«El Cascanueces y el Rey de los ratones»
Un cuento de E.T.A. Hoffmann, publicado por primera vez en Berlín en 1816.
Versionado por Alejandro Dumas como cuento, y de éste, adaptado al “ballet” del
mismo nombre. También ha sido llevado al teatro, la televisión, el cine...
VEMOS EL CUENTO COMPLETO.

Ilustración del alemán Carl Offterdinger (1829 – 1889), particularmente conocido por sus pinturas con escenas de cuentos de hadas e ilustraciones de obras literarias como esta de "El cascanueces y el rey ratón" de ETA Hoffmann.
El Cascanueces y el Rey de los ratones
Nussknacher und Mäusseköning (1816)
La Nochebuena
El día 24 de diciembre, los niños del consejero de Sanidad, Stahlbaum, no pudieron entrar en todo el día en el hall, y mucho menos en el salón contiguo. Refugiados en una habitación interior estaban Federico y María (Fritz y Marie en el original antes de esta traducción); la noche se venía encima y les fastidiaba mucho que —cosa corriente en días como aquel— no se ocuparan de ponerles luz. Federico descubrió, diciéndoselo muy callandito a su hermana menor —apenas tenía siete años—, que desde por la mañana muy temprano, había sentido ruido de pasos y unos golpecitos en la habitación prohibida. Hacía poco también que se deslizó por el vestíbulo un hombrecillo con una gran caja debajo del brazo, que no era otro sino el padrino Drosselmeier. María palmoteo alegremente, exclamando:
—¿Qué nos habrá preparado el padrino Drosselmeier?
El magistrado Drosselmeier no era precisamente un hombre guapo; bajito y delgado, tenía muchas arrugas en el rostro; en el lugar del ojo derecho llevaba un gran parche negro, y disfrutaba de una
enorme calva, por lo cual llevaba una hermosa peluca, que era de cristal y una verdadera obra maestra.
Además, el padrino era muy habilidoso; entendía mucho de relojes y hasta sabía hacerlos.
—¿Qué nos habrá hecho el padrino Drosselmeier? —repitió María.
Federico opinaba que no debía de ser otra cosa que una fortaleza, en la cual pudiesen marchar y maniobrar muchos soldados.
La pequeña María se quedó muy pensativa; pero Federico se decía en voz baja:
—Me gustaría mucho un alazán y unos cuantos húsares.
Había oscurecido por completo. Federico y María, muy juntos, no se atrevían a hablar una palabra; les parecía que alrededor suyo unas alas revoloteaban muy suavemente y que a lo lejos se oía una música deliciosa. En la pared se reflejó una gran claridad, lo que hizo suponer a los niños que Jesús ya se había presentado a otros niños felices. En el mismo momento sonó un tañido argentino:
«Tilín, tilín». Las puertas se abrieron de par en par y del salón grande salió tal claridad, que los chiquillos exclamaron a gritos:
«¡Ah!... ¡Ah!...» y permanecieron como extasiados, sin moverse. El padre y la madre aparecieron en la puerta; tomaron a los niños de la mano y les dijeron:
—Venid, venid, queridos, y veréis lo que el Niño Dios os ha regalado.

Portada de esta Edición Digital creada para Queseenteren con ilustraciones.
Los Regalos
Transcurrido un buen rato, la pequeña María articuló, dando un suspiro:
—¡Qué bonito!... ¡Qué bonito!
El gran árbol, que estaba en el centro de la habitación, tenía muchas manzanas, doradas y plateadas, y figuraban capullos y flores, almendras garapiñadas y bombones envueltos en papeles de colores, y toda clase de golosinas, que colgaban de las ramas. En él María descubrió una hermosa muñeca, toda clase de utensilios monísimos y, lo que más bonito le pareció, un vestidito de seda adornado con cintas de colores, que estaba colgado de manera que se le veía desde todas partes, haciéndole repetir:
—¡Qué vestido tan bonito!... ¡Qué precioso!... Y de seguro que me permitirán que me lo ponga.
Entretanto, Federico ya había dado dos o tres veces la vuelta alrededor de la mesa, para probar el nuevo alazán que encontrara en ella. Al apearse nuevamente, pretendía que era un animal salvaje, pero que no le importaba y que en él haría la guerra con los escuadrones de húsares, que aparecían muy nuevecitos, con sus trajes dorados y amarillos, sus armas plateadas y montados en sus caballos blancos, que parecían asimismo de plata pura.
