“Tom Thumb” (inglés); “Le Petit Poucet” (francés); “Pulgarcito” (español) y “Garbancito”. una variante mundial. Son algunos de los títulos dados a dos cuentos cuyo personaje es el mismo, un niño diminuto como el dedo pulgar

Portada de esta Edición, creada utilizando esta excelente ilustración de Anne Anderson de 1924, que fue una prolífica ilustradora escocesa (1874-1930); recurrentemente recordada en estas páginas de "Queseenteren".
Aparte de tener eso en común en sus argumentos (el tamaño del protagonista), lo diferente es que, en uno de los dos, que llamaremos versión (TT), en el que englobamos al cuento ingles de “Tom Thumb” y sus variantes, incluido el cuento de los ”Hermanos Grimm”.
La trama es sobre un niño menudo que es tragado por un animal, en otras, por varios; y tras pasar varias aventuras es “devuelto” y recuperado por sus padres.
En el otro cuento, al que lo definiremos como versión (P). Es el hambre reinante en una determinada época, lo que hace que los padres de una familia numerosa, decidan desprenderse de la carga que les suponen “todos” sus hijos. Tras lo que los niños pasan pecunias, acabando formando parte de la dieta de un Ogro...
A continuación repasamos todo esto por orden de aparición de las narraciones ESCRITAS, que no supone ello que sean las más antiguas, dado que muchas de ellas ya se conocían y forman parte de la tradición popular años antes que las versiones impresas. ¿Capisco?...
Ilustración extraída de la primera edición inglesa publicada en 1621 de Tom Thumb.
“Tom Thumb” o “Garbancito”(v. TTG)
Orígenes del Cuento/Historia y RESUMEN:
Tom Thumb es un personaje del folklore inglés, cuya historia se publicó en 1621 y fue el primer cuento de hadas impreso en inglés.
En él, Tom no es más grande que el pulgar de su padre, y sus aventuras incluyen ser tragado por una vaca, enredarse con gigantes y convertirse en el favorito del Rey Arturo.
Las primeras alusiones a Tom aparecen en varias obras del siglo XVI, como el “Descubrimiento de la brujería” (1584) de Reginald Scot, donde se cita a Tom como una de las personas sobrenaturales empleadas por las sirvientas para asustar a los niños.
El texto más antiguo que se conserva es un folleto de 40 páginas impreso en Londres para “Thomas Langley” en 1621 titulado «La historia de Tom Thumbe, el pequeño, apodado por su pequeña estatura “El enano del rey Arturo”: cuya vida y aventuras contienen muchos accidentes extraños y maravillosos, publicado para el deleite de los alegres que pasan el tiempo». Se presume que el autor es el londinense Richard Johnson (¿1579-1659?) dado que sus iniciales aparecen en la última página.
En este cuento de 1621 nos narra que en los días del Rey Arturo, el viejo “Tomás de la Montaña”, un labrador y miembro del Consejo del Rey, quiere encarecidamente, un hijo, aceptando incluso que no sea más grande que su pulgar. A lo que envía a su esposa a consultar con Merlín. Al cabo de tres meses, da a luz al diminuto Tom Thumb.
La “Reina de la Hadas“ y sus asistentes actúan como parteras. Proporcionándole a Tom un sombrero de hoja de roble, una camisa de telaraña, un jubón de cardo, medias de cáscara de manzana y zapatos de piel de ratón.
Ilustración de Horace Petherick de una edición de 1869. Destacar a las hadas que se observan al fondo con el recién nacido.
Los HERMANOS GRIMM incluyeron su particular narración de Pulgarcito (Daumesdick) en su obra recopilatoria de narraciones populares titulada “Cuentos de la infancia y del hogar” (Kinder und Hausmärchen), que se publicó por primera vez en dos volúmenes en 1812 y 1815 (De la cual ya se han publicado muchos de sus cuentos, en anteriores ejemplares de este periódico de "Queseenteren" y que puedes ver accediendo por nuestros índices).
En esta versión, ya más moderna y de la cual posteriormente “nacieron” nuevas (versiones) en el Reino Unido, varían los meses del embarazo y algunas cosas más, vemos un resumen:
Una pareja de campesinos piden en voz alta que quieren tener un hijo «sin importar cómo sea de pequeño». Siete meses más tarde, la mujer da a luz un bebé que «no es más grande que un pulgar», y por ello deciden llamarle "Pulgarcito". Era una «criatura ágil y sabia».
"Pulgarcito" intenta ayudar a los hijos en todas las tareas, así que un día pregunta a su padre si puede conducir su caballo hasta donde trabaja este, sentándose en su oído y dirigiéndolo así, dándole indicaciones.
Dos hombres, extrañados, ven pasar al caballo mientras es conducido por voces escandalosas y, cuando descubren que la voz pertenece a una persona que se sienta en el oído del caballo, preguntan al campesino si pueden comprarle a Pulgarcito para hacer una fortuna con las exhibiciones del pequeño ser.
Pulgarcito convence al campesino de que tome el dinero que los hombres le ofrecen y se va con ellos, sentándose en el borde del sombrero de uno de los hombres.
Ilustración de Philipp Grot Johann extraida de una edición de 1893.
Poco después, Pulgarcito consigue engañar a los hombres para que lo bajen y se oculta en un agujero de ratón.
Más adelante se cuentan diferentes escenas, como la noche en la que intenta dormir en una caseta de caracol, pero es despertado por el ruido de unos ladrones que planean robar la casa de un pastor. Pulgarcito grita y se ofrece para ayudarles a robar la casa, entrando él mientras los ladrones esperan afuera a que Pulgarcito saque los objetos de la casa. Los ladrones acceden a la propuesta y lo llevan a la casa del pastor. Pulgarcito arma un gran jaleo dentro de la casa, fingiendo que está ayudando a los ladrones una vez dentro.
Pulgarcito despierta a los que dormían en el piso superior con preguntas dirigidas a los ladrones tales como ¿Qué queréis?, ¿Lo queréis todo?, haciendo muy obvio el hecho de que allí se estaba cometiendo un robo. Una criada se despierta asustada por los ladrones, quienes al verla huyen, más ésta no ve a Pulgarcito. quien se tumba sobre el heno y duerme profundamente.
Ilustración de Paul Hey de una edición de 1939.
Ya de mañana, la criada da de comer el heno a la vaca, sin saber que allí estaba Pulgarcito, que es tragado por el animal.
A lo que, Pulgarcito grita dentro del estómago de la vaca, pero el pastor piensa que un «espíritu malvado» se había apoderado de la vaca, y la sacrifica.
Ilustración de Hermann Vogel de una edición de 1894.
El estómago de la vaca es depositado en un montón de despojos y un lobo se lo come.
Pasando Pulgarcito a estar ahora dentro del estómago del lobo. Desde su interior, hablándole, persuade al lobo para que lo lleve hasta la casa de sus padres, haciéndole creer que podrá comerse todo lo que encuentre allí.
Ilustración de Otto Ubbelohde de una edición de 1907.
Cuando llegan, sus padres matan al lobo y logran sacar a Pulgarcito; prometiéndole no volver a venderlo nunca más, ni «por todas las riquezas del mundo», y le dan de comer y beber.
Ilustración de Alfred Seidel de una edición de 1954.
