Capítulo X - EL DOCTOR "MIRINDA"

EL CASO "IVONNE"

CAPÍTULO X

EL DOCTOR "MIRINDA"

EL DOCTOR MIRINDA

...Por la tarde, y después de haber estado prácticamente todo la mañana en el Cuartelillo del sargento Peralta. Diego entra en la clínica “Domingo”. Una cara familiar se le acerca, es la de un hombre al que se le nota por su rostro, especialmente por su mirada, que en su vida ha tenido muchas vivencias, lo que le hace aparentar más edad de la que en verdad tiene; también ayuda a ello su barba y pelo blanco. En esta ocasión va bien vestido, con su habitual pajarita, pero tapado en parte por una bata blanca propia de los médicos. 

—¡Creo que ha llegado el momento de que hablemos!

—Cuando quieras Mirinda, estoy a tu entera disposición.

—¿Te parece que vayamos a mi despacho?

—Prefiero en la cafetería, me apetece tomar un café.

—¡Como prefieras!

En el trayecto hacia la cafetería continúan la conversación:

—¡Tú dirás doctor!... ¿De qué quieres que hablemos!

—¡Lo sabes perfectamente! El entrenador lo ha contado todo, después de haber llegado a un acuerdo, nos ha dicho todo lo que había hablado contigo y también lo de las fotocopias de las transferencias.

Ya sentados en la cafetería, se les acerca una camarera pelirroja, delgada y de pequeña estatura, pero proporcionada, que interrumpe la conversación:

—¿Qué desean tomar?   

—¡Yo quiero un café, que esté cargadito por favor!

—Yo un agua mineral... ¡Sin gas! —al estar de guardia, el doctor debe vigilar lo que bebe en todo momento..

—¡Mirinda, estás metido en un buen lío! ¡Tantos millones son muchos millones!

—¡Eso no es del todo cierto!... Era la única forma de recuperar el dinero negro que yo pagué por otros jugadores.

—Ya comprendo, en este caso a quien le sobraba el negro era al del "SALMANTINO".

—Correcto, este tipo de transacciones es habitual en el fútbol. No hay nada malo.

—¡Te voy a hacer un trato!...

Diego cansado por los recientes acontecimientos, principalmente por la muerte de su amigo el Ibicenco, por una vez no desea más líos.

—¿Qué tipo de trato?

—Primero me tienes que confirmar, y por tú propio bien, que no tienes nada que ver con Trinarejos, ni con Bartolomé Colón, ¡y te ruego que me digas la verdad!

El doctor Mirinda contesta seguro y convincente, todo indica que su respuesta es sincera:

—¡No conozco a ninguno de los dos!

—Son dos traficantes...

—¡Parece mentira que me hagas esta pregunta!... Mi hija Marga murió de una sobredosis, jamás me metería en negocios de este estilo, ¡si de mí dependiera mataría a todos estos asesinos!

—¡No lo sabía!..., ¡te pido disculpas! —Esperando Diego no tener que arrepentirse de haberlo hecho—. Pero volvamos a lo del trato… Yo no escribiré el reportaje, pero no te puedo garantizar que otro lo haga, aunque, ¡lo dudo!

Tú a cambio me tienes que reservar una mañana entera para mí.

—¿Acaso estás enfermo?

—No precisamente, pero de esto se trata, de algunos de tus enfermos vivos... ¡Y muertos!

—¡No te acabo de entender!

—¡Confía en mí tú también! Voy a necesitar tiempo, para explicarte este asunto, y tienes que estar concentrado conmigo... y mis preguntas, por esto te pido una de tus mañanas. Además no hay prisa, mira tú agenda y me dices cuando te va bien.

Bajo ningún concepto Diego quiere anticiparle de que le va a hablar, antes quiere mantener la entrevista prevista con uno de sus matrimonios, uno de los cuidadores de sus víctimas, y conocer el grado de implicación de Mirinda.

—¡Me pides muy poco! —Sorprendido el doctor. 

—¡Mira…! —regresando al tema principal de su investigación y de lo hasta ahora tratado, apalancando y de momento, lo de los ancianos—. A mí, en el fondo, todo este mundillo del futbol me importa poco, todos los que estáis metidos sois unos chorizos y más ahora con la ley de sociedades deportivas. ¡Si te marchas tú, él que venga hará lo mismo! Lo único que me puede interesar, son asuntos de estafas o líos así, que siempre suceden en algún Club. Esto es lo que es noticiable y anima a los lectores a comprar los periódicos…

—¡No te preocupes, que yo te cumpliré, tendrás tu mañana y ya me aclararas tanto misterio!... ¿Y no puedo darte algo más?