Entonces volvió a sonar la campanilla. Aún quedaba por ver el regalo del padrino (Juez) Drosselmeier, y apresuradamente se dirigieron los chiquillos a una mesa que estaba junto a la pared, y ante la curiosidad de los niños apareció una maravilla, un castillo, con ventanas de espejo y torres doradas. Federico, con los brazos apoyados en la mesa, contempló largo rato el castillo y las figuritas, que bailaban y se movían de un lado para otro; luego dijo:
—Padrino Drosselmeier, déjame entrar en el castillo.
El magistrado le convenció de que aquello no podía ser, y le parecía mentira que a Federico se le ocurriera la tontería de querer entrar en un castillo que, contando con las torres y todo, no era tan
alto como él. En seguida se convenció y saltó en dirección a la otra mesa, haciendo que sus escuadrones trotasen y diesen la vuelta y cargaran y dispararan a su gusto.
También María se deslizó en silencio fuera de allí, pues, lo mismo que a su hermano, le cansaba el ir y venir sin interrupción de las muñequitas del castillo; pero como era más prudente que Federico, no lo dejó ver tan a las claras...
Ilustración de Ralph Steadman de su bella edición de esta novela de 1995.
El Protegido
María se quedó parada delante de la mesa de los regalos, cuando descubrió una cosa que hasta entonces no había visto. A través de la multitud de húsares de Federico, que formaban en parada junto al árbol, se veía un hombrecillo, que modestamente se escondía como si esperase a que le llegara el turno.
Mucho habría que decir de su tamaño, pues, según se le veía, el cuerpo, largo y fuerte, estaba en abierta desproporción con las piernas, delgadas, y la cabeza resultaba, asimismo, demasiado grande. Su manera de vestir era la de un hombre de posición y gusto. Llevaba una chaquetilla de húsar de color
violeta vivo con muchos cordones y botones, pantalones del mismo estilo y unas botas de montar preciosas, de lo mejor que se puede ver en los pies de
Ilustración que representa el discurso que les da el "Viejo Mayor", al resto de los animales de la granja.
«¡Camaradas!, ¿os habéis enterado ya del extraño sueño que tuve anoche? Pero de eso hablaré luego. Primero tengo que decir otra cosa. Yo no creo, camaradas, que esté muchos meses más con vosotros y antes de morir estimo mi deber transmitiros la sabiduría que he adquirido. He vivido muchos años, dispuse de bastante tiempo para meditar mientras he estado a solas en mi pocilga y creo poder afirmar que entiendo el sentido de la vida en este mundo, tan bien como cualquier otro animal viviente.
Es respecto a esto de lo que deseo hablaros.
¡Veamos, camaradas! ¿Cuál es la realidad de esta vida nuestra?
¡Encarémonos con ella!, nuestras vidas son tristes, fatigosas y cortas. Nacemos, nos suministran la comida necesaria para mantenernos y a aquellos de nosotros capaces de trabajar, nos obligan a hacerlo hasta el último átomo de nuestras fuerzas; y en el preciso instante en que ya no servimos, nos matan con una crueldad espantosa. Ningún animal en Inglaterra conoce el significado de la felicidad o la holganza después de haber cumplido un año de edad. No hay animal libre en Inglaterra. La vida de un animal es sólo miseria y esclavitud; ésta es la pura verdad.
¡Pero!, ¿forma esto parte realmente, del orden de la naturaleza?
¿Es acaso porque esta tierra nuestra es tan pobre que no puede proporcionar una vida decorosa a todos sus habitantes?
¡No, camaradas!; ¡mil veces no!...
El suelo de Inglaterra es fértil, su clima es bueno, es capaz de dar comida en abundancia a una cantidad mucho mayor de animales que la que actualmente lo habita. Solamente nuestra granja puede mantener una docena de caballos, veinte vacas, centenares de ovejas; y todos ellos viviendo con una comodidad y una dignidad que en estos momentos está casi fuera del alcance de nuestra imaginación.
¿Por qué, entonces, continuamos en esta mísera condición?
¿Porque los seres humanos nos arrebatan casi todo el fruto de nuestro trabajo.
Ahí está, camaradas, la respuesta a todos nuestros problemas.
Todo está explicado en una sola palabra..., ¡el Hombre! El hombre es el único enemigo real que tenemos. Haced desaparecer al hombre de la escena y la causa motivadora de nuestra hambre y exceso de trabajó será abolida para siempre.
El hombre es el único ser que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado débil para tirar del arado y su velocidad ni siquiera le permite atrapar conejos. Sin embargo, es dueño y señor de todos los animales.
Los hace trabajar, les da el mínimo necesario para mantenerlos y lo demás se lo guarda para él. Nuestro trabajo labora la tierra, nuestro estiércol la abona y, sin embargo, no existe uno de nosotros que posea algo más que su pellejo.
Vosotras, vacas, que estáis aquí, ¿cuántos miles de litros de leche habéis dado este último año? ¿Y qué se ha hecho con esa leche que debía servir para criar terneros robustos?
Otra ilustración de la misma secuencia del "Viejo Mayor" adoctrinando al resto de animales.
Hasta la última gota ha ido a parar al paladar de nuestros enemigos. Y vosotras, gallinas, ¿cuántos huevos habéis puesto este año y cuántos pollitos han salido de esos huevos? Todo lo demás ha ido a parar al mercado para producir dinero para Jones y su gente. Y tú, Clover, ¿dónde están estos cuatro potrillos que has tenido, que debían ser sostén y alegría de tu vejez? Todos fueron vendidos al año; no los volverás a ver jamás.
Como recompensa por tus cuatro criaturas y todo tu trabajo en el campo, ¿qué has tenido, exceptuando tus escuálidas raciones y un pesebre?
¡Ni siquiera nos permiten alcanzar el término natural de nuestras míseras vidas!
Por mí no me quejo, porque he sido uno de los afortunados. Tengo doce años y he tenido más de cuatrocientas criaturas.
Tal es el destino natural de un cerdo.
Pero al final ningún animal se libra del cruel cuchillo. Vosotros, jóvenes cerdos que estáis sentados frente a mí, cada uno de vosotros va a gemir por su vida dentro de un año. A ese horror llegaremos todos: vacas, cerdos, gallinas, ovejas; todos. Ni siquiera los caballos y los perros tienen mejor destino.
Tú, Boxer, el mismo día que tus grandes músculos pierdan su fuerza, Jones te venderá al descuartizador, quien te cortará el pescuezo y te cocerá para los perros de caza. En cuanto a los perros,
cuando están viejos y sin dientes, Jones les ata un ladrillo al pescuezo y los ahoga en el estanque más cercano.
¡¿No resulta entonces de una claridad meridiana, camaradas, que todos los males de nuestras vidas provienen de la tiranía de los seres humanos?!
Eliminad tan sólo al Hombre y el producto de nuestro trabajo nos pertenecerá.
Casi de la noche a la mañana, nos volveríamos ricos y libres. Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? ¡Trabajar noche y día, con cuerpo y alma, para derrocar a la raza humana! Ése es mi mensaje, camaradas: ¡Rebelión!
Yo no sé cuándo vendrá esa rebelión; quizá dentro de una semana o dentro de cien años; pero sí sé, tan seguro como veo esta paja bajo mis patas, que tarde o temprano se hará justicia.
¡Fijad la vista en eso, camaradas, durante los pocos años que os quedan de vida! Y, sobre todo, transmitid mi mensaje a los que vengan después, para que las futuras generaciones puedan proseguir la lucha hasta alcanzar la victoria.
¡Y recordad camaradas!, ¡vuestra voluntad jamás deberá vacilar!
Ningún argumento os debe desviar. Nunca hagáis caso cuando os digan que el Hombre y los animales tienen intereses comunes, que la prosperidad de uno es también la de los otros.
¡Son mentiras! El Hombre no sirve a los intereses de ningún ser exceptuando los suyos propios. Y entre nosotros los animales, que haya perfecta unidad, perfecta camaradería en la lucha. Todos los hombres son enemigos. Todos los animales son camaradas».
En ese momento se produjo una tremenda conmoción. Mientras Mayor estaba hablando, cuatro grandes ratas habían salido de sus escondrijos y se habían sentado sobre sus cuartos traseros, escuchándolo. Los perros las divisaron repentinamente y sólo merced a una acelerada carrera hasta sus reductos, lograron las ratas salvar sus vidas. Mayor levantó su pata para imponer silencio.
Fotograma de la película con el mismo titulo original, de 1954.
«Camaradas —dijo—, aquí hay un punto que debe ser aclarado.
Los animales salvajes, como los ratones y los conejos, ¿son nuestros amigos o nuestros enemigos? Pongámoslo a votación.
