“QUERIDO CHATO”
PRÓLOGO
Una novela que te hará revivir, o conocer, como vivíamos con Franco
Como y que se enseñaba en los Colegios, que juegos practicábamos, como nos relacionábamos con nuestros vecinos, de que manera nos iban cambiando la vida los nuevos adelantos tecnológicos, que ocurrió con los perdedores de la guerra civil, que derechos legales tenían las mujeres, hacía donde emigraban los españoles, como actuaba la policía, como se trataba a los homosexuales, hasta cuanto influenciaba la Iglesia en nuestras vidas…
UNA SIMPÁTICA Y A LA VEZ TRISTE NARRACIÓN AUTOBIOGRÁFICA, QUE TE LLEVARÁ A ESOS AÑOS EN LOS QUE ESPAÑA ERA GOBERNADA POR FRANCISCO FRANCO.
En exclusiva por cortesía del Autor, veamos el onceavo de sus Capítulos:
1964. La Historia de mi abuelo Leonardo, el “Carabinero”. (7)
Capítulo 10
"Cerrado por Obras", este imaginario cartel que se debería haber colocada en la puerta de la casa de la familia del "Chato", nos indica ya lo que se trata en este Capítulo: Las obras que se tuvieron que realizar para solventar las goteras de la cubierta de la casa.
Para ello, "desperdigaron" por diferentes lugares a los miembros de la familia; al protagonista le tocó hospedarse en casa de sus abuelos. Durante ese tiempo se conocieron mejor, y el "Chato" aprendió que la comida "no venía del cielo", había que "cazarla", en especial a los conejos y a las palomas.
También "descubrió" una emisora de radio muy peculiar: Radio Pirenaica", el medio utilizado por la oposición franquista, para estar al día a través de sus noticieros...
...Durante el tiempo que pasé con mis abuelos paternos, en el verano de 1964, los días que duraron las obras del tejado de nuestra casa (visto en el capítulo anterior), tuve la ocasión de conocerlos más profundamente.
Los maternos ya habían fallecido muchos años antes, y ninguno de nosotros, salvo mi madre, los conocimos.
El abuelo Leonardo había nacido allá por 1900, en la ciudad de Salamanca, con pocos años decidió incorporarse al ejército, en el país se pasaban muchas penurias. Aún estaba muy “fresco” el desastre del 98, en el que España fue derrotada por los EE.UU. y como consecuencia se perdieron la isla de Cuba, así como las posesiones de Puerto Rico, Filipinas y Guam; que pasaron a ser colonias de Estados Unidos.
El resto de las posesiones españolas del Pacífico, fueron vendidas a los alemanes, mediante el tratado hispano-alemán de 1899; por el cual España cedió al Imperio Alemán sus últimos archipiélagos de las Marianas, las Palaos y las Carolinas, a cambio de 25 millones de pesetas (17 millones de marcos), ya que eran indefendibles por España.
Esta derrota también trajo el desastre económico del país, que acarreó que no hubiera trabajo y sí mucha hambre. Así que esta fue su opción, la de mi abuelo, para salir de la miseria, alistarse en el ejército.
Su primer destino lo envió al cuerpo de caballería:
—¡Mira este soy yo montando a mi caballo “Serafín”! —Me indicó mi abuelo quien era el de la foto que me mostraba, fue uno de esos días de mi estancia durante las obras. Con ella me empecé a enterar de su vida.

No he podido recuperar la fotografía de mi abuelo montado en su caballo, y me he permitido publicar ésta que corresponde al albaceteño Manuel Villaescusa Vinader que, por aquellos años hizo el servicio en África y, nos puede valer para ambientarnos, nuestro agradecimiento al propietario de la foto: Manuel Villaescusa Figueres. (Alba Fotos)
—¡Oh, que chulo, pareces un actor de una película de soldados!
—¡Serás tonto, eso es lo que era!, pero no de película, ¡sino de verdad! —y continuó— Estábamos en guerra contra los moros, que se había sublevado guiados por “Abd el-Krim”.
Aquellas batallas a las que se refería, formaron parte de lo que se conoció como la “Guerra del Rif”. ¡Lástima que se perdiera la foto!
—Este cabrón de moro —continuó el abuelo—, unos años antes de mi llegada a África, en el 21 (año 1921), nos había vencido en la batalla de “Annual”; 3000 desgraciados habían logrado vencer a 13.000 soldados españoles, ¡qué vergüenza! —Mi ascendente era muy detallista en sus historias, te mencionaba cifras como si fuera un “libro abierto”. En ocasiones pienso que yo he “heredado” esta costumbre… la de acompañar lo que cuento con datos ¡No la de la buena memoria!
—¿Y mataron a muchos?
—¡Miles…! Y unos años más tarde derrotaron también a los franceses.
—Cómo hicimos nosotros con “Napoleón”. —puntualicé, de algo me valió la lectura de la biografía del Emperador francés, en la elitista “Biblioteca de Josefina y punto”.
—¡Pues no sé si lo dices de broma!, pero utilizó también la táctica conocida como “guerra de guerrillas”, que usamos en la “Guerra de Independencia” de 1808.
No entendí que “coño” era lo de “guerrillas”, supuse que se refería a batallitas pequeñas, no se lo quise preguntar para que no me llamara tonto. Así que hice una exclamación, que aún le fastidio más:
—¡Pues sí que eran valientes!
—¡De valientes nada, eran unos cobardes y traidores!
—¿Y qué más pasó, como acabó? —le pregunte para que no se “encendiera” más con el recuerdo.
—Que España y Francia se unieron para acabar con él.
—¿Y ahí es donde apareces tu con “Serafín”?
—¡Así es! Fue el ocho de septiembre de 1925, yo ya participé en el desembarco de “Alhucemas”. Bajo el mando del general “Miguel Primo de Rivera”, se inició la recuperación de los territorios ocupados y la victoria final sobre “Abd el-Krim”.
—¿Y ahí fue donde empezaste a matar moros?
—¡Déjate de repetir tanto “ahí”!, ¡pero sí…!, maté a varios soldados del otro bando; esto forma parte de las guerras, el reducir a los enemigos. Pero recuerda que ellos antes habían matado a muchos de nuestros soldados. La lucha duró cerca de un año y poco más. —El hombre al mismo tiempo que me lo contaba lo revivía, lo entiendo mejor ahora que lo mismo me pasa a mí. Cuando estoy contando aquí mis vivencias, me aparecen “trozos”, como si de una película se tratara, memorizados en el “disco duro” de mi “melón”.
