El cuento “El Regalo de los Reyes Magos” (1905) del escritor

O. Henry, todo un clásico de la cultura Norteamericana


UN RELATO QUE NO PUEDE FALTAR EN LAS FIESTAS NAVIDEÑAS, EN ESPECIAL LAS CELEBRADAS EN TODOS LOS RINCONES DE LOS EE.UU.

Fotograma extraído de la adaptación llevada al cine, de 4 relatos de O. Henry, como “Cuatro páginas de la vida” Dirigida por Henry King en 1952.

“El Regalo de los Reyes Magos” es un cuento escrito por O. Henry (seudónimo de William Sydney Porter), publicado por primera vez en 1905. Que trata sobre un matrimonio joven y cómo afrontan el reto de comprarse regalos de Navidad secretos con muy poco dinero. Como historia sentimental con una moraleja sobre la entrega de regalos, ha sido muy popular para su adaptación, especialmente para su presentación durante la temporada navideña.

La trama y su “final inesperado”, son bien conocidos, especialmente en los países principalmente anglosajones, como los EE.UU. La historia y su lección a veces se subvierten en aras de la ironía o el humor.

Supuestamente fue escrita en “Pete’s Tavern”, ubicado en la esquina de “Irving Place”, en el vecindario de “Gramercy Park” de Manhattan. Un restaurante de comida de pub, y el

restaurante y bar más antiguo, en funcionamiento continuo, en la ciudad de Nueva York (EE.UU).

Adaptación “NOCHE BUENA EN BARRIO SESAMO”, emitida en 1978. Ernie y Bert intercambian sus posesiones más preciadas en la tienda de Hooper para poder comprarse regalos de Navidad el uno al otro.

La lista de adaptaciones es inmensa, principalmente en el cine; más sin desdeñar sus múltiples versiones emitidas en los programas más populares de la televisión... ■.

“Erase una Navidad con Mickey y Minnie” (1999) Donde Mickey cambia su armónica para comprar una cadena de oro para el reloj de Minnie, mientras que Minnie cambia su reloj por un estuche para la armónica de Mickey.

El regalo de los Reyes Magos


Un cuento escrito por O. Henry (1905)

Ilustración de Lisbeth Zwerger.

...Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero, el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo

tan obstinado.

Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.

Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos apartamentos de ocho dólares a la semana. No era realmente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También era del apartamento una tarjeta con el nombre de “Señor James Dillingham Young”.

La palabra “Dillingham” había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de “Dillingham” se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde “D”.

Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su apartamento, le decían “Jim” y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al

lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris.

Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos.

Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran.

Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. ¡Su Jim! Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él.

Algo fino y especial y de calidad; algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares.

Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo.

Ilustración de Charles M. Relyea extraida de una antigua edición de 1911.

Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo:

Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo.

La otra era la cabellera de Delia.

Si la Reina de Saba hubiera vivido en el apartamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar

su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad.

Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera

sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Luego ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero.

Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: «Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases». Delia subió rápidamente y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la “Sofronie” indicada en la puerta.

—¿Quiere comprar mi pelo? —preguntó Delia.

—Compro pelo —dijo Madame—.

Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

Ilustración actual de la alemana Sonja Danowski

La áurea cascada cayó libremente.

—Veinte dólares —dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

—Démelos inmediatamente —dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj.

Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim.

Era como Jim: valioso y sin aspavientos.

La descripción podía aplicarse a ambos.

Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

«Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?».

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró:

«Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita».

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y, ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada.

Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

A lo que Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

—Jim, querido —exclamó— no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi

pelo crece rápidamente. Dime “Feliz Navidad” y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo preparado!

—¿Te cortaste el pelo? —preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

—Me lo corté y lo vendí —dijo Delia—. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad:

—¿Dices que tu pelo ha desaparecido? —dijo con aire casi idiota.

—No pierdas el tiempo buscándolo —dijo Delia—. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho.

Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno —continuó con una súbita y seria dulzura—, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? —preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia.

Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada.

Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

—No te equivoques conmigo, Delia —dijo—. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Ilustración actual de Lisbeth Zwerger

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, «¡ay!», un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del apartamento.

Porque allí estaban las peinetas; el juego completo de peinetas, una al lado de otra; que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida.

Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

—¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

—¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo.

Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano.

El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

—¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla.

Ahora podrás mirar la hora al menos cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj, quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejó caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

—Delia —le dijo— olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios; maravillosamente sabios; y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como

eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos.

Ilustración de P.J. Lynch.

Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un apartamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro, los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. ¡Ellos son los verdaderos Reyes Magos! ■.


O. Henry

BIO de William Sydney Porter

Fotografía de William Sydney Porter tomada por WM Vanderweyde en 1909.

El "malogrado "William Sydney Porter (1862-1910), más conocido por su seudónimo O. Henry, fue un escritor estadounidense conocido principalmente por sus cuentos, aunque también escribió poesía y no ficción.

Porter nació en Greensboro, Carolina del Norte. Trabajó en la farmacia de su tío después de terminar la escuela, y obtuvo la licencia de farmacéutico a los 19 años.

En marzo de 1882, se mudó a Texas, donde inicialmente vivió en un rancho y luego se estableció en Austin, donde conoció a su primera esposa, Athol Estes.

Mientras trabajaba como redactor para la Oficina General de Tierras de Texas, Porter comenzó a desarrollar personajes para sus cuentos. Más tarde trabajó para el “First National Bank” de Austin, al mismo tiempo que publicaba un periódico semanal, “The Rolling Stone”.

En 1895, fue acusado de malversación de fondos del banco. Antes del juicio, huyó a Honduras, donde

comenzó a escribir “Cabbages and Kings”.

Porter se entregó a las autoridades estadounidenses cuando supo que su esposa se estaba muriendo de tuberculosis, y la cuidó hasta su muerte en julio de 1897.

Comenzó su condena de cinco años de prisión en 1898. Mientras estuvo en prisión, publicó 14 historias bajo varios seudónimos, uno fue O. Henry.

Porter fue liberado de prisión antes de tiempo por buena conducta y se mudó a Pittsburgh y de allí a la ciudad de Nueva York, donde escribió 381 cuentos. Se casó de nuevo en 1907; más ella, lo abandonó dos años después. Porter murió el 5 de junio de 1910, a los 48 años; después de años de deterioro de la salud.

Un artículo del “Original Santa Claus”.

para Queseenteren