—¡Pues ya que lo dices!... Además es en tú propio beneficio. Te convendría contratar los servicios de la agencia de investigación de mis exsocios, me deben dinero y la única manera que tengo de cobrarlo es que, les vaya bien su negocio; eso sí, te diré que no son unos fantasmones, son muy buenos y pueden averiguarte la vida personal de tus jugadores, que algunos de ellos se van de putería y luego no rinden. Por lo que no tirarás tu dinero si los contratas.

—¡No es mala idea, dalo por hecho!; por poco que pueda, hoy mismo les llamo... Y ahora que ya hemos arreglado nuestro asunto, ¿qué tienes algún enfermo en mi clínica?

—Sí, a un amigo mío que el otro día tuvo un accidente de moto, un hijo de puta lo sacó de la carretera.

—¡Ya sé quién me dices!, hace un rato que le hemos dado el alta, debe de estar a punto de marcharse.

—Pues... ¡Mirinda te dejo!, no sea cosa que cuando llegue se haya ido ya.

—¡Adiós Diego!

Saliendo el periodista de la cafetería, que está en la misma planta de la recepción, en el mostrador casualmente está su amigo Javier Ponce:

—¿Ya te has cansado?

—¡Joder Diego!, ¿qué haces aquí?

—¡He venido a recogerte!

—¿Y cómo sabías que me daban el alta?

—¡Yo lo sé todo...!

—¡Venga fantasma!, ya que estás aquí, acompáñame a casa. Ahora iba a llamar un taxi, así me lo ahorro; que me va a hacer falta todo lo que pueda ahorrar para comprarme una nueva moto.

—¡Tranquilo, todo se arreglará! ¡Ahora vamos, y por el camino te cuento lo que me ha pasado, no te lo vas a creer!

Los dos amigos abandonan la clínica “Domingo”, en el trayecto hacía la casa de Javier, Diego le cuenta los últimos acontecimientos.

Ya en la casa de éste, cuando ambos están lamentándose de la muerte del Ibicenco, suena el teléfono:

—¡TIROLALILO…! ¡TIROLALILO…!  — ¡Sí dígame!

—¡Javier, ¿cómo te encuentras hijo?!

—¡Estoy mejor!... ¿Pero quién es?

—¡Soy tu jefe, el juez Aguilera!

—¡Ah perdone Aguilera, no le había reconocido!

—Me alegro de que estés mejor, no tengas prisa por venir al juzgado… Por cierto, ¿está contigo Diego?

—Pues... casualmente sí, está a mi lado, ¿quiere algo?

—¡Sí dile que se ponga!

—Es Aguilera quiere hablar contigo. —al tiempo que tapa el micrófono del móvil.

—¿Qué querrá este gilipollas de mí? Además, ¡como coño sabe que estoy contigo!, ¡me cago en la leche!  ¿Diga...?

—¡Diego, soy el juez Aguilera!

—¡Ya lo sé, me lo ha dicho Javier!

—¡Por esta vez no te voy a enchironar, pero la próxima que me hagas, no te salvas!

Para acusar a una persona, hay que tener pruebas. ¡No basta con tú palabra... o lo que te imagines!

—¡No sé a qué se refiere!

—Tú has dicho al sargento Peralta, que a los supuestos matones los contrató Bartolomé Colón.

—¡Pues claro... y así es!

—¡Pues así no es!... No tenemos ninguna prueba que incrimine a Bartolomé Colón.

—¡Pero será posible! ¿Y qué pruebas necesita? ¿Encontrarme muerto?

—Ya que lo dices..., ¡sería una buena prueba!

—¡Muy bien Aguilera, si lo que quiere son pruebas las tendrá!

—¡Te prohíbo que te acerques a Colón!

—¡Vd. no es quien para prohibirme nada! Si tiene algo que decirme, dígamelo de oficio y cíteme, ¡allí nos veremos…!, pero no se preocupe que estará hasta la televisión, que Vd. también tiene superiores!

—¡Diego, a mí no me amenaces, que soy juez!

—¡Haga lo que le parezca! —Colgando el teléfono y dando por zanjada la conversación con él.

—¡Joder Diego, te has pasado!

—¡Que se vaya a tomar por culo, ya me tiene hasta los cojones!... Como intente algo, voy a sacar toda la mierda que tiene.

—¿A qué te refieres?