Yo planteo esta pregunta a la asamblea: ¿Son camaradas las ratas?».
Se pasó a votación inmediatamente, decidiéndose por una mayoría abrumadora que las ratas eran camaradas. Hubo solamente cuatro discrepantes: los tres perros y la gata, que, como se descubrió luego, habían votado por ambos lados. Mayor prosiguió:
«Me resta poco que deciros, simplemente insisto: Recordad siempre vuestro deber de enemistad hacia el Hombre y su manera de ser. Todo lo que camine sobre dos pies es un enemigo. Lo que ande a cuatro patas, o tenga alas, es un amigo. Y recordad también que en la lucha contra el Hombre, no debemos llegar a parecernos a él. Aun cuando lo hayáis vencido, no adoptéis sus vicios. Ningún animal debe vivir en una casa, dormir en una cama, vestir ropas, beber alcohol, fumar tabaco, manejar dinero ni ocuparse del comercio. Todas las costumbres del Hombre son malas. Y, sobre todas las cosas, ningún animal debe tiranizar a sus semejantes. Débiles o fuertes, listos o ingenuos, todos somos hermanos. Ningún animal debe matar a otro animal. Todos los animales son iguales.
Y ahora, camaradas, os contaré mi sueño de anoche. No estoy en condiciones de describíroslo a vosotros. Era una visión de cómo será la tierra cuando el Hombre haya sido proscrito.
Pero me trajo a la memoria algo que hace tiempo había olvidado.
Muchos años ha, cuando yo era un lechoncito, mi madre y las otras cerdas acostumbraban a entonar una vieja canción de la que sólo sabían la tonada y las tres primeras palabras.
Aprendí esa canción en mi infancia, pero hacía mucho tiempo que la había olvidado. Anoche, sin embargo, volvió a mí en el sueño. Y más aún, las palabras de la canción también; palabras que, tengo la certeza, fueron cantadas por animales de épocas lejanas y luego olvidadas durante muchas generaciones. Os cantaré esa canción ahora, camaradas. Soy viejo y mi voz es ronca, pero cuando os haya enseñado la tonada podréis cantarla mejor que yo. Se llama “Bestias de Inglaterra”».
El viejo Mayor carraspeó y comenzó a cantar. Tal como había dicho, su voz era ronca, pero a pesar de todo lo hizo bastante bien; era una tonadilla rítmica, algo a medias entre «Clementina» y «La cucaracha». La letra decía así:
♫ ♪ «¡Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda!
¡Bestias de toda tierra y clima!
¡Oíd mis gozosas nuevas que cantan un futuro feliz!
Tarde o temprano llegará la hora en la que la tiranía del Hombre sea derrocada y las ubérrimas praderas de Inglaterra tan sólo por animales sean holladas.
De nuestros hocicos serán proscritas las argollas, de nuestros lomos desaparecerán los arneses.
Bocados y espuelas serán presas de la herrumbre y nunca más crueles látigos harán oír su restallar.
Más ricos que la mente imaginar pudiera, el trigo, la cebada, la avena, el heno, el trébol, la alfalfa y la remolacha serán sólo nuestros el día señalado.
Radiantes lucirán los prados de Inglaterra y más puras las aguas manarán; más suave soplará la brisa el día que brille nuestra libertad.
Por ese día todos debemos trabajar aunque hayamos de morir sin verlo.
Caballos y vacas, gansos y pavos, ¡todos deben, unidos, por la libertad luchar!
¡Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda!
¡Bestias de todo país y clima!
¡Oíd mis gozosas nuevas que cantan un futuro feliz!» ♪ ♫
El ensayo de esta canción puso a todos los animales en la más salvaje excitación. Poco antes de que Mayor hubiera finalizado, ya se habían lanzado todos a cantarla. Hasta el más estúpido había retenido la melodía y parte de la letra, mientras que los más inteligentes, como los cerdos y los perros, aprendieron la canción en pocos minutos.
Un poco más tarde, con ayuda de varios ensayos previos, toda la granja rompió a cantar “Bestias de Inglaterra” al unísono.
Las vacas la mugieron, los perros la aullaron, las ovejas la balaron, los caballos la relincharon, los patos la graznaron. Estaban tan contentos con la canción que la repitieron cinco veces seguidas y habrían continuado así toda la noche de no haber sido interrumpidos.
Desgraciadamente, el alboroto armado despertó al señor Jones, que saltó de la cama creyendo que había un zorro merodeando en los corrales.