Llevada esta versión a la que hemos identificado como “TT”, a España, el cuento esencialmente es similar. Cambia el título, que pasa a ser GARBANCITO, teniendo su origen en Cataluña, donde es conocido como “Patufet”. Y la trama nos cuenta que:
El personaje del cuento de "En Patufet", está muy arraigado en la cultura catalana, hasta el punto de haber sido adoptado el nombre por una revista infantil española homónima, ilustrada y escrita en catalán, que se publicó en Barcelona en una primera época entre 1904 y 1938, y posteriormente, en una segunda, entre 1968 y 1973. Vemos una ilustración del personaje publicada en uno de los primeros ejemplares de "En Patufet".
Un día, al refugiarse de la lluvia bajo una col, es comido por un buey, y sólo es liberado cuando sus padres hacen que el animal expulse al “Patufet” a base de darle de comer muchas coles.
En todas las versiones del cuento, a Garbancito o Patufet lo sacan de la barriga de un buey o de otro animal grande. En lo que sí difieren las distintas versiones es en la forma como el protagonista logra salir de esa situación.
¡Ah! y en nuestro caso, para evitar Garbancito que cuando va por la calle lo pisen; canta una breve canción:
¡Pachín, pachán, pachón,
mucho cuidado con lo que hacéis!
¡Pachín, pachán, pachón,
a Garbancito no piséis!
Ilustración de Eleanor Vere Boyle incluida en una Edición de 1872.
Por eso salió a la rosaleda y, extendiendo la muletilla hacia todos los rosales, magníficamente floridos, hizo que todos desaparecieran bajo la negra tierra, sin dejar señal ni rastro.
Temía la mujer que Margarita, al ver las rosas, se acordase de las suyas y de Carlitos y escapase.
Entonces condujo a la niña al jardín. ¡Dios santo! ¡Qué fragancia y esplendor! Crecían allí todas las flores imaginables; las propias de todas las estaciones aparecían abiertas y magníficas; ningún libro de estampas podía comparársele.
Margarita se puso a saltar de alegría y estuvo jugando hasta que el sol se ocultó tras los altos cerezos. Entonces fue conducida a una bonita cama, con almohada de seda roja llena de pétalos de violetas, y se durmió y soñó cosas como sólo las sueña una reina el día de su boda.
Al día siguiente volvió a jugar al sol con las flores, y de este modo transcurrieron muchos días. Margarita conocía todas las flores, y a pesar de las muchas que había, le parecía que faltaba una, sin poder precisar cuál.
En una ocasión en que estaba sentada contemplando el sombrero de la vieja, que tenía pintadas tantas flores, vio también la más bella de todas: la rosa. La vieja se había olvidado de borrarla del sombrero cuando hizo desaparecer las restantes bajo tierra. Pero, ya se sabe, uno no puede estar en todo.
—Ahora que caigo en ello —exclamó Margarita—, ¿no hay rosas aquí? —y se puso a recorrer los arriates, busca que busca, pero no había ninguna. Entonces se sentó en el suelo y rompió a llorar; sus lágrimas ardientes caían sobre un lugar donde se había hundido uno de los rosales, y cuando humedecieron el suelo, brotó de pronto el rosal, tan florido como en el momento de desaparecer, y Margarita lo abrazó, y besó sus rosas, y le volvieron a la memoria las preciosas de su casa y, con ellas, Carlitos.
—¡Ay, cómo me he entretenido! —exclamó la niña—. Yo iba en busca de Carlos. ¿No sabéis dónde está? —preguntó a las rosas— ¿Creéis que está vivo o que está muerto?
—Muerto no está —respondieron las rosas—. Nosotras hemos estado debajo de la tierra, donde moran todos los muertos, pero Carlos no estaba.
—Gracias —dijo Margarita, y, dirigiéndose a las otras flores, miró sus cálices y les preguntó—. ¿Sabéis por ventura dónde está Carlos?
Pero todas las flores tomaban el sol, ensimismadas en sus propias historias. Margarita oyó muchísimas, pero ninguna decía nada de Carlos.
—¿Qué decía, pues, la azucena de fuego?
—Oye el tambor: «¡Bum, bum!». Son sólo dos notas, siempre «¡bum! ¡bum!». Escucha el plañido de las mujeres. Escucha la llamada de los sacerdotes. Envuelta en su largo manto rojo, la mujer está sobre la pira; las llamas la rodean, así como a su esposo muerto. Pero la mujer hindú piensa en el hombre vivo que está entre la multitud: en él, cuyos ojos son más ardientes que las llamas; en él, el ardor de cuyos
ojos agita su corazón más que el fuego, que pronto reducirá su cuerpo a cenizas. ¿Puede la llama del corazón perecer en la llama de la hoguera?
—No comprendo una palabra de lo que dices —exclamó Margarita.
—Pues éste es mi cuento. —replicó la azucena.
¿Qué dijo la campanilla?
—Más arriba del sendero de montaña se alza un antiguo castillo.
La espesa siempreviva crece en torno de los vetustos muros rojos, hoja contra hoja, rodeando la terraza. Allí mora una hermosa doncella que, inclinándose sobre la balaustrada, mira constantemente al camino. No hay en el rosal una rosa más fresca que ella; ninguna flor de manzano arrancada por el viento flota más ligera que ella; el crujido de su ropaje de seda dice: «¿No viene aún?».
—¿Te refieres a Carlos? —preguntó Margarita.
—Yo hablo tan sólo de mi leyenda, de mi sueño —respondió la campanilla.
¿Qué dice el rompenieves?
—Entre unos árboles hay una larga tabla, colgada de unas cuerdas; es un columpio. Dos lindas chiquillas —sus vestidos son blancos como la nieve, y en sus sombreros flotan largas cintas de seda verde—, se balancean sentadas en él.
Su hermano, que es mayor, está también en el columpio, de pie, rodeando la cuerda con un brazo para sostenerse, pues tiene en una mano una escudilla, y en la otra, una paja, y está soplando pompas de jabón.
Ilustración de William Heath Robinson (1872-1944) incluida en una Edición de 1913.
El columpio no para, y las pompas vuelan, con bellas irisaciones; la última está aún adherida al canutillo y se tuerce al impulso del viento, pues el columpio sigue oscilando. Un perrito negro, ligero como las pompas de jabón, se levanta sobre las patas traseras; también él quería subir al columpio. Pasa volando el columpio, y el perro cae, ladrando furioso, y las pompas estallan. Un columpio, una esferita de espuma que revienta; ¡ésta es mi canción!
—Acaso sea bonito eso que cuentas, pero lo dices de modo tan triste, y además no hablas de Carlitos.
¿Qué decían los jacintos?
—Éranse tres bellas hermanas, exquisitas y transparentes. El vestido de una era rojo; el de la segunda, azul, y el de la tercera, blanco. Cogidas de la mano bailaban al borde del lago tranquilo, a la suave luz de la luna. No eran elfos, sino seres humanos. El aire estaba impregnado de dulce fragancia, y las doncellas desaparecieron en el bosque.
La fragancia se hizo más intensa; tres féretros, que contenían a las hermosas muchachas, salieron de la espesura de la selva, flotando por encima del lago, rodeados de luciérnagas, que los acompañaban volando e iluminándolos con sus lucecitas tenues. ¿Duermen acaso las doncellas danzarinas, o están muertas? El perfume de las flores dice que han muerto; la campana vespertina llama al oficio de difuntos.
—¡Qué tristeza me causas! —dijo Margarita—. ¡Tu perfume es tan intenso! No puedo dejar de pensar en las doncellas muertas. ¡Ay!, ¿estará muerto Carlitos? Las rosas estuvieron debajo de la tierra y dijeron que no.
—¡Cling, clang! —sonaban los cálices de los jacintos—. No doblamos por Carlitos, no lo conocemos. Cantamos nuestra propia pena, la única que conocemos.
Y Margarita pasó al botón de oro, que asomaba por entre las verdes y brillantes hojas.
—¡Cómo brillas, solecito! —le dijo—. ¿Sabes dónde podría encontrar a mi campanero de juegos?
El botón de oro despedía un hermosísimo brillo y miraba a Margarita. ¿Qué canción sabría cantar? Tampoco se refería a Carlos. No sabía qué decir.
—El primer día de primavera, el sol del buen Dios lucía en una pequeña alquería, prodigando su benéfico calor; sus rayos se deslizaban por las blancas paredes de la casa vecina, junto a las cuales crecían las primeras flores amarillas, semejantes a ascuas de oro al contacto de los cálidos rayos.
La anciana abuela estaba fuera, sentada en su silla; la nieta, una linda muchacha que servía en la ciudad, acababa de llegar para una breve visita y besó a su abuela. Había oro, oro puro del corazón en su beso. Oro en la boca, oro en el alma, oro en aquella hora matinal. Ahí tienes mi cuento —concluyó el botón de oro.
—¡Mi pobre, mi anciana abuelita! —suspiró Margarita—. Sin duda me echa de menos y está triste pensando en mí, como lo estaba pensando en Carlos. Pero volveré pronto a casa y lo llevaré conmigo. De nada sirve que pregunte a las flores, las cuales saben sólo de sus propias penas. No me dirán nada —. Y se arregazó el vestidito para poder andar más rápidamente; pero el lirio de Pascua le golpeó en la pierna al saltar por encima de él. Se detuvo la niña y, considerando la alta flor amarilla, le preguntó:
—¿Acaso tú sabes algo? —y se agachó sobre la flor.
¿Qué le dijo ésta?
—Me veo a mí misma, me veo a mí misma. ¡Oh, cómo huelo! Arriba, en la pequeña buhardilla, está, medio desnuda, una pequeña bailarina, que ora se sostiene sobre una pierna, ora sobre las dos, recorre con sus pies todo el mundo, pero es sólo una ilusión. Vierte agua de la tetera sobre un pedazo de tela que sostiene: es su corpiño, ¡la limpieza es una gran cosa! El blanco vestido cuelga de un gancho; fue también lavado en la tetera y secado en el tejado. Se lo pone, se pone alrededor del cuello el chal azafranado, y así resalta más el blanco del vestido. ¡Arriba la pierna! ¡Mira qué alardes hace sobre un tallo! ¡Me veo a mí misma, me veo a mí misma! ¡Oh esto es magnífico!
Otra Ilustración de William Heath Robinson
—¡Y qué me importa eso a mí! —dijo Margarita—. ¿A qué viene esa historia? Y echó a correr hacia el extremo del jardín.
La puerta estaba cerrada, pero ella forcejeó con el herrumbroso cerrojo hasta descorrerlo; abriose por fin, y la niña se lanzó al vasto mundo con los pies descalzos. Por tres veces se volvió a mirar, pero nadie la perseguía. Al fin, fatigadísima, se sentó sobre una gran piedra, y al dirigir la mirada a su alrededor se dio cuenta de que el verano había pasado y de que estaba ya muy avanzado el otoño, cosa que no había podido observar en el hermoso jardín, donde siempre brillaba el sol, y las flores crecían en todas las estaciones.
—¡Dios mío, cómo me he retrasado! —dijo Margarita—. ¡Estamos ya en otoño; tengo que darme prisa! —Y se puso en pie para reemprender su camino.
Pobres piececitos suyos, ¡qué heridos y cansados! A su alrededor todo parecía frío y desierto; las largas hojas de los sauces estaban amarillas, y el rocío se desprendía en grandes gotas. Caían las hojas unas tras otras; sólo el endrino tenía aún fruto, pero era áspero y contraía la boca. ¡Ay, qué gris y difícil parecía todo en el vasto mundo!.
CUARTO EPISODIO
El príncipe y la princesa.
Margarita no tuvo más remedio que tomarse otro descanso. Y he aquí que en medio de la nieve, en el sitio donde se había sentado, saltó una gran corneja que llevaba buen rato allí contemplando a la niña y bamboleando la cabeza. Finalmente, le dijo:
—¡Crac, crac!, ¡buenos días, buenos días! —No sabía decirlo mejor, pero sus intenciones eran buenas, y le preguntó adónde iba tan sola por aquellos mundos de Dios. Margarita comprendió muy bien la palabra “sola” y el sentido que encerraba. Contó, pues, a la corneja toda su historia y luego le preguntó si había visto a Carlos.
La corneja hizo un gesto significativo con la cabeza y respondió:
—¡A lo mejor!
—¿Cómo? ¿Crees que lo has visto? —exclamó la niña, besando al ave tan fuertemente que por poco la ahoga.
—¡Cuidado, cuidado! —protestó la corneja—. Me parece que era Carlitos. Sin embargo, te ha olvidado por la princesa.
—¿Vive con una princesa? —preguntó Margarita.
—Sí, escucha —dijo la corneja—; pero me resulta difícil hablar tu lengua. Si entendieses la nuestra, te lo podría contar mejor.
—Lo siento, pero no la sé —respondió Margarita—. Mi abuelita sí la entendía, y también la lengua de los peces. ¡Qué lástima, que yo no la aprendiera!
—No importa —contestó la corneja—. Te lo contaré lo mejor que sepa; claro que resultará muy deficiente —.Y le explicó lo que sabía:
—En este reino en que nos encontramos, vive una princesa de lo más inteligente; tanto, que se ha leído todos los periódicos del mundo, y los ha vuelto a olvidar. Ya ves si es lista. Uno de estos días estaba sentada en el trono, lo cual no es muy divertido, según dicen; el hecho es que se puso a canturrear una canción que decía así:
Ilustración de William Heath Robinson (1872-1944) incluida en una Edición de 1913.
«¿Y si me buscara un marido?... Oye, eso merece ser meditado», pensó, y tomó la resolución de casarse. Pero quería un marido que supiera responder cuando ella le hablara; un marido que no se limitase a permanecer plantado y lucir su distinción; esto era muy aburrido. Convocó entonces a todas las damas de la Corte, y cuando ellas oyeron lo que la Reina deseaba, se pusieron muy contentas. «¡Esto me gusta! —exclamaron todas—; hace unos días que yo pensaba también en lo mismo».
Te advierto que todo lo que digo es verdad —observó la corneja—-. Lo sé por mi novia, que tiene libre entrada en palacio; está domesticada.
La novia era otra corneja, claro está. Pues una corneja busca siempre a una semejante y, naturalmente, es siempre otra corneja.
—Los periódicos aparecieron enseguida con el monograma de la princesa dentro de una orla de corazones. Podía leerse en ellos que todo joven de buen parecer estaba autorizado a presentarse en palacio y hablar con la princesa; el que hablase con desenvoltura y sin sentirse intimidado, y desplegase la mayor elocuencia, sería elegido por la princesa como esposo. Puedes creerme —insistió la corneja (una especie de cuervo)—, es verdad, tan verdad como que estoy ahora aquí. Acudió una multitud de hombres, todo eran aglomeraciones y carreras, pero nada salió de ello, ni el primer día ni el segundo. Todos hablaban bien mientras estaban en la calle; pero en cuanto franqueaban la puerta de palacio y veían los centinelas en uniforme plateado y los criados con librea de oro en las escaleras, y los grandes salones iluminados, perdían la cabeza. Y cuando se presentaban ante el trono ocupado por la princesa, no sabían hacer otra cosa que repetir la última palabra que ella dijera, y esto a la princesa no le interesaba ni pizca. Era como si al llegar al salón del trono se les hubiese metido rapé en el estómago y hubiesen quedado aletargados, no despertando hasta encontrarse nuevamente en la calle; entonces recobraban el uso de la palabra. Y había una enorme cola que llegaba desde el palacio hasta la puerta de la ciudad. Yo estaba también, como espectadora. Y pasaban hambre y sed, pero en el palacio no se les servía ni un vaso de agua. Algunos, más listos, se habían traído bocadillos, pero no creas que los compartieran con el vecino. Pensaban: «Mejor que tenga cara de hambriento, así no lo querrá la princesa».
—Pero, ¿y Carlos, y Carlitos? —preguntó Margarita—. ¿Cuándo llegó? ¿Estaba entre la multitud?
—Espera, espera, ya saldrá Carlitos. El tercer día se presentó un personajito, sin caballo ni coche, pero muy alegre. Sus ojos brillaban como los tuyos, tenía un cabello largo y hermoso, pero vestía pobremente.
—¡Era Carlos! —exclamó Margarita, alborozada—. ¡Oh, lo he encontrado! —y dio una palmada.
—Llevaba un pequeño morral a la espalda —prosiguió la corneja.
—No, debía de ser su trineo —replicó Margarita—, pues se marchó con el trineo.
—Es muy posible —admitió la corneja—, no me fijé bien; pero lo que sí sé, por mi novia domesticada, es que el tal individuo, al llegar a la puerta de palacio y ver la guardia en uniforme de plata y a los criados de la escalera en librea dorada, no se turbó lo más mínimo, sino que, saludándoles con un gesto de la cabeza, dijo: «Debe ser pesado estarse en la escalera; yo prefiero entrar». Los salones eran un ascua de luz; los consejeros privados y de Estado andaban descalzos llevando fuentes de oro. Todo era solemne y majestuoso. Los zapatos del recién llegado crujían ruidosamente, pero él no se inmutó.
—¡Es Carlos, sin duda alguna! —repitió Margarita—. Sé que llevaba zapatos nuevos. Oí crujir sus suelas en casa de abuelita.
Ilustración de HJ Ford, incluida en la Edición de los Cuentos de Andersen de Andrew Lang de 1897.
—¡Ya lo creo que crujían! —prosiguió la corneja—, y nuestro hombre se presentó alegremente ante la princesa, la cual estaba sentada sobre una gran perla, del tamaño de un torno de hilar. Todas las damas de la Corte, con sus doncellas y las doncellas de las doncellas, y todos los caballeros con sus criados y los criados de los criados, que a su vez tenían asistente, estaban colocados en semicírculo; y cuanto más cerca de la puerta, más orgullosos parecían. Al asistente del criado del criado, que va siempre en zapatillas, uno casi no se atreve a mirarlo; tal es la altivez con que se está junto a la puerta.
—¡Debe ser terrible —exclamó Margarita—. ¿Y vas a decirme que Carlos se casó con la princesa?
—De no haber sido yo corneja me habría quedado con ella, y esto que estoy prometido. Parece que él habló tan bien como lo hago yo cuando hablo en mi lengua; así me lo ha dicho mi novia domesticada. Era audaz y atractivo. No se había presentado para conquistar a la princesa, sino sólo para escuchar su conversación. Y la princesa le gustó, y ella, por su parte, quedó muy satisfecha de él.
—Sí, seguro que era Carlos —dijo Margarita—. ¡Siempre ha sido tan inteligente! Fíjate que sabía calcular de memoria con quebrados. ¡Oh, por favor, llévame al palacio!
—¡Niña, qué pronto lo dices! —replicó la corneja—. Tendré que consultarlo con mi novia domesticada; seguramente podrá aconsejarnos, pues de una cosa estoy seguro: que jamás una chiquilla como tú será autorizada a entrar en palacio por los procedimientos reglamentarios.
—¡Sí, me darán permiso! —afirmó Margarita—. Cuando Carlos sepa que soy yo, saldrá enseguida a buscarme.
—Aguárdame en aquella cuesta —dijo la corneja, y, saludándola con un movimiento de la cabeza, se alejó volando.
Cuando regresó, anochecía ya.
—¡Rah! ¡rah! —gritó—. Ella me ha encargado que te salude, y ahí va un panecillo que sacó de la cocina. Allí hay mucho pan, y tú debes de estar hambrienta. No es posible que entres en el palacio; vas descalza; los centinelas en uniforme de plata y los criados en librea de oro no te lo permitirán.
Pero no llores, de un modo u otro te introducirás. Mi novia conoce una escalerita trasera que conduce al dormitorio, y sabe dónde hacerse con las llaves.
Se fueron al jardín, a la gran avenida donde las hojas caían sin parar; y cuando en el palacio se hubieron apagado todas las luces una tras otra, la corneja condujo a Margarita a una puerta trasera que estaba entornada.
¡Oh, cómo le palpitaba a la niña el corazón, de angustia y de anhelo! Le parecía como si fuera a cometer una mala acción, y, sin embargo, sólo quería saber si Carlos estaba allí.
Que estaba, era casi seguro; y en su imaginación veía sus ojos inteligentes, su largo cabello; lo veía sonreír cómo antes, cuando se reunían en casa entre las rosas. Sin duda estaría contento de verla, de enterarse del largo camino que había recorrido en su busca; de saber la aflicción de todos los suyos al no regresar él. ¡Oh, qué miedo, y, a la vez, qué contento!
Llegaron a la escalera, iluminada por una lamparilla colocada sobre un armario. En el suelo esperaba la corneja domesticada, volviendo la cabeza en todas direcciones. Miró a Margarita, que la saludó con una inclinación, tal como le enseñara la abuelita.
—Mi prometido me ha hablado muy bien de usted, señorita —dijo la corneja domesticada—. Su biografía, como vulgarmente se dice, o sea, la historia de su vida, es, por otra parte, muy conmovedora. Haga el favor de coger la lámpara, y yo guiaré. Lo mejor es ir directamente por aquí, así no encontraremos a nadie.
—Tengo la impresión de que alguien nos sigue —exclamó Margarita; en efecto, algo pasó con un silbido; eran como sombras que se deslizaban por la pared, caballos de flotantes melenas y delgadas patas, cazadores, caballeros y damas cabalgando.
—Son sueños nada más —dijo la corneja—. Vienen a buscar los pensamientos de Su Alteza para llevárselos de caza.