Mapa de 1924, con los años a cuestas, en la que vemos la parte asignada al “Protectorado Español en Marruecos” y otros territorios españoles en África en aquellos años (en el recuadro).
—¿Y lograsteis matar a su jefe “Abd el-Krim”?
—¡No!, ¡el cabrón se entregó a los franceses!, que lo mandaron unos años a una de sus islas, luego se escapó y se refugió en Egipto.
—¿Y aún vive?
—¡Pues no, murió el año pasado! —refiriéndose a 1963.
—¿Y en aquellos años cuando llegaste a África (1925), ya conocías a la abuela?
—Hacía dos años que nos habíamos conocido en Ibiza, después de casados nos vinimos a Mallorca, donde nació tu padre; yo los dejé aquí en la casa de una tía de la abuela… ¡OPSSS! —hizo un lapsus y continuó— ¡Tuve que partir!, pues, como militar, ¡debía de obedecer las órdenes! —justificando medio cabreado, su marcha y el haber dejado a la abuela y a mi padre.
—¿Y le contabas lo que pasaba en África?
—¡Deja de interrumpirme! Si quieres detalles se lo preguntas a tu abuela.
No le gustaba para nada, hablar de su vida sentimental; a él lo que le iba, ya como buen “abuelete”, era contar sus hazañas. Y esta de la “Guerra del Rif”, fue una de las “batallitas” que me contó durante mi estancia veraniega del 64, a mí me encantaba escucharle, me iba haciendo una película de todo ello:
LEONARDO EL “CARABINERO”
El abuelo, un año más tarde, regresó a la península e ingresó en el “Cuerpo de Carabineros”; que fue un grupo armado español; eran considerados militares, pero dependían del Gobernador Civil de cada región y no de un mando militar.
Su misión era la vigilancia de costas y fronteras terrestres, así como la represión del fraude fiscal y el contrabando. Había sido creado en 1829, y tras la Guerra Civil en 1940, fue integrado en la Guardia Civil. Franco no les perdonó que dos tercios de ellos se mantuvieran fieles al bando republicano.
Mi abuelo entró ya como cabo primero y destinado en la capital, Madrid. Pendiente de que se le reconociera un ascenso a sargento inmediato, como un reconocimiento por haber participado en la guerra de África. Aunque esto, tardó algún tiempo.
En cuanto pudo regresó a Mallorca y destinado al control del contrabando; según me contó mi padre, en estos años no les falto de nada a la familia. Con este buen clima, fueron llegando más hijos además de mi progenitor, el siguiente fue el tío Eladio.
Les siguieron, el tío Leonardo, considerada la “oveja negra” por como acabó; que fue el único que no llegué a conocer personalmente; falleció en una cárcel de Madrid.
El tío Ramón, muy parecido físicamente a mi padre. La tía María muy vergonzosa. La tía Isabel que era la más querida de los abuelos y, ¡el pobre del tío Camilo!
Ocurrió que un año antes del inicio de nuestra “Guerra Civil”, al abuelo lo destinaron al puerto de “Mahón”, en la isla Balear de “Menorca”. Toda la numerosa familia, incluido el recién nacido y que sería el último vástago de la saga, o sea el tío Camilo. Cogieron los bártulos y embarcaron hacia el puerto con rumbo a la isla.
—¡Mira allí se ve Menorca!
—¡Si Eladio!, esta será vuestra nueva casa.
—Yo hubiera preferido irme a vivir con los tíos de Mallorca. —exteriorizó su deseo el jovencito.
—¡Aquí estarás muy bien! ¿Cuándo te ha engañado tu madre?
—¡No sé yo!, aquí somos demasiados, y con los tíos soy el único.
Éste era el sentimiento de Eladio, según me contó ya de mayor, a estos familiares les tenía estima y lo trataban muy bien.
El vapor “Rey Jaime II” atracado en el puerto de Maó en los años 30 (Foto Trasmehips).
La familia se acomodó en una gran casa, muy próxima al acuartelamiento de los carabineros. En aquellos años, Menorca vivía de la ganadería, la agricultura y la pesca. ¡Del turismo, ni sabían lo que era! Así que los alquileres y los precios de las cosas eran asequibles y se podía hacer frente.
El abuelo ya lucía sus galones de sargento, aunque tarde, le habían reconocido un grado más al que tenía por haber luchado en África. Esta fue la causa de su nuevo destino en Menorca, allí había quedado vacante la plaza de sargento.
Mahón era una pequeña ciudad con mucho movimiento marítimo, especialmente los días de temporal, pues al ser un puerto natural seguro, en él se refugiaban los barcos.
En este primer año todo fue bien, los niños se incorporaron a sus colegios y el abuelo se adaptó en el cuartel. Ajenos a lo que iba a venir, aquel año fijó un buen recuerdo en los miembros de la familia, especialmente en mi padre; en las pocas veces que hablamos sobre su vida, me contó cosas agradables:
—Un día de esos, el abuelo me llevó con él de ruta de inspección. —Así empezó mi padre la narración.
—¿Y qué iba de uniforme? —le pregunté, ya me lo empezaba a imaginar y necesitaba de este dato.
—¡Sí!, e iba muy elegante, ¡imponía! Llevaba una guerrera de 4 bolsillos; sobre los pantalones a la altura de los tobillos, llevaba puestas unas polainas de cuero. El uniforme era de un color… una especie de tono entre verde y gris; la camisa era verde y complementada con una corbata negra. Lo remataba con una gorra de plato. No fue con el único uniforme que lo vimos, dependiendo de la época o momento, vistieron otros; tenían uno muy llamativo con otro color más azulado y con ribetes de color rojo. Su emblema oficial era el formado por dos fusiles cruzados, sobre un sol estrellado. ¡Lo dicho imponía!
Y como ahora no me oye, te diré que tenía mucho porte el cabrón…, hasta los correajes y el cinturón negro realzaban su figura erguida. —Extrañamente en esta ocasión, manifestó su admiración por el abuelo, describiendo al detalle su uniforme.
—¡Caray!, ¿y no tienes ninguna foto? ¡Me gustaría verlo! Vi una de él con su caballo “Serafín”, de cuando estuvo en África; pero no me mostró ninguna de carabinero. —prenguntele.
—¡Pues tenía más de una!, seguro que las debe tener escondidas por algún cajón.