Tomó la escopeta, que estaba permanentemente en un rincón del dormitorio, y disparó un tiro en la oscuridad.
Los perdigones se incrustaron en la pared del granero y la sesión se levantó precipitadamente. Cada cual huyó hacia su lugar de dormir. Las aves saltaron a sus palos, los animales se acostaron en la paja y en un instante toda la granja estaba durmiendo...
FIN CAPÍTULO I
— (Reproducido literal e integramente) —.
— (Continúa con el resto de la historia resumida y, narrada originalmente en el resto de los Capítulos, hasta diez) —
...La población animal de la mal administrada “Manor Farm”, cerca de Willingdon, en Inglaterra; ya estaba madura para la rebelión por la negligencia a manos del granjero irresponsable y alcohólico, el Sr. Jones.
Tres noches después, el Viejo Mayor murió apaciblemente mientras dormía.
Su cadáver fue enterrado al pie de la huerta.
Eso ocurrió a principios de marzo. Durante los tres meses siguientes hubo una gran actividad secreta. A los animales más inteligentes de la granja, el discurso de Mayor les había hecho ver la vida desde un punto de vista totalmente nuevo. Ellos no sabían cuándo sucedería la Rebelión que pronosticara Mayor; no tenían motivo para creer que sucediera durante el transcurso de sus propias vidas, pero vieron claramente que su deber era prepararse para ella.
El trabajo de enseñar y organizar a los demás, recayó naturalmente sobre los cerdos, a quienes se reconocía, en general, como los más inteligentes de los animales. Así que, no fue de extrañar que dos cerditos, Snowball y Napoleón, asumieran el mando y organizaran una revuelta. con la que logran expulsar al propio Sr. Jones de la granja.
Otra ilustración de Ralph Steadman de 1995.
Cambiando el nombre de la propiedad a la de “Animal Farm”.
Adoptan los Siete Mandamientos del Animalismo, pintados en letras grandes a un lado del granero:
1.Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, nade, o tenga alas, es amigo.
3. Ningún animal usará ropa.
4. Ningún animal dormirá en una cama.
5. Ningún animal beberá alcohol.
6. Ningún animal matará a otro animal.
7.Todos los animales son iguales.
Es este último el que más impacta entre ellos.
Snowball enseña a los animales a leer y escribir, mientras que Napoleón educa a los cachorros sobre los principios del animalismo.
Para conmemorar el inicio de “Animal Farm”, Snowball iza una bandera verde con una pezuña y un cuerno blancos.
La comida es abundante y la granja funciona sin problemas. Los cerdos se elevan a posiciones de liderazgo y se reservan alimentos especiales, aparentemente para su salud.
Tras un intento fallido del Sr. Jones y sus asociados de retomar la granja (más tarde denominada “Batalla del establo”), Snowball anuncia sus planes de modernizar la granja construyendo un molino de viento.
Napoleón cuestiona esta idea y las cosas llegan a un punto crítico, que culmina cuando los perros de Napoleón ahuyentan a Snowball y Napoleón se declara efectivamente comandante supremo.
Napoleón promulga cambios en la estructura de gobierno de la granja, reemplazando las reuniones con un comité de cerdos que dirigirá la granja. A través de un joven cerdo llamado Squealer, Napoleón se atribuye el mérito de la idea de construir el molino de viento, afirmando que Snowball sólo intentaba
ganarse a los animales para su lado.
Los animales trabajan más duro con la promesa de una vida más fácil con el molino de viento. Cuando los animales descubren que el molino de viento se derrumbó después de una violenta tormenta, Napoleón y Squealer convencen a los animales de que, Snowball está tratando de sabotear su proyecto y, comienzan a purgar la granja de animales acusados por Napoleón de asociarse con su antiguo rival.
Ilustración de Irene Rinaldi.
Cuando algunos animales recuerdan la Batalla del Establo, Napoleón (que no apareció por ninguna parte durante la batalla) poco a poco difama a Snowball, hasta el punto de decir que es un colaborador del Sr. Jones, desestimando incluso el hecho de que Snowball recibió un premio de coraje, mientras se
presenta falsamente a sí mismo como el héroe principal de la “Batalla del establo”, a la que cambia el nombre por “Animal Farm”, además encarga que mientras que se componga y cante un himno que glorifica a su persona, el “Camarada Napoleón”.