Tanto mejor, así podrá usted contemplarla a sus anchas en la cama. Pero confío en que, si es usted elevada a una condición honorífica y distinguida, dará pruebas de ser agradecida.
—No hablemos ahora de eso —intervino la corneja del bosque.
Llegaron al primer salón, tapizado de color de rosa, con hermosas flores en las paredes. Pasaban allí los sueños rumoreando, pero tan vertiginosos, que Margarita no pudo ver a los nobles personajes. Cada salón superaba al anterior en magnificencia; era para perder la cabeza. Al fin llegaron al dormitorio, cuyo techo parecía una gran palmera con hojas de cristal, pero cristal precioso; en el centro, de un grueso tallo de oro, colgaban dos camas, cada una semejante a un lirio.
En la primera, blanca, dormía la princesa; en la otra, roja, Margarita debía buscar a Carlos. Separó una de las hojas encarnadas y vio un cuello moreno. ¡Era Carlos! Pronunció su nombre en voz alta, acercando la lámpara —los sueños volvieron a pasar veloces por la habitación—, él se despertó, volvió la cabeza y... ¡no era Carlos!
El príncipe se le parecía sólo por el pescuezo, pero era joven y guapo. La princesa, parpadeando por entre la blanca hoja de lirio, preguntó qué ocurría. Margarita rompió a llorar y le contó toda su historia y lo que por ella habían hecho las cornejas.
—¡Pobre pequeña! —exclamaron los príncipes; elogiaron a las cornejas y dijeron que no estaban enfadados, aunque aquello no debía repetirse. Por lo demás, recibirían una recompensa.
—¿Preferís marcharos libremente —preguntó la princesa— o quedaros en palacio en calidad de cornejas de Corte, con derecho a todos los desperdicios de la cocina?
Las dos cornejas se inclinaron respetuosamente y manifestaron que optaban por el empleo fijo, pues pensaban en la vejez y en que sería muy agradable contar con algo positivo para cuando aquélla llegase.
El príncipe se levantó de la cama y la cedió a Margarita; realmente no podía hacer más. Ella cruzó las manos, pensando:
«¡Qué buenas son las personas y los animales, después de todo!», y cerrando los ojos, se quedó dormida. Acudieron de nuevo todos los sueños, y creyó ver angelitos de Dios que guiaban un trineo en el que viajaba Carlos, el cual la saludaba con la cabeza.
Pero todo aquello fue un sueño, y se desvaneció en el momento de despertarse.
Ilustración de William Heath Robinson
Al día siguiente la vistieron de seda y terciopelo de pies a cabeza. La invitaron a quedarse en palacio, donde lo pasaría muy bien; pero ella pidió sólo un cochecito con un caballo y un par de zapatitos, para seguir corriendo el mundo en busca de Carlos.
Le dieron zapatos y un manguito y la vistieron primorosamente, y cuando se dispuso a partir, había en la puerta una carroza nueva de oro puro; los escudos del príncipe y de la princesa brillaban en ella como estrellas. El cochero, criados y postillones —pues no faltaban tampoco los postillones—, llevaban sendas coronas de oro. Los príncipes en persona la ayudaron a subir al coche y le desearon toda clase de venturas. La corneja silvestre, que ya se había casado, la acompañó un trecho de tres millas, posada a su lado, pues no podía soportar ir de espaldas. La otra corneja se quedó en la puerta batiendo de alas; no siguió porque desde que contaba con un empleo fijo, sufría de dolores de cabeza, pues comía con exceso. El interior del coche estaba acolchado con cosquillas de azúcar, y en el asiento había fruta y mazapán.
—¡Adiós, adiós! —gritaron el príncipe y la princesa; y Margarita lloraba, y lloraba también la corneja—. Al cabo de unas millas se despidió también ésta, y resultó muy dura aquella despedida. Subióse volando a un árbol, y permaneció en él agitando las negras alas hasta que desapareció el coche, que relucía como el sol.
Otra ilustración de William Heath Robinson para una Edición de 1913
QUINTO EPISODIO
La pequeña bandolera
Avanzaban a través del bosque tenebroso, y la carroza relucía como una antorcha. Su brillo era tan intenso, que los ojos de los bandidos no podían resistirlo.
—¡Es oro, es oro! —gritaban, y, arremetiendo con furia, detuvieron los caballos, dieron muerte a los postillones, al cochero y a los criados y mandaron apearse a Margarita.
—Está gorda, apetitosa, la alimentaron con nueces —dijo la vieja de los bandidos, que era barbuda y tenía unas cejas que le colgaban por encima de los ojos.
—Será sabrosa como un corderillo bien cebado. ¡Se me hace la boca agua! -y sacó su afilado cuchillo, que daba miedo de brillante que era.
—¡Ay! —gritó al mismo tiempo, pues su propia hija, que se le había subido a la espalda, acababa de pegarle un mordisco en la oreja; era salvaje y endiablada como ella sola—. ¡Maldita rapaza! —exclamó la madre, renunciando a degollar a Margarita.
—¡Jugará conmigo! —dijo la niña de los bandoleros.
—Me dará su manguito y su lindo vestido, y dormirá en mi cama y pegó a la vieja otro mordisco, que la hizo saltar y dar vueltas, mientras los bandidos reían y decían:
—¡Cómo baila con su golfilla!
—¡Quiero subir al coche! —gritó la pequeña salvaje, y hubo que complacerla, pues era malcriada y terca como ella sola. Ella y Margarita subieron al carruaje y salieron a galope a campo traviesa. La hija de los bandoleros era de la edad de Margarita, pero más robusta, ancha de hombros y de piel morena. Tenía los ojos negros, de mirada casi triste. Rodeando a Margarita por la cintura, le dijo:
—No te matarán mientras yo no me enfade contigo ¿Eres una princesa, verdad?
—No —respondió Margarita, y le contó todas sus aventuras y lo mucho que ansiaba encontrar a su Carlitos.
La otra la miraba muy seriamente; hizo un signo con la cabeza y dijo:
—No te matarán, aunque yo me enfade; entonces lo haré yo misma. —Y secó los ojos de Margarita y metió las manos en el hermoso manguito, tan blando y caliente.
El coche se detuvo; estaban en el patio de un castillo de bandoleros, todo él derruido de arriba abajo. Cuervos y cornejas salían volando de los grandes orificios, y enormes perros mastines, cada uno de los cuales parecía capaz de tragarse un hombre, saltaban sin ladrar, pues les estaba prohibido.
En la espaciosa sala, vieja y ahumada, ardía un gran fuego en el centro del suelo de piedra; el humo se esparcía por debajo del techo, buscando una salida. Cocía un gran caldero de sopa, al mismo tiempo que asaban liebres y conejos.
—Esta noche dormirás sola conmigo y con mis animalitos —dijo la hija de los bandidos.
Diéronle de comer y beber, y luego las dos niñas se apartaron a un rincón donde había paja y alfombras. Encima, posadas en estacas y perchas, había un centenar de palomas, dormidas al parecer, pero que se movieron un poco al acercarse las chicas.
—Todas son mías —dijo la hija de los bandidos, y, sujetando una por los pies, la sacudió violentamente, haciendo que el animal agitara las alas—. ¡Bésala! —gritó, apretándola contra la cara de Margarita—. Allí están las palomas torcaces, las buenas piezas —y señaló cierto número de barras clavadas ante un agujero en la parte superior de la pared—. También son torcaces aquellas dos; si no las tenemos encerradas, escapan; y éste es mi preferido —y así diciendo, agarró por los cuernos un reno, que estaba atado por un reluciente anillo de cobre en torno al cuello—. No hay más remedio que tenerlo sujeto, de lo contrario huye. Todas las noches le hago cosquillas en el cuello con el cuchillo, y tiene miedo.
Y la chiquilla, sacando un largo cuchillo de una rendija de la pared, lo deslizó por el cuello del reno. El pobre animal todo era patalear, y la chica venga reírse. Luego metió a Margarita en la cama con ella.
—¿Duermes siempre con el cuchillo a tu lado? —preguntó Margarita, mirando el arma nerviosa.
—¡Desde luego! —respondió la pequeña bandolera—. Nunca sabe una lo que puede ocurrir. Pero vuelve a contarme lo que me dijiste antes de Carlitos y por qué te fuiste por esos mundos.
ilustración de Harry Clarke para una Edición de 1916.
Margarita le repitió su historia desde el principio, mientras las palomas torcaces arrullaban en su jaula y las demás dormían. La hija de los bandidos pasó un brazo en torno al cuello de Margarita, y, con el cuchillo en la otra mano, se puso a dormir y a roncar. Margarita, en cambio, no podía pegar los ojos, pues no sabía si seguiría viva o si debía morir.
Los bandidos, sentados alrededor del fuego, cantaban y bebían, mientras la vieja no cesaba de dar volteretas. El espectáculo resultaba horrible para Margarita.
En esto dijeron las palomas torcaces:
—¡Ruk, ruk!, hemos visto a Carlitos. Un pollo blanco llevaba su trineo, él iba sentado en la carroza de la Reina de las Nieves, que volaba por encima del bosque cuando nosotras estábamos en el nido. Sopló sobre nosotras y murieron todas menos nosotras dos. ¡Ruk, ruk!
—¿Qué estáis diciendo ahí arriba? —exclamó Margarita- ¿Adónde iba la Reina de la Nieves? ¿Sabéis algo?
—Al parecer se dirigía a Laponia, donde hay siempre nieve y hielo. Pregunta al reno atado ahí.
—Allí hay hielo y nieve, ¡qué magnífico es aquello y qué bien se está! —dijo el reno—. Salta uno con libertad por los grandes prados relucientes. Allí tiene la Reina de las Nieves su tienda de verano; pero su palacio está cerca del Polo Norte, en las islas que llaman Spitzberg.
—¡Oh, Carlos, Carlitos! —suspiró Margarita.
—¿No puedes estarte quieta? —la riñó la hija de los bandidos— ¿O quieres que te clave el cuchillo en la barriga?
A la mañana siguiente Margarita le contó todo lo que le habían dicho las palomas torcaces; la muchacha se quedó muy seria, movió la cabeza y dijo:
—¡Qué más da, qué más da! ¿Sabes dónde está Laponia? —preguntó al reno.
—¿Quién lo sabría mejor que yo? —respondió el animal, y sus ojos despedían destellos—. Allí nací y me crié. ¡Cómo he brincado por sus campos de nieve!
—¡Escucha! —dijo la muchacha a Margarita—. Ya ves que todos nuestros hombres se han marchado, pero mi madre sigue en casa. Más tarde empinará el codo y echará su siestecita; entonces haré algo por ti —Saltando de la cama, cogió a su madre por el cuello y, tirándole de los bigotes, le dijo:
—¡Buenos días, mi dulce chivo! —La vieja correspondió a sus caricias con varios capirotazos que le pusieron toda la nariz amoratada; pero no era sino una muestra de cariño.
Cuando la vieja, tras unos copiosos tragos, se entregó a la consabida siestecita, la hija llamó al reno y le dijo:
—Podría divertirme aún unas cuantas veces cosquilleándote el cuello con la punta de mi afilado cuchillo; ¡estás entonces tan gracioso! Pero es igual, te desataré y te ayudaré a escapar, para que te marches a Laponia. Pero cuida de brincar con ánimos y de conducir a esta niña al palacio de la Reina de las Nieves, donde está su compañero de juegos. Ya oíste su relato, pues hablaba bastante alto y tú escuchabas.
Ilustración de Vilhelm Pedersen de una Edición de 1910; primer artista en ilustrar a Andersen
El reno pegó un brinco de alegría. La muchacha montó a Margarita sobre su espalda, cuidando de sujetarla fuertemente y dándole una almohada para sentarse.
—Así estás bien —dijo—, ahí tienes tus botas de piel, pues hace frío; pero yo me quedo con el manguito; es demasiado precioso. No te vas a helar por eso. Te daré los grandes mitones (especie de guantes) de mi madre que te llegarán hasta el codo; póntelos... así; ahora tus manos parecen las de mi madre.
Margarita lloraba de alegría.
—No puedo verte lloriquear —dijo la hija de los bandidos—. Debes estar contenta; ahí tienes dos panes y un jamón para que no pases hambre —Ató las vituallas a la grupa del reno, abrió la puerta, hizo entrar todos los perros y, cortando la cuerda con su cuchillo, dijo al reno:
—¡A galope, pero mucho cuidado con la niña!
Margarita alargó las manos, cubiertas con los grandes mitones, hacia la muchachita, para despedirse de ella, y enseguida el reno emprendió la carrera a campo traviesa, por el inmenso bosque, por pantanos y estepas, a toda velocidad. Aullaban los lobos y graznaban los cuervos; del cielo llegaba un sonido de «¡p-ff, p-ff!», como si estornudasen.
—¡Son mis auroras boreales! —dijo el reno—. Mira cómo brillan —. Y redobló la velocidad, día y noche. Se acabaron los panes y el jamón, y al fin llegaron a Laponia.
Litografía basada en la ilustración de Vilhelm Pedersen de una Edición de 1910.
SEXTO EPISODIO
La lapona y la finesa.
Hicieron alto frente a una casita de aspecto muy pobre. El tejado llegaba hasta el suelo, y la puerta era tan baja que, para entrar y salir, la familia tenía que arrastrarse. Nadie había en la casa, aparte de una vieja lapona que cocía pescado en una lámpara de aceite.
El reno contó toda la historia de Margarita, se explayó largo y tendido en la narración. La niña estaba tan aterida de frío, que no podía hablar.
—¡Pobres! —dijo la mujer lapona-. ¡Lo que os queda aún por andar! Tenéis que correr centenares de millas antes de llegar a Finlandia, que es donde vive la Reina de las Nieves, y todas las noches enciende un castillo de fuegos artificiales. Escribiré unas líneas sobre un bacalao seco, pues papel no tengo, y lo entregaréis a la finesa de allá arriba. Ella podrá informaros mejor que yo.
Y cuando Margarita se hubo calentado y saciado el hambre y la sed, la mujer escribió unas palabras en un bacalao seco y, recomendando a la niña que cuidase de no perderlo, lo ató al reno, el cual reemprendió la carrera. «¡P-ff! ¡P-ff!», seguía rechinando en el cielo.