—¡Ya lo cogeré por banda…! ¿Pero no llevaba armas? —Continué interrogándole:
—¡Y tanto, tenía más de una!, la que solía llevar encima, era su vieja pistola “Campo Giro”; una semiautomática que empleaba el calibre de 9 mm. largo. Y la otra era la “Astra 400”, que también utilizaba el mismo calibre, esta última era la que utilizaban los carabineros desde hacía ya varios años. El abuelo la tenía, pero prefería llevar la “Campo Giro”.
Mi padre era un entendido en armas, tenía muchas, llegó a fabricarse el mismo su munición. Por casa siempre venían otros tiradores a buscar munición, que él se las daba sin cobrar un duro, era así de espléndido. ¡Ah, lo hacía totalmente legal! Aclarado el asunto… ¡Sigamos con la historia que me contó!:
—Y entonces ¿No tenía una de las armas que hacían honor a su nombre?
—¡Vaya, ya te cojo!, si tenía también una carabina “Mausser”, pero la tenía en el armero del cuartel. Este fusil lo llevaban más los carabineros rasos y los cabos.
Grupo de Carabineros de servicio con su peculiar uniforme, gorra de plato incluida, y el “mausser”.
Además tenía otra arma más, que precisamente le vi utilizar este día de la inspección. ¡Te cuento!: «En un rincón del puerto habían descargado de un barco, lo que se suponía que eran sacos rellenos de maíz y cereales. Estaban a la espera de ser cargados en dos camiones para llevárselos a “Ciutadella” (la otra pequeña ciudad en importancia de la isla); pero un guardia, el carabinero Carbonell, había notado mucho nerviosismo, cuando se acercó para realizar una inspección ocular, entre la tripulación del carguero. Y optó por retener la carga hasta la llegada del sargento, es decir, el abuelo:
“¿Qué hay Carbonell? ¿Has dado con un alijo?” —preguntó pidiendo confirmación.
“¡Si mi sargento! ¡me creo que sí!”».
—¿Y que había dentro, era droga? —interrumpí a mi padre su relato, salió la curiosidad de un adolescente que no espera y se adelanta:
—¡Qué coño de droga hijo! En aquellos años no había drogas ni leches, lo que había era el contrabando. Y para controlarlo precisamente estaban los carabineros.
—¡Vale perdona papá! No me acordaba que cuentas lo que pasó a principios del 36.
—¡Perdonado!... «Y aquí vino cuando el abuelo Leonardo utilizó su otra arma, desenvainó su sable, conocido como “Puerto Seguro”; y pinchó uno de los sacos. Ya dentro lo retorció y lo saco de él, enseñando a Carbonell la punta impregnada de restos negros, quien la tocó con sus dedos y a continuación los introdujo en su boca:
“¡Café! ¡Café y del bueno, y caro! ¡Ya decía yo!” —De eso eran los restos, granos de café. Era frecuente que se usara como un doble saco para ocultarlos, se metía primero el más pequeño con el grano y luego se rellenaba el espacio, con por ejemplo lo que llevaba éste, maíz. Al abrirlos por arriba, sólo aparecía el maíz. La gente solía camuflar con este “truco” del doble saco, además de café; algún ave o animal pequeño, incluso cerdos, todo para evitar pagar los derechos de consumo.
“¡Muy bien Carbonell! ¡eres mejor que un sabueso! ¡Tu olfato no falla!”.
“¡Gracias mi sargento!, ¿quiere que vaya al cuartel a avisar?”.
“¡No, tranquilo!, tu vigila conmigo ¡Que no se vaya nadie!, y yo ya mandaré a este ayudante a buscar refuerzos al cuartel”».
—¿El ayudante que eras tú papá? —otra interrupción de servidor, pero sin queja.
—¡Y quién iba a ser si no! «Tras las órdenes del abuelo, salí corriendo hacia el cuartel y les di el parte. Al poco rato se presentó una patrulla de refuerzo y confiscando los dos camiones, se los hicieron cargar a los detenidos y luego los metieron a ellos también dentro. Viniendo toda la caravana para el cuartel. Y Tal y tal y Pascual…». Dando por finalizada la narración; en otras ocasiones me contó más historias del abuelo, de su época en “Menorca”. En ellas se le escapaba que, en el fondo estaba orgulloso de él, todo lo contrario que sucedía en la actualidad, cuando se “encontraban” en su casa y yo pude observar.
¡Por cierto!, el uso para comprobaciones de las cargas, del denominado sable de “Puerto Seguro”, era algo habitual y autorizado por la Ley.
…Más llegó el 17 de julio de 1936, cuatro días después del asesinato de “Calvo Sotelo”; empezando con él la rebelión militar contra la “II República Española”.
Las rutinas de control del contrabando, dejaron paso a tareas totalmente diferentes y de consecuencias mucho más drásticas.
Antes de terminar el día, los militares sublevados se habían hecho con prácticamente el control del Marruecos español.
El golpe de estado contra el gobierno legalmente establecido, fue secundado por otras guarniciones en la península.
¡La guerra fratricida estaba aquí!, y había venido para durar tres años…

Montaje juntando las PORTADAS de los periódicos “El Liberal” y “La Voz” anunciando el levantamiento militar.
Las Islas Baleares fueron, durante todo el conflicto bélico, del bando nacionalista; excepto la isla de Menorca, que durante toda la guerra fue republicana.
Y así se vivieron estos acontecimientos:
(TEATRALIZADO POR EL AUTOR EN BASE A LO NARRADO POR MI ABUELO):
—¡Leonardo, no sería mejor que volviéramos a Mallorca! —comentó la abuela.
—Pero, ¡qué dices Isabel!, yo soy militar y debo obedecer las órdenes del “Gobierno de la República”. ¡Y no se te ocurra repetir lo que has dicho!, ¡que nos fusilan a los dos! De todas maneras, y para tu tranquilidad, te diré que esto durará unos pocos meses; seguro que se ponen de acuerdo y todo vuelve a su cauce.
Tristemente, como ya sabemos, en esta ocasión el militar no acertó con su frase tranquilizadora dicha a su esposa. Y el clima de guerra no tardaría muchos meses en aparecer en la isla.
El 20 de noviembre de 1936, como represalia por la muerte de 6 trabajadores y un marinero. A consecuencia del bombardeo por parte de aviones italianos, al servicio de Franco; de la base naval de “Mahón”. Una turba ansiosa de venganza y controlada por el suboficial de marina “Luis Aniceto de Alba”; extrajeron del barco prisión “Atlante”, a 37 sacerdotes, 10 civiles y 26 militares, que fueron asesinados en el mismo muelle.