—¡Ya te lo contaré!, ahora no tengo ganas… Lo que no voy a consentir es que el Ibicenco haya muerto por nada, el hijo de puta de Colón se tiene que acordar ¡De una manera u otra...!


…A las siete de la tarde, Diego espera en el despacho de la directora, dentro de las instalaciones de la redacción de "EL PRIMERO DEL DIA", a que regrese de talleres.

No tarda en entrar en la sala Dolores, quien distingue la silueta de Diego tras el cristal que separa su despacho. Apresuradamente cruza la sala, y ya en el despacho:

—¡Te dije que tuvieras cuidado, que no te metieras en líos...!

—¡Tranquila mujer, que estoy bien!

—¡Te podían haber matado!

—¡Ya ves, aun no era mi hora!

—¡Déjate de chulerías! Ahora podrías estar muerto. Tus exsocios me han llamado por si sabía algo de ti... ¿Les has llamado?

—¡No!, ahora pensaba irlos a ver.

—¿Cuéntame como sucedió?

—Supongo que la noticia ya la tendrás lista para publicarla...

—Quiero que me lo cuentes tú, ¡maldita sea!

—De acuerdo siéntate y te lo cuento.

Y Diego le cuenta a Dolores todo lo sucedido, incluso la reciente conversación que ha tenido con el juez Aguilera.

—¡Pues si Aguilera no piensa hacer nada, sus superiores lo harán!

Conozco a un magistrado de la Audiencia Nacional, que encontrará la forma de meter en la cárcel a Colón.

—¡Déjalo ya me encargaré yo de Colón!

—¡Tú no vas a hacer nada más, deja este asunto a la Justicia!

—¡Lo que tú digas...! —Aceptando las órdenes de la directora del periódico, la conoce más que bien, y sabe que cuando hace insinuaciones como ésta, de como buen jugador de póker, contar con un “as en la manga”; lo mejor es seguir sus instrucciones… que queda mejor que “ordenes”, pero viene a ser lo mismo…


…Ya de nuevo en su casa, Diego recibe una llamada:

—¡TIROLALILO…! ¡TIROLALILO…!  — ¡Sí, dígame, que desea!

—¡Qué voy a desear! ¡Qué me toque la lotería y pueda dejar de trabajar!

—¡Coño… el cabrón de mi exsocio!

—¡Lo primero! Que sepas que nos acaba de poner al día tú “Ex”, y como sabemos la amistad que te unía al Ibicenco, ¡pues que te vamos a decir…!, ¡que lo lamentamos mucho!, procura llevarlo lo mejor que puedas y sobra decirte que aquí nos tienes…

—¡Os lo agradezco a los dos…! Quizás me tengáis más adelante que dar una mano con lo de Colón, pero ya os lo pediré más adelante. Ahora lo que haré será meterme aún más en los reportajes que tengo en marcha, es la mejor manera que tengo para no pensar en el Ibicenco.

—¡Pues mira, hablando de trabajo! Te informo que ya hemos hablado con el Doctor Domingo Mirinda, el posible nuevo cliente que nos enviaste. Y ya nos ha hecho el primero encargo…

—¡Pues mira que bien!, ¡por cierto, que se me olvidó decíroslo!, ¡tened cuidado con él, que es un pájaro de cuidado!

—¡Ya, como el que más y menos! El trabajo no nos supondrá mucha inversión, se trata de elaborar un informe financiero y familiar sobre un podólogo, ¡un tal Lorenzo no sé que más…! Quiere saber lo que tiene, además de que le confirmemos quienes son su padres y si tiene hermanos y demás. ¡Vaya lo típico!

—¡Pues estoy contento…! Pero insistirle en lo de sus jugadores del “Realeño”.

—¡Sí, sobre este asunto hemos quedado para la semana entrante. Se ve que el hombre quiere quedar bien contigo…

—¡Pues me alegro Bite!, ¡hala, y ahora que te den!

—¡Pero que agradable sigues siendo…! ¡Anda, pórtate bien, y muchas gracias por todo! —dando así los dos por finalizada la llamada.

FIN DEL CAPITULO X   

No se recomienda su lectura a personas menores de 16 años.

Todos los derechos de esta novela están reservados.

No se permite su reproducción en ningún medio ya sea escrito, radio, televisión e Internet sin autorización previa del autor de la obra.

Si se autoriza reproducir un pequeña parte de ella para efectos de promoción, crítica o similar objeto.

Inscrita en el REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL:

©PM-510-09 y ©PM-086-2014

EE.UU COPYRIGHT Registration Number ©TXu 1-912-889 (March 2,2014).

Share by: