Mi teoría está probada, ¡pero a qué costo! ¿Es la mente más erudita de Europa la que anda con este exterior frívolo? ¡Oh, los trabajos de toda una vida están arruina­dos! —dicho esto se golpeó el pecho en su desesperación.

—¡Escucha! —comentó el verdadero Von Hartmann desde el cuerpo del Pro­fesor—, entiendo sus comentarios, pero no vaya a golpear mi cuerpo de esa ma­nera. Lo recibió en excelentes condicio­nes, pero percibo que lo mojaste y lo magullaste, y derramaste rapé sobre la pechera de mi camisa con volantes.

—Poco importa —dijo el otro de mal humor—. Tales como somos debemos quedarnos. Mi teoría ha sido probada triunfalmente, pero el costo es terrible.

—Si así lo pensara —dijo el espíritu del estudiante—, sería realmente difícil. ¿Qué podría hacer con estos viejos y rígidos miembros y cómo podría corte­jar a Elise y persuadirla de que yo no era su padre? ¡No, gracias! ¡Cielos!, a pesar de que la cerveza me ha trastor­nado más que nunca y podría trastornar mi verdadero yo, veo una salida a esto.

—¿Cómo? —jadeó el profesor.

—Bueno, repitiendo el experimento.

 Libera nuestras almas una vez más, y lo más probable es que encuentren el camino de regreso a sus respectivos cuerpos.

Ningún hombre que se estaba ahogan­do podía agarrarse más ansiosamen­te a una pajita que el espíritu de Von Baumgarten ante esta sugerencia.

Ilustración de Georges Redon Jules Georges Redon (1869 - 1943), fue un pintor, ilustrador y caricaturista francés.

Ésta conjuntamente con la anterior "ilu", las realizó en 1899 para este relato que estamos viendo y que se publicó en "La Vie Illustrée" (La vida ilustrada); una revista francesa publicada semanalmente por Félix Juven entre 1898 y 1911.

Entre 1899 y 1906, la revista publicó 11 relatos cortos y 1 novela, escritos por Arthur Conan Doyle.

Con prisa febril arrastró su propio cuer­po a un lado del camino y lo arrojó a un trance hipnótico; Luego sacó la bola de cristal del bolsillo y logró ponerse en la misma condición.

Algunos estudiantes y campesinos que pasaron por casualidad durante la hora siguiente quedaron muy asombrados al ver al digno profesor de fisiología y a su alumno favorito sentados en un banco y ambos completamente insensibles.

Antes de que terminara la hora, se ha­bía reunido una gran multitud, y esta­ban discutiendo la conveniencia de enviar una ambulancia para llevar a la pareja al hospital.

Ilustración de Fréderic Auer publicada en 1925, en "Dimanche Illustré".

Como curiosidad, comentar que, en esa época (años anteriores a la "I Guerra Mundial"), las gorras de plato no eran exclusivas del ámbito militar, sino que formaban parte de la vestimenta civil de muchos uniformes y, especialmente, de las tradiciones universitarias y de asociaciones estudiantiles, particularmente en los países de influencia germánica (Alemania, Austria, Suiza). Hábito del que se valió Fréderic para incorporar esta prenda en sus dibujos... 

Cuando el erudito sa­bio abrió los ojos y miró perdidamente a su alrededor. Por un instante pareció olvidar cómo había llegado allí, pero al momento siguiente sorprendió a su au­diencia agitando sus flacos brazos por encima de su cabeza y gritando con voz embelesada: “¡Gott sei gedanket! (Gra­cias a Dios) Soy yo mismo otra vez. Siento que ¡soy yo!

El asombro tampoco disminuyó cuan­do el estudiante, poniéndose en pie de un salto, prorrumpió en el mismo grito y los dos realizaron una especie de bai­le en medio de la calle. Durante algún tiempo después, la gente tuvo algunas sospechas sobre la cordura de ambos actores. Cuando el profesor publicó sus experiencias en el “Medicalschrift”

como había prometido, recibió una insi­nuación, incluso de sus colegas, de que haría bien en que cuidaran su mente y que otra publicación similar ciertamente lo enviaría a un manicomio.

El estudiante también descubrió por ex­periencia que lo más prudente era guar­dar silencio sobre el asunto.

Cuando el digno conferenciante regresó a casa esa noche, no recibió la cordial bienvenida que podría haber esperado después de sus extrañas aventuras. Por el contrario, sus dos parientes femeni­nas lo reprendieron rotundamente por oler a bebida y tabaco, y también por estar ausente mientras un joven invadía la casa e insultaba a sus ocupantes.

Pasó mucho tiempo antes de que la at­mósfera doméstica de la casa del con­ferenciante recuperara su tranquilidad normal, y mucho más aún antes de que el rostro afable de Von Hartmann apa­reciera bajo su techo. La perseveran­cia, sin embargo, vence todos los obs­táculos y el estudiante finalmente logró apaciguar a las enfurecidas damas y recuperar el antiguo equilibrio. Ahora ya no tiene ningún motivo para temer la enemistad de Madame, porque es el Hauptmann (Capitán) von Hartmann, de los "ulanos" (soldados de caballería) del propio emperador; y su amada esposa Elise, ya ha traído a este mundo, dos "mequetrefes" futuros ulanos", como signo visible y mues­tra de su amor. ■

FIN


Un artículo del “Doctor Muerte”

para Queseenteren