Y durante toda la noche lucieron magníficas auroras boreales azules. Luego llegaron a Finlandia, y llamaron a la chimenea de la mujer finesa, ya que puerta no había.
La temperatura del interior era tan elevada, que la misma finesa iba casi desnuda; era menuda y en extremo sucia. Se apresuró a quitar los vestidos a Margarita, así como los mitones y botas, ya que de otro modo el calor se le habría hecho insoportable; puso un pedazo de hielo sobre la cabeza del reno y luego leyó las líneas escritas en el bacalao. Las leyó por tres veces, hasta que se las hubo aprendido de memoria, y a continuación echó el pescado en el caldero de la sopa, pues era perfectamente comestible, y aquella mujer a todo le hallaba su aplicación.
Entonces el reno empezó a contar su historia, que estimaba mucho más importante que la que había contado antes sobre Margarita. La mujer finesa se limitaba a pestañear, sin decir una palabra.
—Eres muy lista —dijo el reno—. Sé que puedes atar todos los vientos del mundo con una hebra. Cuando el marino suelta uno de los cabos, tiene viento favorable; si suelta otro, el viento arrecia, y si deja el tercero y el cuarto, entonces se levanta una tempestad que derriba los árboles.
¿No querrías procurar a esta niña un elixir que le dé la fuerza de doce hombres y le permita dominar a la Reina de las Nieves?
—¡La fuerza de doce hombres! —dijo la finesa—. No creo que sirviera de gran cosa —. Y, dirigiéndose a un anaquel (estante), cogió una piel arrollada y la desenrolló. Había escritas en ella unas letras misteriosas, y la mujer se puso a leer con tanto esfuerzo, que el sudor le manaba de la frente.
Pero el reno rogó con tanta insistencia en pro de Margarita, y ésta miró a la mujer con ojos tan suplicantes y llenos de lágrimas, que la finesa volvió a pestañear y se llevó al animal a un rincón, donde le dijo al oído, mientras le ponía sobre la cabeza un nuevo pedazo de hielo:
—En efecto, es verdad; Carlitos está aún junto a la Reina de las Nieves, a pleno gusto y satisfacción, persuadido de que es el mejor lugar del mundo. Pero ello se debe a que le entró en el corazón una astilla de cristal, y en el ojo, un granito de hielo. Hay que empezar por extraérselos; de lo contrario, jamás volverá a ser como una persona, y la Reina de las Nieves conservará su poder sobre él.
—¿Y no puedes tú dar algún mejunje a Margarita, para que tenga poder sobre todas esas cosas?
—No puedo darle más poder que el que ya posee. ¿No ves lo grande que es? ¿No ves cómo la sirven hombres y animales, y lo lejos que ha llegado, a pesar de ir descalza? Su fuerza no puede recibirla de nosotros; está en su corazón, por ser una niña cariñosa e inocente. Si ella no es capaz de llegar hasta la Reina de las Nieves y extraer el cristal del corazón de Carlos, nosotros nada podemos hacer.
A dos millas de aquí empieza el jardín de la Reina; tú puedes llevarla hasta allí; déjala cerca de un gran arbusto que crece en medio de la nieve y está lleno de bayas rojas, y no te entretengas contándole chismes; vuélvete aquí enseguida.
Dicho esto, la finesa montó a Margarita sobre el reno, el cual echó a correr a toda velocidad.
—¡Oh, me dejé los zapatitos! ¡Y los mitones! —exclamó Margarita al sentir el frío cortante; pero el reno no se atrevió a detenerse y siguió corriendo hasta llegar al arbusto de las bayas rojas.
ilustración de Edmund Dulac de 1910.
Una vez en él, hizo que la niña se apease y la besó en la boca, mientras por sus mejillas resbalaban grandes y relucientes lágrimas; luego emprendió el regreso a galope tendido. La pobre Margarita se quedó allí descalza y sin guantes, en medio de aquella gélida tierra de Finlandia.
Echó a correr de frente, tan deprisa como le era posible.
Ilustración de Vilhelm Pedersen de una Edición de 1910.
Vino entonces todo un ejército de copos de nieve; pero no caían del cielo, el cual aparecía completamente sereno y brillante por la aurora boreal. Los copos de nieve corrían por el suelo, y cuanto más se acercaban, más grandes eran. Margarita se acordó de lo grandes y bonitos que le habían parecido cuando los contempló a través de una lente; sólo que ahora eran todavía mucho mayores y más pavorosos; tenían vida, eran los emisarios de la Reina de las Nieves.
Presentaban las formas más extrañas; unos parecían enormes y feos erizos; otros, arañas apelotonadas que sacaban las cabezas; otros eran como gordos ositos de pelo hirsuto; pero todos tenían un brillo blanco y todos eran vivos.
Ilustración del pintor ucraniano Nikolay Karazin (1842 - 1908) de una Edición Juvenil de 1907.
Margarita rezó un padrenuestro, y el frío era tan intenso, que podía ver su propia respiración, que le salía de la boca en forma de vapor. Y el vapor se hacía cada vez más denso, hasta adoptar la figura de angelitos radiantes, que iban creciendo a medida que se acercaban a la tierra; todos llevaban casco en la cabeza, y lanza y escudo en las manos. Su número crecía constantemente, y cuando Margarita hubo terminado su padrenuestro, la rodeaba todo un ejército. Con sus lanzas picaban los horribles copos, haciéndolos estallar en cien pedazos, y Margarita avanzaba segura y contenta.
Los ángeles le acariciaban manos y pies, con lo que ella sentía menos el frío; y se dirigió rápidamente al palacio de la Reina de las Nieves.
Ilustración de Harry Clarke
Pero veamos ahora cómo lo pasaba Carlos, quien no pensaba, ni mucho menos, en Margarita, ni sospechaba siquiera que estuviese frente al palacio.
y SÉPTIMO EPISODIO
Del palacio de la Reina de las Nieves y de lo que luego sucedió.
Los muros del castillo eran de nieve compacta, y sus puertas y ventanas estaban hechas de cortantes vientos; había más de cien salones, dispuestos al albur de las ventiscas, y el mayor tenía varias millas de longitud. Los iluminaba la refulgente aurora boreal, y eran todos ellos espaciosos, vacíos, helados y brillantes. Nunca se celebraban fiestas en ellos, ni siquiera un pequeño baile de osos, en que la tempestad hubiera podido actuar de orquesta y los osos polares, andando sobre sus patas traseras, exhibir su porte elegante. Nunca una reunión social, con sus manotazos a la boca y golpes de zarpa; nunca un té de blancas raposas: todo era desierto, inmenso y gélido en los salones de la Reina de las Nieves.
Las auroras boreales flameaban tan nítidamente, que podía calcularse con exactitud cuándo estaban en su máximo y en su mínimo. En el centro de aquella interminable sala desierta había un lago helado, roto en mil pedazos, tan iguales entre sí que el conjunto resultaba una verdadera obra de arte.
En medio se sentaba la Reina de las Nieves cuando residía en su palacio; decía entonces que estaba sentada en el espejo de la razón, y que éste era el único y el mejor espejo del mundo.
Ilustración de Edmund Dulac de 1910.
Carlitos estaba amoratado de frío, casi negro; pero no se daba cuenta, pues ella lo había hecho besar por la helada, y su corazón era como un témpano de hielo. Se entretenía arrastrando cortantes pedazos de hielo llanos y yuxtaponiéndolos de todas las maneras posibles para formar con ellos algo determinado, como cuando nosotros combinamos piezas de madera y reconstituimos figuras: lo que llamamos un rompecabezas. El muchacho obtenía diseños extremadamente ingeniosos; era el gran rompecabezas helado de la inteligencia. Para él, aquellas figuras eran perfectas y tenían grandísima importancia; y todo por el granito de hielo que tenía en el ojo. Combinaba figuras que eran una palabra escrita, pero de ningún modo lograba componer el único vocablo que le interesaba: ETERNIDAD.
Sin embargo, la Reina de las Nieves le había dicho:
—Si consigues componer esta figura, serás señor de ti mismo y te regalaré el mundo entero y un par de patines por añadidura. —Pero no había modo.
ilustración de Harry Clarke
—Tengo que marcharme a las tierras cálidas —dijo la Reina de las Nieves—.
Quiero echar un vistazo a los pucheros de hierro. Se refería a los volcanes que nosotros llamamos “Etna” y “Vesubio”.
Les pondré un poquitín de blanco, como corresponde; y además les irá bien a los limones y a las uvas.
Y levantó el vuelo, dejando a Carlos solo en aquella sala helada y enorme, tan lejana, entregado a sus combinaciones con los pedazos de hielo, pensando y cavilando hasta sorberse los sesos. Permanecía inmóvil y envarado; se le hubiera tomado por una estatua de hielo.
Y he aquí que Margarita franqueó la puerta del palacio. Soplaban en él vientos cortantes, pero cuando la niña rezó su oración vespertina, se calmaron como si les entrara sueño; y ella avanzó por las enormes salas frías y desiertas: ¡allí estaba Carlos! Lo reconoció enseguida, se le arrojó al cuello y, abrazándolo fuertemente, exclamó:
—¡Carlos! ¡Mi Carlitos querido! ¡Al fin te encontré!
Pero él seguía inmóvil, tieso y frío; y entonces Margarita lloró lágrimas ardientes, que cayeron sobre su pecho y penetraron en su corazón, derritiendo el témpano de hielo y destruyendo el trocito de espejo. Él la miró, y la niña se puso a cantar:
♫♪ «Florecen en el valle las rosas.
¡Bendito seas, Jesús, que las haces tan hermosas!» ♪♫
Entonces Carlos prorrumpió en lágrimas; lloraba de tal modo, que el granito de espejo le salió flotando del ojo. Reconoció a la niña y gritó alborozado:
—¡Margarita, mi querida Margarita! ¿Dónde estuviste todo este tiempo? ¿Y dónde he estado yo? —Y miraba a su alrededor—. ¡Qué frío hace aquí! ¡Qué grande es esto y qué desierto! —Y se agarraba a Margarita, que de alegría reía y lloraba a la vez. El espectáculo era tan conmovedor, que hasta los témpanos se pusieron a bailar, y cuando se sintieron cansados y volvieron a echarse, lo hicieron formando la palabra que, según la Reina de las Nieves, podía hacerlo señor de sí mismo y darle el mundo entero y un par de patines además. Margarita lo besó en las mejillas, y éstas cobraron color; lo besó en los ojos, que se volvieron brillantes como los de ella; lo besó en las manos y los pies, y el niño quedó sano y contento. Ya podía volver la Reina de las Nieves; su carta de emancipación quedaba escrita con relucientes témpanos de hielo.
Ilustración de HJ Ford, incluida en la Edición de los Cuentos de Andersen de Andrew Lang de 1897.
Cogidos de la mano, los niños salieron del enorme palacio, hablando de la abuelita y de las rosas del tejado; y dondequiera que fuesen, al punto amainaba el viento y salía el sol. Al llegar al arbusto de las bayas rotas, vieron al reno que los aguardaba, en compañía de una hembra con las ubres llenas, que dio a los niños su tibia leche y los besó en la boca. Acto seguido condujeron a Carlos y Margarita a la casa de la mujer finesa, en cuya caldeada habitación se reconfortaron, y la mujer les indicó el camino de su patria. Hicieron también escala en la choza de la lapona, que entretanto había cosido vestidos para ellos y reparado sus trineos.
La pareja de renos, saltando a su lado, los siguió hasta la frontera del país, donde brotaba la primera hierba; allí se despidieron de los animales y de la lapona.
—¡Adiós! —se dijeron todos—. Y las primeras avecillas piaron, el bosque tenía yemas verdes, y de su espesor salió un soberbio caballo, que Margarita reconoció; era el que había tirado de la dorada carroza; montado por una muchacha que llevaba la cabeza cubierta con un rojo y reluciente gorro, y pistolas al cinto. Era la hija de los bandidos, que harta de los suyos, se dirigía hacia el Norte, resuelta a encaminarse luego a otras regiones si aquélla no la convencía.
Reconoció inmediatamente a Margarita, y ésta a ella, con gran alegría de ambas.
—¡Valiente mocito, que se marchó tan lejos! —dijo a Carlitos— Me gustaría saber si te mereces que vayan a buscarte al fin del mundo.
Pero Margarita, dándole unos golpecitos en las mejillas, le preguntó por el príncipe y la princesa.
—Se fueron a otras tierras. —dijo la muchacha.
—¿Y la corneja?
—La corneja murió. Ahora la domesticada es viuda y va con un hilo de lana negra en la pata; no hace más que lamentarse, aunque todo es comedia.
Pero cuéntame qué fue de ti y cómo lo pescaste.
Margarita y Carlos se lo contaron.
—¡Y colorín colorado, vuestro cuento se ha acabado! —dijo la pequeña bandolera; y, cogiendo a los dos de la mano, les prometió visitarlos si algún día iba a su ciudad; dicho esto, se marchó por esos mundos.
Carlos y Margarita continuaron cogidos de la mano, y, según avanzaban, surgía la primavera con flores y follaje; las campanas de las iglesias repicaban, y los niños reconocieron las altas torres y la gran ciudad natal. Se dirigieron a la puerta de la abuelita, subieron las escaleras y entraron en el cuarto, donde todo seguía como antes, en su mismo lugar. El reloj decía “¡tic, tac!”, y las agujas giraban; pero al pasar la puerta se dieron cuenta de que se habían vuelto personas mayores. Las rosas del terrado florecían entrando, por la abierta ventana, y a su lado estaban aún sus sillitas de niños, Carlos y Margarita se sentaron cada cual en la suya, sin soltarse las manos. Habían olvidado, como si hubiese sido un sueño de pesadilla, la magnificencia gélida y desierta del palacio de la Reina de las Nieves. La abuelita, sentada a la clara luz del sol de Dios, leía la Biblia en voz alta: «Si no os volvéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos».
Carlos y Margarita se miraron a los ojos y de pronto comprendieron la vieja canción:
♪♫ «Florecen en el valle las rosas.
¡Bendito seas, Jesús, que las haces tan hermosas!».♫♪
Y permanecieron sentados, mayores y, sin embargo, niños, niños por el corazón.
Y llegó el verano, ¡¡¡el verano caluroso y bendito!!! ■
FIN
Un artículo de Mary Elisabet Oliver
basado en este cuento de Hans Christian Andersen, para Queseenteren.