El vapor “Atlante” juntamente con el “Aragón”, estaban anclados en el puerto de “Mahón” desde unos meses antes del inicio de la guerra. Durante el conflicto fueron convertidos en cárceles.
También en este mes aconteció un hecho que cambió la vida de mi abuelo:
—¡Ya me tienen hasta los cojones! ¡Sargento coja unos guardias y tráigame a “Tartabull” y “Serra”! (nombres ficticios) ¡Hasta aquí podíamos llegar, encima se vanaglorian de haber asesinado a los
religiosos!
—¡Con todo mi respeto, mi capitán, no me parece una buena idea!
—¡No le he pedido su opinión Leonardo, limítese a cumplir mis órdenes!
—¡A sus órdenes! —En el ejército no se pide opinión, simplemente se dan órdenes y el subordinado las obedece.
El abuelo acompañado de dos carabineros más, se acercó a la taberna del pueblo, que por cierto estaba llena de gente. Con la vista repasó las caras de los presentes, y se percató que, en una mesa en el fondo de la tasca, estaban sentados y jugando al “dominó”, dos de los miembros del ilegal pelotón de ajusticiamiento.
Que eran precisamente los ordenados arrestar por el capitán, los paisanos o civiles “Tartabull” y “Serra”.
Hacia los que el abuelo se dirigió:
—¡Acompañarnos, el capitán os quiere hacer unas preguntas!
Los dos hombres se levantaron bruscamente, toda la atención de los presentes estaba también en lo que ocurría con sus vecinos.
—¿Qué coño quieren los carabineros de “Tartabull” y “Serra” —comentó uno de los presentes, el ambiente se enrarecía, la “clientela” de la tasca se transformó en turba.
—¡Iros a “prendre per cul”! (“tomar por culo”).
—¡Estos se habrán pasado al bando de Franco! —insinuó otro de los presentes.
Ante este panorama, sabiamente, el abuelo decidió suspender la orden de detención y regresar al cuartel. Cosa que envalentó a la turba:
—¡Venga largaros, cabrones!
Al poco tiempo los militares ya estaban en el cuartel, el sargento informó al capitán de todo lo ocurrido; tras lo que el comandante del cuartel (el capitán) se manifestó:
—¡Si quieren guerra la tendrán!, ¡les voy a enseñar a estos cabrones quien manda aquí! ¡Leonardo coge a todos los hombres y vuelve a la taberna!, ¡al que se te resista lo detienes también! ¡Y si es necesario emplea las armas!
—¡A sus órdenes mi capitán!
No fue necesario regresar a la taberna, la turba estaba ya en las inmediaciones del cuartel rodeándolo, se habían unido más hombres y además estaban bien armados.
Ante este panorama el capitán ordenó que la tropa se distribuyera para salvaguardar el acuartelamiento. Un grupo de seis hombres se acercó al portalón del cuartel:
—¡Queremos que nos entreguéis al capitán Morales!
En el interior del cuartel…
—¡Qué coño quieren estos! ¡Sargento de la orden de disparar contra esta gentuza!
—¡No me parece una buena idea, están bien armados y nos ganan en número!
Por unos instantes el capitán Morales titubeo:
—¿Y entonces, qué hacemos? —preguntó esperando conocer otra solución menos drástica por parte del sargento.
—¡Tengo una idea! —mi abuelo le comentó su plan al capitán y a éste le convenció, dándole su autorización para llevarlo a término. Después de dar unas instrucciones a los guardias, el abuelo abrió el portalón y salió, los seis hombres se dirigieron hacia él para acordar la entrega del capitán:
—¡Déjanos entrar que nos lo llevamos!
—¡No hay ningún problema, podéis pasar y cogerlo!
Confiados con la palabra del sargento, el grupo de insurrectos cruzó el portalón y entró en el cuartel. Pero fueron sorprendidos por varios carabineros que les apuntaban con sus armas:
—¡Todos quietos, tirad las armas al suelo!
Fueron las órdenes del capitán, que obedecieron de inmediato los asaltantes.
El abuelo entró detrás de ellos y se cerró de nuevo el portalón.
—¡Llevarlos a las celdas! —en este caso fue el sargento el que dio la orden.
Y Vd. mi capitán ya sabe lo que viene ahora, los dos se dirigieron a uno de los recintos del cuartel.
—¿Cuánto tiempo crees que tendré que estar aquí Leonardo?
—Hasta que se calmen mi capitán, no creo que pueda durar mucho. Pero recuerde que aquí quien manda sigue siendo Vd. Y yo sigo a sus órdenes…
Dicho esto, el abuelo volvió de nuevo al portalón y salió, pero sin alejarse excesivamente de la puerta…
—¡A ver, que venga un grupo de vosotros a conversar conmigo!
A los pocos minutos, tres hombres se acercaron a él.
—¿Dónde están nuestros compañeros?
—Están dentro arrestados, ¡escuchad! No os puedo entregar al capitán para que lo fusiléis también, antes se debe someter a un juicio, no somos salvajes matando a la gente sin darle la oportunidad de defenderse.
—¡No nos dieron ninguna oportunidad los aviones que nos bombardearon!
—Esto no tiene nada que ver con el capitán. ¡Hacedme caso!, él permanecerá arrestado dentro del cuartel y, en cuanto se pueda, será entregado a nuestros superiores.
—¿Y qué pasa con nuestros compañeros?
—En unos días, cuando os calméis, los soltaré.
El plan le salió bien, la turba después de comentar entre ellos la oferta del abuelo, les pareció correcta y se retiraron.
Al cabo de unos días, el sargento liberó a los seis detenidos, el ambiente se calmó y no volvieron a pedir “la cabeza” del capitán. Éste decidió seguir estando recluido voluntariamente en el cuartel, y ver como se desarrollaba la contienda; retiro que duró hasta la rendición de Menorca, que fue uno de los últimos episodios de la “Guerra Civil Española”.
Llegada del gobernador militar de la isla y jefe de la base naval de Mahón, el capitán de corbeta Luis González de Ubieta, quien negoció con el representante franquista Fernando Sartorius y Díaz de Mendoza (Conde de San Luis) la rendición; y contando con la mediación de Gran Bretaña, que además proporcionó un buque de guerra para que las autoridades civiles y militares republicanas de la isla, pudieran abandonarla antes de la llegada de las tropas sublevadas. Así a las 5 horas del 9 de febrero de 1939 zarpó de la bocana del puerto de Mahón el crucero británico HMS Devonshire con 450 refugiados republicanos hacia las costas de Marsella, una vez rendida la guarnición a las tropas franquistas.