Luego, Napoleón lleva a cabo una segunda purga, durante la cual muchos animales que supuestamente estaban ayudando a Snowball en los complots, son ejecutados por los perros de Napoleón, lo que preocupa al resto de los animales.
A pesar de sus dificultades, los animales se apaciguan fácilmente con la respuesta de Napoleón de que están mejor que con el Sr. Jones.
Fotograma de la película con el mismo titulo original, de 1954.
El Sr. Frederick, un granjero vecino, ataca la granja y utiliza pólvora para volar el molino de viento restaurado.
Aunque los animales ganan la batalla, lo hacen a un gran coste , ya que muchos, incluido Boxer, el caballo de batalla, resultan heridos.
Ilustraciones de Ralph Steadman de 1995.
Aunque se recupera de esto, Boxer finalmente colapsa mientras trabaja en el molino de viento (tiene casi 12 años en ese momento). Se lo llevan en la furgoneta de un matador y el burro llamado Benjamín, alerta a los animales de esto, pero Squealer rápidamente hace desaparecer su alarma, persuadiendo a los animales de que la furgoneta había sido comprada al matador por un hospital de animales y que, el propietario anterior no había repintado el letrero.
Posteriormente, Squealer informa de la muerte de Boxer y lo honra con un festival al día siguiente. En verdad, Napoleón había orquestado la venta de Boxer al matador, permitiéndole a él y a su círculo íntimo adquirir dinero para comprar whisky.
Pasan los años, se reconstruye el molino de viento y se construye otro, lo que genera una buena cantidad de ingresos para la finca. Sin embargo, los ideales que discutió Snowball, incluidos los establos con iluminación eléctrica, calefacción y agua corriente, se olvidan, y Napoleón defiende que los animales más felices viven una vida sencilla.
Snowball ha sido olvidado, junto con Boxer, con “la excepción de los pocos que lo conocieron”. Muchos de los animales que participaron en la rebelión están muertos o son viejos. Ahora también se sabe que el Sr. Jones está muerto, ya que «murió en una casa de ebrios en otra parte del país».
Ilustración de Irene Rinaldi.
Los cerdos empiezan a parecerse a los humanos, ya que caminan erguidos, llevan látigos, beben alcohol y visten ropa. Los Siete Mandamientos se resumen en una sola frase: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.
La máxima “Cuatro piernas bien, dos piernas mal” se cambia de manera similar a “Cuatro piernas bien, dos piernas mejor”. Otros cambios incluyen el reemplazo de la bandera de Hoof and Horn por una pancarta verde simple y el cráneo del Viejo Mayor, que anteriormente se exhibió, y se volvió a enterrar.
Napoleón organiza una cena para los cerdos y los granjeros locales, con quienes celebra una nueva alianza.
Otra ilustración de Ralph Steadman de 1995.
Suprime la práctica de las tradiciones revolucionarias y restaura el nombre de “Granja Manor” (“The Manor Farm”):
«Señores —concluyó Napoleón—, os voy a proponer el mismo brindis de antes, pero de otra forma. Llenad los vasos hasta el borde. Señores, éste es mi brindis: ¡Por la prosperidad de la Granja Manor!»
Se repitió el mismo cordial vitoreo de antes y los vasos fueron vaciados de un trago. Pero a los animales, que desde fuera observaban la escena, les pareció que algo raro estaba ocurriendo. ¿Qué era lo que se había alterado en los rostros de los cerdos? Los viejos y apagados ojos de Clover pasaron rápida y alternativamente de un rostro a otro. Algunos tenían cinco papadas, otros tenían cuatro, aquellos tenían tres. Pero, ¿qué era lo que parecía desvanecerse y transformarse?
Ilustración de Irene Rinaldi.
Después, finalizados los aplausos, los concurrentes cogieron nuevamente los naipes y continuaron la partida interrumpida. Ante tal visión los animales se alejaron en silencio en silencio.
Pero no habían dado veinte pasos cuando se pararon bruscamente.
Un enorme alboroto de voces venía desde la casa. Regresaron corriendo y miraron nuevamente por la ventana. Sí, se estaba desarrollando una violenta discusión: gritos, golpes sobre la mesa, miradas penetrantes y desconfiadas, negativas furiosas. El origen del conflicto parecía ser que tanto Napoleón como el señor Pilkington, habían descubierto simultáneamente un as de espadas cada uno.
Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.
FIN DEL RESUMEN DE LA NOVELA ■.
Un artículo de “El Bibliotecario”
para Queseenteren