Encabezaba el numeroso grupo el mismo Luis Gonzalez de Ubieta. Además, otros 75 refugiados republicanos marcharon hacia Argel en el velero Carmen Pico que partió poco después.
Esta claudicación tuvo lugar en la misma isla de Menorca, entre el 4 y el 9 de febrero de 1939, cuando el gobernador militar de la isla y jefe de la base naval de Mahón. El Capitán de Corbeta “Luis González de Ubieta”, negoció con un representante de “Franco” la rendición. Gran Bretaña hizo de mediador y además, proporcionó un buque de guerra, para que las autoridades civiles y militares republicanas de la isla, pudieran abandonarla antes de la llegada de las tropas sublevadas. Pero no todos partieron, uno de los que se quedó fue el abuelo y la familia.
Más, ocurrió que, durante las conversaciones para la paz, un grupo de civiles pro-franquistas, se rebeló y tomó el cuartel, liberando al capitán Morales. Éste, la primera orden que dio fue detener al abuelo y meterlo en una celda; ¡menudo agradecimiento por haberle salvado la vida! Lo cierto es que lo hizo, para dejar claro que él se había mantenido fiel a las tropas insurrectas y, en ningún momento había colaborado con el gobierno de la República. Que era de lo que se les acusaba a los militares profesionales de las zonas vencidas y “recuperadas” por el ejército nacional.
EL FINAL DE LA GUERRA Y DEL “CUERPO DE CARABINEROS”.
...En los meses siguientes, y ya acabada la contienda en todo el país, el primero de abril de este mismo año del 39. El abuelo fue trasladado a Mallorca, para someterlo a uno de los muchos juicios sumarísimos que se celebraron al final de la contienda.
La familia regresó también a los pocos días, con solo los bártulos que llevaban encima, todos sus enseres fueron confiscados.
Se instalaron como pudieron en casa de la madre de la abuela, que hacía años vivía en Palma, algunos hijos fueron repartidos entre otros familiares.
…Llegó el momento del juicio, del cual salió el abuelo con tres condenas; fue considerado culpable de rebelión, insubordinación y demás delitos. Le cayeron penas que sumaron más de treinta años de cárcel. Al no poderle acusar de ningún delito de sangre, se libró de la “pena de muerte”.
Vista aérea (en el recuadro) y fachada de la antigua CÁRCEL PROVINCIAL DE “LOS CAPUCHINOS”, emplazada en el centro de la capital de Palma de Mallorca, donde cumplió su condena Leonardo.
Por suerte, la madre de la “mía abuela” (la mía bisabuela), que era una beata, mantenía una buena relación con el clero, y solicitó la intervención del obispo; pidiéndole algo de clemencia para el reo. También el capitán “Morales” reconsideró su declaración en el primer juicio, y manifestó que el comportamiento del sargento había sido correcto. Así, cuando se revisó la causa, las penas fueron rebajadas y fue condenado a diez años de cárcel. Además de quedar marcado para el resto de su vida. Casi tres años estuvo en la prisión de Palma, logró no cumplir toda la condena, gracias a que de nuevo la madre de mi abuela intervino.
Aludiendo a que era el cabeza de una familia con siete hijos, que necesitaban de los ingresos que aportara trabajando, y demás justificaciones para que saliera de la cárcel.
Influenció también que el mundo estaba envuelto en la “II Guerra Mundial”, y “Franco” no tenía muy claro su permanencia como Jefe del Estado; por lo que dio la orden, para evitar futuras represalias de otras naciones, de ir vaciando las cárceles. Además, estaban saturadas y se necesitaban manos para la reconstrucción del país.
La abuela de mi padre, o sea mi bisabuela la beata, también les ayudó pagando el alquiler de una casa; logrando así volver a juntar a toda la familia bajo el mismo techo. Precisamente en la que yo pase mi verano. Beata o no, la mujer se comportó.
¿Y qué pasó con el “Cuerpo de Carabineros”? ¡Pues que desapareció del mapa! “Franco” no perdonó que éste se hubiera convertido y significado, como el ejército particular de “Juan Negrín”.
Tanto en su etapa como “Ministro de Hacienda”, como, en la de “Jefe de Gobierno de la República”. Unido a que dos terceras partes del “Cuerpo” se mantuvo fiel al bando republicano.
Así que, con la Ley de 15 de Marzo de 1940, con título: «Reorganizando el benemérito Cuerpo de la Guardia Civil», publicó la disolución del cuerpo, en su Artículo Cuarto leemos:
«Se suprime la actual “Inspección General de Carabineros”, cuyos cometidos y funciones se agruparán en una sola Sección de la “Dirección General de la Guardia Civil”, a cuyo “Director General” pasarán las
atribuciones conferidas actualmente al “Inspector General del Cuerpo de Carabineros”.
El personal de este “Cuerpo” será adscrito a los distintos servicios qué por esta Ley se fijan como privativos del “Cuerpo de la Guardia Civil”, en la forma que, con arreglo a las aptitudes y condiciones de su personal, determine el “Director General”…/.» (BOE).
Lo que trajo consigo, la integración de éste, dentro de la estructura de la “Guardia Civil” y la desaparición del “Cuerpo”.
…Pasó el tiempo y un día del mes de mayo de 1942, alguien tocó en la puerta:
—¡TOC, TOC! —Mi padre que le faltaba poco para cumplir los 18 años, fue a abrirla.
—¡Coño papá, por fin te han soltado!
—¡Si hijo, ya estoy fuera!
Se abrazaron y besaron durante un largo espacio de tiempo, las lágrimas brotaron en ambos. Después entraron por el pasillo y sin dejarle llegar al salón-comedor, el resto de los hijos fueron abrazándole y también besando:
—¡Papá, papa, que alegría! —gritaron sus hijas María e Isabel.
—¡No me lo puedo creer!
El último beso y abrazo fue para su esposa, mi abuela:
—¡Tranquilo Leonardo, todo irá ahora mejor!
Desde luego que comparativamente con su vida en la prisión, todo fue mejor.
Al poco tiempo mi padre abandonó el nido y se casó con mi madre. Y poco a poco con el paso de los años, algunos de sus hijos fueron creando sus nuevas familias y, otros emprendieron rumbo hacia otros lugares.
Al abuelo le fue muy difícil encontrar trabajos, el hecho de haber estado en prisión por “rojo”, supuso que los “curros” que consiguió, fueran los poco deseados por otros. Además, los “empresarios” que lo contrataban, abusaban de él, pagándole menos dinero y haciéndole hacer más horas de la cuenta.
Para colmo, cuando algún “político” de importancia visitaba la isla, tanto él, como el resto de los considerados como “rojos”; cogían su muda, una fiambrera y un termo, y acudían a la Plaza de Toros.
Donde estaban retenidos hasta que se marcharan los mandamases.
Si el arresto duraba más de un día, se permitía a un familiar traerle más alimentos.
Con todo ello, no me extraña que el hombre estuviera la mayoría de los días de muy “mala follá”. ¡Cualquiera no!
…Durante mi infancia, algún que otro domingo visité a los abuelos, mi padre nos hacía rotar en el asiento de su “vespa”; a todos los hermanos para que mantuviéramos el contacto con los ancestros.
Costumbre esta casi perdida en la actualidad.
Cuando ya pude viajar sólo en el autobús, que tenía además parada justo enfrente de su casa, durante determinadas épocas, me dio por irlos a visitar:
—¡TOC TOTOTOTOCCO TOCTOC! —
Era el toque que identificaba a un miembro de la familia, el de “¡niños queridos adiós!”.
—¡Oh, Antoñito, que alegría! —No sé cuándo sustituyó su encantador “fiet”.
—¡Hola abuela! —a la vez que le di los besos propios de la visita— ¿Está el abuelo?
—¡Está dentro!, sentado en la mecedora, ¡como siempre!
Tras cruzar el pasillo, allí estaba el abuelo revisando con su lectura los últimos versos que había escrito:
—¡No te levantes…! —No hizo ningún ademán de querer hacerlo, pero quedaba bien la frase. De su boca sólo salió un “Hola”, y ya fue mucho. Le conocía, y cuando actuaba así, que era casi siempre, lo mejor era no darse por ofendido.
—¿Has escrito más versos?
—¡Sí, cógelos!, si quieres los puedes repasar ahora.
—¡Vamos allá! —cogí los papeles y me senté en la mesa del comedor. Sin pronunciar palabra los empecé a leer.
En aquellos años yo era un experto en poesía, tenía mucha facilidad en hacerlos rimar y ordenar por sextetos, cuartetos, etc. En la actualidad soy un pésimo poeta, “c´est la vie”!
—¿Puedo hacer correcciones?
—¡Sí, ya los he copiado, no hay problema!
Contando ya con su autorización, me dispuse a ordenador un montón de sentimientos, que el abuelo exteriorizaba con sus palabras escritas…
—¡Ten abuelo, léelos a ver si son de tu agrado!
—Ahora los leo, ¡pero no te ha dado nada la abuela!... ¡Isabel!
—¡Qué pasa! —la abuela «acudió rauda y veloz», la tenía atemorizada el cabrón.
—¡No le has preparado un café con leche al niño…!
—Esperaba a que terminaseis, ahora se lo traigo, ya está calentado.
Casi al instante, recibí el pago de mi trabajo de corrección… ¡Un café con leche preparado al estilo “abuela”!
Normalmente “el poeta” aceptaba mis correcciones, y cuando me marchaba…, ¡milagro!, hasta se levantaba para despedirse, pero no daba besos, no le gustaba esto de dar o recibir besos, ¡cosas
suyas!
Retrato de GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER autor de esta “famosísima” Rima nº LIII incluida en su libro “Rimas y leyendas”; titulada: “Volverán las oscuras golondrinas”; que al no disponer de los poemas de mi abuelo, nos valen para servirle de homenaje de mi parte...
VOLVERÁN LAS OSCURAS GOLONDRINAS
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
esas… ¡no volverán!
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.
Pero aquellas cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día….
esas… ¡no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar,
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido… desengáñate,
¡así no te querrán!
Gustavo Adolfo Bécquer
Y LE LLEGÓ EL RECONOCIMIENTO COMO COMANDANTE.
...Y hablando de “cosas suyas”, cuando ya se me podía considerar como todo un hombre, allá por 1978, cuando votamos la “Constitución” que trajo el regreso de la “Democracia”; yo contaba con 21 años. En una de mis visitas, el abuelo me hizo un encargo: tenía que ir a visitar a un excompañero suyo; miembro
del “Cuerpo de la Guardia Civil” que ya estaba retirado:
—Aquí tienes su nombre, dirección y teléfono.
—Entonces a ver si lo he entendido bien, este hombre era carabinero como tú, ingresasteis al mismo tiempo en el cuerpo, pero él estuvo en el bando de “Franco”. Y en 1940 cuando disolvieron el “Cuerpo de Carabineros”, pasó a la Guardia Civil. Y en la actualidad está jubilado y tiene la graduación de Comandante. ¿Hasta aquí bien?
—¡Sí, correcto! —respondió el abuelo, corto breve y conciso, ¡como tiene que ser!
—Y él te ha dicho que están preparando desde el Gobierno, una Ley que equiparará a los carabineros que puedan estar vivos en la actualidad, con sus homólogos que pasaron a la Guardia Civil; con su mismo rango y sueldo…
¡Pues esto es fantástico! ¡tendremos a un Comandante en la familia! ¡Y ganarás un “montón de pasta”!
—¡Tengo que verlo para creérmelo! ¡Pero nada perdemos intentándolo!
—Pues, ¡«”palante”, como los de Alicante»!
—Él te dará dos papeles que ya ha rellenado su “Habilitado”, uno es una súplica que yo hago pidiendo este reconocimiento, y otro es una manifestación como testigo de mi amigo el Guardia Civil.
En la que dice que entramos juntos en el “Cuerpo de Carabineros” y algo más...
—Me voy a presentar mañana mismo en su casa… ¡Mejor le llamo antes y quedo!
Y lo hice, todo fue bien; recogí los papeles y se los llevé al abuelo para que firmara lo que procediese y de nuevo se los entregué al Guardia Civil. Ya que el abuelo aceptó el ofrecimiento del excompañero, de ser él quien presentara los escritos dirigidos al Ministerio de Defensa. A partir de ahí, sólo quedaba
tener paciencia. ¡Y mucha!, hubo que esperar a 1984 en que se aprobó la Ley 37/1984, de 22 de octubre:
«De reconocimiento de derechos y servicios prestados a quienes durante la guerra civil formaron parte
de las Fuerzas Armadas, Fuerzas de Orden Público y Cuerpo de Carabineros de la República», que decía en su Artículo Segundo lo siguiente:
«El personal al que se refiere el artículo anterior pasa a la situación militar de retirado, con los derechos y obligaciones inherentes a la misma, con el empleo que por antigüedad, habrían alcanzado de haber continuado en el servicio activo hasta la fecha en que, por cumplir edad, les hubiera correspondido el pase a la precitada situación militar». (Fuente: BOE).
Enseña militar correspondiente al grado de Comandante.
…Más antes del 84, la vida siguió en casa de los abuelos, y los años también pasaron dejando sus secuelas en ellos, la primera en caer fue la abuela; llegó un momento en que no podía atender al
mandamás de su marido y por supuesto, ni a ella misma. Así que la tía Isabel, que era su preferida y con quien se sentían mejor, se los llevó a vivir a su casa; un piso en una barriada no muy lejana de la nuestra. La casa de los abuelos, con su patio y sus recuerdos, pasó a la historia…
La abuela no duró mucho tiempo, antes de un año había fallecido; aún recuerdo cuando la vi por última vez en su féretro.
La tía le había puesto unos zapatos nuevos y vestido muy correctamente, como si fuera a ir a una fiesta. Se apreciaba lo pequeña que era, pues sobraba ataúd por todas partes. Me despedí de ella y sus “cafés con leche”, dándole un beso ¡Me dio mucha pena! ¡Pobrecita!
El que no llevó muy bien su fallecimiento, fue mi padre, en verdad estaba muy unido a su madre, «¡”fiet meu”!», era su habitual manera de llamarlo, que no volvería a oír.
Años después del óbito, en el mencionado de 1984; el abuelo recibió un escrito del “Ministerio de Defensa” en el que le comunicaba su ascenso a Comandante.
Todo como consecuencia de la publicación de la “Ley 37/1984 de 22 de octubre” comentada antes. ¡Lástima que no lo pudiera disfrutar la abuela!
El abuelo tras el fallecimiento de su consorte, no se encontraba bien en casa de su hija, ¡cosas de viejos! Por lo que aceptó el ofrecimiento de mis padres de venirse a vivir con ellos. Desde 1970 vivían
en una casa bastante grande, en las afueras de la ciudad. Yo desde finales de 1974 ya no vivía con ellos.
Fotografía de José Stalin (Iósif Stalin) en 1942.
Pero aquello fue «mezclar agua con aceite, que no se mezclan». Dos caracteres de “aupa”, el del estrenado Comandante; que desde que obtuvo la estrella de ocho puntas y que vino acompañada de una buena paga, hizo que: «se le subieron los humos a la cabeza». Y el de mi padre, que había que: «había que dar de comer aparte…».
Era sólo cuestión de tiempo el choque frontal de estas dos locomotoras. Ya al cabo de un tiempo de su llegada, raro era el día que no hubiera pelea, a mi madre le tocaba “apagar el fuego”. Así que al cabo de un año y pico:
—¡Damián, hijo!, ¡Antoñita!, os agradezco mucho vuestra hospitalidad, pero he decidido marcharme de esta casa.
—¿Y a dónde te vas a ir, de nuevo a
casa de tu hija? —en referencia a Isabel.
—¡No Antoñita!, me han dado una plaza
en la Residencia “Turululu” de la calle
Riera!
—¡Claro con la paga que tienes, les ha
faltado tiempo a aceptarte! —inquirió mi
padre manifestando al mismo tiempo su
enojo por tal decisión.
—¡Pues sí!, hace sólo un mes que la
solicité, y ya me la han concedido.
—Se te quedarán con todo tu sueldo…
—afirmó mi padre puntualizando de
nuevo.
—No todo, pero si se quedan un buen
porcentaje, pero allí tendré de todo y
me incluyen comida, lavandería y lo que
me haga falta.
—¡Pues no se hable más!, si este es
su deseo, ¡nosotros lo respetamos! ¿Y
cuándo piensa marcharse? —mi madre
en ocasiones lo trataba de tú y otras anteponía
por en medio el usted. Aquí dijo
lo segundo, para apaciguar de nuevo.
—¡Mañana mismo! —hay sacó el abuelo
su vena militar.
—¡Pues no te preocupes, uno de mis
hijos te acompañara mañana a la “Residencia
de Ancianos Tal y Pascual”, tu
nueva casa! —dijo mí padre dando por
acabado el asunto.
El abuelo no contestó a su hijo Damián,
y al día siguiente uno de mis hermanos
le acompañó al lugar, con ellos aparte de
sus bártulos, también acudió mi madre:
—Leonardo ¿Tienes algún problema, si
entramos contigo a ver tu habitación?
—La verdad prefiero que me acompañéis
hasta la recepción y luego os marchéis.
Al ser el primer día, quiero que
se me trate por parte de los empleados,
de acuerdo con mi rango y graduación.
¡Y no vean debilidad en mí! —Salieron
de nuevo los «altos vuelos» del Comandante.
—¡Vamos hijo, que el abuelo quiere
estar sólo! ¡Adiós Leonardo, ya vendremos
otro día a verte! —Mi madre se
quedó con las ganas de soltarle una de
las suyas…
El abuelo ni contestó, siguió su camino
y entró en la recepción de la Residencia,
allí le esperaba la directora de ésta.
Cuando ya estábamos alejados, reventó
por fin Antoñita y sacó a la leona:
—¡Será cabrón, será hijo de pu…! ¡Se
avergüenza de nosotros! El hombre se
cree que es una Residencia militar, ya
es verdad lo que dice papá, de que…
¡”Se le han subido los humos”, al Comandante
de mierda!
Pasadas unas semanas mi madre acudió
de nuevo a visitarle, en esta ocasión
el abuelo fue mucho más amable. En
el fondo, durante su estancia en nuestra
casa, mi madre y él habían limado
muchas asperezas de años atrás; y el
afecto era mutuo.
—¡Hola, Antoñita, gracias por venir a
verme!
—¿Qué, me vas a enseñar hoy tu habitación?
—¡Pues claro mujer, acompáñame!
El abuelo le hizo una “tournée” por el
edificio, incluida su habitación, que por
cierto compartía con otro hombre; cosa
que no le iba muy bien. También le presentó
incluso a la Directora y varios empleados
del complejo. Mi madre se quedó
satisfecha con su comportamiento y
se propuso venir a visitarlo regularmente,
cosa que cumplió.
Y fue precisamente en una de estas visitas
cuando yo le acompañé, el abuelo
ya llevaba unos años en la Residencia,
era a finales del año 1988. Mi madre había
recibido una llamada de la Directora
pidiéndole que viniera, pues el abuelo
estaba enfermo:
—¡Hola abuelo! ¿Has escrito más poemas?
—¡Ay Antonio, ya hace años que dejé
de escribir, gracias por venir, y también
a ti Antoñita! —Se le veía muy abatido y
desmejorado.
—¿Leonardo, quieres venir a casa, allí
te cuidaremos?
—No hace falta, muchas gracias, aquí
no me falta de nada.
—¿Y tú compañero de habitación?
—Se murió hace unos meses y decidieron
dejarme la habitación sólo para mí.
Mi madre lamentó enterarse en este
momento, del fallecimiento de su compañero
de cuarto. Y lo de que le dejaran
para él sólo la habitación, era un mal
presagio.
—¿Y cómo no me dijiste nada hombre?
—¡Para qué, no quería preocuparte!
—¡Venga abuelo!, que ya estamos
prácticamente en Navidad y nos gustaría
que comiéramos toda la familia
juntos. —Dije yo intentando desviar la
conversación.
—¡No creo que llegue a Navidad! —predijo,
cual «ave de mal agüero».
La conversación continuó un buen rato
y luego lo dejamos en su cama.
Resultó que su vaticinio se cumplió, dos
días después, una mañana lo encontraron
muerto en su cama, y sin señales
de haber sufrido en su último aliento;
simplemente se marchó. En su funeral
en el tanatorio, fuimos desfilando
toda la numerosa familia, inclusive el
tío “Eladio”, que vino exprofeso desde
Asturias; y el tío “Camilo”, que se pasó
todo el funeral pidiendo a más de uno
de nosotros; cómo lo tenía que hacer
para que le dieran la paga de huérfano:
«Ahora que el abuelo ya no cobrará su
pensión, me corresponde a mí cobrarla
» ¡Quizás un poco tarde para lo de
“huérfano”! ■
Todos los miembros de las familias disconformes con la Dictadura de Franco, seguían los informativos de “LA PIRENAICA” alrededor del aparato de radio.
Y esto es lo que estuve haciendo casi cada día, variaron los sábados y domingos, estos días vinieron mis padres a recogerme para pasar el día, los ocupamos repasando las obras de mi casa. ¡Pues sin este visto bueno mío no podían continuar! Comíamos cualquier cosa en nuestra casa, al ser verano, bastaba con preparar algún plato frío y algo de fruta. Luego, iba a hacer un poco de tertulia con mis abandonados amigos y, de nuevo de regreso a la “Fonda del Sopapo”.
Pasaron las semanas, y un poco antes de lo previsto, hice mi bolsa de viaje y esperé ansioso la recogida de mi padre con "La Pupú".
Lo curioso es que cuando estaba contando el tiempo, mirando el reloj que había colgado en el comedor, se abrió la puerta desde fuera; alguien de la familia entraba.
Resultó ser el tío Camilo, que regresaba muchos meses antes de lo previsto. Su trabajo en Londres no fue lo esperado y el hombre decidió volver, supongo, que por falta de dinero. Más de no ser por eso, ¡no creo que regresara por gusto!, la vida que llevaba aquí no parecía ser del todo encantadora. Yo sabía al igual que los mayores, que el tío era "mariquita", que era como se les llamaba en sentido cariñoso; aunque lo más normal era que los extraños le llamaran "maricón de mierda". Si bien, no sabía exactamente en qué consistía tener esta condición de homosexual.
Me extrañaba que tuviera una ceja depilada, que antes de salir de casa se la tapaba con un trocito de esparadrapo. Con el tiempo, me enteré de que era una marca que les hacían a las personas con esas inclinaciones sexuales; cuando los detenía la policía. Después de tenerlos encerrados unos días en los calabozos de las Comisarías; pero sólo a los que eran de una condición social humilde; les afeitaban la ceja izquierda para que quedaran señalizados o estigmatizados. Cosa que hacían basándose en la aplicación de la "Ley de Vagos y Maleantes".
—¡Hola tío! ¿Cómo te ha ido?
Sin contestarme, Camilo me abrazó y se alegró mucho de verme, supongo que también se debió congratular de mi marcha; pues ello significaba que recuperaba su habitación. No pareció que el adelantado regreso del tío, le gustara tanto al abuelo, que ni siquiera le saludó. Sin embargo, la abuela tuvo otra reacción:
—¡Ay fiet meu quina alegría en donas! —acercándose y dándole dos besos al tío.
No tardó mucho en aparecer mi padre por la puerta, y tras saludar fríamente a su hermano, partimos de regreso hacia la restaurada vivienda.
—¡Adiós abuelos, gracias por todo!
—¡Ven el sábado que viene a vernos “fiet”!
—¡De acuerdo abuela!
—¡Cuando vuelvas le retorceremos el “pescuezo” a otro palomo! —Señalando con los movimientos de sus ojos a su hijo Camilo, a los homosexuales también se les llamaba con ese nombre, para muestra, la aún hoy en día mencionada frase: «¡Eres más maricón que un “palomo cojo”!». Comparación errónea que explicaré más adelante, ¡cuando encuentre un “hueco”!, dentro de esta novela biográfica de “moi”.
No contesté a la “coña” del abuelo, ya lo tenía más o menos “fichado”.
Qué alegría me dio regresar a mi rutina, y que pronto recuperé mis hábitos. Esa noche también regresó mi hermana, mis hermanos tardaron aún una semana.
Otra persona que subió a ver como se habían realizado las reparaciones, fue la pagadora y propietaria. Sorprendentemente había un ambiente afable entre mis padres y Josefina, repasaron lo hecho, que todo fue de la conformidad de las dos partes. Y curiosamente, de la reunión salió el reconocimiento público por parte de la viuda, hacia servidor; manifestando el afecto que me tenía y su deseo de que de nuevo fuera a visitarla y, pasara un tiempo leyendo algo de su surtida “biblioteca”.
Una oferta interesante que debía de considerar, y en caso de aceptar, antes deberíamos negociar las condiciones de estas visitas… ¡El “Chato” había madurado! ■
FIN DEL CAPÍTULO 10
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